relato por
Francisco Juliá Moreno

 

P

eter solía mendigar —y aún continúa haciéndolo— en la calle principal de Alcázar, acuclillado junto a una de las hamburgueserías más concurridas de la ciudad. Aunque esta ubicación era a veces alterada por un rincón bien visible en la plaza Nueva. Podía vérsele, pues, acuclillado, o sentado sobre un cartón, entrelazadas las piernas como las de un faquir, silencioso, con su barba rala, cara de circunstancias y la mirada fija en un punto impreciso, como si mirara más hacia dentro que hacia fuera. Acurrucados en derredor, dormitaban sus perros, cubiertos por una manta cuando refrescaba. Eran tres, de distinto sexo e indefinida raza. Las perras tenían algo de pastor y el perro parecía un perdiguero, blanco con rodales negros, de los nombres solo recuerdo el de este último: Funke; el de las perras no lo sabría precisar, pues las llamaba en alemán, con unos sonidos guturales como rugidos. Nunca se separaba de ellos; lo compartían todo: la cruda soledad, la casa, en la que en ocasiones coincidíamos, y el alimento. Buena parte de la limosna que recogía, a veces sustanciosa, pues Peter tenía un aquél que caía bien al personal, la malgastaba con los perros. Quería más a esos bichos que a nosotros, que éramos sus colegas, con los que tantas veces había compartido techo — aunque este fuera mísero y ruinoso— y la fraternidad de unos tragos en esas noches cuando lo veíamos apartar los anchos tablones que disimulaban el muro medio derruido por el que accedíamos a la casa y nos reuníamos en torno a un fuego. Pronto nos cercaba el nerviosismo de los perros, ladrando, mordisqueando, husmeándolo todo. Por deferencia a Peter, nos veíamos obligados a soportar, aunque con resignación cada vez más gravosa, a aquellos animales del diablo durante la larga noche. A veces, quedábamos dormidos y sentíamos su aliento en la cara, y la verdad es que teníamos que mantenerlos a distancia, si no podían llenarte de chinches y garrapatas.

Peter no era gran bebedor, al contrario que Herminio y yo, que quizá abusemos del alcohol. Desde que lo conozco, y eso casi coincide con su llegada a Alcázar, apenas lo he visto un par de veces lo que se dice borracho de verdad. A él le priva más una china o los porretes de grifa. En su tierra, sé de buena ley, estuvo enganchado a la coca. Tuvo que salir por piernas. Alguien le contó que en España el coste se obtenía de gañote, y emprendió el viaje al sur.

Sus roces con Herminio por el asunto de los chuchos —porque yo lo achaco a éstos, aunque no niego que pudieran haber razones escondidas, pues los corazones buenos no abundan— llegaron a la crispación aquella noche, víspera de Reyes, en que los tres nos hallábamos pasados de bebida. Habíamos mezclado vino con aguardiente, uno a granel que era como beber alcohol de farmacia. Así que no tardamos mucho en quedar achispados. Pero lo cierto es que entre Peter y Herminio existía de antes cierta inquina, ¡vamos!, que no se tragaban el uno al otro. Porque el alemán iba por derecho, lo cual en Herminio despertaba una envidia que lo reconcomía por dentro. Debieron tener sus más y sus menos en aquella época en que parecían uña y carne, durante los comienzos de nuestra común amistad. Debió de ser la novedad, porque molaba eso de tener un colega extranjero. Llevaba apenas unas semanas en la ciudad cuando le conocimos. Nuestro rollo abarcaba la zona Reyes Católicos-Estación Renfe, hasta plaza Nueva, que es donde nos reunimos por primera vez. Intimamos pronto, pese a las suspicacias del germano, que era un hueso duro, bastante reacio al compadreo. Nuestra primera francachela la corrimos aquella misma noche, dando cuenta de una botella de coñac que Herminio había afanado en unos almacenes. Hospitalarios, le invitamos a acompañarnos a la casa abandonada que solíamos ocupar, sobre todo durante las noches peores del invierno. Pronto él también se hizo inquilino por el morro y disfrutamos muchas veladas, acurrucados los tres, además de los perros, en torno al fuego, cuyas llamas iluminaban el pequeño comedor, mera covacha apenas habitable con la que había que conformarse, pues el resto de la casa estaba llena de escombro.

En pandilla, también, emprendíamos el trapicheo; batíamos la zona centro hurgando en los contenedores de basura, en los que si se tenía suerte se encontraba algo con lo que se pudiera mercar. Nuestro mejor negocio fue esa vez en que desvalijamos el cobre de una fábrica de hilados y nos lo pagaron a precio de oro en la chatarrería.

Aquella fue una buena época. Pero como en esta vida nada dura, pronto todo se fue al garete. No nos quedó más recurso que pasar la gorra, que es una forma de decir que mendigábamos. Tarea con la cual sacamos alguna guita durante las fiestas de Alcázar, cuya mayor parte malgastamos con unas golfas que hacían la carrera en la plaza Velázquez. Fue Herminio, el más rijoso de los tres, quien se apresuró a camelar a una de las putas con su cháchara lisonjera y obscena. Dilapidó los cuatro chavos que tenía en festejarla. Ella debió corresponderle, pues él se volvió más tratable, aunque al llegar la noche no tuviera un mendrugo que echarse a la boca. Eva «la suave», pues por tal se la conocía, aunque solo fuera un nombre de batalla, en el esplendor de sus dieciocho años debió de ser una belleza gitana nada desdeñable, pero con el transcurrir de los años había desmejorado mucho. Era una beoda, y su guarrería había ensuciado su lengua y la hacía pensar siempre mal. Tratarla debía ser un infierno. Yo no la hubiera follado ni regalada. Pero Herminio estaba encelado, y había perdido los papeles. Le previnimos sobre el asunto, pero pasó de nosotros y se comportó como un pringao. Peter le advirtió que el roce con fulanas puede resultar peligroso, y le dio algunos consejos. Herminio respondió con un corte de mangas y se fue. Después de aquello aumentó su inquina contra Peter. Por un tiempo rehuyó nuestra compañía y se entregó a la más cachonda de Eva, pero pronto la miel se le volvió hiel en la boca. Tuvo la tentación de chulearla, pero ella ya estaba resabiada, y a él le faltaban redaños. No sacó de ella ni cuatro duros, y la tía se aburrió pronto de tal parásito y busco la protección de los de su raza. Herminio la sorprendió una noche amancebada con un gitano que le había birlado sus cuartos. La reyerta no tardó en consumarse, y una noche, en un callejón próximo a la plaza Velázquez, se enfrentaron. La navaja del gitano brilló premonitoria antes de herir a Herminio en el brazo, quien al ver la sangre se amilanó y huyó de la refriega.

En la mañana, le vi entrar en la guarida. Yo permanecía aún acostado, aturdido por el colocón de la noche. Me habló con toda la mala leche de que era capaz, sujetándose el brazo que traía herido por un tajo profundo que todavía sangraba. Mi pidió que lo curase. Le lavé la herida con un culo de vino que había sobrado y se la vendé con un pañuelo. Le aconsejé que debería ir a un hospital donde le curasen bien. Demostró su rechazo maldiciendo y rechinando los dientes. Con el tiempo, conseguí tranquilizarlo, ofreciéndole tragos de una botella de coñac que me había agenciado. Antes de que el alcohol lo adormilara, tuvo varios arranques de cólera, en los que juraba cepillarse a la Eva y al cabrón del gitano. Herminio jamás asimiló su cobardía.

Fue por entonces cuando el guarda de una obra regaló a Peter las dos perritas, porque a Funke lo recogió vagabundo y famélico, persiguiendo a las gaviotas que correteaban sobre la arena, en playa de Buenavista. Los cuidó como si fueran sus hijos, y era muy raro verlo sin su compañía. Pronto el hombre de los perros se hizo familiar en las calles de Alcázar. Con frecuencia los traía a nuestro cubil, donde no sosegaban un momento, babeándonos la ropa y llenando de piojos los cartones que usábamos de colchón. Solíamos hacer la vista gorda, pero tal situación no podía prolongarse. Herminio, que desde su altercado en la plaza Velázquez, andaba bien jodido y buscando en quien asentar la mano para calmar su mala leche, encontró en Peter y su camada blanco perfecto sobre los que orientar sus resquemores.

La noche de marras llegamos ya los tres algo achispados a la casa. Un par de latas de sardinas teníamos para acompañar el morapio peleón. Herminio que desde que se comió las sardinas que le correspondían no dejaba de soplar y ni siquiera compartía la botella, como para dar la coña, blasfemó y dijo:

—¡A estos perros de mierda me los voy a cargar un día!

Y sacudió una patada a una de las perras que insistía en olisquearle los zapatos malolientes y desgastados. La tangana se organizó al instante. Peter amenazó con tomar represalias si el otro volvía a maltratar a sus perros. Herminio escupió todo su veneno, y juró rajarlo el día menos pensado. La cosa no llegó a más porque pensábamos que a Herminio le faltaban guevos. Todo quedó en bravatas y juramentos, un mal rollo que obligó a Peter a abandonar la covacha aquella noche, seguido por sus perros, que meneaban dócilmente el rabo, y ya no ha regresado.

Unos días después lo encontré pateando la ciudad desasosegado, sobrio pero sombrío, solo con dos de sus perros correteando tras él. Me confió que le habían robado una de las perritas aquella misma mañana. Admiré su solicitud y preocupación tratándose simplemente de un animal, pero hay que reconocer que en la calle, donde no se tiene ná de ná, se agarra uno a lo que sea sino se está podrido del todo. A la perrita la encontraron degollada en un descampado próximo a la estación. Peter lloró de la rabia. Desde ese día no hemos vuelto a ver a Herminio.

 


 

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Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar n.º 120 • julio-agosto de 2022 • MARGEN CERO™

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