relato por
Natalia Martínez Alcalde

 

J

ura mi abuela que él y yo tenemos las mismas manos. Ella ladea la cabeza al contemplarlas. Sus párpados aletean veloces, son las alas de una mariposa preparada para zarpar en vuelo sobre los mares de la evocación.

Cada vez que voy a verla, entra ella en un trance hipnótico que la manda a echar vuelta atrás al tiempo. Se le pierde la mirada en el color aceituna de la pared. Vuelve a los años aquellos, los años en que fue juzgada como Caín por la peripecia histórica, y condenada a sufrir el hambre y abandono de un can salvaje. Vuelve. No me gusta verla volver. Se nota que sufre porque vive detenida en el temor que deja la agitación del frío.

—Abuela —me atrevo a llamarla.

Ella salta sobre su silla, aterriza en el presente. Me dedica la típica sonrisa quebradiza que le regalan las abuelas a sus nietos.

—¿Cuántas veces te he hablado de lo mucho que te pareces a él? —pregunta.

—Muchas veces —me lo ha dicho un millón de veces.

—Los mismos ojos, los mismos dedos, niño.

Aunque soy un adulto de espalda enervada y grietas alrededor de los ojos, ella me sigue llamando así: niño. Sé que no me ve como a un niño, al contrario, me ve como si yo fuese él.

Desprendo la mirada de los ojos de ella. Le doy un vistazo breve a la fotografía antigua en escala de grises que plasma a mi abuela de joven con las palmas de las manos reposando sobre el vientre. En la imagen se le ve embarazada de mi padre, su único hijo. A su lado, está el hombre a quien ella tanto confunde conmigo: mi abuelo. Es un tipo flaco y largo, de expresión similar a la del caballero de mano en el pecho del Greco. La fotografía habrá sido tomada un año antes de la huida.

Lo cierto es que evito visitarla en la residencia de ancianos. No es porque no la quiera, ni por lo mucho que detesto el color verde de las paredes, es más bien por el desasosiego que me provoca el parecido de mi semblante con el del hombre en la fotografía. Me pasa lo mismo que a mi abuela, lo veo a él y me veo a mí, medio jorobado por tanto golpear las teclas del piano.

Mi abuela cruzó el océano con mi padre en brazos. El padre de mi padre no se montó en el barco. Él se quedó allá, cerca de los ríos de sangre y los restos grises de Guernica. Ella cruzó la inmensidad en barco para llegar a tierras más nuevas.

Por lo que me cuenta mi padre, mi abuelo deseaba ser pianista y pasarse la vida entera de teatro en teatro. En vez de ello, se convirtió en afinador de pianos.

—¿Qué afinador lo es por gusto? Todo afinador es un pianista frustrado —dijo alguna vez a mi abuela, para después sentarse frente a su piano de pared.

Esos dedos largos, tan parecidos a los míos, se sacudieron sobre la esquina izquierda golpeando las teclas. Prefería hacer sonar el lado grave de su piano. ¿Habrá sido por el fino alambre de cobre que se enrosca sobre las cuerdas de aquel lado? El cobre añade peso y hace que las cuerdas lleguen a las frecuencias más bajas del espectro audible. Vaya día tan largo, conversó consigo mismo.

Siendo experto en los intrincados mecanismos de aquel enorme aparato, mi abuelo, al sonarlo, no podía evitar figurarse el complejo proceso de percusión que sucede tras bambalinas: desde el impulso hasta la caída de cada nota. Visualizó la tecla pulsada que eleva la palanca, la palanca que golpea la cuerda, la cuerda que es liberada por el apagador. Se repitió una y otra vez el impulso y la caída de cada nota. Fue una noche sin estrellas bajo el cielo vizcaíno. Tocó mi abuelo la Sonata Número Dos en Re menor de Schumann.

Horas antes, el flaco afinador de pianos visitó la casa de los señores Castilla. Era una de las viviendas más grandes del pueblo. Llegó a pie, no estaba lejos. Abrió la niña de cabello rojizo. Con un gentil ademán, le condescendió la entrada al afinador.

—Eres tú la pianista de la casa —preguntó mi abuelo dedicándole un guiño.

—He estudiado ya por cinco años.

—¿Y te quieres dedicar a ello?

—Sí —admitió ella para sentarse en la banca de madera a observar.

—Ha llegado usted un poco tarde —se apareció la señora recargándose contra el marco de madera del salón en donde estaba el grandioso piano de cola.

—Lo sé, señora. Lo siento, he venido andando. Pero estoy seguro de que no me demoraré. Su piano está siempre en excelentes condiciones —buscó dentro de su maletín de cuero el diapasón y retiró la tapa de madera del instrumento.

—¿Toca, usted, La Internacional? —indagó la señora Castilla.

Mi abuelo cerró con prisa el maletín. Le sudó la frente. No supo qué responder. Cargar con las partituras del himno comunista podía adjudicarle una condena en algún campo de concentración o arrebatarle la vida con un disparo directo al pecho. No era beneficioso que alguien de la familia Castilla viese aquello en su valija, todo lo contrario.

Cerró el broche de su portafolios gastado y reprochó para sí su indiscreción. Tras haber perdido la guerra, mi abuelo había decidido acallar su conversión a la fe del hombre nuevo, esto principalmente por el niño que se alimentaba del seno de su mujer. Su doctrina era ya la de un príncipe relegado, y él, con tal de sobrevivir, debía aceptarlo, resignarse.

Pasaron cinco segundos de incómodo silencio en el salón de los Castilla. Se volvió mi abuelo al piano y comenzó con su labor habitual: pisó el pedal derecho con todo el peso de su talón, colocó dos cuñas y la pinza para apagar las cuerdas adyacentes.

—Mamá, ¿Qué es La Internacional? ¿Es bonita? ¿La puedo tocar yo? —preguntó la niña.

Al parecer, el tema no se esfumaría tan fácilmente.

—No lo toco yo, señora. Mis alumnos me regalan de todo. Hay un montón de partituras inútiles aquí dentro.

Afinó de oído las notas de la octava media. Con las manos aún temblando y escuchando el resonar arrebatador del himno en su mente, pasó a la octava superior, después fue a la inferior.

—Listo —expresó. Devolvió todo con mesura al maletín. No podía volver a delatarse—. Tienen, ustedes, un piano hermoso.

—Mire, no diré nada sobre las partituras con las que carga. Soy piadosa. Así como Jesucristo nos lo ha pedido. Bueno, siempre y cuando usted prometa convertirse. Los tiempos están regresando a ser lo que eran antes y eso hay que aceptarlo. Antonio, recuerde que Dios es misericordioso. Confiésese con el cura, es todo lo que tiene que hacer y no tendrá problema alguno.

El pecho de mi abuelo se surtió de un ansia apenas controlable. Deseaba sujetar a aquella mujer por los hombros y preguntarle lo que era para ella la clemencia. ¿Dónde está la compasión y la humildad? ¿Dónde está la misericordia divina? Durante la guerra, el sacramento de la confesión se había convertido en una trampa para ratones disfrazada de piedad. Él lo tenía más que claro porque lo vivió en carne propia. La confesión de su cuñada había enviado a dos de sus hermanos directo al campo de fusilamiento, los otros corrieron rumbo a Francia.

¿Dónde está su Dios misericordioso cuando las balas de cobre atraviesan cráneos ateos?, quiso preguntarle. Pero no valía la pena, cualquier tipo de arremetida en contra de los vencedores era equivalente al suicidio.

—Señora, yo se lo digo de verdad, voy cada martes a ver al cura para confesarme. Apenas llegar a casa, me desharé de las partituras.

La noche cayó antes de lo estipulado. Mi abuelo, sentado en una de las bancas de la plaza central del pueblo con los zapatos rotos, recargó la frente contra la palma de la mano. Suspiró de nuevo. No podía llegar así a casa. Debía volver con la voz estable. No contaba con demasiado tiempo, su mujer dentro de poco le tendría el plato de judías sobre la mesa.

Sacudiéndose con la torpeza de un niño aprendiendo a andar, se abrió paso una golondrina entre la neblina. Aterrizó de lleno sobre el regazo de él; clavó las patitas de quebradizo palo entre la tela gris de su pantalón. Tenía herida el ala izquierda. La tomó entre las manos y caminó hasta casa. Era hora de ir con su mujer, quería ver los ojos de su niño. Emprendió su camino de derrota sosteniendo a la golondrina con una mano y cargando con la otra el maletín.

Se desplazó entre las calles desiertas de su pueblo vizcaíno intentando apaciguar los discursos revolucionarios que vivían en su imaginación. Eran pocos los años que habían transcurrido desde la última reunión de bandera roja en la buhardilla de Altzibar. Recordó el clamor de las risas, el olor a tabaco encerrado entre las cuatro paredes humedecidas, el sabor agrio del vino sobre la lengua y las arrebatadas discusiones sobre libros de filosofía política. Se evocó frente al piano tocando y cantando a todo pulmón la ya maligna Internacional. La hacía sonar antes de cada reunión. Sus compañeros, entre el humo del cigarro y de la ensoñación, alzaban el puño.

Entonces, ya sin las reuniones eufóricas, mi abuelo percibía el talón de Aquiles de su movimiento fallecido. ¿Cómo pudo haber sido tan ciego? Se regañaba. Se sentía cobarde por elegir ocultar los ideales que algún día juró defender. Una pequeña llama dentro de él quería seguir apostando a lo perdido. Sin embargo, comprendía bien que la más mínima de las apuestas era capaz de arrastrarlo a una muerte sin réquiem y sin funeral.

Al llegar a casa, divisó el largo cabello negro de su mujer frente al fogón. Por ella valía la pena enmudecer el credo comunista. Lo valía por cada segundo de vida con ella. El niño balbuceó un par de veces al escuchar entrar a su padre. Mi abuelo caminó hasta mi abuela. Le mostró la golondrina.

—Se ha posado sobre mis piernas. Mírala, tiene el ala lastimada. La he traído para que se recupere.

—¡Ay, cariño! Tú siempre tan romántico —dividió las judías en dos cuencos y los llevó a la mesa—. Ponla a un lado del calentador. Ahí estará bien.

Obedeció mi abuelo. Depositó al pajarillo junto al calentador cilíndrico de cobre que bien lograba propagar el calor por la pequeña casa de una sola habitación. De rodillas delante del añil ave, revivió el breve interrogatorio de la señora Castilla. ¿Debía decírselo a su mujer? Ella le repetía a diario lo vital que era ser cuidadoso. Solamente la afonía escrupulosa les otorgaría más años de vida. Concluyó que no era justo preocuparla. Se consoló pensando en que probablemente la señora Castilla era tan misericordiosa como aseguraba.

Apenas terminó la cena, se colocó frente a su piano. En tiempos de disgusto, la música era el único sedante que lo arrullaba. Sus dedos largos se sacudieron sobre la esquina izquierda del teclado; las cuerdas envueltas en cobre fueron golpeadas por el martillo del piano. Vaya día tan largo, conversó consigo mismo. Tocó mi abuelo, aquella noche, la Sonata Número Dos en Re menor de Schumann: su última canción.

Se asomó el sol sobre la colina verde del pueblo. Ocho secos golpes llamando a la puerta anunciaron el llegar de la mañana. Mi abuelo se puso de pie de un salto y corrió a atender. Se encontró con el rostro palidecido y la cabeza calva de Domingo, uno de sus compañeros del partido comunista, el fundador de la ya aniquilada gacetilla del partido. Tenía los ojos rojos, parecía haber pasado la noche en vela. Mi abuelo lo supo de inmediato, la expresión despavorida y esas ojeras poco amistosas lo insinuaban todo por sí solas.

—No quiero que me vean aquí —tartamudeó metiendo ambas manos en las bolsas del pantalón—. Ayer en la parroquia estuvieron hablando de ti. Me lo dijo mi mujer, al parecer el cura le ha pedido que indagase…

—La señora Castilla.

—Da igual cómo. Lo importante es que te tienen en la mira y si no te largas de este país de mierda acabarás muerto como todos los demás. ¿Recuerdas al señor Beltrán? ¿El gordo que jugaba a las cartas en las reuniones? —asintió mi abuelo—. Vale, pues él parte sobre las once de la mañana rumbo a Asturias. Allí se irá en un barco a México —ofreció a mi abuelo un trozo de papel con la dirección del señor Beltrán escrita en tinta negra—. Id allí unos veinte minutos antes de las once, os estará esperando y os marcháis con él.

—¿Qué voy a hacer en México, Domingo?

—Lo que sea, Antonio. Pero vete con ilusión que allá la vida es diferente. Me ha escrito varias cartas mi primo Juan. Hay muchos como nosotros, están por todos lados. Trabajan, algunos se han comprado casas en la ciudad.

—Y otros han pasado semanas durmiendo debajo de los puentes.

—Sí, es cierto. Pero hay pianos en todo el mundo, tú tendrás trabajo.

El polvo de las valijas voló en un nubarrón que hizo estornudar a mi abuela. Arrojaron dentro lo poco que tenían incluida la fotografía de ambos. Con el calentador de cobre apagado, la casa que estaba por dejar atrás se descoloraba, se enfriaba. Mi abuelo tomó con ambas manos a la golondrina y la llevó hasta el balcón.

—Te llevaría conmigo, pero no puedo —murmuró.

Se volvió, quería contemplar por un instante la casa en la que anheló vivir. Jamás imaginó convertirse en fugitivo de su causa y, menos aún, del país al que amaba. Él deseaba quedarse. Planeaba, con la resiliencia del derrotado, bordar ahí dentro una vida junto a su mujer y a su hijo. Poco le importaba permanecer oculto en la sombra sin molestar a quienes habían triunfado. ¿Ni siquiera renegando de su fe le era permitido quedarse? Maldijo la hipócrita misericordia católica de la señora Castilla.

Mi abuela no recuerda qué fue lo que pasó después, o ¿será más bien que prefiere no narrarlo? Lo que sé es que ella estaba fuera, había salido por la puerta trasera. Esperaba a mi abuelo junto a la valija de cuero y con el niño alzado en brazos, cuando la puerta principal se sacudió con la furia del atentado de Sarajevo. Tres uniformados encontraron al hombre largo y flaco de pie sobre una mancha de café en el piso. Él, al verlos, no se inmutó. Lo comprendió: no iría a México.

Se lo llevaron. Mi abuela huyó con el señor Beltrán. Siendo una exiliada de alma desangrada, se fue sola rumbo a una tierra desconocida. Se fue con el lamento del horror sostenido en la garganta. Se fue para imaginar a diario la muerte sin funeral de mi abuelo. Dejó atrás el pan duro, el plomo de las escopetas, la antesala de una guerra más grande, la histeria colectiva y el color rojo de una bandera roída. Dejó atrás el charco de sangre sobre el que se derribó el cuerpo de mi abuelo mientras la campana del pueblo anunciaba el comienzo de otra misa. Dejó atrás el cobre rosado de su calentador cilíndrico, el hilillo de cobre en las cuerdas del piano, el cobre de la bala sonora que atravesó el cráneo de su marido. Navegó sobre el Atlántico sin resecar las heridas. Se alejó de la golondrina viuda que anidó en el balcón de su casa abandonada.

Hoy, ella vive en un asilo para ancianos en la Ciudad de México. Antes de irse a la cama, se pone delante de la cara la única imagen que conserva de mi abuelo y pronuncia su nombre tres veces. Antonio. Antonio. Antonio. Ella así reza.

—Los mismos ojos, los mismos dedos, niño —repite.

—Sí, los mismos ojos y manos. No por nada soy pianista. De algún lado lo tenía que sacar, ¿no? —ella asiente—. ¿Estás lista? —pregunto, aunque se nota que sí. Se ha puesto guapa para acompañarme. Lleva un vestido de algodón con girasoles dibujados en el borde de la falda. Trae también los pendientes de perla que utiliza en ocasiones especiales.

—Lista —responde sin disimular el deje de optimismo en su voz.

Abandonamos los dos la residencia para ir al Auditorio Justo Sierra de la Universidad Autónoma de México. Mi abuela se sienta entre el público con una sonrisa que apenas le cabe en la cara. Yo, entre cortinas de terciopelo rojas, subo al escenario y me coloco delante del reluciente piano de cola. Un piano como el de los señores Castilla, pienso. El silencio impera en el auditorio. Estrecho la mano de la violinista, saco las partituras de mi maletín negro y acomodo los dedos sobre el teclado.

Mi pulgar se sacude sobre la esquina izquierda golpeando una y otra tecla. ¡Cómo me gusta hacer sonar las octavas más bajas del piano! ¿Será por el fino alambre de cobre que se enrosca sobre las cuerdas? El cobre añade peso y ayuda a que las cuerdas lleguen a frecuencias más bajas. Entra el violín en acción. Permito que cada una de esas notas me posea hasta los huesos. Supongo que sí me parezco a mi abuelo, a mí también me gusta visualizar lo que sucede detrás de la tapa del piano mientras lo toco: el martillo que golpea las cuerdas, la palanca que se eleva, la cuerda que es liberada por el apagador.

Han pasado dos generaciones desde la muerte sin funeral de mi abuelo. Lo único que nos separa, son fechas —números atribuidos a la ilusoria linealidad del tiempo—. Mi abuela, sentada en una butaca de madera tapizada, alza la vista para posarla en el bailar de mis manos. Recuerda aquella noche sin estrellas en su casa, en su pueblo. Lo ve a él tocando el piano. Han pasado dos generaciones, pero su mirada sorprendida ante el repiquetear de nuestros diez dedos es la misma que era entonces.

Suena bajo el cielo mexicano que está muy lejos de España, la Sonata Número Dos en Re menor de Schumann. Así comienzo todos mis conciertos, dedicándole un réquiem a mi abuelo.

 


 

Natalia Martínez Alcalde

Natalia Martínez Alcalde. Nacida el 30 de noviembre de 1992 y proveniente de Guanajuato, México, se licenció en Lenguas Modernas y Gestión Cultural en la Universidad Anáhuac México Norte y en Estudios de Museos en la Universidad de Ámsterdam. Ha participado en distintos centros culturales y educativos como coordinadora de exposiciones temporales y actividades, entre ellos la Institución Libre de Enseñanza en Madrid y Le Gallerie degli Uffizi en Florencia.

Cuenta con trabajos de investigación publicados en la revista Ágora, Colegio de México (COLMEX) y Uffizi Magazine. Actualmente se desempeña como editora y columnista digital del periódico La Crónica de Hoy.

📩 Contactar con la autora: nataliama.92[at]hotmail [dot] com

🖌 Ilustración relato: Alcalde Maycotte, C. (2018). Reflejo. Óleo sobre tela (detalle) ©

 

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Revista Almiar (Margen Cero) • n.º 117 • julio-agosto de 2021 🛠 PmmC

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