relato por
José Luis Crespo Fajardo

 

U

n antiguo opúsculo llamado De alchemia primula fue hallado por un erudito en Google Books. Su corazón, de inmediato, se detuvo. El reflejo de las letras en la pantalla tembló sobre sus ojos brillantes, tan abiertos que casi le brotaban fuera de las órbitas. Orientada a la observación empírica, la mente de aquel hombre no podía asimilar que solo tecleando en la lista de eBooks gratuitos esas mistéricas y manidas palabras —lapis philosophicus, la roca de la filosofía—, las sistemáticas estructuras de datos y las operaciones de cálculo del motor de búsqueda se combinasen místicamente para llevarle al libro más raro de los libros raros, y por ventura al más codiciado objeto de la alquimia.

El libelo, en octavo menor, contaba con dieciséis páginas, casi todas con glosas manuscritas. Fue impreso en Maguncia, en 1528, con el solemne título De alchemia primula. Eam continet modi artes in tenebris, et habentis maleficia, ad cujus nempe exactissimam Catalogus nomina ipsa daemoniorum.[1] Lubber Das, el editor, aducía en el prefacio que era obra de Filón, filósofo alejandrino del siglo I. Sucumbieron a los embates de las centurias los pocos ejemplares del impreso, confeccionado con papel de baja calidad, por lo que ya a mediados del setecientos era calificado de fantasma bibliográfico.

Foullon, en su obra sobre pirámides y laberintos, alude a que residían en su interior los siete secretos herméticos. También John Case, en sus comentarios a los ocho tratados de física de Aristóteles (en el epítome), sostuvo que el opúsculo revela cómo obtener el oro oculto de los filósofos. Además, Petrus Palmarius notificó que un ejemplar lo conservaba Paracelso en su biblioteca, con notaciones marginalia del cabalista Mento Sugambrer… ¿Sería el mismo? Por otro lado, una tradición oral —posiblemente emanada de una entrevista a Jacques Bergier— supone que Fulcanelli encontró en el libelo la fórmula de un bálsamo para prevenir la muerte. Otros iniciados hacían advertencias en tono admonitorio sobre su contenido, el cual debía emplearse con cautela por enmascarar muchos encantamientos.

El erudito inspeccionó las primeras páginas con extática atención. Probó a rememorar su oxidado latín, pero terminó por utilizar el traductor online de Webtran, combinado con el Google Translate, generando frases desestructuradas cuyo significado, como piezas de rompecabezas, lidiaba por recomponer. El texto de Filón se acompañaba de glosas manuscritas y se entretuvo estudiando cierto fragmento que pretendía justificar que los hados de la providencia no prevalecen ante la voluntad categórica del cosmos, porque cuando Abraham contempló las estrellas contó 7.864.091.161, que correspondería al número cierto de su descendencia. El comentario escrito a mano adivinaba la cábala del guarismo: el verdadero nombre del príncipe Sidonay, demonio que, junto al ángel caído Samil, en el caos de la consumación de los ciclos (¡al fin!) serían desencadenados.

«Vaya, qué interesante», musitó el erudito.

Luego hizo rodar el scroll del mouse en busca de exlibris o ex bibliotheca, e identificó el sello de la bávara Regia Moniensis, pero otros eran rarísimos. También observó que en cada página figuraba la marca de agua digital de Google LLC. Se percató a la sazón de la presencia de fracciones de texto escritas en lo que para él era un alfabeto absolutamente desconocido, parágrafos de grafías combinadas en un aparente orden y codificación complejos.

El erudito sabía (como todo el mundo sabe) que para disfrazar sus arcanos los escritos alquímicos hacen uso de la encriptación, en ocasiones simulando plasmar cualquier habla prebabélica, como el adánico o la lengua de Enoc. Sería, por tanto, para él terriblemente difícil no ya determinar la naturaleza o artificialidad de aquellos pasajes, sino su significado. Empero, tras escudriñar de nuevo las marginalia, descubrió con asombro que el comentarista —que no dudaba ya que fuera Mento Sugambrer y este el ejemplar de Paracelso— había identificado el insólito lenguaje y vertido ciertos enunciados al latín. En aquella época, se le ocurrió pensar, los eruditos de veras que lo eran, y Sugambrer había sido, en efecto, un sujeto sabio y extravagante. Ocultista, alquimista, taumaturgo, se desenvolvió discretamente por las Cortes europeas, por lo que poco se conoce de sus hazañas. Solo Georges Aurach recoge el mito de su desaparición, refiriendo que fue llevado en volandas súbitamente por ángeles o seres alados.

El hallazgo del opúsculo era extraordinario. El erudito vislumbraba esa pieza única como si estuviera frente al mismísimo fénix, si bien por detrás de sus lentes de fondo de botella empezaban a sentírsele cansadas las pupilas. La idea de ir al bar a tomar una cerveza y relajarse le embargó, aunque de inmediato fue consciente de que aquel mes aún no había cobrado su raquítico sueldo de profesor asociado en la Universidad de Tubinga, y lo caro que estaba vivir en Stuttgart. Si tan solo la trasmutación de los metales fuera una realidad y ante sí estuviera el secreto para obtener el oro que quisiera, le restregaría en la cara un buen fajo de billetes a Günther, el dueño del bar, por negarse la semana pasada a fiarle siquiera una pinta. Este pensamiento en algo lo esperanzó, por lo que, considerando la coyuntura, decidió permanecer con sus posaderas en el cuero de la butaca. «¿Adónde volaste Sugambrer?», murmuró retomando el hilo de la pesquisa. Un momento más tarde, al ojear la página del colofón, descubrió más texto manuscrito que parecía traducir otras locuciones del alfabeto desconocido. En especial le extrañó el detalle final de la última palabra, interrumpida por una trémula línea de tinta, como si el amanuense hubiese sido de pronto sorprendido.

Le resultó tan raro que acercó la punta de la nariz hasta casi tocar la pantalla. Entonces entornó los ojos y articuló las palabras con ceremoniosa lentitud: «R’illor-e-Taobh, hoc est nomen daemonium. Qui pronuntiat haec verba evanescet». [2]

 

 

[1] La margarita de la alquimia. Contiene métodos de las artes oscuras y brujería, con un catálogo exacto de los nombres de los demonios.

[2] «R’illor-e-Taobh, ese es el nombre del demonio. El que pronuncia estas palabras, se desvanece».

 


 

José Luis Crespo Fajardo

José Luis Crespo Fajardo. Doctor en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla. Ha participado en diversas muestras colectivas, y ha ejecutado exposiciones individuales en España, Portugal e Inglaterra. Ha sido docente en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla, postdoc en la Universidad de Lisboa y Academic Fellow en la Universidad de Oxford. En la actualidad es profesor en la Universidad de Cuenca (Ecuador).
📧 luis.crespo [at] ucuenca.edu.ec

 

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Ilustración relato: The Alchemist’s Laboratory, Hans Vredeman de Vries, CC0, via Wikimedia Commons

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Revista Almiar (Margen Cero™) ·🛠 PmmC · n.º 116 · mayo-junio de 2021

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