libro de relatos de Óscar Sancho Ramos
reseña por María Eugenia Alava

 

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econozco que no me esperaba nada especial cuando abordé Nuevas tardes en la librería (2019). No conocía a Óscar Sancho Ramos, autodenominado «más pianista que escritor», y la valiente y sincera introducción de su madre no me fue suficiente para convencerme de su lucidez como escritor novel. O no tan novel, puesto que lleva ya tres títulos a su espalda además del que ahora comento. Pero todo cambió radicalmente el día que nos reunimos para hablar de su literatura y le pregunté si solía leer a Celaya habitualmente. Él me respondió: «A los 17 lo leí mucho pero, ¿y quién no?». En ese momento supe que Sancho Ramos era, efectivamente, un nuevo escritor que, además, prometía mucho.

Nuevas tardes en la librería responde a un deseo intrínseco de un observador de comunicarse. En el dorso de la bonita encuadernación hecha en casa y con ilustraciones de Rocío Mendoza, leemos una cita de Montaigne que reza: La mitad de la palabra pertenece a quien habla, la otra mitad a quien escucha. Y sin duda eso quiere precisamente Sancho, que lo que dice sea escuchado.

No es la primera vez que una serie de relatos cortos como éstos, escritos prácticamente a modo de ensayo filosófico en ciertos puntos y, desde luego con mucho de teatralización, han sido puestos en conjunto por el autor. Parece que es un hábito anual de hecho. Por ello se llama Nuevas tardes en la librería y no solo «Tardes en la librería», que es como se titulaba la primera entrega de septiembre de 2018. Espero que la siguiente lleve por título «Otras nuevas tardes en la librería» o algo así… Sancho cuida los detalles. Resulta curioso leer todo lo que se puede aprender de las personas a través de los libros que compran. Desde luego es algo esperable, pero no deja de sorprender.

El libro de Sancho se estructura sin estructura aparente. Pero una segunda o tercera lectura deja percibir un hilo conductor. También deja percibir que Sancho tiene muchas lecturas acumuladas y que desde luego es un lector concienzudo. Él mismo me habló de un libro del peruano Julio Ramón Ribeyro, Prosas apátridas (1975), que, después de mucho preguntar, conseguí que confesara como muy querido. Pero también me habló de los franceses, de los ingleses, y de las narrativas extranjeras que le suscitaban más interés que las nacionales, quizás, «porque de ellas siempre se puede aprender una nueva forma de vivir». No hay más preguntas señoría.

Hay algo de realismo puro y duro en los relatos cortísimos de Nuevas tardes… Pero también hay magia, fantasía, mucha ficción, y también autoficción. No me refiero, desde luego, al tipo de realismo mágico del Boom latinoamericano, sino más bien a una magia sui generis, de andar por casa, que le vale a Sancho para recrear en su mente todo lo que ve y oye; y así, también para entenderlo. Jaime Gil de Biedma, poeta nombradísimo de los cincuenta, que quizás hubiera querido ser un novísimo, cuenta en sus diarios que la literatura lenta siempre fue una fuente de comprensión del mundo para él. Literatura lenta, escritura lenta, escritura de la contemplación y la recreación fantástica. Así es el libro de Sancho, vivencias rápidas y escritura lenta de un escritor realista que quizás hubiera querido ser un novísimo.

Confieso, también, que lo que me llevó a adentrarme en sus páginas y dedicarle los esfuerzos de esta reseña fue una conexión personal. Recién llegada a Madrid, vasca de nacimiento y crecimiento, no podía creer que el primer relato que me echaba a la cara hablara sobre los vascos. Y tampoco podía entender que Sancho, aparentemente tan distinto a mí en más de un sentido además del sexo, tuviese una impresión tan similar a la mía respecto de los de mi origen. En “En español se dice vasco”, Sancho logra narrar intrépidamente, por medio de dos diálogos consecutivos con él mismo como núcleo, un choque xenófobo entre un madrileño y una madrileña que quiere aprender euskara en la Euskal Etxea del centro de Madrid. No sé cómo puede ser tan magistral el relato que, tan fácil de leer, consigue transmitir los sentimientos precisos de cada personaje sin despeinarse, al estilo de Émile Zola pero quizás sin tanta violencia, o quizás no sin ella.

Esta técnica del diálogo consecutivo e incluso superpuesto es habitual en el libro. Sancho tiene claro que unas escenas de librería solo pueden recrearse fielmente a través de la escenificación. De hecho, cuando hablé con él, parecía reticente a aceptar que su presencia es, en mucha parte, el núcleo del libro. Sancho se siente cómodo en la escritura del relato breve, ultrarealista y recién sacado de la realidad. Y también se siente más cómodo desde el plano de la contemplación que desde el de la actividad de apertura interior activa que el género lírico le requería en su época anterior como poeta. Pero creo que esto es innato a todo escritor y desde luego no insinúo que su primer ciclo carezca de valor literario, porque decididamente no es así.

En Nuevas tardes en la librería parece que todos sus personajes, en efecto, atienden a personas reales, pero el escritor, siempre intrépido, ya nos avisa en la presentación de un cierto grado de ficcionalización. Bastante, diría yo. A pesar de que el libro no tiene, como he dicho, ni una división en capítulos ni una estructura clara, creo que podríamos dividirlo en tres partes. Como si el año natural de Sancho en su librería, le hubiera conducido a una reflexión final en tres momentos diferenciados. Si estoy en lo cierto, lo veremos a continuación. Creo que hasta el estilo cambia en cada sección, juzguen ustedes.

El libro comienza con un relato titulado “Verano en la voz”. El último, “Despacio y en silencio”, me parece la respuesta a ese relato. Parece que en el primero el escritor trata de comprender qué le aporta la literatura. Pero no en el sentido más básico de la lectura, sino más bien como una reflexión existencial que exige una respuesta mayor; algo así como el rumbo que está tomando su vida. Pienso que el primer relato y el último atienden al formato de pregunta y respuesta, aparte de por su coherencia, con final feliz, porque son de los pocos que están narrados a través de un narrador omnisciente; si se quiere, el propio Óscar Sancho. No contar con diálogos para hablarse a sí mismo es lo habitual. No caben los demás en nuestras propias reflexiones, ciertamente. Así, planteo el libro como una pregunta sobre la vida, que la propia vida acertará a contestar.

Así las cosas, lo que considero el primer apartado viene teñido por el planteamiento de las dudas habituales de la vida. La muerte, la construcción, la reconstrucción, las relaciones personales, el amor… Sancho juega a intercalar el simbolismo, propio de una prosa lírica que le desborda aunque él no quiera, con el violento estilo directo que rápidamente retorna el texto a la realidad palpable. Algunos relatos como “Mirar al precipicio”, se valen de una conversación en perfecto y libre estilo directo, más que realista, para transportar una reflexión profunda sobre los sentimientos que sobrevienen a los allegados ante la muerte de alguien cercano. Otros como “Flujos de vida” aportan un sentimiento trágico a través del estilo indirecto más sosegado e intimista, donde el simbolismo no permite otra cosa que la profunda reflexión existencial. Todos, de una manera u otra, mantienen la coherencia sobre quién reflexiona. Es Sancho, tratando de que lo hagamos nosotros con la lectura.

“Ignorancia” es quizás el relato de esta primera parte que comporta mayor complejidad en su aparente simpleza. Narra la brevísima historia de un estudiante de bachillerato que necesita comprar El Quijote. Ante la fácil pero incisiva pregunta del librero, «Buenas tardes, lo primero. ¿Qué edición necesitas?» (Sancho, 2019, p. 18), el joven responde de una manera tristemente esperable: «Yo que sé, la más fácil» (Sancho, 2019, p. 18). Parece que la cosa hubiera quedado ahí, cuando el joven termina por comprar Mi primer quijote, edición recomendada para 3.º de la ESO, con total inconsciencia de lo absurdo de su compra, y se marcha entre risas con compañeros de clase que tampoco se han percatado del error. Inteligentísimamente, Sancho ofrece una situación cotidiana para transmitir lo difícil de las relaciones entre adolescentes, lo popular de la ignorancia, y la soledad humana, a través de una fácil situación de compra-venta donde las relaciones de poder se han tejido a través del conocimiento.

Sancho no se priva tampoco del juego metaliterario en esta primera sección que describo. En “Fluir de conciencia” el escritor ofrece un relatillo, bastante largo en comparación con los demás, donde in medias res, transmite la idea del agobio existencial contemporáneo por medio de una conversación, prácticamente monológica, con una mujer superada por sus propias tareas cotidianas. El título, aludiendo a la forma con la que prácticamente está escrito el texto si no fuera porque pragmáticamente hemos de recordar que se trata de una diálogo, es un ejemplo sensacional de la imposibilidad para organizar los propios pensamientos en mitad de un mundo donde sobran los estímulos exteriores.

Tampoco le falta tiempo a Sancho para recurrir al humor en “RAE”, cuando presenta una situación de ascensor, jugando con la semántica y las siglas, donde RAE puede significar mil y una cosas de lo más inconexas. Sin duda, también una reflexión paralela al exceso de estímulos exteriores; y, en este caso, a la afición por las siglas que lo significan todo sin decir nada, que discurre en paralelo a lo que veíamos en “Fluir de conciencia”, aunque sin el tono tragicómico que sí se percibe en el relato anterior.

El último relato de lo que considero la primera sección, “Servidores de espárragos, oboes y amapolas”, es quizás uno de los que mejor define la escritura de Sancho. El escritor se deja conocer en estas líneas. Se trata de una persona que se pregunta cosas constantemente y disfruta cuando a los demás nos suscitan dudas sus reflexiones. Tampoco parece querer prescindir nunca del humor, pero su personalidad, profundamente severa y observadora, no le permite desprenderse siempre de un halo de preocupación, de duda existencial, teniendo siempre, por otro lado, las respuestas bastante claras:

—¿Para qué sirve una librería pudiendo comprar lo mismo, y a menudo más barato, por internet?

[…]

Dándome a la ensoñación, sería un poco como si desaparecieran los servidores de espárragos en los restaurantes de lujo. Como si suprimieran los oboes de las orquestas. Las amapolas de las vías del tren en primavera. Los ramalazos sentimentales un sábado de invierno mientras espero a que se despierten los que no podrían vivir, de ninguna manera, sin las librerías.

(Sancho, 2019, p. 34)

La segunda sección es la de los contrastes. Se plantean las dudas que son inherentes a la genérica duda existencial. Existen los blancos pero también los negros. Y ello no sería un problema si no fuera por los grises. Sancho se dedica a hacer balance de todo lo que le preocupa en esta vida a través de situaciones que son únicas en su contexto, pero a menudo complementarias binómicamente: vida-muerte, amor-desamor, el desdén-la admiración, etc. Sin duda el escritor está preparando el terreno para el momento de las respuestas, en la sección tercera.

Ya en la primera sección había dejado caer lo importante de la duda en un relato de título “Vida sin dudas” donde una joven rechazaba a un pretendiente precisamente porque éste parecía no dudar nunca de nada. En efecto, no se puede vivir sin dudar y si alguien pensaba que sí, esta segunda sección le irá demostrando, a través de situaciones, que difícilmente no se sienten como propias, cómo la pregunta incesante es quizás lo más inherente al ser humano.

También se trata de una sección donde el escritor hace gala de su formación como librero letrado a través de escenas donde recomienda libros que él conoce bien y aprecia. El estilo directo prima. Pero, como decía, en esta sección se encuentra sobre todo un sinfín de contrastes, seguidos y no, que generan en el lector cierto sentimiento de ansia, de angustia, y de identificación al fin y al cabo.

A la lentitud de la muchacha en “Toda fragilidad” para analizar los libros que lee, el hombre de “Te voy a contar” es un narrador empedernido. Sin embargo, nos quedamos sin saber si realmente son tan diferentes. Por su parte, “Actor frente al espejo” presenta la dificultad de conocerse a uno mismo, a través de un simple corte de pelo, mientras que en “Deslealtad” se presenta la posibilidad de darse a conocer precisamente a través de los demás.

Enemigo de las rupturas bruscas, Sancho también crea dicotomías que, cuando parecían huérfanas, encuentran su binomio en la relación de la primera sección del libro con la tercera, a mi parecer, como en un ejercicio de futurismo, de predicción, y con la intención última de dar coherencia al volumen. Al erotismo de los jóvenes amantes de “Al unísono y sin pensar”, que aunque apenas se tocan ya el cuerpo, por cotidianidad, les desborda por su juventud, responde el enfriamiento pasional que ha sufrido el matrimonio envejecido de “El camino del cansancio”. No puedo en este punto dejar de recordar unos versos de Naufragios y rescates (2014), donde el entonces poeta describía la pasión terminada en los siguientes términos:

Repaso tus fotos, me detengo en los detalles:
la luz de un atardecer en la playa
bañando tu risa ingenua y transparente,
la sombra de nuestros cuerpos paseando de la mano
proyectada en la arena blanca de aquel paraíso desierto,
tu mano delgada, tan bonita, dentro de mi mano,
recibiendo la caricia eterna, siempre cambiante, de mis dedos.
[…]
(Sancho, 2014, p. 174)

Ese juego erótico del poema titulado “Para no decirle adiós a lo perdido” no deja de recordarme al voyeur que creó Carlos Barral para hacer de sí mismo un personaje de ficción. Creo que es la ironía la que me lleva a pensar en el editor; pero, por otro lado, el fino erotismo que desprenden los versos me lleva a rememorar la tormentosa vida y obra de Alfonsina Storni. Curiosa mezcla la que me suscita Sancho, pero fértil en lo tocante al entendimiento de la pasión y el enfriamiento, sin duda.

También creo que sucede un ejercicio de futurismo similar entre secciones cuando el escritor deja espacio para reflexionar sobre la vigencia del papel frente a las nuevas tecnologías, como buen librero y como buen buscador de la crítica social. “Nuevas tecnologías” de la segunda parte, encontrará su respuesta en “Vergüenza” y “El placer de mirarte vivir” de la tercera. En los tres relatos parece que quiera convertirse en un Celaya de la época más plena, de la que él seguramente leía a los 17 años, de la que cambiaría el mundo.

Pero, lo que realmente me resulta más sorprendente es la capacidad de Sancho para hacer de la mujer protagonista en muchos de sus relatos. Mis sospechas sobre su especial sensibilidad sin límites hacia las mujeres me las confirma un relato de lo que he llamado tercera sección, “Feminismo y amor público”: El feminismo y el amor público son mi capa impermeable. Y la librería, una trinchera-hogar de la que cada día estoy más orgulloso. (Sancho, 2019, p. 75). Espero que siga siendo así.

Y me parece que después de este repaso de la vida, de esta lección de vida en toda regla con tono vertiginoso e incluso agobiante en ciertos momentos, solo encuentra Sancho, como tantos otros escritores antes que él, precisamente en el amor su solución eterna. El amor romántico, el amor sexual, el amor fraternal, el amor al prójimo, y a todas las cosas de la creación. El amor que otorga esperanza y positividad a quien ama. El amor como respuesta, el amor como solución, es el final que parece elegir Sancho para solventar sus dudas. En su caso, el amor a los libros, pasión y salvación. Como decía la viuda de Ángel González en el estudio previo a su antología, Donde la vida se doblega, nunca (2016):

También como Bécquer, Ángel creía que el amor es «la suprema ley del universo; ley misteriosa por la que todo se gobierna y rige, desde el átomo inanimado, hasta la criatura racional; que de él parten y a él convergen como a un centro de irresistible atracción todas nuestras ideas y acciones, que ésta, aunque oculto, en el fondo de toda cosa»…

(Susana Rivera apud González, 2016, p. 9)

Como Bécquer y González, creo que Sancho, poeta, escritor de relatos breves, narrador polifacético, trabaja en la misma línea en este libro.

El tercer apartado en que divido el libro, como digo, gira en torno a ese amor holístico. Comienza, a mi parecer, con el relato “Tímidos como colegiales”. Vienen en ella representados el amor a los inmigrantes en un nuevo país, el amor entre amigos, el amor entre amigas, la genealogía femenina y el amor madre-hija, el amor entre compañeros de trabajo, el amor en forma de deseo sexual, heterosexual y homosexual; y, como no, el amor romántico, siempre una presencia inevitable en Sancho como ya se dejaba percibir en su curioso Cartas al silencio de 2013 y en el mencionado poemario de 2014, Naufragios y rescates.

A pesar de que el escritor haya cerrado su etapa de poeta, género que le permitía abrir su lado más íntimo, en este libro el amor también se presenta como un sentimiento presente en todo, y lo hace en tono serio; puesto que si en el segundo apartado primaba el estilo directo, siendo los personajes los protagonistas indiscutibles de las situaciones-reflexión, frescas y aparentemente inofensivas, en este tercero el estilo indirecto se torna más conductivo en lo que respecta a los mensajes del autor. No desaparece del todo el estilo directo sin embargo, pero sí se percibe una creciente solemnidad a medida que uno se acerca al final libro. Podría calificar los últimos relatos de ficción-ensayo, si se me permite acuñar este nuevo género que creo que le va como anillo al dedo. El mensaje es claro: el amor es esperanza, el amor es solución eterna. También a las dicotomías que quedaban divididas entre las partes que he inventado, sin duda el amor sirve de solución final.

Óscar Sancho está muy seguro de lo que ve y oye. Y también está seguro de que le hace bien verlo y oírlo. Es un escritor que comprende la literatura porque sabe que la vida no deja de ser en cierto modo literaria. En la presentación nos decía:

[…] Al no haber nombres propios, es posible que más de uno crea reconocerse en situaciones que en realidad no ha vivido conmigo. Si es así, me alegrará enormemente, pues habré conseguido que estas historias no se limiten a ser meras reproducciones de escenas reales, sino algo más cercano a la literatura.

(Sancho, 2019, p. 7)

Y creo que estaba en lo cierto y que todos deberíamos echar un vistazo a sus vivencias, pues no son tan distintas de las propias, pero una explicación nunca está de más. En realidad, qué se podría esperar de un librero que edita sus propios libros si no es el puro amor por la palabra escrita…

 

REFERENCIAS:

· González, A. (2016). Donde la vida se doblega, nunca. Granda: Valparaíso ediciones.
· Sancho, O. (2014). Naufragios y rescates. Madrid: Librería Benedetti.
· Sancho, O. (2019). Nuevas tardes en la librería. Madrid: Librería Benedetti.

 


 

María Eugenia Alava Carrascal

María Eugenia Alava Carrascal. Grado en Lenguas Modernas Universidad de Deusto; Máster en Formación del Profesorado de Secundaria con Especialidad en Lengua y Literatura Castellana y en Literatura comparada y estudios literarios Universidad del País Vasco (UPV/EHU). Actualmente prepara el Doctorado en Literatura comparada y estudios literarios de la citada Universidad del País Vasco.

📩 maru.alava [ at ] opendeusto.es

Leer otro artículo de esta autora, en Almiar: La lucidez del número (reseña del poemario de Miguel Sánchez Gatell)

 

Tapa de Nuevas tardes en la librería
Nuevas tardes en la librería
· Óscar Sancho · Ilustración portada por Rocío Mendoza © ·  (Madrid, 2019) · ISBN: 978-84-09-14086-2 · Más información en Librería Benedetti: facebook.com/LIBRER%C3%8DA-BENEDETTI-174122565977088/

Ilustración artículo: Fotografía por EntretenimientoIV / Pixabay [public domain].

 

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Reseñas en Margen Cero

Revista Almiar · n.º 106 / septiembre-octubre de 2019 · MARGEN CERO™

 

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