artículo por
Francisco Juliá Moreno

E

n estos días leo La cultura de los griegos, título correspondiente a las obras completas de Federico Nietzsche, editado por Aguilar. El libro lo componen las lecciones impartidas por el joven profesor Friedrich Willhem Nietzsche durante su período docente en la universidad de Basilea. Tenía referencia de tales estudios desde que comencé a leer al filósofo, no había cumplido aún los veinte años; sobre todo en algunas semblanzas biograficas de sus obras dispersas, que yo leía preferentemente en Alianza Editorial, a cargo de Andrés Sánchez Pascual. En dichos prólogos, se hacía con frecuencia mención a esta etapa juvenil del pensador, que por entonces era tenido por su maestro Ritschl como una promesa de brillantísimo porvenir en el campo de la filología clásica. En dichas lecciones se observa hasta qué punto Nietzsche había alcanzado una proverbial erudición en dicho ámbito, y su trato con el mundo griego era intimísimo, como de andar por casa. Tales conocimientos constituían sus fundamentos, y resulta casi imposible comprender a fondo al Nietzsche posterior sin tener en cuenta su filohelenismo. No obstante, él fue consciente de que tan esmerada erudición libresca era una rémora para su desarrollo vital. De semejante particular solo puede ser consciente el hombre entregado en cuerpo y alma a una labor investigadora, tarea que tiende a prefigurar a quien la ejerce un talante como de «rata de biblioteca», carente de esprit y pasionalmente exangüe. Acaso esta exacerbación de su desarrollo intelectual lo mostraría carente en otros aspectos humanos. Poco conocemos de su vida más personal y amorosa, salvo que contrajo la sífilis, seguramente durante un escarceo en un prostíbulo napolitano, y su enconado deseo de contraer, yendo ya para los cuarenta, matrimonio con la joven Lou Andreas Salomè, mujer singular en muchos sentidos. Junto a su amigo Paul Ree, igualmente enamorado de la joven, vivieron un paradójico menage a trois.

Pudo haberse anquilosado el bisoño profesor ejerciendo la docencia, rastreando con ojos minuciosos y miopes entre el legado clásico, pero su complejidad emocional exigía respuestas. Algo impensado, no obstante, se adelantó variando sus expectativas. El encuentro con la enfermedad le distanció de la cátedra y propició la reflexión, facilitando al filósofo su cambio de piel, con la que restauró su alma como las serpientes mudan de vestidura. Cuanto lo que para cualquier espíritu árido la lectura constituye un riego fertilizante, para el saturado por la erudición libresca la misma se configura como un vicio contraproducente que impide el desarrollo sano de la propia personalidad. En esas horas bajas de debilidad, de pensión en balneario, el enfermo se reencontró a sí mismo. Durante las diferentes crisis como indefinido convaleciente Niestzsche rehusó abrir las páginas de cualquier libro. En esos dilatados veranos, en climas suaves para salvaguardar la salud, seguramente vagaba por las montañas y valles de Sils María, en la Alta Engadina Suiza, sin ningún ejemplar de imprenta bajo el brazo. Únicamente la pureza de ese aire revitalizador haría posible la visión cuasi profética del Zaratustra, mensaje para todos y para nadie, con cuyo espíritu se remontaba como a las cumbres las águilas, alejándose de los abismos nihilistas. La poca luz que su ojos enfermos le aportaban, debía de reservarla para vislumbrar lo esencial. La gestación de la obra a la que estaba llamado; esa obra que abrió sus surcos desafiando los imponderables, esencialmente esa mala salud, y en cuyos postulados auguraba un antes y un después para la civilización. La llevó a cabo como pudo, filosofando a martillazos; mediante el aforismo del que fue maestro; desmenuzando la cultura griega hasta darle la vuelta al último pliegue de sus postulados; dinamitando cada dogma que apuntalaba su época; triturando el racionalismo y practicando un personal seppuku con el viejo hombre que predominaba en él, el pesimista schopenhaueriano admirador de Wagner. Porque en Nietzsche contra Wagner denunció la decadencia que gangrenaba la cultura. Si vindicó el aporte del músico al arte en El nacimiento de la tragedia…, inspiradísima obra de juventud, denunció su  contaminación en El caso Wagner, tras su decepción en los fastos de Bayreuth. Supo apreciarse lo bastante a sí mismo como para no eclipsarse como un wagneriano acrítico, entre sus vapores delicuescentes y odaliscas marimacho. Herido como Anfortas, no se plegó a la lanza que le tendía Parsifal, sino que dio carpetazo al genio, advirtiendo en él acaso un esoterismo malsano. Quiso con su Anticristo silenciar al Graal.

La compra de mi primer libro del filósofo, El crepúsculo de los ídolos, permanece imborrable en mi memoria. Lo adquirí en librería Lux, en la calle Mayor alicantina, donde Manolo, su propietario, surtía de literatura económica y aun clandestina al público lector de la ciudad. Yo era un adolescente que había sido atrapado por la lectura y por las tendencias inconformistas y antisistema que convulsionaban la época como incendiaria pólvora. Yo, sencillamente, soñaba con demoler los cimientos que sustentaban la sociedad. Pues componían un mundo en el que no encontraba acomodo. Renegaba de la disciplina familiar, asentada en rígidos principios cristianos, y lo que recibía del mundo a través de noticiarios y de la experiencia particular tampoco colmaba mis expectativas. Como aspirante a joven rebelde, me tentaba esa literatura que la sociedad establecida censuraba. Al igual que una parte de la juventud perseguía en ciertos tugurios nocturnales la pócima que los catarsizara, yo buscaba en modestas librerías las consignas de las obras radicales que dinamitarían el mundo, que lo harían volverse del revés, o caminar boca abajo valiéndose de los brazos. Nietzsche inequívocamente era uno de estos hombres. pues como decía de sí mismo no era un hombre, sino «dinamita».

Recuerdo que requerí, algo acongojado, al librero si tenía alguna obra del autor germano. Creo que no llegó a contestarme, pero demostró alguna perplejidad y, con un mohín, diose la vuelta y desapareció en la trastienda. Al poco se presentó con unos cuantos libros de Nietzsche entre sus manos. Me decidí por El crepúsculo de los ídolos porque no lo había leído y se ajustaba a mi economía; pero sobre todo para averiguar cómo se filosofaba a martillazos. Leí el libro con interés, aunque muchas de sus conjeturas escapaban a mi comprensión, quedando, no obstante, atrapado por su estilo pero sin darme cuenta de que actuaba como un trapecista sin red. Cuando abrí los ojos, ya me había dado el batacazo. Porque con lo que yo no contaba, es que en el fondo de mi ser era un pacifista, alguien que prefería transigir a darse de garrotazos, que optaba por el diálogo frente a la lucha; en definitiva, un humano demasiado humano que debía ser superado. Fuera la educación evangélica trasmitida por mi padre o mi bonhomía, el caso es que me faltaba madera para convertirme en un futuro Übermensch. Los ídolos tal vez cayeran pero no fue por obra de mi intervención. Mi único consuelo hoy día, ya jubilado, es volver a comprar esa obrita que reclamaba el nervio de mi juventud y que se extravió o vendí en el curso de los años. Malo es que caigan viejos ídolos con pies de barro para levantar otros igualmente falsos.

Nadie calibró una identidad con mayor tino que Nietzsche en su Ecce Hommo. Reconocía su buen olfato en cuestiones psicológicas. Decía compartir tal facultad con Stendhal. El Ecce Hommo fue uno de sus libros esenciales que releí con mayor fruición. Gustaba de indagar, fisgón, en el estriptis de un alma noble. Conservo la primera edición de Alianza completamente deshojada. Destaca en la obra su egotismo: por qué soy tan sabio, por qué soy tan inteligente, por qué escribo tan buenos libros, etc. Resalta también en él la osadía de parangonarse al Cristo del martirio. Pese a ser hijo de un clérigo, Nietzsche no penetró la decisiva esencia del cristianismo. Se ensañó racionalmente en el entredicho de su moral, hacia la que mostró una radical beligerancia, apelando a una nueva ética más allá del bien y del mal. Siguiendo su genealogía enjuicia nuestros sentimientos morales situándolos en el error y reclamando una transvaloración de los valores. Y aquí volvemos al Nietzsche progriego, pues a la moralidad cristiana opone diversas consideraciones del mundo antiguo, la virtud en ambas culturas difiere en cierto sentido. Frente a la santidad cristiana, meta de la moral decimonónica, opone la antigua areté de la rancia aristocracia helena. En parte propone un nuevo renacimiento, el rescate de olvidados ideales paganos. A su vez contempla el cristianismo en su función histórica, civilizadora, sin ahondar, sin embargo, verdaderamente en el misterio. Sobre esto cabría indagar en cuál era el concepto filosófico que Nietzsche tenía de Dios. Seguramente, el desarrollado por la filosofía alemana hasta Hegel. Su metafísica la había asimilado en Schopenhauer. Pero en cuanto a este tema también su formación filológica tuvo algo que decir. En ese primer libro El nacimiento de la tragedia nos expone ya tal metáfísica, cuyos conceptos maneja según los griegos. Su respuesta la buscó en su panteón y en sus misterios. Ya en su ocaso, sumido en la demencia, se identificaba como discípulo de Dionisos. En ese hermoso libro intuye esas dos naturalezas que fluctúan en lo humano, la Apolínea y la Dionisíaca. Una de sus mayores intuiciones. ¿Acaso consideraba a Cristo como un nuevo Dioniso? Como para Nietzsche no había más más allá que la vida, todo misterio se ligaba a la inmanencia del mundo natural. En Dioniso Zagreo se cumplía la regeneración cíclica de lo viviente. No había un orden espiritual, sino el natural que la voluntad generadora nos representa. Por eso su übermensch bebe en Darwin y no pasa de ser una conjetura. Ese übermensch con el cual ha suscitado mayores contradicciones su obra, tergiversado el tema probablemente por su hermana, que reelaboró el estudio En torno a la voluntad de poder, en donde se trata de dicho asunto. Hermana de la que disentía y de la que fatídicamente acabó dependiente. Relación forzosa y tóxica, la cual retrató en Mi hermana y yo. Elisabeth Föster-Nietzsche que acabó formando parte de la corte hitleriana.

Nietzsche en el XIX constató la muerte de Dios. Un reino que ya se había visto cumplido en su proyección historica, según Hegel. Tocaba, pues, pasar página. Así sería si no fuera el Verbo el que tiene la última palabra, pues nunca pasa. Y ahora nos advierte: Nietzsche ha muerto. Nadie gusta ya sus chascarrillos ateos, ni tolera la vigencia de una verdad desesenciada y dialéctica. Toda la iconoclastia decimonónica se ha ido desvaneciendo con el declinar del siglo XX, durante el cual la civilización se desangró por sus heridas, y las botas de la indiferencia pisotearon las flores del perdón, prodigando el yermo de las almas. El hombre ahíto de mirarse en el espejo de su egolatría no encontró el peldaño por el que ascender hasta la nueva criatura amoral. Persiste el viejo hombre. Las naciones de hoy vuelven la mirada a Dios, el evangélico nuevo nacimiento es la sola esperanza para el hombre pasajero y devastado; este anhela volver a mirarse en el espejo eterno. No hay otra fuente que sacie. Porque lo humano solo se supera en el amor, que nunca es demasiado humano. El amor es el camino que nos transforma, que colma toda ansia, que restaña la herida que atormenta al ser, que responde a nuestra perplejidad de criaturas, que devuelve el gozo a nuestras entrañas desgarradas. El ser sin Dios es incompleto, solo una razón guía el universo.

 


 

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🖼️ Ilustración: Retrato de Friedrich Nietzsche, 1882 (detalle); Gustav Schultze; public domain, via Wikimedia Commons

 

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