relato (basado en una historia casi real) por
Miguel Ángel Di Giovanni

La puerta más segura no es la que se
puede cerrar con llave, sino la que
puede permanecer abierta.
Aínnes Moldeveres

S

oy un hombre mayor, nacido en el siglo pasado, criado como en el siglo XIX y al que le hubiera gustado vivir en el XVIII. Pero resulta que acá estoy, portando en la palma de mi mano un aparato que lo hace todo, y en el que suelo dejar notas como esta y otras cosas.

Supongo que hace trescientos años, las islas del delta del Paraná, en muchos aspectos, lucirían igual que ahora. Si me tomo el trabajo de evitar la vista de las antenas que permiten usar los celulares aun en estos rincones de Buenos Aires, sí, luce como en 1700.

Pero no es de comunicación celular que quiero hablar. Simplemente les ubico en tiempo y espacio. No estoy dejando mis últimas notas para la humanidad, nada de eso. Como sea, el Delta me sienta bien, me relaja. Pone una justa distancia, geográfica y psicológica, de mi día a día.

¿Los motivos? Quiero contarles que hay cuentos, novelas, películas que me provocan una gran perturbación. Se trata de esas historias donde todo comienza en un día como cualquier otro y sobreviene la desaparición misteriosa de alguien. Inmediatamente arranca una búsqueda endiablada por recuperar al ser querido. Puede tratarse de una mascota, un hijo, una hija, o un cónyuge distraído. Aunque insista, no puedo, o para mejor decir, me cuesta mucho seguir con el desarrollo de la trama; me angustia.

En mi vida real nadie me ha desaparecido en esos términos. Recuerdo, sí, que tanto a mi hija como a mi hijo, cuando pequeños, los perdí de vista en alguna plaza, o me desencontré con alguna pareja durante unos minutos, pero nada que me causara más que una leve angustia momentánea.

Como dije, soy un hombre grande que hoy vive solo, y lo único que suelo perder son los lentes, bueno, quizás también olvido la contraseña del cajero automático.

Hasta que hace un tiempo, me apareció alguien. Sí: apareció.

Hola, soy Catriel. Estoy saliendo de terapia apuradísimo porque papá me mandó un mensaje diciendo que se toma unos días de descanso. ¿Cómo que te vas a la isla? Le pregunté. Gracias que te aviso, me respondió. 

Sí, así de la nada apareció un día un muchacho que decía ser mi hijo. Bien vestido y de unos veinticinco años. Ya no me acuerdo cuanto hace de ese primer día. Y todo por culpa de haberme olvidado de cerrar con llave. Así que aprovecho estas líneas, para recomendarles que se aseguren de cerrar bien la puerta de sus casas. Yo particularmente, desde entonces, suelo levantarme dos o tres veces durante la noche, para asegurarme de que no me olvidé.

Bueno, ¿qué les contaba? Ah, sí, del muchacho. Al principio no podía soportar semejante invasión a mi casa; ahora estoy acostumbrado. Pero hay momentos como los que pasé ayer, que no me hacen bien ¿o fue antes de ayer? Lo de ayer o antes de ayer empezó con una charla que fue subiendo de tono, Ahí me decidí, bah, terminé de decidir aislarme por unos días en la isla.

Como soy una persona de buenos modales, y además ya hace bastante que él está en casa, le mandé un mensaje. Al menos no lo inquieto con una desaparición misteriosa.

En cambio, él sí suele ausentarse sin avisar. Me paso tres, cuatro o ¡cinco! días pensando, listo, ya está, por fin se fue. Pero no, él vuelve. Es un fastidio.

Vuelve con alguna excusa laboral absolutamente incomprobable. Deja en la alacena algún paquete de yerba y galletas de agua. Mate y galletas, son su única dieta, y después se pasa todo un día durmiendo en la habitación del fondo.

Y miren que le advertí que esa piecita es mi taller de hobbies. Pero no hubo caso, corrió la mesa de trabajo, el tablero de herramientas y metió un catre. Bueno, es verdad que el catre molesta poco en un taller que no uso tan seguido, bah, más bien hace añares que no lo uso. Pero nada, es «mi» taller y ahí se instaló.

Ah, por si no les dije, ese muchacho se llama Catriel.

A terapia volví después de mucho tiempo. Creía haber superado mi fobia al agua. No, la del grifo, no. Hablo más bien del agua en gran formato: piscinas, ríos, mar. Es decir, donde uno puede ahogarse. Pero acá estoy de vuelta. Papá no me reconoce o finge no reconocerme. Es muy dura la convivencia con alguien perfectamente autosuficiente que no necesita de una enfermera, ni asistencia para tramites o prepararse comida, pero que no sabe quién soy. Y encima ahora, se fugó al Delta y, claro, yo no puedo subirme a una lancha.

Voy a aprovechar la paz de la isla para pensar en cómo deshacerme de Catriel. Él insiste en que es mi hijo. Para mí, simplemente está loco o finge estarlo para tener un techo y, a mi muerte, quedarse con la propiedad. No señor, mis hijos no lo van a permitir. Viajarían desde el extranjero inmediatamente para mi entierro, y pondrían a este sujeto de patitas en la calle. Quizás simplemente alcance con hacer una denuncia policial; tal vez lo amenace de manera sutil con esa posibilidad. Pero no sé, llegado el caso, el funcionario de turno me trataría con suspicacia, pediría documentos y haría preguntas embarazosas. El muchacho estará loco, pero es muy hábil. ¿A ver si el detenido termino siendo yo? Hasta ahora, creo que lo mejor que se me ocurrió es esperar a que salga, y ahí aprovechar a cambiar la cerradura.

No me queda más que esperarlo y volver a intentar una charla. No puede negar todo el tiempo la cantidad de momentos vividos juntos que le he recordado. Después de lo de mamá, él me llevaba al colegio, o de vacaciones, o los paseos en bicicleta. Cuando menciono aquellos días, él simplemente sacude la cabeza, me sonríe con mansedumbre, y se dedica a sus cosas diciéndome: ¡Qué imaginación! Solo te pido que si te vas definitivamente me avises.

Así es papá: un hombre bueno. De esos que son capaces de compartir su casa, aun creyéndome un extraño.

No sé qué pasaría si un día, Catriel no vuelve. No va a ser fácil la vida solo. No digo que lo necesite, simplemente que al escuchar cualquier ruidito en la puerta pensaría que está saliendo. O no poder dormir de noche si tarda en llegar, o amanecer sentado en el sillón cuando no venga a dormir a casa.

Sí, ya sé, pensarán que actúo como un padre sobreprotector. No señor, es solo que soy una persona mayor, y, bueno, es justo reconocer que no estoy con todas las «luces».

Justamente por eso es que vine a la isla. Necesito pensar mejor. Hasta escucho mejor que en la ciudad. En el Delta, al meter la llave en el candado de la reja, escucho el suave traquetear del mecanismo, a la vez que mis dedos sienten la tenue vibración que acompaña el giro. Dormirse escuchando grillos y ranas, para despertar con el cacareo de las gallinetas y el canto de los tordos, es un bálsamo para una cabeza que no para y que empieza a no obedecerme. En casa, varias veces me encontré buscando, vaya uno a saber qué en el taller. ¿Qué buscás papá? Puede ser que me haya preguntado Catriel. Nada, habré respondido sin poder disimular mi desorientación. Pero en la isla es bien distinto.

Sí, quizás pueda hablar tranquilo con él y hacerle entender que está equivocado, que yo no soy su padre.

Creo que está llegando la hora de buscar un tratamiento para él antes de que sea demasiado tarde. No debería esperar a que empeore. Solo que llamar a un médico para que lo derive a algún psicólogo puede ser todo un problema. Empezarían con una serie de preguntas que no le van a hacer bien a papá. No le puedo hacer eso. Me aterra pensar que algo malo le pase. Pero mi realidad es que no estoy, económicamente hablando, preparado para hacerme cargo de él.

Por suerte me llegó un mensaje donde me avisa que mañana vuelve.

Bueno, listo, ya le avisé que mañana vuelvo. No quisiera encontrar ninguna sorpresa.

Me siento renovado, incluso estoy llevando unas maderas para tallar. Siempre me dio placer trabajar con las manos. Hacer cosas solo por eso, sin pensar en vender. Soy de los que creen que, si la tarea fluye, el objeto terminado va a enamorar a su destinatario. En cambio, si es por obligación o a disgusto, quién lo reciba sentirá esa vibración negativa.

Hace días que volvió, y no solo sigue sin reconocerme, sino que prácticamente no me habla. Se pasa las horas en mi pieza. Espera a que me levante y va, dale que dale, con sus maderitas. No hago más que salir de la casa y ahí está, del otro lado de la puerta, echando llave: «No sea que vaya a entrar otro más», lo escucho mascullar en el justo volumen pensado para que lo oiga.

¿Por qué me hace esto?

No sé cuánto pueda resistir esta angustia. En terapia solo encuentro evasivas a mis planteos, e intuyo que estoy a poco de que mi terapeuta me derive a un psiquiatra. No, me niego a vivir empastillado como mamá.

Desde que volví, trato de hablar poco. No estoy para charlas. A Catriel lo encontré alterado. Ayer o antes de ayer durmió todo el día, así que no pude usar mí taller. Hoy salió temprano. Todavía no ha vuelto.

Y sí, era cantado. Me derivaron al Dr. Schmarzler. Pero bueno, algo tenía que hacer. Si no puedo ayudarlo a papá a recordarme, al menos trataré de preservar mi cabeza.

Hace dos días que duerme. Primero me preocupó no poder usar el taller, pero ya sería hora de que se levante. Mañana veré qué le pasa.

Papá…

Anoche soñé con él, me llamaba llorando. Amaneció y seguía en la cama, así que tomé coraje y llamé a emergencias.

No tardaron en venir. Pero resulta que son más burócratas que médicos, en fin, terminaron dando parte a la policía. Y claro, empezaron con las preguntas embarazosas. Que cuánto hace que estaba así, que si trabajaba, que si era mi hijo. Confieso que mis respuestas no les sonaron prudentes. Claro, imaginaron que estoy chocheando, que la arteriosclerosis, que casi noventa años. No señores, por favor, reconozco que tengo manías, no es extraño que me confunda, que olvide, o que a veces mienta o invente. En eso el forense me dio la razón, la ciencia no tiene mucho que aportar. Son cosas de la edad. Ya se los dije señores, soy solo un viejo.

Han pasado dos días desde que se llevaron el cuerpo de Catriel. De un momento a otro deberían mandar una nota o una citación, según dijo el oficial. Deben informarme la causa de la muerte, si fue un paro cardiorrespiratorio; si encontraron drogas en sangre; si el examen de ADN no deja dudas.

Quizás no sea todo imaginación y confirmen que Catriel, o como sea que se llamara realmente, era un interno que se fugó de una granja de recuperación de las afueras de alguna pequeña ciudad de la provincia.

Hoy sin falta voy a cambiar la cerradura de casa y voy a echar llave.

 


 

👉 Lee otro relato de este autor: No hace falta

📧 Contactar con el autor: alomad [ at ] hotmail.com

🖼️ Ilustración relato: Fotografía por Gioele Fazzeri, en Pixabay.

TRES RELATOS SORPRESA (traídos aquí desde nuestra biblioteca)

Los confines del mundo Los confines del mundo, por Carlos Montuenga. En Margen Cero (Biblioteca de relatos – 2006)
El endemoniado (en Sobre la importancia de echar llave) El endemoniado, por Raúl Roldán García. En Margen Cero (Taller literario de El Comercial – 2003)
En la madriguera (en El camino del samurái) En la madriguera, por Marcelo Choren. En Margen Cero (Biblioteca de relatos – 2003)

El camino del samurái

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 130 · 👨‍💻 PmmC · septiembre-octubre de 2023

Lecturas de esta página: 63

Siguiente publicación
La originalidad de la poética de Emily Dickinson de la…