relato por
Adán Echeverría

D

urante el embarazo Carmen comprendió que la vida al lado de un hombre decidido a la ruina implicaba roerse los puños en soledad. Con el vientre creciendo se alejaron las noches de bohemia al lado de Anuar. La prueba de embarazo dio positivo, pero él no estuvo para abrazarla, y aquel recuerdo de los objetivos que desde hacía años Anuar le había contado a Carmen, la hicieron claudicar y sentirse derrotada.

Anuar despertó una vez más en los separos de la policía; le ocurría por lo menos cada mes, por escandalizar en público, dormirse en la cabina de su auto, tirarse en cualquier acera o banca de parque público, luego de haber deambulado entre teporochos por colonias apartadas de la ciudad. No le importaba dónde caía cuando el alcohol lo superaba; era lo de menos si se meaba en los pantalones. Los separos eran más seguros. Julio, su joven amigo, pasaba a recogerlo cuando lo liberaban, lo invitaba a desayunar, le ofrecía una camisa limpia, para luego acercarlo hasta su automóvil parqueado en alguna calle. «He visto un pájaro verde», le decía Anuar, y ambos reían en la despedida.

No es que bebiera a diario; la fiesta ocurría al salir de la Facultad los viernes; no hacía compromisos para el fin de semana. Tan sólo atravesar el periférico, su automóvil corría hacia alguna cantina para discutir los temas que escurrían de su mente.

Era un hombre de fijaciones literarias. Su admiración enfermiza por Yáñez Bianchi, pionero del vanguardismo chileno, rayaba en lo patético: ¡He visto un pájaro verde!, era el santo y seña que le había copiado al autor para sus correrías. Pero era imperioso que en el congal se hablara de sexo, y la posibilidad de probarlo todo. «Fuera del aula, para qué hablar de literatura». Por eso agradecía que Julio lo alcanzara al salir de su trabajo. Dejaban su carro aparcado en alguna calle y corrían por cantinas, puteros, lupanares, hasta olvidarse el uno del otro. Hasta perder la conciencia.

Carmen se había entusiasmado con la forma de ver la vida del que al principio era el correcto profesor frente a grupo, que simulaba ser Anuar. La primera vez que departió a su lado fue divertido. Ella se fue a casa, y ya no supo más.

Pero la noche que Carmen se enteró del embarazo, Anuar no estuvo con ella. No pudo darle la noticia sino hasta el lunes en la Universidad. Anuar disfrutaba impartir clases y como de los separos lo soltaban el lunes a eso de las 6 de la mañana, rayando las 9:40 estaba frente a alguno de sus grupos. Al salir de clase, Carmen ya lo esperaba en su cubículo. Cerró tras él la puerta para enfrentarse a la linda carita fresca y sonriente de su mujer:

—¡Pasó de nuevo! Tendrás que perdonar.

—¡Estoy embarazada!

El silencio escurrió por las paredes del cubículo, sembrándolos en su silla, uno a cada lado del escritorio.

—Ya habíamos hablado… —se decidió Anuar al verla sonriente. Y lo habían hecho, en muchas ocasiones, incluso cuando cogieron en ese mismo cubículo sin protección.

Todo cambió tras la primera noche que Carmen se había metido de plano a su casa: «¡Tendrás que cuidarme! Porque desde hoy renuncio a los anticonceptivos». Fue una colonización lo de Carmen. Ocurrió de a poco. Primero decidió quedarse a dormir luego de los vinos; pronto algunas prendas se sembraron como olvidadas; Anuar pensó que se trataba de trofeos, ofrendas dejadas por el buen polvo. Tarde fue cayendo en cuenta que las cosas de Carmen avanzaron, metiéndose por todos sus cajones y hasta en sus libreros.

Desde los diecinueve años Anuar tuvo claro lo que quería de las relaciones de pareja. Tres meses y a lo que sigue. No soy de los que se pone serio con nadie. Si tienes que irte cierras la puerta. Siempre hay forma de dejar claro que se trata de sexo sin compromiso. Para Anuar el único compromiso era consigo y con la literatura.

El odio a sentirse prisionero de una relación era como ese «infierno tan temido» que no podía alcanzarlo; no quería que alguien le escupiera a la cara: «Bienvenido al mundo de los adultos». Lo suyo era la liberación de Papusa fuera del ópalo negro. La decisión de no tener dominio sobre la vida de nadie.

—¡Sabes bien lo que pienso, Carmen! No finjas extrañeza.

—¡Sé bien en lo que me he metido!

—Pues no se hable más. Lo resolverás —y el silencio volvió a cubrirlos.

Carmen sabía que Anuar había planeado una muerte lenta, beber, beber, fumar, fumar, leer, leer, y volver a leer. El plan se fue perfeccionando durante doce años. Nada hay más allá de los cuarenta. Anuar estaba ahí para los placeres y la literatura, y cuando la vida se encontrase en el cénit: ¡Eso es todo, muchas gracias!

Muchos años habían pasado desde que entendió que jamás sería un escritor remotamente interesante, jamás cercano a los maestros que admiraba. Lejos ya la beca nacional que obtuvo para su proyecto de novela, lejos los premios de poesía de su juventud; letras que servirían apenas para limpiarle la cola a la poesía de Fijman, o a los cuentos de Onetti; y por eso lo había dejado todo. Podía enseñar a escribir, pero no iba a ser escritor jamás. No pudo lograrlo.

Carmen necesitó acostumbrarse a sus instantes semanales de depresión.

El tipo, mayor que ella casi veinte años, sabía ser educado, era un personaje culto cuya foto aparecía todos los martes en el más importante periódico de la ciudad, anunciando en su columna temas donde continuamente masticaba alguna obra literaria.

—Recuerdo muy bien lo que me has dicho sobre tener familia. No te pido nada.

—Mentira. Siempre queremos algo —Anuar lo dijo sin enojo, casi sonrió, pero se contuvo, tampoco quería parecer cínico. Carmen lo notó. Anuar no peleaba con ella porque no buscaba imponer ninguna de sus ideas. Sólo con la literatura era implacable. Carmen todavía recuerda cómo puso cuando le dijo que utilizaría un seudónimo para firmar sus obras.

—Ya sabes lo que pienso al respecto. Lo ha dicho Arthur Miller: «Mi nombre es todo lo que tengo».

—Todo lo llevas hacia una cita literaria. ¡A mí qué me importa lo que dijo Miller!

Anuar colgó la llamada en aquella ocasión. Aún no vivían juntos y por ello Carmen se sintió de pronto sola en un océano de dudas e incomprensión. Al día siguiente ella lo esperaba desde temprano en la puerta de su cubículo. Anuar llegó con ese olor característico de lunes, a jabones mezclados con la sudoración fría del alcohol.

—No fue mi intención ofenderte, Anuar. No sé qué tienes contra los seudónimos.

—Sigue sin entender, señorita. Mejor la veo en el salón.

—¿No hablarás conmigo? ¿No puedo entrar a tu cubículo? ¿Me dejarás en la puerta?

—Es muy temprano. Usted sabe que hay ciertas reglas de la escuela.

Pero Carmen no se fue. Se quedó, y detrás de la puerta de acrílico podía ver a Anuar acomodar sus cosas en sus cajones, y prepararse una jarra de café. Volvió a tocarle la puerta.

—¡Adelante! —gritó Anuar minutos después—. Pase y deje abierto. Tome asiento.

—Estoy acá intentando esbozar una disculpa.

—¿Ya lo has entendido?

—La literatura es tu vida, es lo más importante… Lo sé.

—Me vale si firmas con seudónimo, simplemente no me parece que se pueda usar como juego. No soporto que a la literatura no se le tome en serio —atajó Anuar—. Es lo único que puede cambiarlo todo. Somos uno antes de la lectura de una obra, y alguien totalmente diferente después de haber leído. Parece estúpido, y tal vez yo sea el gran tonto al creerlo; pero es a través de la literatura que apenas se puede soportar el mundo. Lo entendí a los veintiocho años. Por eso he tomado la decisión…

—¡Morir a los cuarenta! Ya me lo has contado. No lo acepto, pero me queda claro.

Todo podría ser distinto ahora. Carmen estaba decidida. De nuevo lo había acorralado en su cubículo: ¡No te estoy pidiendo nada! «Mentira», increpó sin violencia, Anuar.

—En un año ya no estaré a tu lado. ¿Te enteras? No estaré a tu lado y eso es algo que debes tomar muy en serio.

—¡Por eso estoy embarazada, carajo! —Carmen levantó la voz, y Anuar decidió mejor guardar silencio. Se levantó dio vuelta al escritorio, pasó junto a ella, y abrió la puerta del cubículo. «Hay ciertas reglas, señorita», recordó Carmen, intentando contener las lágrimas. Había dejado sobre el escritorio la prueba de embarazo, las pequeñas líneas violetas del positivo.

—¡Voy a tener un hijo! ¡Será nuestro hijo, Anuar! Algo que pueda retener de ti, más que sólo la memoria. ¿Acaso no lo puedes tolerar?

—Un niño sin padre. Un niño más sin padre; ya nos los han contado tantas veces: Oé, Barrie. Dickens, y el drama de Beast of no nation.

—Nada, contigo, será común —ella estiró el brazo y puso la mano sobre uno de los muslos de Anuar; luego sonrió, desarmándolo—. Debiste cuidarme, ¡te lo advertí! —Carmen alargó la sonrisa para romper la atmósfera que empezaba a condensarse. «No seré yo quien arruine tus planes».

Anuar estaba de pie frente al cunero, los nueve meses pasaron quizá demasiado aprisa. Veía los enormes ojos abiertos de su hijo Elí. Luego desapareció entregado a sus excesos. Durante las cuarenta y dos semanas Anuar dudaba en vigilar la figura de Carmen subiendo las piernas al sofá, o rodeando con las manos el abultado vientre que siempre presumía. No quería que ella pensara que podía acostumbrarse. Carmen lloraba quedito pensando en el desenlace al que todo se estaba conduciendo. Ella a veces se sentía tan sola que le escribía al móvil, notaba que Anuar leía los mensajes, pero no tenía respuestas.

Con el nacimiento de Elí, Carmen encontró la ruta, pero nada cambió en la idea fija que Anuar había construido. Se desdoblaba: de lunes a viernes era el maestro dedicado a interesar a sus alumnos en la literatura, en casa leía hasta altas horas de la noche; daba talleres en línea si se los solicitaban; pero competía por el mismo cuerpo contra el empedernido alcohólico que no podía permitirse una borrachera menos los fines de semana, hasta que aquello lo matase. Trepado en el alcohol era capaz de agarrarse a golpes, y meterse con cualquiera.

Julio era casi su sombra en esos días. Se hizo actor para las obras de teatro que Anuar desarrollara al empezar su carrera de creador con tan solo diecinueve años; tanto admiraba a su maestro, que le había jurado ayudarlo en todo, hasta para matarlo si veía que Anuar se arrepentía. Había que obedecer al escritor, y por eso aceptó la broma del pájaro verde de Juan Emar, como el santo y seña para la correría.

—Seré tu verdugo si de verdad estás dispuesto.

—No te me vayas a echar para atrás, Julio. Sólo en ti confío. Si no te atreves, te hundiré, créemelo; pero si lo haces, ya hasta escribí un texto para exculparte.

Julio lo admiraba. Cuando Anuar trabajó en el gobierno apenas medio año, en la Secretaría de Cultura estatal, logró meter a su amigo. Julio entró como chofer y almacenista. Llevaba de un lado a otro a los autores a los que se les presentaba un libro en la ciudad, o que venían para impartir alguna conferencia. No le importó ser el sirviente de alguien, siempre supo que llegaría su momento, y decidió esperar para tomarlo si se presentaba. En cambio, Anuar no pudo, renunció al gobierno harto de la burocracia, era preferible la academia:

—¡Quien fuera Bloom para leer todo el día y que te paguen por ello!

—Pero eso solamente ocurre en Yale, Anuar, no en una universidad autónoma. Acá también te arrojarás a los brazos de la burocracia académica.

—Aun así, acá puedes deformar alguna que otra mente.

La perspicacia y la paciencia de Julio, su trato con otros jefes, le hicieron escalar. Pronto pasó de chófer en la Secretaría de Cultura al Sistema Penitenciario Federal donde primero lo ubicaron como jefe de custodios de un CERESO; y posteriormente como el encargado del área de Divulgación y Esparcimiento en los centros de mujeres privadas de la libertad. Fue con ese puesto que invitó a Anuar a ofrecer talleres de creación a las internas. Hasta que una tarde, cuando Anuar terminó su labor con las reclusas fue conducido a la oficina de Julio, donde ya tenían a varias chicas desnudas y con las manos esposadas por la espalda.

No sería la primera vez que juntos se divirtieran con el sexo de las mujeres, solo que siempre había un pago de por medio, o el deseo de aquellas. Esto era diferente. Anuar se dio cuenta de que las chicas estaban conscientes de que no habría más remedio que dejar ser a aquellos hombres si no querían que las lastimaran de más. Julio comprendió tan sólo verlo frente a él, que tal vez había cometido un error al haber invitado a Anuar.

—¿Qué pasa, pájaro verde? ¿Te me estés culeando?

—Para nada, sólo que aún no he probado alcohol. Pero no te apures por mí. Adelante. —y encendió un cigarrillo sin apartar la vista de las chicas a las que se les pidió que se pusieran de rodillas.

Del nacimiento de Elí en junio, para el cumpleaños cuarenta de Anuar habrían de pasar cuatro meses. Las últimas noches la mirada del maestro universitario se mantenía fija sobre el rostro de su hijo. Contemplaba al bebé que le sonreía, mientras intentaba estirar las manitas para tocar el juguete móvil que le habían colgado encima de la cuna; el pequeño iba formando burbujitas de saliva que Anuar secaba con un pañal de tela.

—Este mundo es muy poco para la ternura de mi hijo.

—Me gusta verte cerca de él.

—¿Sigues sin aceptarlo? —y Anuar se levantó para irse a la sala, coger un libro y ponerse a leer.

«Se llamará Elí, por aquello de elí elí lama sabactaní». Cuando Anuar decidió ponerle nombre, Carmen volvió a sentir la pequeña esperanza de estar juntos.

—Después de los cuarenta años, los seres humanos comenzamos a hablar sólo de recuerdos. ¿Lo has notado? Las cosas importantes y trascendentes de tu vida, ya han pasado. Y todo se trata de envejecer sin perder la dignidad.

Carmen guardaba silencio, le abrazaba y le plantaba un beso en la coronilla: «Me importas, ni modo, aunque no quieras».

—Porque sabes que tú también me importas. ¿Qué hay de que nos importe alguien al que no le importamos? Eso es el amor verdadero. Elí me importa, aunque él no sabe ni tiene la más remota idea de quién soy, y por tanto no le importo. ¿No te parece fenomenal, Carmen?

Julio había entrado a la casa en la alta noche, el cumpleaños de Anuar cayó en sábado; el joven amigo tuvo conciencia de que ese día no sólo encontraría a su maestro—camarada festejando, se mantendría al pendiente de lo que pudiera pasarle, y para que aquello funcionara, no podía suceder en la fiesta. Decidió emborracharse con Anuar, mirarlo caer dormido en la madrugada del domingo, rodeado de amistades y conocidos.

Quería tenerlo de frente para soltar los disparos. Un pequeño odio había nacido en Julio, un odio creciente como motivación desde aquella tarde en su oficina del CERESO, cuando sintió la mirada de Anuar caer encima de él con asco. ¿Quién se había creído? Venir a chantajearme: «¡Tienes que hacerlo, Julio! Si no lo haces, le contaré a todo mundo lo que haces con las prisioneras». Y se había reído como si se tratara de una broma, mientras bebía de la botella de ron. Fue aquella risa de beodo el insulto final de la relación que tanto tiempo los había unido: ¡Claro que lo haré, que no te quepa duda!

El sábado del cumpleaños cuarenta de Anuar tan sólo cruzaron miradas: ¡He visto un maldito pájaro verde!, y Anuar reía conmovido; Julio no se percató de a qué hora se había marchado el festejado. Tal vez se fue fingiendo creer que Julio se había olvidado del asunto. Y Julio se fue a casa a descansar un rato. Por la tarde del domingo, ya reanimado decidió buscarlo en varios sitios, pero no dio con él, así que llamó a su casa. Carmen le dijo que no se había aparecido por ahí.

—Nunca aparece el domingo, aunque hoy todo será diferente —algo le oprimía la voz.

—Seguiré buscándolo, no te preocupes.

Pasada la media noche Julio decidió darse una última vuelta por casa de Anuar, y encontró su carro estacionado en el porche.

Anuar había llegado a eso de las veinte horas del domingo. Tenía ya cuarenta años y un día, y estaba sobrio. Estuvo en la playa, se había detenido a comenzar con aquello de vivir de la memoria; ¡Bienvenido, Bob!, sin remedio pensó en Onetti. A partir de los cuarenta todo es vivir de lo que fuiste. Todo se trata de vivir para los otros, la sociedad, los alumnos, los hijos, de vivir para mi hijo.

Elí dormía plácidamente en su cuna. Anuar tuvo tiempo de hacerle el amor a Carmen bajo la regadera. Tal vez sí había una oportunidad de construir un futuro a su lado.

Julio aparcó a la vuelta de la casa. Se metió a la terraza, pues la reja no tenía candado. Forzó la puerta y los encontró sentados en la sala: «¡He visto un pájaro verde!», gritó Anuar al ver a Julio empuñando la pistola. Ambos se miraron sorprendidos

—¡No eres mejor que yo! —fueron las palabras que Julio escupió en el rostro de Anuar, cuando este se puso de pie, sonriente, con la intención de decirle que todo había pasado; que el plan ya no tenía sentido. Que al fin había entendido lo que era la vida. Fue una maldita broma de borrachos que se alargó demasiado tiempo. Elí en su cuna, en el cuarto, comenzó a llorar. Algunos perros de la calle acompañaron el llanto de su hijo. Julio salió corriendo entre las sombras luego de gritar:

—¡No somos tus marionetas! ¡No eres mejor que yo! ¡Ambos somos el maldito pájaro verde!

Anuar se abrazó a los muslos de Carmen, cuya frente reposaba en el piso doblada hacia adelante. Elí lloraba en la cuna. Anuar brincó sobre el cuerpo inerte de su esposa, y corrió hacia la cuna donde su hijo agitaba las manos desesperado y lo levantó para arrullarlo.

 


 

ADÁN ECHEVERRÍA GARCÍA. Mérida, Yucatán (1975).
Integrante del Centro Yucateco de Escritores, A.C. Realiza el Doctorado en Ciencias Marinas en el Cinvestav del Instituto Politécnico Nacional – Unidad Mérida con una beca del Conacyt. Biólogo con Maestría en Producción Animal Tropical por la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY). Ha cursado además el Diplomado en Periodismo, Protocolo y Literatura (ICY, CONACULTA-INBA y Editorial Santillana, 2005). Por su obra literaria ha sido considerado en el Diccionario Biobibliográfico de Escritores de México que realiza la Coordinación Nacional de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Ha publicado los poemarios El ropero del suicida (Editorial Dante, 2002), Delirios de hombre ave (Ediciones de la UADY, 2004), Xenankó (Ediciones Zur-PACMYC, 2005), La sonrisa del insecto (Tintanueva ediciones, 2008), y Tremévolo (Ed. Praxis – Ayuntamiento de Mérida, 2009); así como el libro de cuentos Fuga de memorias (Ayuntamiento de Mérida, 2006). Compiló junto con Ivi May el libro Nuevas voces en el laberinto: Novísimos escritores yucatecos nacidos a partir de 1975 (ICY, 2007), y con Armando Pacheco la compilación electrónica en Disco Compacto Del silencio hacia la luz: Mapa poético de México. Autores nacidos en el período 1960-1989 (Ediciones Zur y Catarsis Literaria El Drenaje, 2008). Es Premio Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Premio Nacional de Poesía Rosario Castellanos, convocado por la UADY (2007). Ganador del X Premio Nacional de Poesía Tintanueva 2008 (convocado en 2007). Premio Estatal de Poesía Joven Jorge Lara (2002). Mención de honor en el Premio Nacional de Cuento José Amaro Gamboa, convocado por la UADY (2004); Mención de honor en el Premio Estatal de Poesía José Díaz Bolio (2004) y Mención de honor en el Concurso Nacional de Cuento Carmen Báez (2005), de Morelia, Michoacán.

👀 Leer textos de este autor (en Almiar): Metálica justiciaSobrevivir a los gekos Tres pequeñeces ▫ +Más publicaciones

Contactar con el autor: adanizante [at] yahoo.com.mx

Ilustración relato: Foto de Martin Lopez [en Pexels]

TRES RELATOS SORPRESA (traídos aquí desde nuestra biblioteca)

Los confines del mundo (En Morir a los cuarenta) Los confines del mundo, por Carlos Montuenga. En Margen Cero (Biblioteca de relatos – 2006)
La colección (en Morir a los cuarenta) La colección, por Pedro M. Martínez Corada. En Margen Cero (Taller literario de El Comercial – 2003)
Impresiones en el frente Impresiones en el frente, por Miguel Vaquero. En Margen Cero (Biblioteca de relatos – 2002)

Adán Echeverría Morir a los cuarenta

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 130 · septiembre-octubre de 2023

Lecturas de esta página: 70

Siguiente publicación
Presentación del vídeo realizado por Javier Sanz Gómez, en donde…