relato por
Miguel Castillo Fuentes

 

Tiene la más perversa de las profesiones, la que un niño jamás soñó ser, el oficio que ningún héroe ha tenido en la historia de la literatura. Mi amigo es un odontólogo, le habla a gente que permanece con la boca abierta, y así es bien fácil dominar al prójimo. Es artífice de una tensión que no tiene tregua: el paciente sentado frente a él es pura expectativa, lo único que aporta es una lengua replegada y sumisa. Entre zumbido y pausas uno cierra los ojos y agradece cualquier fantasía, cualquier distracción, cualquier frase amable que nos aterrice directamente en el esófago. Así fuimos pasando de muela en muela a temas cada vez más profundos, hasta que una tarde, mientras me horadaba alguna carie insondable, trató de anestesiar mi dolor frenético contándome una historia de amor.

Federico Vegas, El regalo.

 

R

oberto nunca tuvo suerte con las mujeres. Es posible que el origen de este fracaso radique en que, a los ocho años, una niña mayor lo encerró en uno de los baños de la escuela con el único fin de besarlo; ella se sentó en sus piernas, mientras él estaba sentado sobre el retrete, y eso fue suficiente para creer que ya era todo un hombre. Por el contrario de lo que se podría esperar de un sabor tan temprano de otra boca, después de ese beso las experiencias de Roberto con el sexo opuesto se redujeron únicamente a la imaginación. Alguna vez alcanzó a ilusionarse con el fin de esta sequía, por culpa de una amiga que entendía sus bromas y le decía que lo quería, así de un momento a otro: «amigo, yo te quiero mucho». Ese verbo —querer—, fue conjugado por ella hasta que una noche, bajo la excusa de un trabajo que tenían que hacer para una clase del colegio, Roberto le pidió que fueran novios. La respuesta fue fría y rápida, lo suficiente como para acostumbrarse a lo que sería su vida sentimental: «No, Roberto, es mejor que sigamos siendo amigos».

Una tarde de noviembre, los padres de Roberto murieron tras chocar de frente con un camión mientras regresaban a casa. Como cursaba el último año escolar y estaba precisamente en clases cuando esto pasó, el encargado de informarle de lo sucedido fue el rector del colegio, quien después de darle el pésame lo abrazó de una manera incómoda. La noticia no fue un golpe contra Roberto, al menos no de la manera que se esperaría. Primero que todo, se alegró porque en lugar de llorar lo que hizo fue imaginar una escena en la que sus primas y compañeras de clase se acercaban a él para abrazarlo, mientras a su oído le decían que se fueran con rumbo a una habitación donde podrían olvidar el dolor de la pérdida. Por supuesto, eso no pasó. Fue por esto que la misma noche del funeral, y compartiendo su casa con un par de tías, hermanas mayores de su madre muerta, prometió que abandonaría el pueblo con el único fin de buscar el amor en cualquier otra parte. Meditó toda la noche en la mejor manera para cumplir ese futuro deseado, llegando a la conclusión, justo antes del amanecer, que lo mejor para un hombre sin talento sexual como él era estudiar medicina en la universidad; quería ser alguien importante para que las mujeres lo vieran como una persona interesante y exitosa, alguien con quien querer acostarse y, por qué no, amar por siempre.

Si hubo algo que Roberto intuyó muy bien desde muy joven, fue que el éxito y las mujeres suelen ir de la mano. Por esta razón se obstinó en estudiar medicina; creía que la mujer que llegara a oír que se referían a él como «Doctor», desearía al instante estar a su lado. Y por eso fue que lo intentó, de verdad que lo hizo, pero los libros y horas de estudio fueron mucho para él. Sin importar que en las noches soñara con enfermeras que se desnudaban en los pasillos del hospital en su turno, lo cual lo llevaba a despertar y de inmediato abrir los libros de anatomía, sus notas fueron las peores del curso. Por eso abandonó la universidad una vez terminado el primer semestre. Con el sueño del médico profesional destruido se decidió por buscar algo parecido, algo con batas blancas, cama de cirugía, asistente, oficina y un membrete encima del escritorio con su nombre incrustado en letras doradas. Se inscribió en una escuela de odontología de esas que ofrecen una carrera rápida y económica, y allí cursó los seis semestres sin problema alguno. No era lo que esperaba, pero hay que recordar que el sueño de Roberto nunca fue el de salvar vidas. Quería un estatus especial, un bote con el cual navegar sobre el mar de mujeres que hay en el mundo. Dicho en palabras menos poéticas: quería un nivel de vida en el que pudiera mirar a una mujer a los ojos y ella lo viera también.

 

El comercial lo vio una sola vez, y eso fue suficiente para que se quedara grabado en su memoria. Escribió silicona + boca en Google, esperando encontrar nuevos utensilios para su equipo odontológico, pero en su lugar apareció un rostro como sacado de sus más profundos sueños y fracasos. Era una mujer sentada en un sofá, con el cabello a la altura de los hombros, y un par de largas piernas cruzadas entre sí. Finalmente, la cámara enfocó su rostro. La mujer, con la boca levemente abierta, se mantuvo estática mirando al lente de la cámara como si al otro lado, donde fuera que se proyectara su silueta, estuviera su contraparte en el amor. Solo cuando los ojos de la modelo lograron envolverlo por completo, fue que apareció un aviso en luces rojas de neón que decía: Disfrute de la nueva generación de divas de silicona. Tan humanas que usted no encontrará la diferencia.

Apagó la pantalla del computador y se acostó en su cama esperando conciliar el sueño, cosa que no pudo porque no dejaba de pensar en la mujer de plástico del vídeo. Tan pronto amaneció, encendió el computador con el fin de encontrarla de nuevo; escribió una vez más silicona + boca en la barra de búsqueda de Google, pero la mujer no aparecía en ninguna de las opciones. Borró lo escrito y puso en su lugar muñeca de silicona + comprar, dando como resultado 457000 links. Las muñecas son diseñadas de acuerdo con los deseos del comprador, leyó Roberto en la página oficial de Siliconas Love. Escribió lo que recordaba de la mujer del comercial en un formato de solicitud en inglés, y a los pocos minutos una mujer de ojos verdes, cabello negro, culo redondo, pies pequeños y senos también pequeños, apareció en la pantalla. «Es ella», dijo Roberto antes de presionar la opción de Comprar.

Fueron siete mil dólares, más gastos de envío a Colombia, los que Roberto pagó por su novia. Una vez con el certificado de compra en su correo electrónico, el conflicto que surgió en él fue el del sostenimiento de una de sus pocas cualidades: la paciencia. A lo largo de su vida, Roberto se vio obligado a ver parejas besándose en los parques y la televisión; incluso sus padres se dijeron palabras de cariño cada tanto frente a él. Y sin importar esto, él siguió adelante con su vida, paciente de la felicidad ajena porque confiaba ciegamente en la suya. Y eso fue cierto hasta que leyó en el mensaje de la compra una sentencia de tiempo angustiante para él: En dos semanas la orden será entregada. Llegó a pensar que nunca llegaría, o peor aún, que podría sucederle algo a él en tan largo tiempo. Por quince días caminó del apartamento a su trabajo, ida y vuelta, con un cuidado digno de un escolta presidencial; examinó cada rostro en la calle, alejándose de los que parecían ladrones, matones desequilibrados o borrachos dispuestos a una pelea con quien fuera. Hizo lo mismo con los bancos, creyendo inminente un robo contra uno de esos camiones de valores que siempre llevan guardias con revólver y escopeta en mano. Y lo que fue peor, cada día de esas dos semanas, Roberto recordó a Andrea, su única novia en toda su vida.

Se conocieron en su consultorio. Ella tenía la boca abierta, diciendo «Ahhhhh» en un solo tono; una soprano con una ópera de 30 dientes sucios por culpa de un mal cepillado. Roberto tenía dos dedos al interior de su boca, y en un principio pensó únicamente en sus caries, hasta que la lengua de Andrea acarició los dedos de Roberto. Ahí dejó de ser él mismo; intentó sacar la mano de su boca, pero antes de lograrlo ella lo mordió. «Me gustas», le dijo sin importar que la asistente fuera testigo de lo que sucedía. Quedaron de verse en la noche, en un bar del centro. Una vez allí, y con la tercera cerveza en la cabeza, Roberto gritó en su mente que amaba a esa desconocida. Ella le contó pedazos de su vida llegando a confesarle que se había divorciado porque no había encontrado a su verdadero amor. «Te entiendo. Yo tampoco lo he encontrado, Andrea». Cuando Roberto calló, sujetó las manos de ella con las suyas mientras la miraba al tiempo a sus ojos. Era lo más atrevido que había hecho en su vida, pero no era capaz de pasar de ahí. Quería pedirle que se fuera con él, que se enamoraran primero y después se casaran. Quería decirle que él era el hombre de su vida, y ella la mujer que él había esperado siempre. De verdad quería decirlo, pero como nunca antes esas palabras habían sido conjuradas por él, sentía que al decirlas iba a recitarlas en desorden, como un hechizo mal citado.

Volvieron a verse cada noche durante una semana entera; él la invitaba a comer a un restaurante lujoso, para luego, por siete noches consecutivas, despedirse en la puerta de un taxi que Roberto conseguía caballerosamente para ella. Él se quedaba en la acera viendo al auto irse, quedándose con el frío de la calle sumado a una extraña mezcla de soledad y alegría que nunca antes había sentido. En la oficina, antes de verla, y también en los baños de los bares y restaurantes cuando ya estaban juntos, se miraba a sí mismo en los espejos y recitaba lo que quería decirle desde la primera noche. Una vez frente a ella intentaba repetir lo practicado, pero unos balbuceos incomprensibles era lo que salía de su boca. Y la relación se habría mantenido igual, como amigos que se cuentan la vida, si no hubiese sido porque Andrea le pidió que la llevara a dormir a su cama.

Lo que Roberto puede recordar de esa noche no es más que oscuridad y sombras entre esa oscuridad. Andrea estaba allí, en su propia cama, esperándolo desnuda. Era el sueño de su vida hecho realidad, y tal como son los sueños todo fue efímero; cuando pensaba en el sexo, creía que debía durar lo mismo que la noche. Sin embargo, Roberto no duró más que una entrada y una salida. La penetró sintiendo que su vida se escapaba en un temblor que cruzó su medula y nervios de la piel. Trató de actuar, de continuar amarrado a ella, pero su pene sucio y flácido era la prueba indiscutible de su fracaso.

Quizá Andrea realmente tenía la esperanza de enamorarse de él. Por otro lado, también es posible que ella no fuera más que una mujer obsesionada con odontólogos, los cuales prepara en un ritual de citas y cervezas para finalmente devorarlos en sus camas. Como fuera, al amanecer, Andrea se fue del apartamento para nunca más volver.

En defensa de Roberto hay que decir que no solo bajo recuerdos frustrantes pasó los días de espera. También solía hacer otras dos cosas bastante ingenuas, dignas de él: la primera era llamar una y otra vez a Estados Unidos para preguntar por su pedido; y la segunda era caminar por la ciudad imaginando a su futura novia junto a él. A Siliconas Love llamó más de diez, siempre completamente desesperado, llegando incluso a niveles de furia por la falta de una respuesta diferente a la inicial. Del otro lado del teléfono le contestaron cada vez de manera amable, hasta que al fin el puertorriqueño encargado del público latino se cansó de él y le colgó, eso no sin antes gritarle una advertencia: «¡Colombiano maricón, tu cosa hace días que va de camino, no llames más!». Antes de que Roberto dejara el auricular en su base, llegó a la conclusión de que la gente, al poco tiempo de conocerlo, solía aburrirse de él. Los niños del barrio con los que creció, cuando dejaron de llamarlo a los partidos de fútbol; sus compañeros de colegio, quienes nunca lo invitaron a ningún reencuentro de la promoción; sus padres que solían viajar sin él; sus profesores de universidad que evitaban su saludo por los pasillos; incluso sus asistentes, que no solían durar más de tres meses acompañándolo; y por supuesto Andrea. Por esto mismo, y por absurdo que parezca, llegó a pensar que incluso la mujer que venía de camino llegaría a aburrirse también. Para evitar que esto pasara, caminaba por las calles ensayando en voz baja pequeñas anécdotas que contar cuando ella estuviera aquí. Historias que memorizaba con el único fin de poder entretenerla durante toda la vida.

 

El esqueleto de PVC permite una cantidad casi ilimitada de posiciones, leía una y otra vez Roberto en el folleto de Siliconas Love. Al imaginar esas posiciones, surgía una alegría indescriptible en su rostro porque llegaba a la conclusión de que la felicidad era real; sonreía en la noche cuando soñaba y sonreía en la mañana, mientras desayunaba o salía con rumbo a su consultorio. Y por andar pensando en las maneras en que haría el amor, compró en la calle un Kamasutra ilustrado con instrucciones sencillas para cada posición; ese día, al regresar al apartamento, Roberto acarició la solapa del libro y, como quien jura sobre la Biblia, prometió que sería el mejor amante del mundo.

Y vaya que hizo honor a la promesa. Cada día, al regresar a su apartamento, tomaba el libro y lo leía sin descanso; para él era algo tan sagrado como rezar porque lo hacía cada día y cada noche. Era tal la costumbre, que esto era lo que hacía cuando llegó la muñeca. Leía las instrucciones de una posición que no dejaba de sorprenderlo, cuando sonó el comunicador del apartamento. «Es ella. Gracias, Dios», atinó a decir antes de abrir la puerta para dejar pasar una caja de madera del tamaño de un ataúd. Tan pronto el repartidor de FedEx lo dejó a solas con la caja, Roberto la acechó sin parar, siempre en círculos, como los tiburones cuando bailan en el mar. Miraba la caja por cada esquina, deseando solamente con abrirla para ver a su novia. No lo hizo por culpa de su propio olor. La continua lectura del libro lo tenía envuelto en un aroma de semen seco que debía desaparecer, por lo que una vez en la ducha se esmeró por no dejar parte alguna del cuerpo sin agua ni jabón. Mirándose con atención en el espejo, pasó la cuchilla de afeitar por cada poro de su rostro, así en éste no hubiera muestra de un bigote siquiera; se vistió con la ropa más elegante que tenía y dio el toque final a su apariencia con una pincelada de peinilla en su cabellera. Vestido como si la cita misma fuera dentro de la caja, Roberto tomó una barra de hierro con la que despedazó, sin más demora, la caja; puntillas y pedazos de madera volaron por el apartamento, dejando nada más que un féretro cuyo fondo era una piscina de bolas de poliestireno. Impaciente ante lo que veía, Roberto hundió sus manos en la masa blanca en busca de un cuerpo, el cual encontró de inmediato. Luego, ya acostados en su cama, cerró los ojos y sujetó con fuerza al delicado cuerpo de silicona que había encontrado.

Por primera vez en su vida, Roberto preparó un desayuno para dos. Antes de salir al consultorio, dejó el segundo plato de desayuno junto a la cama, a la espera de una mujer de plástico que dormía con las piernas abiertas. Una vez en el consultorio, y mientras examinaba las encías de un paciente, pensó en el cuerpo desnudo que le esperaba en casa. Entonces pidió a su asistente que hiciera esperar unos minutos a quien siguiera en la agenda. Tomó el teléfono de la oficina y marcó el número de su apartamento. «Hola, Cariño. No he podido dejar de pensar en ti en todo el día, creo que estoy enamorado».

En las mañanas, antes de salir al consultorio, limpiaba la vagina extraíble de la muñeca con champú y agua caliente. Terminada la labor, dejaba la vagina secando sobre la cama, mientras su mujer de silicona permanecía sentada en el sofá de la sala, viendo televisión o leyendo alguna de las revistas que Roberto robaba de su propia oficina. Fueron varios meses de amor, fidelidad, higiene y sexo sin condón. Por fin la vida era bella con él, y eso lo sabía gracias al esqueleto de PVC de su nueva novia. Cuando el Kamasutra fue practicado en su totalidad, se suscribió a los canales de pornografía para guiarse con ellos, lo cual hizo juiciosamente por casi un año. Un idilio perfecto que terminó la noche que ella cerró sus piernas como protesta a una promesa no cumplida; deseaba algo diferente al húmedo pene de Roberto al interior de su organismo altamente sensible y tecnológico. Deseaba ver la sombra de los árboles sobre las calles de la ciudad hasta llegar a una sala de cine para ver una película; quería ir de compras como cualquier mujer, y, sobre todas las cosas, pedía ir a un restaurante para comer algo diferente a lo que él cocinaba. Por supuesto, Roberto aceptó cada una de las condiciones de su novia sin dudarlo si quiera un segundo.

Al siguiente día vistió a su novia con un vestido de flores azules y amarillas. La tomó entre sus brazos y la cargó por el pasillo hasta el ascensor, donde dejó de cargarla como un bebé para abrazarla como un amante. Se apearon en el lobby del edificio, donde la dejó en un sofá mientras llamaba un taxi. Mientras él agitaba sus brazos en la calle, el portero del edificio miraba con sorpresa a la muñeca. Parecía atrapado entre la sorpresa y la risa, sin poder decidirse en definitiva por cuál de las dos impresiones dejarse invadir. En pocos segundos Roberto volvió al lobby por su novia, la tomó entre sus brazos y salieron del edificio sin despedirse del portero, quien siguió en absoluto silencio por varios minutos más. Dentro del taxi la historia no fue muy distinta; mientras Roberto tomaba las manos de su novia, el conductor esquivaba con dificultad el tráfico por espiar a la pareja de carne y plástico que llevaba.

Lo primero que hicieron fue visitar las tiendas de ropa, zapatos y cosméticos de un centro comercial. «Como tú quieras cariño», respondía Roberto cada vez que ella le indicaba una tienda a la que no habían entrado antes. Verlos a los dos entrar y salir de cada almacén era un espectáculo tan curioso, que era inevitable que al verlos la gente empezara a murmurar y reír. En las tiendas, las vendedoras sonreían con profesionalismo, como si ellos fueron un par de clientes adinerados que poco les interesa el valor de lo que se llevan. Buscaban las prendas que Roberto pedía, y vestían a la muñeca cuando algo parecía gustarle. Por una tarde entera, un hombre con una muñeca de silicona a la espalda fue el centro de atención de un centro comercial atiborrado de gente. Cuando las tiendas fueron visitas en su totalidad, Roberto buscó un restaurante que no le significara más de cien metros de caminata; estaba agotado por caminar de un lado a otro, y ahora, con el peso de su novia sobre sus hombros, y la enorme cantidad de bolsas y paquetes que compró para ella, sentía que se quedaría sin fuerza para la sorpresa que le tenía preparada.

Sentados en una mesa decorada con un mantel de cuadros rojos y blancos, y con dos platos de lasaña recién servidos por un mesero por completo desconcertado, Roberto sacó de un bolsillo del pantalón una pequeña caja con un anillo de compromiso en su interior. Con su mano libre tomó una de las manos de su novia, compuesta en su mayoría por una piel de polímeros inorgánicos, y mirándola directamente a sus ojos le pidió que fuera su esposa: «Cariño, te amo como nunca haya podido amar antes. Por esto es que te quiero hacer esta pregunta: ¿Quieres ser mi esposa?». Después del silencio correspondiente a la pregunta, surgió un murmullo que parecía aumentar desde cada mesa del restaurante. Un ruido molesto que Roberto ignoró porque estaba enfocado en la boca de su novia. Quería una respuesta inmediata, pero en lugar de eso el rostro perfectamente diseñado continuaba estático, silencioso como si por primera vez recordara su naturaleza. Los demás clientes y trabajadores del restaurante continuaban mirando hacía la mesa, en espera también de una respuesta. Un silencio largo que alimentó el temor de Roberto por ser abandonado de nuevo. Un miedo que terminó cuando la muñeca dio su respuesta. «Acepto», y él se levantó de su silla, completamente ebrio de felicidad, y la besó como si la boda se hubiera realizado ahí mismo.

Ya en el apartamento, y bastante tarde, Roberto se desnudó y esperó a que su novia hiciera lo mismo. Al no hacerlo, él se sentó en la cama y trató de hablarle, pero ella guardó un silencio mucho mayor al del restaurante, un silencio tan largo que pudo haber durado toda la noche incluso. Después de intentarlo por horas, Roberto se rindió con un gesto de derrota universal: sentado en la cama, y con sus delgadas manos sujetando su cabeza como si de esto dependería el equilibrio sobre sus hombros, empezó a llorar. Solo pedía hacer el amor con su futura esposa, mientras que ella por su parte lo despreciaba. Peor aún, lo ignoraba tal como lo habían ignorado todas las demás personas a lo largo de su vida. Iluminada por las luces de la calle que cruzan las cortinas de la habitación, Roberto miró detenidamente a la mujer que amaba, y lo único que pudo ver fue a una muñeca de silicona que simulaba dormir. Salió de la habitación para acostarse en el sofá. No pudo dormir. En su lugar, pasó las horas viendo las bolsas con ropa recién compradas esparcidas por el suelo. Antes del amanecer, llegó a la conclusión de que cada paquete era un año de su vida. Entonces recordó a sus padres e imaginó qué orgullosos hubieran estado el día de su boda con la muñeca; recordó también cada nombre de las cientos de mujeres de las que estuvo enamorado alguna vez y no pudo ni siquiera acercarse; también rememoró los días que pasó con Andrea, y trató de suponer lo que estaría haciendo en ese momento; «seguramente duerme», se dijo a sí mismo con absoluta ingenuidad. Pensaba en esto, y en toda su vida, cuando al fin una pregunta clave cruzó por su mente: «¿Y ella para qué querrá todo esto?», y una vez con la pregunta hecha, las bolsas de ropa que lo rodeaban cobraron vida y se arrojaron sobre él.

 

Fueron varios los meses que siguieron sin que las cosas cambiaran; sin sexo, y una fecha de matrimonio continuamente postergada, Roberto trató de continuar con su vida ignorando los silencios y los gestos de fastidio de su novia; en las mañanas enjuagaba la vagina extraíbles de su novia, y luego se sentaba a su lado y le hablaba como si continuaran en esos primeros meses de felicidad conyugal. «Cariño, ¿quieres pizza?», le preguntaba cuando llegaba la hora de cenar, pero la muñeca seguía estática, concentrada en no hablar, no comer y no amar. Parecía enfocarse exclusivamente a ver televisión, cosa que hacía cuando Roberto salía al consultorio, así como cuando él regresaba.

Un ciclo continuo, otra costumbre si se quiere llamarlo así, que habría durado hasta el infinito de no ser porque llegó la noche en que Roberto regresó y encontró el televisor apagado. Encendió las luces tan pronto entró al apartamento, y después de una rápida mirada comprendió que lo único que faltaba eran ella y sus cosas; la buscó en cualquier posible escondite del apartamento sin importar lo pequeño que pareciera, incluso bajo la cama y al interior del armario, pero en ningún lado estaba. La mujer con la que deseaba pasar el resto de su vida escapó, dejando apenas sobre la mesa de noche la sortija de compromiso. Roberto tomó la sortija entre sus dedos y la sostuvo por varios segundos, cada uno de ellos pensando en las cosas que no sucederían para él: hijos, dinero, confianza y un amor en el cual refugiarse cada noche de su vida. Apretó la sortija en la palma de su mano derecha, formando así un puño en apariencia violento que desapareció cuando se paró junto a la ventana, y desde allí arrojó lo más lejos que pudo ese pedazo de amor que creía conseguido.

Desconsolado, Roberto no encontró otra cosa que hacer sino acostarse sobre su cama pensando que le sería imposible dormir, pero eso fue justamente lo que sucedió tan pronto posó su cabeza sobre una almohada. Y durmió profundamente, tanto que al despertar a la mañana parecía haber olvidado todo. Primero pensó que su novia estaría en la sala, viendo televisión con el volumen bajo para no despertarlo. Luego, cuando vio que no estaba donde suponía, pensó que estaría en el baño, pero allí la puerta abierta delataba que no había nadie. Entonces la sensación de la absoluta derrota volvió y destruyó cualquier esperanza inútil que él pudiera guardar. Como última opción, caminó hasta la ventana de la sala creyendo que podía adivinar el lugar en el que cayó la sortija, pero desde allí tan solo era posible ver un mundo enorme en el que parecía existir un lugar para cualquiera, menos para él.

 


 

Miguel Castillo Fuentes

Miguel Castillo Fuentes (1985). Licenciado en español y literatura. Formó parte del taller literario Umpalá, y el taller de escritura creativa Relata UIS, el cual también dirigió por dos años. Ha sido finalista en múltiples concursos literarios, y publicado los libros Peces para un acuario (2010), Tres hombres solos (2013) y El resplandor de la derrota (2018). Sus cuentos han sido publicados en diferentes revistas impresas y digitales, así como en antologías nacionales e internacionales de cuento. Por tres años formó parte del equipo de talleristas y formadores de docentes del Concurso Nacional de Cuento RCN y Ministerio de Educación Nacional de Colombia.

🌐 Web del autor: https://narrativademiguelcastillo.weebly.com/

Ilustración relato: Foto por Anna Shvets, en Pexels [dominio público]

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 112 · septiembre-octubre de 2020

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