relato por
Héctor M. Magaña

 

N

o era la primera vez que el padre Casals, después de cierto período escolar, llamara a una joven alumna para que fuera a su oficina, más específicamente, a la oficina del director. Una oficina en el fondo de un largo pasillo. Una oficina con una diminuta ventana que no se podía abrir. Una oficina cuya puerta era solamente posible abrir desde adentro.

No era la primera vez que el padre Casals estaba sentado en su sillón frente a su escritorio. Un escritorio con papeles revueltos, unas figurillas campestres, un crucifijo y un vaso con agua. Detrás de él estaba una pared con varios reconocimientos cuya naturaleza no importa ante lo que acontecía. No era la primera vez que el padre Casals miraba distraído la ventana. No era la primera vez que esperaba. El sol estaba anunciando el atardecer. No era la primera vez que esperaba a que una joven alumna tocara a su puerta. No era la primera vez que estaba solo.

Lo que ocurría dentro de la oficina, una vez ella estuviera dentro, era algo que William H. Masters y Virginia E. Johnson habían estudiado y documentado en sus investigaciones. Por ejemplo, en Sexualidad humana se documenta lo siguiente: «Mientras algunos especialistas manifiestan que la paidofilia se da únicamente en los hombres (Stoller, 1977), hay mujeres que han tenido repetidos contactos sexuales con niños (Kolodny, Masters y Johnson, 1979; Tollison y Adams, 1979). Alrededor de las dos terceras partes de las víctimas son niñas (normalmente de entre 8 y 11 años».  Queda claro entonces que el caso del padre Casals era un caso típico dentro de su patología sexual. La única diferencia a resaltar era la edad de la alumna, ya que, con 15 años, ella quedaba fuera del promedio de las victimas documentadas. Usualmente, el acto sexual terminaba con unos alaridos, un sollozo, una eyaculación y una amenaza.

Posteriormente, el padre Casals miraba nuevamente al vacío con la mente despejada. Salió de su oficina con maletín en mano. Cerró con llave y se alejó por el pasillo con el sonido de la suela de sus zapatos haciendo un sonoro estruendo. El padre Casals se dirigió a su vivienda para darse un baño. Después fue a la parroquia y ofició una misa solemne.  Master y Johnson, al respecto, resaltarían: «No hay pauta única de conducta sexual que sirva para englobar a todos los paidófilos». Por ello, la conducta sexual del padre Casals era un acto difícil de tipificar dentro de las conductas patológicas.

Tiempo después el padre Casals tuvo que enfrentarse a un nuevo problema: el embarazo en curso de la joven alumna. La solución se dejó ver con la ausencia de ella. Unos anuncios de desaparición, otros de recompensas y uno por información sobre su paradero, fue todo lo que se supo de ella. Al final el padre Casals se acostumbró a escuchar los rumores de secuestro, otros de fuga, otros de homicidio. Él siempre contestaba: «Eso es porque las jovencitas de hoy en día, no se dan a respetar. La sexualidad sana se ha vuelto promiscuidad. No me extraña que el Papa estuviera contra los anticonceptivos. Eso solo hizo que las jovencitas se volvieran más promiscuas».

Mientras tanto, dentro de un habitáculo en la casa del padre Casals, la joven yacía esposada junto a un diminuto colchón roto. Dentro suyo se desarrollaba la vida. No obstante, a las diez semanas un aborto espontáneo sacó al embrión del cuerpo de su madre. Una criatura del tamaño de una fresa empezó a retorcerse con vitalidad inusual.

El padre Casals vio cómo el embrión empezó a crecer fuera de su madre. Los fluidos vitales de la madre parecían servir como alimento. La obtención de nutrientes era dada con una jeringa adaptada. El embrión, a pesar de seguir creciendo, no parecía adoptar una forma humana. El embrión crecía y con él crecía la ambigüedad. En él estaban fusionados todos los seres vivos en potencia. Era batracio, era anfibio, mamífero, vertebrado, reptil o escamoso. Era una criatura teratológica que huía del antropomorfo. Más cercano al suelo y a lo húmedo, parecía reptar al moverse. Sus movimientos recordaban a una serpiente, pero su gelatinosa transparencia lo hacía ver como excreción pura. El padre Casals miraba a la criatura y sentía el deseo de aplastarla con el zapato.  Sin embargo, unos días más tarde algo ocurrió.

Regresando de una visita que hizo a una parroquia en un pueblo cercano, el padre Casals tuvo un accidente automovilístico. Solo recuerda la luz de los faros del coche que lo embistió de frente. Después de eso: solo luminosidad. Luz que se recrea en lumbre de penumbra. Lumbre de penumbra que alumbra y deslumbra. Luego, una voz. Un sonido que se expresaba en las penumbras y que vislumbra tanto como deslumbra. Calor, mucho calor. Un calor líquido como el amor, el amor del sueño entre olas y gotas. Una oscuridad que alumbra con olas, gotas y corrientes. Casals se disolvía. Era hombre, mono, era peludo, era lampiño, era de agua, de tierra y de aire. Era escamoso, era peludo. Con branquias, con alas, con colmillos, aletas, con cola y con patas. Batracio, pez, anguila, molusco, invertebrado, con tentáculos, con concha. Era pequeño, se movía con la corriente, plancton, bacteria, célula, plasma, corpúsculo, agua, agua, y solamente, agua…

Nada. Luz de nuevo y después las imágenes de la realidad se empezaron a formar en su percepción. Una sala del hospital, una cama, espera… doctores entran, doctores salen. Enfermeras hablan, enfermeras callan. Pastillas, reposo. Flatulencias de enfermos. Semanas después estaba en su casa. Semanas después ESO nació.

* * *

Había leído en algún momento sobre la teoría de la recapitulación de Haeckel: a través del desarrollo embrionario, la evolución de dicha especie se repite. Un eterno retorno. Una maldición que se desarrolla al calor del vientre femenino. No obstante, eso nació. Nació  no como hombre ni como bestia. Era un engendro. Era el engendro de la vida misma. La vida parecía haberse dado luz a sí misma. Era de alguna manera todo y de alguna manera era también único. Parecía serpiente, batracio, pez, lagarto, reptil, anfibio, mamífero, insecto y, a veces, parecía humano. La madre del engendro murió. Mucha vida absorbió la criatura. Sin embargo, reptaba con cordón umbilical como cadena atada a la tierra. El saco y el líquido amniótico era un vago recuerdo de los océanos de tiempos pretéritos en que la vida fue engendrada. Ella miraba al cielo, terca en su muerte.

El padre Casals miró al engendro. El engendro lo miró a él. El primero lo miró buscando a Dios o al diablo; el segundo lo buscaba con ojos de Adán en un Edén sin nombres. Vio una cruz en él: la cruz de los opuestos: lo demoníaco y lo divino, la bestia y el hombre. Parecía cargar con todo el mundo dentro de él. Había algo de ameba y algo de superhombre. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer con una criatura que parecía ser una potencia en el acto? ¿Qué hacer con ese engendro que podía ser salvador o destructor de la Humanidad? Mirara por donde mirara. la evolución, el eterno retorno, le dio un hijo que parecía haber salido del vómito de la serpiente que se come su cola. Ese hijo lo mataría, como mató a su procreadora, y a su vez mataría lo conocido para erigirse rey de todos. O, por el otro lado, podría ser EL HOMBRE, ese redentor y morir para jamás volver.

Al poco tiempo la criatura reptó, la criatura caminó, la criatura voló, la criatura… Casals miraba distraído ese reguero de entrañas y muerte. Miró a ese ser vivo. Pensó en volver al trabajo, pensó en comer, pensó en tener coito de nuevo. Pensó… Salió por la puerta. Dejó la puerta abierta. Dios en los cielos se azuleó. Algo se arrastró por la puerta, después de que Casals saliera. «Nadie puede poner un alto al curso de la vida», pensó. No era la primera vez que Casals dejaba a la naturaleza seguir su curso.

 


 

Héctor M. Magaña (Xalapa, Veracruz, 1998). Autor de relatos publicados en revistas (Los no letrados, Monolito, Nocturnario, Revista Almiar, Elipsis, Diablo Negro, Tintero Blanco, Periódico Poético, Prosa Nostra Mx, Les Escribadores), reseñas literarias en revistas como Criticismo. Tradujo a autores como el emperador Akihito, la emperatriz Michiko Shoda y a la poetisa Cora Coralina. Ha participado en el taller de creación literaria de Fernanda Melchor.

Contactar con el autor: hmm271527 [en] gmail [punto.] com

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🖼️ Ilustración relato: Imagen realizada con técnica IA a partir de la de la pintura Repetición por segundo (Wiederholung pro Sekunde), por el autor venezolano Luis F. Esparragoza Manrique (Melf). 👀 VER MUESTRA DE ESTE AUTOR (en Almiar).

 

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