«Viví en pueblos y lugares donde la gente no se suicida porque no conocen esa idea»

Entrevista por Juan Carlos Vásquez

 

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ace más de dos décadas, en las calles de Nueva York, tuve la suerte de conocer al escritor Milton Ordóñez. Nuestra primera conversación tuvo lugar en la George Bruce Library (518 W 125th St) en Manhattan, aunque ya nos habíamos cruzado en Wards Island y en Bellevue en otras ocasiones.

Fue Milton quien me motivó a adentrarme aún más en los ricos tesoros culturales de la ciudad, desde el imponente Metropolitan Museum hasta el atractivo del Soho neoyorquino, así como en muchos submundos artísticos desconocidos para mí.

Tras innumerables tours y conversaciones, me compartió su obra más preciada hasta ese momento, un libro titulado Absoluto. Sus reflexiones en torno a la física cuántica, la vulnerabilidad en la dimensión y las teletransportaciones eran recurrentes en sus argumentos sobre el contenido de sus nuevos textos.

Hoy, después de varios años desde aquel primer encuentro, tengo el privilegio de llevar a cabo esta entrevista para explorar algunos aspectos de su obra y su vida.

Milton es músico, compositor, director coral y escritor. Ha realizado la traducción al español de Donde empieza el camino y otros textos, de Jack Kerouac, Schwob Ediciones de Valparaíso. Textos que permanecían inéditos en nuestro idioma.

Ha escrito los libros de relatos Todo lugar (1992), Fundarte, Caracas, y Absoluto (1994), Memorias de Altagracia, Caracas. Con su primer libro de relatos, obtuvo el premio de narrativa de Fundarte en 1991. Su artículo referente a la obra del gran poeta y narrador Raymond Carver apareció en el Diario El Nacional. En la actualidad, trabaja en la novela Los estudiantes de El Pacífico/Bar y Restaurante (cómo robarse el sombrero de Armando Reverón), desde Salem, Massachusetts, lugar donde reside.

 

—JUAN CARLOS VÁSQUEZ: En tus obras y en tu experiencia como lector, has mencionado el interés por la literatura estadounidense y rusa. ¿Qué aspectos o elementos específicos encuentras en estas literaturas que no percibas en otras?

—MILTON ORDÓÑEZ: Cuando hice un semestre de intercambio universitario en Baruch School, Nueva York, me dieron a escoger dos materias entre una gama inmensa de temas. Escogí Historia de Rusia (creo que debido a que no sabía mucho de ellos) y Literatura Inglesa, ya que quería perfeccionar mi inglés, tanto en el habla como en la escritura.

Pero hay otras cosas, como que yo leo de todo desde muy pequeño porque papá, que era profesor, pastor religioso y un lector de historia único, tuvo siempre una pequeña biblioteca en casa con libros de toda clase, enciclopedias, diccionarios, periódicos, revistas, colecciones… Y en este punto voy a mencionar a Raymond Carver, quien tiene un ensayo exquisito: Mi padre, donde relata que él, siendo un obrero, leía religiosamente el periódico por las tardes en una esquina de la sala, en medio de un gran silencio. Carver se dijo, «debe haber algo en este acto de absorción y debo descubrir en qué consiste». Le pasó lo mismo, cuenta el escritor, porque se volvió un lector vicioso de todo cuanto conseguía en las tiendas, así fuese deportes.

Por otra parte, siempre supe que si quieres escribir buenas historias, debes leer a Chejov. Lo leo desde muy joven y todavía… Hace poco tuve en casa un volumen suyo de 700 páginas (en inglés). Es una barbaridad en el sentido de que él mismo dice que su profesión de médico era para sobrevivir y ayudar a su familia, pero que escribir lo regocijaba y entretenía. Escribió unos dos mil relatos largos y cortos, algunos nada interesantes porque, en mi opinión, lo tomaba medio en broma. Comenzaba una historia y la abandonaba cuando se fastidiaba, dejándola inconclusa. A pesar de ello, considero que es uno de los observadores de la vida humana, animal y natural más agudos que conozco. Dijo Cortázar, «para describir bien el mundo, no puedes perder de vista un gato que cruza una esquina».

Siendo músico, tienes que ver a los rusos por obligación y ellos tienen algo que siempre me cautivó: su alegría genuina por el campo, la naturaleza, el baile, la alegría y culto sagrado a sus héroes y mitos. En especial sus orquestadores, Rimsky-Korsakov por ejemplo en Las bodas del príncipe Igor o Danzas polovetsianas, son de los más ricos sonoramente y admirados en el mundo entero. Claro que todos los pueblos del mundo poseen estas bellas armas, lo que pasa es que Rusia es tan antigua como la leche y los griegos. Así que tienen un background muy, muy rico, y, ya que eso no queda en la esquina, resulta exótico para occidente.

Estados Unidos es como cien países en uno, tan extenso como diverso, y su historia, aunque más reciente, es muy mezclada. Vivo aquí, y algo particular es que vine a Boston a estudiar idiomas en una universidad cercana a Harvard, donde fui aceptado. Además, fui atraído por el equipo de béisbol de los Medias Rojas y escritores famosos y ambulantes como Edgar Allan Poe y el mismo Carver, que vivió por aquí en Massachusetts.

—JCV: Has explorado la música, la dirección coral y la escritura. ¿Cómo encuentras un equilibrio entre tantas expresiones?

—MO: Los lenguajes funcionan por patrones. Tanto la música como los idiomas, la escritura, son lenguajes y, claro, son muy diferentes pero como dicen los políglotas: tú aprendes un idioma, luego otro y el tercero se te hará más fácil y así sucesivamente. ¿Por qué? Bueno, al parecer mientras más material relacionado le introduces al cerebro, más este se reacomoda para absorber y combinar dichos cúmulos de información. Además, todos los idiomas hablados poseen numerosos elementos estructurales en común, por más distantes que se hallen en cuanto a origen y cultura. Necesitas diferenciar siempre entre quien habla, quien escucha, un predicado, verbos, conjunciones y elementos explicativos. También las oraciones. La música se compone igualmente (tanto clásica como popular) de frases y comentarios, algo que se estudia en análisis musical escuchando y viendo las partituras de obras musicales de todo tipo.

Yo hablo dos idiomas desde muy joven y con el estudio de la música se hizo un tercero. Casi sin darme cuenta fui descubriendo estas semejanzas. Pero escribir es una cosa y escribir literatura es otra (explicó un profesor en clase que hacer una lista de mercado no es igual que hacer un relato extendido e interesante). Cantar es una cosa, y componer canciones es otra. Todo tiene su técnica, y para eso es que se estudia, aunque algunos son autodidactas, pero esto es un mero decir. Si naces sobre una piedra y nunca ves a nadie, nunca hablarás o cantarás. Es una maravilla de la interrelación con los demás y la naturaleza.

El equilibrio en las artes, en general, es casi intuitivo; es difícil dilucidar de dónde proviene esta noción (de todas formas, hay que observar mucho al principio y prestar atención. Todo aspirante a pintor tiene que pasar horas en los museos mirando y copiando cuadros). Lo que se me ocurre agregar es que también depende de tu crianza y el entorno: un hogar sano y equilibrado, una escuela con maestros decentes, una ciudad que se acerque a lo ideal…

Cuando adolescente, viví casi al frente del complejo cultural Teresa Carreño de Caracas, con su ateneo, los museos, galerías de arte, parques extensos, circos, cines, exposiciones. Pasaba más tiempo en estos lugares que en el salón de clases de mi liceo; era todo un universo de distracción, emoción y aprendizaje. Lo que quiero significar es que un conjunto de circunstancias así debería dar por resultado personas equilibradas… sin embargo, no faltan las manzanas podridas, ¿no?

—JCV: ¿Cuáles son tus influencias musicales más importantes? ¿Hay algún compositor u obra que te haya inspirado en particular?

—MO: Johann Sebastian Bach es la piedra angular de la música escrita occidental. Todos los estudiantes de conservatorio tenemos que pasar por ahí. Lo es por alguna buena razón y es porque decimos que de él nada es desperdicio y fue prolífico hasta casi lo absurdo. Estableció reglas de lo que llamamos contrapunto que al día de hoy funcionan perfecto y se respetan. No conozco a quien no le guste Bach y yo lo amo (pero últimamente todo lo que tiene que ver con la vieja europa me fastidia y ya no oigo a los alemanes). Es una influencia muy fuerte y mis estudios de armonía exigían componer fugas y preludios a su estilo. Mi querido amigo Omar Acosta, flautista que vive en Madrid, tocaba la Fuga en re, de Bach en las noches de nuestro apartamento en Los Teques, sin luz y de memoria, acostados en el piso; era como un viaje espacial en el que te pierdes y captas una onda galáctica. Por cierto que el cuento en el libro Todo lugar, «Las Lineas», fue un episodio vivido con Omar y es uno de los que más me gusta del libro. En ese relato, se narra que luego fuimos a un restaurante y no faltaron ni tiros ni botellazos. Después de que todos se fueron (Omar y yo tuvimos que escondernos bajo una mesa), los dueños se pusieron a jugar cartas y Omar, que es además algo así como cartómago, se puso a jugar con ellos y casi les gana. Nos botaron a la calle pero nos regalaron unas cervezas, que supongo era la idea de ambos inicialmente.

Las bodas del príncipe Igor, de Rimsky Korsakov, la escucho cada tanto y es de los ballets operísticos más tocados en el mundo (Rusia hizo su negocio de la época con obras que se presentaban en París, y el mundo se enteró por quince años que Rusia tenía lo suyo; incluso Picasso trabajó diseñando telones. Los mejores bailarines y coreógrafos del mundo estaban juntos allí), y debo hablar de los coros venezolanos, de los más aplaudidos y ganadores en Europa y América. César Alejandro Carrillo ha dirigido cantidad de grupos corales y ensambles de mi país y viajado por el mundo con ellos. Somos casi hermanos porque estudiamos juntos siendo muy jóvenes y con él (también sin él pero siempre de la mano con la gran Modesta Bor, la mejor maestra y pianista del mundo) me enamoré de los compositores venezolanos y arreglistas y recopiladores como Vicente Emilio Sojo. He compuesto aguinaldos que se cantan todos los años allá y fuera de allá, y claro, siguen el patrón clásico de los aguinaldos que él recopiló por los pueblos de Venezuela.

El diablo suelto, por otra parte, es una cantata llanera dedicada de forma infinita al amor, el diablo y los espíritus. Es una de las obras universales más versátiles que existen y se canta de memoria con instrumentos del llano.

Soy de los 60 también. Para buena o mala racha mi familia vivió en Chicago cuando yo era un teenager. Mi hermano mayor compraba los éxitos del día y me convertí en un amante del rock. Hasta hace poco, aquí, toqué los keyboards y el piano con una banda gringa de rock de judíos y estadounidenses, era el único latino. Nos peleamos, y esa es otra historia, pero cuando en Caracas el hermano de mi esposa «Poli» trajo a casa Los Doors, caí en su embrujo, lo mismo con Pink Floyd, entre otros. George Harrison también es una presencia constante en mi cerebro, hay piezas suyas que canto dormido. Más tarde viviendo en Nueva York, conocí el blues en Harlem y el barrio latino. Me hace llorar recordar esos días porque trabajaba por los lados de Union Square, y por allí andaban los músicos de jazz dispersos por los cafés y bares. Es una de las cosas que más disfruté en la ciudad que no duerme y, sí, soy fanático del blues.

—JCV: El humor sutil y el escepticismo son elementos presentes en tus relatos. ¿De qué manera crees que esto contribuye a la atmósfera de tus historias?

—MO: El humor caribeño… válgame Cristo. Y el de Venezuela. Se me ocurre pensar que el humor es un idioma, universal pero con claves propias en cada lugar. Conviviendo con mis amigos de la Academia Venezolana de la Nada por cinco años, me volví escéptico y tirano en el lenguaje. Nuestras reuniones oficiales generalmente en restaurantes de caché, nos llevaban a competir sanamente en el uso de la lengua. Pero ya yo escribía diarios desde hacía mucho. Los diarios son algo que realicé desde mi época escolar. Parece endógeno porque tengo un diario de mamá, describiendo día a día el desarrollo de sus dos niños, Raúl y yo. Luego tuve una novia en Colombia y nos escribíamos cartas que son casi novelas.

A la larga, me volví muy solitario después de nuestro divorcio y me dediqué a trabajar, beber, leer y componer. Un día saqué cuentas y tenía unas dos mil páginas de diarios que ocupaban montón de cuadernos. Decidí deshacerme de ellos, pero antes escogí algunos capítulos y con ellos construí Todo lugar, que envié a un gran concurso de literatura y ganó. Mi esposa «Poli» fue quien organizó el libro; ella tiene un ojo increíble para el buen gusto y fue además quien dijo… «tu libro, Pollito, se llamará Todo lugar». Así quedó.

Al igual que todo ser humano, he pasado por las treces y los catorces y debo decir, me volví muy alcohólico. En esos trances viví en pueblos y lugares donde la gente no se suicida porque no conocen esa idea. Pero pensé tanto en el aburrimiento, que el asunto se cuela por todo lo que escribo y hoy me da risa, pero estoy vivo gracias al amor por la vida, que es el otro extremo de aquello que mencioné.

—JCV: En tu trayectoria literaria conociste a destacados escritores como Salvador Garmendia, Oswaldo Trejo o Ramón Palomares… ¿Podrías compartir alguna anécdota o enseñanza que hayas obtenido de esta interacción?

—MO: Los escritores son magos. Y si son medio famosos o famosos total, son imanes. Ellos parecen saber algo que a todos interesa, pero ellos mismos son ariscos y no son realmente sociables; yo diría que somos antisociales. Nos parece que nos ha costado tanto saber lo que sabemos que casi no queremos compartirlo. Cuál es el asunto, que los humanos somos estúpidos y es una especie decadente.

Oswaldo Trejo fue quien me convenció de que podía ser escritor, basado en unos relatos muy cortos que vio como parte de la selección de doce estudiantes para el Instituto Rómulo Gallegos por un año en Caracas. Esa experiencia fue única porque decidí en el trayecto del taller que sería escritor. Nos hicimos amigos. Yo lo admiro porque además de ser escritor y predicar el final de las cosas comunes, fue canciller en Europa, administrador de la Galería Nacional de Arte y un melómano conocedor del arte mundial.

Estuve en su apartamento en Las Colinas de Bello Monte, su casa era, en vez de paredes, una biblioteca de un millón de volúmenes. Le dije un día que quería cambiarme el apellido y me dijo que no: «Ordóñez te quedas».

Palomares es poeta. Peor aún. Ellos son una estopa dentro de la estopa. Me casé con su hija y no sé qué decir de él ya que no nos vimos muchas veces, pero, de hecho, admiro cosas que no entenderé jamás cómo se hace una cosa tan rara como sus poemas de casas volando, gallos cantando en los confines de la noche… Estar cerca de él en algunas celebraciones en su Mérida, donde era profesor de literatura inglesa, era estar cerca de un marciano, muy elegante por cierto y solitario. «Poli» dice siempre que ella es su inspiración, su hada madrina. El primer libro lo dedica a ella, su musa. Y venía a Caracas a leer sus poemas en enormes salas donde la gente no cabía. La llevaba a ella, a «Poli», siempre de acompañante y a mí me daban celos. Celos por ambos, quizás. Nos prestó su casa natal en una montaña casi inasequible por los lados de Boconó para pasar una semana santa. Conocí su cuarto de niño, sus escaparates, los patios de su bella casa, su ama de llaves, que casi lo crió, el patio de flores, una cocina de esas de campo, impecable en su lozanía campestre, llena de aromas.

Cuando uno gana hace muchos amigos. Luego de que Todo lugar obtuviese reconocimiento y embolsillarme un dineral, conocí otros escritores tanto jóvenes como viejos, y tengo que decir que perdí un poco el rumbo. No sabía, entre tanta fiesta y encuentros culturales, dónde quedaba el norte ni el sur. La vida se volvió fastidiosa, llena de presunción, pero entre tanta gente, conocí a Salvador Garmendia en su casa de playa en Salinas, un cerro al lado del mar. Él no sólo era conocido por su narrativa sino también por escribir las más vistas novelas de televisión para la época. Era millonario y barbudo, como todos lo conocemos. Y un sabio. Las fiestas en su mansión de playa los fines de semana me recuerdan siempre a las de El gran Gatsby. Llegaba gente de lo mejor y peor de Caracas. Eran fiestas al lado de la piscina con barra libre las veinticuatro horas. Gratis. Pero a él nunca lo veías, estaba en su cabaña, cerca, escribiendo y leyendo.

Sin embargo, una noche todo se hizo silencio en medio del bullicio. Eran las once y aquello ardía de felicidad y gritos. Y apareció su mujer para anunciar muy discretamente que Salvador Garmendia venía a saludar a sus amigos. Saludó uno por uno muy cariñosamente y su esposa me dijo, «Milton, Salvador quiere hablarte personalmente».

Salvador y yo nos fuimos a una especie de balcón que daba a unos precipicios rocosos. Allá estaba el mar como en una película a blanco y negro, lejos y feo, y me dijo: «Milton, tus cuentos son como música… me encantan. No cambies el rumbo, sigue así y por favor deja de ser tan serio. ¡Brindemos y riamos!». Brindamos y con otros amigos que se unieron hicimos chistes.

Conocí también a Israel Centeno, cuyo libro Calle Tania y El rabo del diablo, se vendía de lo mejor. Una noche, conduciendo su carro, nos llevó a «Poli» y a mí al impenetrable barrio de Catia 2. Una especie de pesadilla al son de la salsa y bebiendo toda la noche, etc.

—JCV: ¿Qué instante, qué ciudad, qué zona transitada recuerdas con mayor nostalgia o cariño, y por qué?

—MO: Agua de los Ángeles suena a cine de fantasía, pero es un sitio en una montaña en La Boca del Monte. Boconó. Queda al final de la Sierra famosa que viene desde los Andes sudamericanos y aterriza en Venezuela, repartiéndose luego entre centro y este. Yo hago dibujos o planos de algunos de los sitios donde me ha tocado vivir y hace poco reconstruí esta casa de barro y bahareque en un papel. En la novela que escribo, «Los estudiantes del Pacífico Bar y Restaurante, hay un episodio completo allí.

Es un boquete inmenso en la selva, y alquilé una casa de doscientos años de antigüedad. Cada vez que pienso en un lugar querido, aunque todos lo son, yo creo que este es el que más. Las estrellas se ven impecables y desde esos días hasta hoy estudio las constelaciones.

Cerca acampó Bolivar y su ejército y yo leía una biografía de él, escrita por un alemán, excelente. El lugar no tenía electricidad y me dediqué a sembrar patatas y criar champiñones en un cuarto y a ver las estrellas. De noche el silencio es infernal y me sentaba en una piedra a escuchar los grillos, ranas, sapos y cocinar antes de dormir. Oía vacas y a veces las tenías con su rumiar al lado de la casa y… Lo considero la boca del fin del mundo. Hasta compré un terreno para que me enterraran ahí. Escuchaba agua todo el tiempo…

También recuerdo una casa en una playa en el estado de Anzoátegui, Oriente venezolano. Todo lo que escuchaba era el mar día y noche y esperaba una novia que venía a veces desde el lejano Caracas y, nos dedicábamos a cocinar, pasear y soportar el calor y el bendito mar. Dormíamos en un cuarto sin ventanas que le llamábamos «el cuarto caliente», y en la puerta encendíamos los espirales de Plagatox contra los insectos. Estos son dos lugares a los que quisiera volver, pero son ya muy lejanos.

—JCV: Eres un admirador de Raymond Carver. ¿Cuáles aspectos específicos de su escritura encuentras más inspiradores o relevantes?

—MO: Hace poco leí Elefante y quedé desconcertado por un par de razones: En inglés, «algo que sucede con otros escritores traducidos», es más banal que en español. Resulta demasiado simple porque yo lo conozco desde hace mucho (me leí todos sus libros gracias a la librería donde trabajé en Caracas y un amigo que me los mostró), y son mucho más entretenidos, poéticos. Pero bien, Carver, por donde lo cojas, es siempre sorprendente. Tiene giros inesperados, cambios de tiempo y yuxtaposición de escenas que resulta peliculesco y creo precisamente que esta es una influencia suya, en el cine y la televisión. Esto yo lo he pretendido copiar porque me complica las cosas al elaborar mis relatos, pero es lo que me atrae, lo complejo. Lo fácil y lineal me aburre rápido. Y él, igual que Chejov, a quien admiro muchísimo, tiene características parecidas como es dejar algunas historias sin terminar, en puntos suspensivos, como para que los completes tú mismo en tu imaginación. También se vuelve de pronto aburrido y al parecer, pienso, sale de ese estado congelante cambiando repentinamente. Y Elefante, que es larguísimo y desespera, (también algo inverosímil, exagerado) no cambia de ritmo hasta el final con un párrafo en el que observa la mañana, habla con un compañero nuevo de trabajo y termina pensando que la vida vale la pena vivirla, pero estás saliendo de una pesadilla aterradora. Yo creo que se acerca a lo que, de cuando en vez, nos sucede a todos.

Terminando con Carver por el momento, casi todo sus relatos tienen que ver con gente sin importancia, fracasados y muchos alcohólicos, lo que todo el mundo reconoce es uno de sus logros: hablar por los sin voz, los que pasan por esta vida sin dejar rastro ni siquiera en las malas noticias de la prensa. Su poesía no es su mejor talento, pero tiene cosas muy bellas y también ensayos de excelencia. Carver es prolífico e incansable en su trabajar, algo que no poseo… yo pierdo mucho tiempo en tonterías. Es tan humilde, que los pocos que llegaron a entrevistarlo dicen que su voz es prácticamente inaudible, susurrante y costaba mucho entender qué era lo que decía. No tenía ninguna arrogancia a pesar de que fue premiado en vida innumerables veces dentro y fuera de su país.

En parte, vine a vivir por aquí atraído por su figura y andares. Pasó los últimos días en esta región mientras daba clases y tenía un letrero en el jardín que pedía que lo dejaran tranquilo, ya que estudiantes y turistas rondaban su casa todo el tiempo para conocerlo y olfatearlo.

—JCV: ¿Qué pasó en Philadelphia?

—MO: ¡Jaja! Eres muy chistoso, Juan Carlos… Pero gracias por la pregunta, porque así me saco ese clavo de la cabeza.

Philly, como dijo la azafata cuando aterrizamos, ¡Bienvenidos a Philly!, es, en mi mente, un viaje sin retorno. Estuve casi borracho todo el tiempo y asustado porque medio mundo me advirtió que es una ciudad muy peligrosa, y lo es.

Al regreso, me propuse escribir una historia sobre esto. Todo lo que pasó allí está tan delicadamente guardado en mi mente que aún no he escrito ni «J». Es tan enorme y dedicada al asunto de la Revolución americana, que pierdes el sentido de lo que una ciudad es. Son las avenidas y calles más ridículamente anchas que he visto. Los edificios y museos son tres veces más grandes que un museo en Nueva York. Tuve la mala suerte de ir a un concierto en la Biblioteca y no había asientos. Una señora se me paró al lado exigiéndome que no podía estar de pie, y yo la insulté y me fui. Creo que no me perdí mucho porque era una especie de teatro operático de poco interés, así que me largué. Al menos vi la casa donde se redactó el Acta de Independencia norteamericana, muy cool, y al lado hay una biblioteca donde conocí a una chica muy amable que me dijo que ya iban a cerrar. Perdí dos aviones y me subí a uno días después (durmiendo en el aeropuerto porque había perdido mis papeles y dinero). Así regresé a mi apartamento que acababa de estrenar aquí en Salem. Decía: «Dios, si me diste ese maravilloso apartamento y me trajiste a esta mierda de Philadelphia, la ciudad del queso crema, por favor, devuélveme a casa».

—JCV: Para los lectores que quizás no te conozcan, ¿podrías describir en pocas palabras quién es Milton Ordóñez? ¿De dónde nace su pasión por la literatura y la música?

—MO: Es una pregunta muy amplia. Mis padres eran cristianos, siendo mi mamá pianista y mi papá predicador. Leo de todo, desde biología y ciencia hasta periódicos buenos y malos… Siempre tengo un horizonte de lectura presente.

Últimamente hago ecuaciones de alto grado por un libro y encuentro lo sencillo y útil de los números y repito una pregunta buena de Jesús un día a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que yo soy? Yo diría, como él: «Soy el que soy». Lo entiendo como soy todos, y trato de entender a todos porque en mi aprender somos uno. En mi cabeza, el cosmos y nosotros somos inseparables. Hay párrafos en todas las literaturas del mundo, que dicen lo mismo: árboles, cabras y personas somos uno. Y mi idea acerca de un dios es esa, uno.

Si pudiese decirlo en palabras (una trampa, porque el lenguaje es muy limitado y pobre en sus alcances, pero es lo que tenemos a mano) trato de explicar qué es el mundo, lo que claro está es una tarea inalcanzable. Pero es un gran entretenimiento y ejercicio mental: El yo. En el pequeño ensayo que escribí hace días: Cuando era un niño, bueno, cuando era un niño era mimado por mis padres y amigos. Hoy día, siendo adulto, leo, por ejemplo, El nacimiento del universo y asuntos menores de política e historia… Por cierto, El libro del desasosiego, del portugués Francisco Pessoa, es grandioso, y ya nada de ello me interesa. Tengo el secreto de la vida y todos los días oro por sabiduría, pero de la alta, la de Dios.

—JCV: En el ensayo Cuando era un niño mencionas que estamos solos en el universo, al menos hasta ahora y sugieres la existencia de otro universo en la conciencia. ¿Puedes profundizar en esta idea? Intuyo que es un tema que te apasiona.

—MO: Se sabe por matemáticas y no por experimentación, desde luego, que vivimos en una especie de bombilla. Los números son un ajedrez en el vacío: juegas con un cómputo. Los entendidos en esto han hecho gráficos de las posibilidades de universos alternos. Esto se presta a juegos a veces imbéciles, pero bueno, es tan inverosímil como los relatos. Y el asunto aquí es que todo es probable dentro de lo probable de lo improbable. Aunque buenos matemático-físicos como los del MIT, acá en Boston, donde hay rusos, indios y americanos, dicen que sí, que vivimos en una burbuja desde la cual no podemos ver las otras burbujas cósmicas que son como bombitas de jabón cuando te lavas las manos. Yo considero y siento que es cierto. Porque además nuestra noción de qué es la realidad física es tan pequeña que despreciamos un retoño de flor que en realidad es otro cosmos. Einstein tuvo un problema muy grande al adentrarse en el mundo subatómico. Encontró que las fuerzas que amarran a los núcleos y electrones son tan grandes que de desatarse causaría lo que sabemos. Pero al tratar de constatarlo con la realidad afuera, la inter espacial, no coincidían. Allí se quedó… Desarrollar una ley ecuacional que lo explique todo es hasta hoy inconseguible. A mi entender estamos, sí, muy solos porque no terminamos de entender nuestro puesto en la creación, donde cada segundo y micras nace una flor y yerba casi que de la nada.

—JCV: ¿Qué hay detrás de este ritual de coger una tienda de campaña e irte al bosque a pasar los días?

—MO: Tengo una pieza para coros que no he terminado y se titula: En este jardín. Digamos que en el jardín, que en realidad es un bosque grande tras nuestro edificio, suceden muchas cosas, entre ellas coyotes y lobos que se comen a los gansos. Es un mundo muy salvaje.

Yo fui campista desde muy chamo. Podría decir que estuve en treinta campamentos adonde me enviaban mis padres, y lo agradezco. En algunos de esos paseos, teníamos que armar carpas y aprender a hacer fogatas, cocinar para pasar la noche en el bosque. Mi noción de ciudad y bosque es algo traumática, pero a la larga, es sana en el sentido de que adquirí desde niño un cariño especial por la naturaleza. Su silencio abismal, su sabiduría ancestral, su «hola» sin palabras. También sus peligros. Es casi un mundo sin reglas pero de mucho respeto mutuo. Yo me calificaría como un acampante eterno, además de ciclista. Siempre he tenido bicicletas y tiendas de campaña. Y las uso, así sea en el mismo balcón. Hace poco armé una aquí en el bosque tras el edificio. Más me tomó armarla que pasar una noche de pesadillas, pero lo hice. Me turbó mucho el despertar con ruidos de aviones y carros a lo lejos. No vi estrellas, pues es muy tupido el arbolado. El aroma y cantar de los grillos y pájaros fue el consuelo.

—JCV: ¿Cómo surge la idea de traducir una obra inédita de Jack Kerouac al español?

—MO: Traducir a Kerouac, uno de mis escritores queridos, fue idea de mi amigo Eduardo Cobos, desde Chile. Por mis manos pasó un pequeño libro rojo titulado Atop an Underwood: Early Stories and Other Writings (la marca vieja de las máquinas de escribir, que recuerdo suenan como un ferrocarril al tipear una letra), y me lo traje de una venta de baratijas por dos pesos, con la tremenda suerte de que venía firmado por su editor, quien vive aquí cerca. Lo especial de este libro son dos cosas: no había versión al español y es una colección de escritos, ensayos cortos, diarios de nuestro Jack cuando era un joven de dieciocho años, un muchacho apenas. Me leí unos cuantos escritos de ese libro y pude olfatear su huella única y originalidad para la época, ese contar suyo que lo haría inmortal con la novela On the road.

Inmediatamente me vino a la cabeza que yo era parte del Club de Traductores de Caracas, del que formaba parte el mismo Cobos, su esposa y otro amigo. Cada cual conocía muy bien otro idioma además del nuestro. Era casi una broma porque estábamos bastante jóvenes e inexpertos. Así que hice honor al club, proponiéndome traducir al menos ocho de los veintitantos de estos escritos. Me puso al borde porque yo traduzco fácil al inglés, mas no lo opuesto; el español es bastante complicado. Mejor dicho, ni se me había ocurrido jamás y hoy pienso que fue un atrevimiento muy riesgoso de mi parte; lo publicado, me dije, no me lo perdonará nadie si queda mal hecho.

Cobos es un lector insobornable, es historiador graduado de la UCV, Caracas, y dueño de su propia editorial, Schwob, junto a su hijo, el diseñador y fotógrafo que armó la portada y fotos que les envié de trenes viejos. Hablábamos casi todos los días porque mis dudas al trabajar eran muchas, pero estaba armado de buenos diccionarios aunque buscaba no recurrir mucho a ellos y exigirme al máximo. Es una ley en mi familia que para ser mediocre mejor no hacer nada. Al terminar este trabajo que me tomó más de nueve meses, quedamos muy satisfechos. Se hicieron múltiples copias y quedaron maravillosas, de colección. Estoy orgulloso de lo que hicimos.

—JCV: Brooklyn…

—MO: Nueva York es mi segunda novia. Brooklyn, de donde son artistas y cineastas de todo calibre como Kubrick (quien se mudó a Europa porque no le gusta América y mucho menos los americanos), es en el decir de alguien, el barrio más grande de la tierra. Así que es inmenso y variado. La mitad de las poblaciones minoritarias de Estados Unidos se alojan ahí y casi que unos encima de otros.

Viví en al menos cinco puntos diferentes de Brooklyn y pasé unos cuatro meses en una especie de hospital para alcohólicos en recuperación. Para no tirarme desde una ventana, me dediqué a escribir un extenso libro que llegó a más de cien páginas. Luego lo edité en Puerto Rico y lo llevé a Caracas en un viaje relámpago. Es tan triste que lo arrojé desde un edificio de veintidós pisos en Petare… Tiene partes interesantes, pero era una mezcla infumable.

Luego de ese hospital, me asignaron un cuarto en lo que llaman en inglés halfway house (una casa de tres pisos y muchas habitaciones para exadictos ya en plan de trabajar y regenerarse, reintegrándose a las filas de los obreros empobrecidos de la American Dream).

Sus calles y lugares son de fotografía, como todo buen barrio, y tiene, como toda NY, excelentes medios de transporte 24/360. Amo las ciudades, pero esta casi me saca de quicio. Le digo a mis amigos que no volveré a Nueva York. Me hartó, llegué a comer incluso de los basureros. Es como el Bronx, parecen gemelos y nunca acabas de conocerlos.

«Poli» vive allá y es muy simpático el que me dijera cuando arribó al aeropuerto que no le gustaba Nueva York porque no invitaba a darse una cerveza… Esa es la famosa «Poli», todo un personaje. Ya cumple unos veinticinco años viviendo en el Bronx y es maestra en una escuela.

—JCV: ¿Cómo logras combinar con maestría modismos y un lenguaje sencillo, al mismo tiempo que desarrollas interpretaciones profundas y juegos mentales en situaciones cotidianas, como lo hiciste en Tres Jackelines en una sola pieza, por poner un ejemplo?

—MO: Aquí entramos en materia pura. La piedra bruta, de donde puedes sacar una efigie sorprendente o arena para hacer cualquier otra cosa.

Dijo un escritor venezolano (olvido su nombre ahora; el apartamento estaba en Las Mercedes cerca al nuestro y allí mismo filmaba programas para la TV), que para hacer una oración con sentido en español, tienes que leerte al menos un libro completo antes. Por aquí dicen que no trates de hacerte el niño bonito del barrio porque todos se dan cuenta. Y uno puede reconocer a los escritores inmaduros por sus frases que parecen decirte, «Ojo, que yo escribo muy bien», lo que es en realidad todo lo contrario. Los escritores tienen que leerse todas las bibliotecas del mundo para hacerse humildes, al reconocer que nada sabemos… Esto es en sí un poco de sabiduría, decir que no sabemos nada ni escribir nada bueno. Pero tenemos que escribir, pues para eso vinimos a este mundo. Tenemos la obligación de sacarle al mundo su punta de lápiz más fina, hacerlo brillar en el espacio sideral. El mundo, si lo vemos desde una perspectiva ecléctica, es maravilloso. Pero describir eso en el papel exige mucho. De mil libros que se publican a diario en el universo, casi que ninguno quedará en par de años. Todos te dicen que quieren escribir su vida propia porque es increíble y los haría famosos. Lo que pasa es que no es así sino al revés. La vida de la gente es muy aburrida por lo general, y yo les digo a ellos que si quieren escribir empiecen ya, ya mismo; «coja un lápiz y siéntese». Es mejor, verdaderamente, sentarse a escuchar de boca sus vidas y no sus escritos. Nos hacemos no espontáneos por eso que dije, queremos lucirnos. Así que una de las claves es portarnos lo más sencillo posible porque además le ahorras al lector tener que esforzarse por entender. Es una particularidad que ves en genios como Ernesto Sábato, Borges, Carver, Dostoievski, Chejov, Saramago, London, Salinger, Edgar Allan Poe, los mexicanos, Garmendia y, desde luego, nuestro querido Cervantes… Los lees y crees que escuchas a alguien de la calle contar su asunto. Que de paso se les considera genios por el esfuerzo casi sobrehumano de escribir hasta la muerte y nosotros, los que apenas tenemos tres libracos, no caemos en ese ramo de sobrehumanos. Somos demasiado humanos, nos cansamos rápido de todo.

Cuentos como Tres Jackelines en una sola pieza me dan mucha risa y trabajo construirlos; sus personajes son de viñetas de periódico. Pero debo decir que casi todo lo que allí se cuenta fue real. Me propuse no contar, prácticamente, sino poner a sus personajes a hablar por sí mismos. Son muy diferentes y casi todos de la calle, un barrio de Puerto Rico donde esta historia sucede. Y dado que se trata de un bar, el ambiente es de bar, olor a alcohol y sueños truncados (Bulevar de los sueños rotos), pero adornado como si fuese un kínder ingenuo. Comienza con humor y por poco termina con un asesinato de bala. Entonces, todo es puro diálogo y los diálogos descarnados y extensos son difíciles de lograr, pero le dan mucha vivacidad al asunto; es en realidad teatro.

Por otra parte, quise enmarcarlo en planos de tiempo yuxtapuestos, como en las películas que no son exactamente lineales sino que van para atrás y para adelante. Alguien me dijo una vez «el maestro del diálogo…», un piropo que agradezco. Hacer diálogos creíbles me sale, digamos, bien, porque en una época escribía solo diálogos en mis cuadernos personales: diálogos entre dos personas, tres, cuatro y hasta cinco. Era un ejercicio y es una técnica muy enredada, igual que lo es la puntuación, que a Oscar Wilde lo volvía obsesivo. Dice él que escribía toda la mañana sin revisar nada. Almorzaba, salía a tomarse algo con sus amigos y al regreso, por la tarde, corregía toda la puntuación, que a la mañana siguiente rechazaba para dejarla como estaba al principio.

Estas tres Jacquelines (el nombre me suena a fichas de juego de mesa) son: la mesera del bar, que así dijo llamarse; Jacqueline Kennedy y la novia de su hijo, Jacqueline Bisset, una modelo bella, rica y famosa. Los dos últimos murieron juntos en la desaparecida avioneta particular que él mismo piloteó en un invento descabellado para irse a una fiesta matrimonial en la isla de los ricos, Vineyard, por estos lados, de noche y con poca experiencia de aviación.

La muerte, mucho humor y algo de desilusión, resultan los ingredientes de este relato. Y esa muerte, que es la corona que a todos nos espera y de lo que a cada rato hablamos y hacemos chistes, nos hace reflexivos, contemplativos, irónicos. Mañana por cierto, sábado 4 de noviembre, es el Día de los muertos aquí en Colombia, donde completo esta entrevista que empecé a contestar en Boston, donde vivo.

Juan Carlos no te preocupes que ya terminé. Gracias por tu gesto y paciencia y a los lectores cuando aparezcan.

Boston, noviembre 2023

 


 

Milton Ordóñez, músico, compositor, director coral y escritor galardonado con el Premio Fundarte en 1991, es autor de una serie de obras literarias, incluyendo En todo lugar y Absoluto, ambas publicadas por Editorial Memorias de Altagracia. Alguno de sus artículos referentes a la obra del gran poeta y narrador Raymond Carver han aparecido en el Diario El Nacional.

Ha realizado la traducción al español de Donde empieza el camino y otros textos de Jack Kerouac, Schwob Ediciones de Valparaíso. Textos que permanecían inéditos en nuestro idioma. En la actualidad, trabaja en la novela Los estudiantes de El Pacífico/Bar y Restaurante (cómo robarse el sombrero de Armando Reverón), desde Salem, Massachusetts, lugar donde reside.

🖲️ Enlaces: Milton Ordóñez (Ensayo en Scribd – https://es.scribd.com/doc/31706305/Milton-Ordonez-Ensayo-Lenin-S-Marquez-S) ▪ Traducción de Milton Ordóñez de Donde empieza el camino, un ensayo de Jack Kerouac: https://laantorchamagacin.com/2021/06/01/donde-empieza-el-camino/

Juan Carlos Vásquez, autor de Ward’s Island: El costado oscuro de Nueva York, ha contribuido a diversas antologías y revistas en Europa y América. Fue miembro de Spanic Attack (Nueva York), y The Hall. Reconocimientos incluyen distinciones en los Concursos Premio Nosside en poesía, en Calabria, Italia, en 2005 y 2006, así como ser finalista en «Guka» en narrativa breve en Buenos Aires en 2018. Desde 1999, ha vivido en varias ciudades de Estados Unidos y España.

🖲️ Página del autor
Contactar: jcvasquezf[at]gmail.com.

🖼️ Ilustraciones: Todas las imágenes han sido remitidas por los protagonistas de esta entrevista. Derechos reservados por sus autores.

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índice artículo Rubén Sacchi

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Revista Almiar · n.º 131 · noviembre-diciembre de 2023 · MARGEN CERO™

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