relato por
Gabriel Cocimano
E
ntre la música frenética y la gente apretujada, apenas pude escuchar de boca de ella su nombre: Eva. En ese espacio tan reducido, bailar era casi una utopía. No es que lo mío sea eso, bailar, pero estábamos en una disco, y era lo admisible. Presumí sin demasiado esfuerzo que bailar tampoco era lo de ella. Hicimos de cuenta que nos divertíamos sacudiendo estoicamente los cuerpos, en un espacio tan estrecho que la distancia entre nuestros ojos no superaba los veinticinco centímetros. Atrapados en el centro de la pista de baile, decidimos jugar a desafiarnos con las miradas.
Eva tenía un rostro expresivo, aunque no era de los más bonitos. Físicamente era agraciada, conservaba aquello que los franceses llaman charme. Y audacia, considerando la persistencia con la que sostuvo su mirada provocadora. Detrás de su blusa escotada se dejaba ver el contorno de unas tetas rígidas, de quirófano, pero proporcionadas en relación a su figura. Calculé a simple vista que tenía unos diez años más que yo. Cada tanto me acercaba a su oído para hacerle comentarios vacuos, triviales. Y su fragancia —Ángel de Thierry Mugler, me informó después, cuando salimos del fragor de la música y pude escuchar nítidamente su voz— invadió mis sentidos a lo largo de la noche.
Decidimos ir a fumar a la terraza de la disco, casi tan poblada como la pista de baile. Eva me contó que había llegado acompañada por una amiga, aunque insinuó que, entre ambas, existía alguna pugna que no parecía del todo saldada. Aproveché la confesión y le propuse retirarnos los dos hacia algún otro rincón apartado de la ciudad. Al lado nuestro, un señor tropezaba una y otra vez contra una joven en su arrebatado intento de progresar con el galanteo.
Llegamos a un bar, sorpresivamente repleto a esas horas. Eran las tres de la mañana. Nos sentamos en un sitio alejado del resto, en procura de intimidad, y pedimos un trago. Allí pudimos relajarnos y jugar al juego que buscábamos: seducirnos, provocarnos. Nos besamos casi con urgencia, como si un acuerdo tácito nos incitara a acelerar el desenlace. Al rato hice la propuesta previsible: terminar la noche en un hotel. Eva no me dejó pagar la cuenta, y me invitó a su departamento. No sé por qué tuve la certeza de que la mujer había planificado todo desde el mismo instante en que nos conocimos. Y de que nuestra incipiente aventura formaba parte de alguna estrategia de revancha hacia su amiga, de la que jamás estuve interesado en indagar.
Nada podía salir mal aquella noche. Arrebatados por el deseo, nos demoramos imprudentemente en el ascensor de su edificio. Cuando ingresamos al departamento, apenas divisé en el living una luz tenue que provenía de un velador de rattan sobre una mesa ratona. No tuve más tiempo para observar, apremiados como estábamos por llegar al dormitorio y desatar la pasión. En el camino algunas prendas de vestir quedaron desparramadas sobre el piso del living.
El sexo sació provisoriamente los ímpetus. Ella se enfundó en una bata negra y llevó a la cama dos copas de vino tinto. Entreabrió la ventana para ventilar el humo del cigarrillo. Todavía no había comenzado a clarear. Desde alguna residencia cercana se escuchaba el sonido de una música festiva, acompañada por unos gritos de algarabía casi imperceptibles. Brindamos, y Eva se dirigió a una habitación contigua, en donde atesoraba un viejo baúl de pino y otros trastos en desuso. Al rato apareció en el dormitorio portando una vieja pistola revólver Colt.
Ante la sorpresa, quedé desencajado. En un instante, Eva me apuntó con el arma. Luego de unos interminables segundos, sonrió: «No tengas miedo, está descargada. Jamás la usé, aunque alguna vez sí estuve a punto de hacerlo». Devolvió el juguete a su lugar de origen, y retornó a la habitación, nos besamos y encendió otro cigarrillo. Comprendí que tenía necesidad de relatar alguna historia.
«En los años setenta tuve que exiliarme en México, gracias al salvoconducto de un compañero de militancia», sostuvo, conteniendo una bocanada de humo, sin mirarme a los ojos, contemplándose fijamente en el espejo veneciano que decoraba el dormitorio. «Por entonces, yo estaba en pareja con un chico al que los milicos hicieron desaparecer». Volteó su rostro para recostarse sobre mi hombro. «Por él ingresé en una orga, teníamos el deber de combatir a la dictadura». Me acarició con su mano y, casi involuntariamente, dibujó una sonrisa melancólica.
Le pregunté, en tono cortés, si a todos los hombres que conocía les contaba las vicisitudes de aquel pasado. «Si no me hubieras inspirado confianza, no hubieses entrado en mi casa». Me miró a los ojos, con la misma audacia que percibí cuando estábamos en la pista de baile de la discoteca. Otra vez volteó su mirada. «La noche que escapé, allanaron la casa de mis padres. No supe nada de ellos hasta que los pude contactar desde México. Por suerte se mantuvieron a salvo».
Me habló de sus sueños juveniles, del deseo de su generación de unir los pedazos de un país que estaba roto. De las ilusiones, de los errores y también de las pérdidas. «Todavía sueño con algunos compañeros de aquella militancia, los que sobrevivieron y de quienes nunca supe más nada. Y aunque pasaron muchos años, fantaseo con encontrarlos en algún lugar de la ciudad». Le pregunté si había tenido amigos en la organización en la que militó. «Inés, mi mejor amiga, no llegó a huir conmigo. Meses después, me enteré de que había tomado la píldora de cianuro para no ser atrapada. Me destrozó el corazón». Arrojó la última bocanada de humo, y apagó el cigarrillo sobre el cenicero empotrado en su mesita de luz.
Eva (que aquí en Argentina no es un nombre random) suspendió por un instante su evocación y se deslizó por entre las sábanas hurgando en mi cuerpo para activar de nuevo el juego sexual. Cuando acabamos, ya extenuados, apenas conteniendo la respiración agitada, con las gotas de sudor escurriéndose por nuestra piel, observé a través de las rendijas del ventanal los primeros rayos de sol de la mañana.
Permanecimos en silencio durante largo rato, recuperando el aliento, mirándonos, sin necesidad de quebrar la quietud, sin la obligación de definir en palabras el instante. Quise seguir indagando en los pormenores de su exilio. Pero me interrumpió con otra demanda: «¿Te preguntaste qué haces cogiendo con una mujer mayor que vos, una ex guerrillera, con una historia de vida de persecuciones y muerte, ajena a tu generación?».
—La noche tiene esos misterios —insinué, mientras su sonrisa delataba un gesto de inesperada ternura—. No siempre conocemos a alguien con quien se pueda tener una noche perfecta.
—Casi perfecta —corrigió, con una sonrisa mordaz.
—¿Por qué casi, qué faltó para serlo? —pregunté con reticencia.
—Una bala en la recámara de la pistola —respondió Eva, haciendo una pausa antes de echarse a reír.
Nos besamos, esta vez sin el ímpetu anterior, con la levedad que suele suceder al desorden de la pasión. Sonreí y deslicé mi mano por sus cabellos despeinados, acariciando su rostro. «Hoy quisiera tus dedos escribiéndome historias en el pelo», dijo, recitando un verso de Gioconda Belli, en alusión al gesto de mis manos. «Una caricia que me haga olvidar el paso del tiempo, la guerra, los peligros de la muerte».
Me habló de un amor trunco que tuvo en México con otro compatriota exiliado, poco antes de regresar al país, ya en los años ochenta, cuando la democracia había retornado y aún estaba en pañales. Y de la amiga con quien había ido esa noche a bailar, y que en realidad era jefa suya en la oficina en la que trabajaban. Una amistad acechada por un revoltijo de envidias compartidas y algún rencor amoroso que no ameritaba en ese momento ninguna clase de sondeo.
Luego del último beso se incorporó, se cubrió con la bata negra y me dijo: «Ahora quiero que te vayas. Esta noche no se va a repetir jamás». La miré con sorpresa mientras comenzaba a vestirme, y ensayó una explicación que nunca solicité: «Como dijiste, fue una noche perfecta, única. Quiero que nos recordemos así». Apuré el último sorbo de vino que quedaba en mi copa, y la deposité sobre la mesa de luz del dormitorio. Fue allí que comprendí que una aventura perfecta debe ser digna de un final inminente.
Me envolvió con sus brazos y apoyó la cabeza sobre mi pecho. Percibí en el rostro de Eva el cansancio y la fragilidad de su vida aventurada pero, a la vez, el reposo de una noche magnética en la expresión de sus ojos. Al llegar al living alcancé a ver, suspendida sobre la medianera de su departamento, una reproducción de la obra Los Torturados, del pintor Oswaldo Guayasamín.
Me acompañó hasta la puerta, y nos despedimos con un beso y una caricia relajada. Caminé rumbo al Parque del Centenario, en esa Buenos Aires siempre extraña, siempre fascinante y perversa. Ya era media mañana, y el calor empezaba a hacerse sentir. El aroma del perfume de Eva se interponía al paso de otras fragancias no tan glamorosas. Los vendedores de ilusiones comenzaban a decorar sus pequeños puestos en la feria dominguera, mientras unos hombres dormían sus resacas y borracheras en los bancos del parque. Algunas señoras lucían casi con elegancia sus vestidos de entrecasa paseando a sus mascotas.
A veces, esta ciudad también es susceptible de regalar una noche íntegra, cabal.
Gabriel Cocimano (Buenos Aires, 1961). Periodista (UNLZ) y escritor. Entre sus obras se encuentran El fin del secreto (2003), Consumidos (2005), Mitos de Tierras Calientes (2007) y Sombra que fue y será (2011). En 2015 publicó Café de los Milagros, su primer volumen de relatos.
🌐 Web del autor: https://gabrielcocimano.wordpress.com/
👀 Leer otros textos de este autor (en Almiar): Los olvidados ▪ Ambigüedades. El transgénero en la posmodernidad ▪ El peñón de los náufragos
🖼️ Ilustración relato: Fotografía por Maria Orlova / Pexels
🔖 TRES RELATOS SORPRESA (traídos aquí desde nuestra biblioteca)
Los confines del mundo, por Carlos Montuenga. En Margen Cero (Biblioteca de relatos, 2006) |
La colección, por Pedro M. Martínez Corada. En Margen Cero (Taller literario de El Comercial, 2003) |
En la madriguera, por Marcelo Choren. En Margen Cero (Biblioteca de relatos, 2003) |
Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 139 · marzo-abril de 2025
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