artículo por
Silvana Freire Levín

 

U

n problema existencial que cobra gran relevancia en nuestra cultura es la pregunta antropológica por el sentido de la vida. Aunque, claro está, que dicha interrogativa nos viene siguiendo los pasos desde hace siglos. No es novedad el cuestionamiento humano, y es este mismo el que da origen a la filosofía y otras áreas humanistas, como la nuestra. Por otro lado, y presento aquí mi hipótesis, una de las razones de interés por el estudio del no-muerto en la literatura, radica en que este sería un modo mítico para hablar de la angustia del sujeto moderno. Esa inquietud constante de la finitud, de contradicciones entre vida y muerte, el saber que somos más efímeros de lo que quisiéramos; nos lleva, en muchos casos, a una búsqueda incansable de la perpetuidad.

Un personaje que ha traspasado las barreras físicas de la muerte para volver a la vida, o bien permanecer eternamente en ella, según difieran los relatos; es, sin duda, un elemento interesante que se presenta como una posible respuesta a tantas preguntas.  Uno de los no-muertos más populares es el monstruo de la novela Frankenstein o el moderno Prometeo, publicada el año 1818 por la escritora inglesa Mary Shelley. En un entorno de tradición de la novela gótica, siembra temáticas como la moral científica, la posición del hombre con respecto a Dios, y la creación y destrucción de la vida.

El hombre sería —en palabras de Heidegger— un ser para la muerte. Y Víctor Frankenstein lo entiende de una forma similar, al normalizar, en cierto sentido, el fallecimiento de su madre. «Pero ¿a quién no ha arrebatado un ser querido esa mano dura? Y ¿para qué describir un dolor que todos han sufrido y sufrirán? Llega al cabo de un tiempo en que el luto tiene más de capricho que de necesidad». (Shelley 40)  Lo inexplicable de la muerte pone al ente en un abismo de ignorancia. Es por esto que en sus palabras se observa un dejo de resignación, donde después del dolor la razón prima y ya no nos parece una fatalidad tan particular, sino que el perder se vuelve parte del proceso de ley natural.

El rol del muerto-viviente en la novela, y ya como un mito inserto en el imaginario social, es el de la voz propia de la experiencia. Después de Kant no podemos hablar de algo que escape al mundo empírico y es entonces cuando el mito se posiciona como una buena opción. El relato ficticio trata temas de controversia, como el hombre moderno o la muerte misma, en lo que podríamos llamar una función simbólica. Pero es así, a través de la metáfora que lo ilusorio se vuelve real. Es la posibilidad de hablar de lo que no se puede hablar y encontrar la verdad en algo que no existe.

La criatura creada por Víctor nos puede representar desde muchas aristas. Cuando en la segunda parte del libro dice: «Créeme, Frankenstein: yo era benévolo, y mi alma ardía de amor y humanidad; pero ¿acaso no estoy solo, miserablemente solo? Tú, mi creador, me aborreces» (107). La soledad inextirpable determina al ser, más aún cuando su existencia carece de sentido. Cuando no sabemos el por qué de la vida o no hay motivaciones para ella, la soledad se presenta aun sin ser llamada. El sujeto moderno está inserto en un mundo mucho más veloz, una carrera interminable de ciudades y coches. Ese ritmo, que nos impide detenernos es el que crea angustia, inquietud y nos sentimos solos aun rodeados de gente.

Otra cualidad de la modernidad es la inmaterialización del poder. Facultad que pasa de Dios al hombre. El ser humano se transforma en un creador de par a par con la divinidad. Y refiriéndonos al título, es un nuevo Prometeo que ha robado la llama de la vida. Ahora, el problema recae en las capacidades de quien la posea. Ya que fue esta, precisamente, la que sumió en desdicha a nuestro personaje. «Usted busca el conocimiento y la sabiduría, como los busqué yo en otros tiempos, y deseo ardientemente que la satisfacción de sus deseos no le muerda como un áspid, tal como me sucedió a mí» (26). En esta advertencia a Walton, se presencia nuevamente el carácter testimonial, que a través del relato nos responde las dudas sobre la ambición y el poder, una de las grandes aspiraciones del sujeto moderno, en un afán por destacar dentro de la masa social que parece tan homogénea.

La idea de que Frankenstein ha sido exitoso no solo por tocar teclas en las profundidades humanas, sino porque lo hace mediante una forma que nos permite entendernos como hombres y mujeres modernos; lleva a la conclusión de que la figura del no-muerto es clave para su desarrollo literario. Nuevamente, la experiencia ficcional de un monstruo, vampiro y más recientemente de un zombi, terminan por ser intentos de aclarar la mente contradictoria del ser humano actual. Es muy probable, que nunca lleguemos a una verdad absoluta, pero en el mero intento, la angustia se apacigua un poco. Y eso es suficiente para continuar escribiendo.

 

NOTA BIBLIOGRÁFICA:
– Shelley, Mary. Frankenstein. España: Editorial Alma, 2018

 


 

Silvana Freire Levín. Es estudiante de Letras Hispánicas en la Pontificia Universidad Católica de Chile; escribe desde muy pequeña. Ha participado en talleres y concursos literarios a nivel regional y nacional, obteniendo algunos premios y, además, una publicación bajo el amparo del concurso regional de poesía de DD.HH.

 Contactar con la autora: miraelcielonolatele [ at ] gmail.com

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Ilustración: Imagen por Gerd Altmann en Pixabay [Cco]

 

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