relato por
Norton Robledo

 

A mí madre Encarnación del Tránsito Robledo

 

Yo camino por un lugar de la memoria
el árbol se acuerda perfectamente de su brote.
Luis Vidale

 

E

l 25 de junio de 1909 nació mi madre Encarnación del Tránsito Robledo Araya, era del signo Cáncer, y era un Cáncer típico. Era algo tímida, imaginativa, romántica, tierna, dulce, debe de ser por eso que a veces me daba la impresión de verla viajar entre la melancolía y la alegría. Mi madre era emocional, protectora, simpática y cariñosa, tenía mucha imaginación e intuición. Recuerdo que cuando vivíamos en mi pueblo natal Canela a mi madre le gustaba su casa, el campo, los niños. Recuerdo que en los veranos al atardecer venían a nuestra casa los niños de las casas vecinas y jugábamos a la escondida y al tú la lleváis. Yo era el menor, tenía cinco años, y me cansaba, recuerdo que una noche me senté a orilla del camino, comencé a escarbar la tierra y ante mis ojos desconcertados por el asombro vi el cielo debajo de la tierra, miré el firmamento y vi otro cielo. Muchos años después escribiría estos versos:

«Después de un largo día las sombras de los cansados sauces descansan en el fondo del río. Como una constelación de luciérnagas estelares las estrellas iluminan el firmamento».

Cuando nos referimos al primer contacto con el lenguaje, en la mayoría de los casos se remiten al lenguaje escrito, a los signos. Mis recuerdos de ese primer contacto me llevan a la voz de mi madre. A los lejanos días de mi infancia. A las noches de verano sentados en el patio de la casa. A las de los inviernos, sentados alrededor de un brasero en el medio del salón de la casa. Eran los tiempos en el que el cuenta cuento nos traía lo mágico-real en la voz de mi madre y nos llevaba a ciudades y reinos, a personajes y a historia.

Recuerdo como si fuera hoy el día en que al alba íbamos mi madre y yo abriendo surcos en la tierra. Ella adelante con el arado, yo atrás sembrando las semillas de trigo que nos daba el pan servido sobre la mesa cotidiana. No podía dejar de mirar el cielo y me detuve a contemplar las estrellas titilando en el firmamento, mi madre se dio cuenta y se volvió al mismo tiempo que me preguntaba, ¿por qué te has quedado ahí parado? Su voz llegaba a mí desde la distancia. Sentí que para responderle tenía que contemplar el firmamento una vez más. Después de hacerlo le respondí con la inocencia de mis seis años «estoy sembrando cielo para cosechar estrellas».

En verdad yo nací en las alturas, mis primeros oficios fueron el de pastor de cabras y labrador. En mi casa no había libros ni revistas, mi único contacto con las palabras fue a través de la palabra oral. Fueron los cuentos que nos contaba mi madre y las historias que me contaba mi padre. Es por eso que estoy convencido de que en la vida cotidiana de las gentes y de los pueblos suceden hechos en los que la frontera que separa lo real de lo fantástico es sutil y difusa. Tan desdibujada que nos hace pensar que la barrera entre estas realidades no existe; que lo real es tan extraordinario y fantástico que puede dar la sensación de irrealidad. Y esta es mi impresión y mi sentir cuando me doy cuenta de que mi primer taller literario de poesía lo tuve a los seis años y no con un poeta consagrado o una poeta consagrada sino con mi madre, una mujer sencilla que no sabía leer.

Por esos días mi trabajo, además de ayudar a sembrar, cosechar o ir a buscar leña al cerro para hacer carbón, era sacar la maleza en los amasijos de hortalizas que teníamos en la huerta. E ir a pastorear las cabras al cerro: íbamos yo y mis hermanas Irelda Inés, Clara Luz y Cristina del Carmen. Cuando iba a limpiar los amasijos de hortalizas, mi madre me decía: «Ten cuidado, mucho cuidado, saca solo la maleza, no vayas a sacar el fruto». Y cuando íbamos a pastorear las cabras por cerros, quebradas y valles, mi madre me decía «Cuando andes pastoreando las cabras, vas a ver las flores silvestres, las aguas cristalinas que vienen bajando de la cordillera, los pájaros, los nidos de los pájaros en los árboles». Y a continuación me advertía: «Puedes mirar todo eso pero nunca, nunca pierdas de vista a las cabras».

De mi madre y de sus indicaciones para el trabajo, se me quedó en mi esencia mi forma de trabajar al hacer taller literario con mis poemas. Además de la estructura, (en todo caso soy de la escuela de Walt Whitman, lo mío es el verso libre) cuando podo un poema para que alcance su altura, tengo mucho cuidado de que en la limpieza y en la poda no vaya a sacar el fruto: Ten cuidado, mucho cuidado, saca sólo la maleza, no vayas a sacar el fruto. Y cuando de los versos se desprenden símbolos, imágenes, metáforas, tengo cuidado de que tantas imágenes y símbolos no dejen ver el poema: Cuando andes pastoreando las cabras, vas a ver las flores silvestres […] puedes mirar todo eso pero nunca, nunca pierdas de vista a las cabras.

De mi madre también me viene la solidaridad, recuerdo cuando los vecinos venían a pedir frutas, papas, choclo (maíz), mi madre los hacía pasar a la hijuela y salían con sacos lleno de frutas y verduras. También de mi madre me viene mi actitud de Meico, mi madre curaba el empacho, componía torceduras, curaba heridas e infecciones con yerbas o zumos de hojas de arbustos. Siempre vi gente venir a mi casa a pedir el consejo de mi madre o que los sanara de esto o de aquello.

Los años han pasado pero aún vivo poseído por el asombro de que lo más fantástico y maravilloso no eran los cuentos y relatos en sí, lo mágico es que por esa época mi madre no sabía leer y no obstante nos contaba cuentos todas las noches del año. Desde esos tiempos es que tengo la convicción y certeza de que las palabras llevan en sí la magia y el embrujo del poder de multiplicarse a sí mismas. Escribo para seguir multiplicando las palabras. Escribo en tributo a mi madre, con la creencia de que sus palabras sigan prolongándose a través de las mías.

 


 

Norton Robledo (seudónimo de Norton Contreras Robledo). Nació en Canela, provincia de Choapa, Región de Coquimbo, Chile; actualmente reside en la ciudad de Malmö, Suecia. Poeta, Escritor, Ensayista, Comunicador social. Estudios en la Universidad de Chile. Estudios en La Academia de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad de Sofía (Bulgaria).
Miembro de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH)  y de la SECH filial «Sin Fronteras». Miembro de la Red Mundial de Escritores en Español (REMES). Asociación Internacional de Comunicadores y Periodistas chilenos en el exterior (AICPCH) y Organización Cultural Víctor Jara.

Ha publicado en la prensa digital y escrita ensayos, relatos, cuentos, columnas, artículos culturales y sociales (escritos entre los años 1999-2018). Finalista del concurso de poesía de La Voz de la Palabra Escrita Internacional, España. Ha sido incluido en las antologías Mil poemas a Pablo Neruda; Mil poemas a César Vallejo; y Mil poemas a Miguel Hernández, en Chile, así como en la antología Tinta, palabra y papel, editada en Argentina en 2018.
Ha publicado los poemarios Cantos en tiempos de amor y de guerra, libro que incluye poesía de entre los años 1969- 2007, y el libro Aires de libertad. Editados por Otra Dimensión Editores, Madrid , España. Actualmente tiene cinco libros inéditos: El árbol del tiempo; No ha llamado;  De luz y de sombra; Náufragos del tiempo y la novela  El amor a través del tiempo.

👁‍🗨 Lee otros textos de este autor (en Almiar): De luz y de sombraRenacimiento Sobre la relación dialéctica entre la cultura, los medios de comunicación y la ideología

Contactar con el autor: robledo2008 [at] hotmail.com

Ilustración relato: Fotografía por mariamza / Pixabay [Dominio público]

 

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Revista Almiar – n.º 105 / julio-agosto de 2019 – MARGEN CERO™

 

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