relato por
Alejandro Engel

 

Las Mercedes

 

Claudia de las Mercedes Riquelme y Elena de las Mercedes Lira no se conocían ni nunca se llegarían a conocer a pesar de haber cruzado muchas veces sus caminos en la Clínica Rancagua de la Avenida de Los Leones, en Santiago de Chile. Más de una vez estuvieron esperando al mismo tiempo, sin siquiera mirarse, en la antesala del Departamento de Ginecología de la Clínica Rancagua la visita al médico en preparación a un próximo aborto del feto que llevaban dentro de ellas. Corrían los años 60 y el aborto estaba penado por ley en Chile, pero fuera de comadronas clandestinas, había clínicas particulares que lo efectuaban bajo otro nombre, a un alto costo por el riesgo legal, pero asegurando un procedimiento profesional con todas las salvaguardas de un distinguido establecimiento médico. A ambas mujeres, Claudia de las Mercedes Riquelme de veinticinco años y Elena de las Mercedes Lira de veintisiete años se las citó para el mismo día y a la misma hora para proceder con la operación en quirófanos adyacentes.

Llegaron puntualmente y a cada una de ellas se la preparó para el procedimiento con dedicación y minucia, entraron al mismo tiempo, a las dos con veintiséis minutos del martes diecinueve de noviembre de 1963 cada una a un quirófano donde ya las esperaba el equipo médico a cargo del aborto, cada una de ellas hizo exactamente los mismos movimientos al acercarse a la mesa ginecológica y tenderse en ella colocando cada una de las piernas en el estribo correspondiente. El paño que les ocultaba a su vista desde el vientre subió al mismo tiempo para ellas dos, y cada una de ellas, en silencio se despidió de quien había concebido meses atrás.

 

Claudia de las Mercedes Riquelme

 

Fue una fiesta de toda la noche del día en que Claudia de las Mercedes Riquelme comunicó a su familia que había logrado el ingreso a la carrera de Ingeniería de la Universidad de Chile, una hazaña memorable por ser la admisión a tal carrera uno de los procesos más selectivos de todo el país, y por ser ella la primera de incontables generaciones anteriores que obtendría una profesión universitaria, y de las de mayor prestigio en toda la nación. A pesar de lo extraordinariamente difícil de las materias que cursó,  Claudia de las Mercedes Riquelme con perseverancia, esfuerzo y muchas noches sin dormir aprobó con holgura los dos primeros años, ya en el tercer año cuando las dificultades crecían, igual lo estaba sorteando con éxito, fue entonces que se enamoró de Joaquín Vargas, un joven de quinto año a punto de hacer su primera pasantía o trabajo como interno en práctica, fue en el corazón helado del invierno en que el amor les arrasó con un fuego de pasión arrolladora sus corazones y no bien terminaba la primavera cuando ella descubrió que estaba preñada de semanas, entró en un pánico de paralizarla, no quería que su familia lo supiera, se avergonzaría de aparecer en las clases de la universidad barrigona y soltera, sería un estigma que la marcaría de por vida, lo habló con Joaquín Vargas esperando que él decidiera asumir su responsabilidad y tomarla en matrimonio de inmediato,  pero no fue así. Él tuvo argumentos demoledores en contra, no del matrimonio, sino del hijo. Ninguno de los dos habían terminado sus estudios superiores, si permitían llegar al infante ambos debían dejar sus carreras de lado y hallar algún empleo con baja paga para sustentarse, con dos sueldos básicos podrían tener un pasar frugal pero razonable, sin embargo ni ella ni él nunca serían ingenieros, y eso sería destruir dos vidas, la de ella y la de él para salvar una vida en embrión, que seguramente ni siquiera era una vida. En el equilibrio de las cosas salvar el futuro de ellos, que se veía próspero, era lo que se debía hacer y no arruinarlo para salvar una en gestación.

—Pero si es nuestro hijito del amor —apeló Claudia de las Mercedes Riquelme.

—Al cual iríamos a odiar por siempre —respondió Joaquín Vargas terminante— por habernos arruinado la vida.

Viendo que no tenía caso insistir, y que el argumento de Joaquín Vargas era irrebatible, Claudia de las Mercedes Riquelme decidió deponer su obstinación y consentir a un aborto. Fue una decisión devastadora para ella. Sin embargo no tenían el dinero para hacerlo, a no ser que Claudia de las Mercedes Riquelme recurriera a una comadrona clandestina arriesgando su propia vida, ella no quería que su familia se enterara de nada de lo que estaba sucediendo, por un lado y a pesar de sus veintidós años, no le permitiría que cometiese el asesinato de un ser indefenso, por otro lado considerarían que llegó allí por una liviandad moral aborrecible, debía de haberse guardado hasta que el sacramento del matrimonio lo santificase. Por su lado, Joaquín Vargas tampoco quería que sus padres supieran lo sucedido y por suceder, seguramente tampoco lo permitirían, por tanto, decidió recurrir a su tío Jorge Vargas, liberal y ateo irredimible, pero de un corazón en que cabían todos y aun sobraba lugar. Él de inmediato aceptó cubrir todos los gastos en el mayor de los sigilos, para que se mejorara en la Clínica Rancagua. El eufemismo mejorarse se usaba para evitar la dura palabra aborto.

Desde ese día Claudia de las Mercedes Riquelme hablaba en silencio con su hijito del amor, el hijo que nunca iría a tener, le pedía perdón constantemente por lo que había decidido hacer, le trataba de explicar, sin ella misma estar convencida de la insalvable fatalidad, que tendría una vida realmente amarga con unos padres que resentirían a cada momento su existencia, así se llevó tres días con sus correspondientes noches hasta la primera entrevista con la psicóloga de la Clínica Rancagua, quien le dio un argumento tras otro para hacerla desistir del aborto, pero ella siempre esgrimía el mismo motivo, el cual la psicóloga no lograba rebatir. Por fin le propuso que tuviera el hijo o hija y que lo diera en adopción, tampoco eso era una opción real por el estigma que iría a cargar de por vida y la furia ciega de la familia. Por fin se fijó la fecha del procedimiento quirúrgico para el martes diecinueve de noviembre a las dos de la tarde, debía llegar al mediodía para firmar los documentos que eximían a la Clínica de cualquier percance y certificar que por su propia voluntad, sin ser presionada por nadie, elegía someterse a la operación que se llevaría a cabo. Ningún documento o certificado se refería explícitamente a un aborto.

A las dos con veintiséis minutos del martes 19 de noviembre Claudia de las Mercedes Riquelme entró, cabizbaja y llorosa al quirófano, se recostó con un gemido sordo en la mesa ginecológica, colocó la pierna izquierda en el estribo, dudó unos instantes y resignada colocó la pierna derecha en el otro estribo, constantemente murmurando palabras de perdón a la vida que estaba por extinguir, el médico la auscultó, levantó el paño de ocultarle la mitad inferior del cuerpo para que no viera lo que estaba por suceder, buscó el latido del corazón del feto para localizarlo y al par de segundos lo perdió, siguió intentando encontrar vida sin lograrlo, y de pronto, sin bajar el paño, caminó hacia Claudia de las Mercedes Riquelme, le colocó la mano sobre la cabeza.

—No se aflija, señorita —le dijo con una sonrisa bonachona— el feto tuvo un súbita parada cardiaca y está sin vida.

Claudia de las Mercedes Riquelme miró el reloj de la pared, eran las dos con cuarenta y un minutos. Pidió el estetoscopio para convencerse de que era realidad, buscó en su vientre alguna señal de vida y no halló ninguna.

—Ahora es urgente que le retiremos el feto muerto —insistió el médico— de otra forma la puede dañar a usted seriamente si no lo hacemos.

Claudia de las Mercedes Riquelme se estremeció con sentimientos encontrados, por un lado la muerte de su hijo, y por otro el alivio de que no sería ella responsable por matarlo, su cabeza se llenaba de imágenes, de ideas contrariadas, comenzó a temblar y gemir, por fin logró fuerzas para serenarse.

—Proceda, por favor, doctor —dijo con voz firme y determinada.

 

Elena de las Mercedes Lira

 

El fin de la tarde de abril siempre llenaba el ventanal de un color rosado oscuro; desde el décimo segundo piso del edificio donde tenía su oficina se podían ver las cordilleras de la costa, que en realidad era una cadena de cerros no muy altos que marcaban el límite poniente del valle de Santiago y que con el transcurso del sol cambiaban de colores. A Elena de las Mercedes Lira ello siempre le recordaba su primer día en aquella oficina, que cuando se la asignaron le pareció tremendamente suntuosa, fue un día hermoso y tibio de abril casi siete años atrás, entonces como ahora estaba preñada en su segundo mes de gestación, ella era la única mujer en ese bufete de ocho abogados, y estaba encargada de los litigios empresariales. Nunca había sido derrotada, sabía muy bien leer a las personas y hallar el flanco vulnerable el cual explotaba hábilmente usando sus maneras amables y sencillas con las que trataba de dar la impresión de ingenuidad y falta de prolijidad, así quería ocultar una determinación tenaz, y una rigurosa dedicación a cada uno de los casos que se le entregaban.

Elena de las Mercedes Lira estaba casada con Juan Carlos Sánchez, un arquitecto cuatro años mayor que ella innovador y creativo quien había diseñado una buena parte de los nuevos edificios que se erguían cambiando para siempre la antigua ciudad soñolienta y despreocupada en una metrópolis de arterias urgentes. Eran una pareja de envidiar, exitosos, enamorados, y que ella a los treinta y cuatro años y él a los treinta y ocho aún tenían una hermosa juventud, quien no lo conocía más allá de lo superficial no podría ni sospechar que había una nube implacable sobre sus vidas que les impedía la felicidad. Desde novios habían decidido tener una alegre prole de retoños que les endulzaran la existencia, soñaban con ello, hasta los nombres de los primeros cuatro los habían escogido. Los novios por lo general hablan de cómo iría a ser el casamiento, a quienes invitarían, qué música se oiría, muchas veces hasta fechas ficticias de bodas establecían y planes de lugares exóticos para la luna de miel, escogiendo un lugar para luego cambiarlo por otro, pero no Elena de las Mercedes Lira y Juan Carlos Sánchez, ellos solamente soñaban y hablaban de tener una casa llena de traviesos infantes, y al primero habían decidido llamarle Gabriel o Gabriela.

Cuando al octavo mes de matrimonio, Elena de las Mercedes Lira supo que estaba fecundada, cosa que el ginecólogo, Dr. Lorenzo Páez, que la veía desde sus más verdes años comprobó, ella compró un clavel oloroso camino a casa y una tarjeta en la que escribió «de Gabriel o Gabriela para ti» y se la entregó de tarde a Juan Carlos Sánchez sin decir más, él solamente balbuceó unas gracias mojadas por un par de lágrimas rebeldes y desde aquel momento las pláticas eran sobre Gabriel o Gabriela, siempre. Imaginaban que sería así o asá, y se divertían con sus probables diabluras infantiles. Al tercer mes del embarazo, cuando a las diez de la mañana preparaba una presentación de rutina a los tribunales de justicia, Elena de las Mercedes Lira tuvo un repentino malestar, fue al baño y para su amarga desesperación, Gabriel o Gabriela se fue en una hemorragia incontrolable, cuando ésta por fin cesó ella de inmediato partió a consultar a su ginecólogo, Dr. Lorenzo Páez, con la fútil esperanza de que solo hubiese sido un percance sin mayores consecuencias. No lo fue. Así había sucedido por seis veces, no lograba retener la gestación más allá del tercer mes, no obstante ellos continuaban perseverando, ninguno de los dos era de darse por vencido, desistir era resignarse a nunca poder verse en los ojos de un retoño, y eso no estaban dispuestos a aceptarlo.

Ahora, Elena de las Mercedes Lira en su segundo mes de gestación estaba aprensiva viendo que se acercaba el funesto tercer mes, pero para su alivio, esta vez pasó de largo sin contratiempos, el tan esperado pequeño se movía saludablemente en el vientre de la madre, y ellos se deleitaban sintiéndolo, hablaban en voz bien alta y le hacían escuchar música para que se empezara a acostumbrar a los sonidos del mundo exterior al cual pronto iría a llegar. Una mañana fría de noviembre, inusual para cuando los calores ya estaban entrando firme, Elena de las Mercedes Lira se dio cuenta de que ya no lo sentía dentro de ella, ni tampoco los malestares de costumbre, quiso creer que sería pasajero. Pero no lo fue. A las cuatro de la tarde llamó a la consulta de su ginecólogo Dr. Lorenzo Páez, para una cita de emergencia, que se la concedieron para las cuatro y treinta minutos.

—Realmente está sin vida, Elena —sentenció el Dr. Lorenzo Páez luego de un minucioso examen—, y es urgente que lo retiremos.

Ella no pudo sino que mirarlo con desconcierto y duda, pero el diagnostico era concluyente, de inmediato el médico llamó a la Clínica Rancagua, donde es más seguro hacerlo le afirmó con más frialdad que empatía, y solicitó el ingreso de Elena de las Mercedes Lira con máxima urgencia. Ahora ya todo era una fría e irreversible realidad.

Elena de las Mercedes Lira abandonó la consulta del Dr. Lorenzo Páez sintiéndose un desecho de persona, ni siquiera era capaz de llevar a término la gestación de su retoño, no valgo nada, soy una nada, inservible, se decía, y camino a casa mientras se decía que su vientre los mataba sin piedad, que ni para ser madre ella servía, pasó a comprar un clavel, oloroso como aquel que hubo comprado años atrás cuando anunció que Gabriel o Gabriela estaba creciendo en sus entrañas, y una tarjeta en la que escribió simplemente «tuve que partir» y la firmó con Gaby, no se sentía con la entereza de enfrentar a Juan Carlos Sánchez y decirle que esta vez también había fracasado. Al llegar a casa le entregó a su esposo el clavel con la tarjeta, y él la leyó sin mirarla a ella para no delatar lo que en ese momento sentía, sollozó por unos instantes que a ella le parecieron infinitos, el dolor la hubo golpeado tan fuerte que la dejó inmovilizada, ni acercarse a él pudo, pero no pasaron ni dos minutos, él la miró sin nada más que amor.

—Entonces, Elena, eso hace que tengamos que tratar bastante más seguido —le dijo con un destello de buena diablura en los ojos—, bastante más seguido —remató sonriendo como chiquilín a punto de embarcarse en una travesura.

Para Elena de las Mercedes Lira ese instante fue la confirmación de que la vida valía vivirla por el solo hecho de poder mirarse en los ojos de Juan Carlos Sánchez.  Pero los días que siguieron fueron de angustia y tristeza para ella, y hasta de amarga incertidumbre, un aborto podría dejarla estéril de por vida, y no estaba segura de que si fuese así Juan Carlos Sánchez continuaría a su lado. La psicóloga de la Clínica Rancagua, sin embargo, constantemente le aseguraba que el peligro era mínimo, casi inexistente, la Clínica y los médicos tenían vasta experiencia en tal intervención, y siempre había sido totalmente exitosa, el único peligro realmente era mantener el feto muerto dentro de ella, algo que podría causarle daños irreparables, y en el peor de los casos una infección que podría ponerle en peligro la vida. Por fin acordaron que la operación se efectuaría en cinco días más, el martes 19 de noviembre a las dos de la tarde. Durante el tiempo que siguió, Elena de las Mercedes Lira procuró de cualquier manera eludir el pensamiento de lo que le iría a suceder, los días los sorteaba enfrascada en su trabajo, las noches las amordazaba con somníferos, hasta que al mediodía del martes 19 de noviembre llegó a la Clínica Rancagua, resignada y con un colosal sentimiento de ser inútil, inservible, indigna de seguir viviendo, por fin ya desprovista de todo sentimiento, como una máquina obediente se sometió a la rutina previa a la intervención, a las dos con diecinueve minutos la llevaron al quirófano, ella misma, sin ayuda, se tendió en la mesa de ginecología, colocó un pie en cada estribo, y con murmullos incomprensibles comenzó a despedirse de Gabriel o Gabriela, el médico, Dr. Ramón Casas, le sujetó la mano y con palabras certeras trató de tranquilizarla, luego levantó un paño oscuro para bloquearle la vista desde su pecho hacia abajo, ella entretuvo el tiempo de espera al anestesiólogo observando el segundero del reloj que había en la muralla, de pronto, cuando vio el reloj dar las dos y cuarenta minutos dio un brinco de sorpresa, sintió movimientos en su vientre, uno luego otro, y cada vez más robustos, y una sensación de angustiosa alegría la hizo gritar.

—Doctor Casas —exclamó— está vivo.

El Dr. Ramón Casas se acercó a ella, le acarició la cabeza y le dijo con dulce paciencia que no era raro que los sentimientos acorralados en la mente crearan tal ilusión, lo había visto más de una vez, pero era eso nada más, una embustera ilusión de una mente fatigada, y del deseo incontrolable de que fuese real, pero no lo era, le facilitó el estetoscopio para que ella misma se pudiese convencer de que no se escuchaba el más mínimo indicio de vida dentro de ella, pero resultó que Elena de las Mercedes Lira, con la más hermosa sonrisa de toda su vida y que nunca más se iría a repetir, miró al médico con un brillo incomprensible en los ojos.

—Bienvenido de vuelta, Gabriel o Gabriela —dijo en un aliento de felicidad.

El Dr. Ramón Casas se hizo del estetoscopio para tratar de entender lo sucedido y con un asombro incontenible escuchó una improbable vida vibrando furiosa y determinada.

 


 

Alejandro Engel es un autor chileno. 📧alejandro.engel[at]gmail [dot] com

Ilustración relato: Imagen de ArrowKiller en Pixabay [dominio público]

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) ·🛠 PmmC · n.º 117 · julio-agosto de 2021

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