relato por
Martín Riesco Cordero

 

D

e manera inopinada se vieron expuestos los pasajeros de un vagón de metro de la línea circular a una extraña situación. La jornada iba ya tocando a su fin. Al detenerse el tren en la estación de Río Manzanares, algunos levantaron la vista con cierta extrañeza: no sabían de la existencia de esa parada. Puede que alguien se preguntara si la habrían inaugurado recientemente; a lo mejor para dar servicio a uno de los nuevos sectores recién urbanizados tras el inesperado (e inexplicable) boom inmobiliario postpandemia. Nadie se apeó allí, pero sí subió un hombre.

El hombre, de mediana edad (aparentaba unos cuarenta y tantos), aspecto agradable y no mal vestido, accedió al vagón como trastabillando, con cara de perplejidad, justo cuando las puertas empezaban a cerrarse para reanudar la marcha. Pero enseguida recobró la compostura. Su apariencia era tan susceptible de mimetizarse con el entorno que, si acto seguido no se hubiera puesto a hablar, alzando la voz gradualmente y cada vez con más seguridad, los demás viajeros le habrían ignorado enseguida. «Buenas tardes, señoras y señores empezó—, y digo buenas tardes porque la mayoría de ustedes todavía no habrán cenado». El pasajero de metro habitual que estuviera prestando atención se esperaría, llegados a este punto, un discurso articulado en torno a una serie de circunstancias lamentables en la vida del narrador. Este, sin embargo, se desvió del paradigma; y al hacerlo logró concitar más atención, consiguiendo incluso que algunos auriculares se desacoplaran de sus habituales puertos auditivos.

«Me llamo Ezequiel Arias y no esperaba que el metro parase en mi estación; nunca ha parado dijo el hombre, pero hoy sí, y me he subido con la esperanza de que alguno de ustedes me pueda ayudar». El hombre se había ido encaminando hacia el centro del vagón. «No pido dinero, ni comida, ni trabajo: de todo eso tengo y no me falta». Los pasajeros se le quedaron mirando de hito en hito.

«No pido nada de eso, porque me va muy bien en la vida, para qué voy a decir otra cosa. No me ha pasado nunca nada malo, nunca he tenido un problema y por eso estoy aquí ahora; porque no sé lo que es sufrir un contratiempo, una contrariedad». La próxima parada era la típica donde ni se sube ni se baja casi nadie porque no se hace transbordo con ninguna línea y la hora punta ya había pasado, con lo cual Ezequiel siguió hablando con impecable dicción. «Tuve una infancia feliz; nunca me ha faltado el cariño de mi familia ni de mis amigos, que tengo en abundancia. Las pérdidas de seres queridos lo han sido por el curso natural de la vida, y aun los fallecimientos fueron rápidos y tranquilos. Tan así ha sido siempre, que mi familia incluso esquivó la pandemia del año 20».

«En los estudios siempre tuve excelentes calificaciones, sin matarme a estudiar. Ganaba todo en los deportes y, cuando llegó el momento, no me faltaron novias; pero a ninguna le rompí el corazón ni ellas tampoco a mí. Incluso antes de terminar los estudios ya conseguí un trabajo que colmaba todas mis aspiraciones y que además estaba (y lo sigue estando) bien pagado. Fue allí precisamente donde conocí a la que ahora es mi mujer, mi media naranja o mi alma gemela, como lo quieran llamar. Tenemos dos hijos, la parejita, ¿cómo no?». Hizo una pequeña pausa para coger aire. «En fin, todo esto para rogarles que, si alguno de ustedes me pudiera ayudar causándome un poco de desgracia o haciéndome daño, por favor, yo se lo agradecería de todo corazón. Una agresión, un insulto, un comentario sarcástico, ¡lo que sea!».

No quedaba ya nadie en el vagón que se hubiera podido sustraer a ese parlamento tan peculiar. Pero tampoco parecía haber en ese momento, por desgracia, nadie dispuesto a concederle lo que solicitaba. No podía interpretarse que le estuvieran dando, por así decirlo, un desplante. No, no era para tanto, porque tampoco se percibía tensión o ambiente de rechazo alguno. Ezequiel calló y esperó, pero los pasajeros, poco a poco, fueron volviendo la mirada a las pantallas de sus móviles.

Viendo pues que no había nada que hacer, ocupó uno de los muchos asientos libres. La próxima estación era el intercambiador: la mayoría de su público se apearía, y subiría una nueva remesa, pero decidió no repetir su alocución. No podía decirse que se sintiera particularmente frustrado, porque tampoco su naturaleza le habría permitido (simplemente, carecía de los recursos) profundizar demasiado en alguna otra emoción que pudiéramos calificar de negativa. Mientras el metro seguía su ruta, Ezequiel recapituló sobre su inusual situación.

Recientemente había venido experimentando algo parecido al dolor fantasma que sufren los amputados en el miembro que les falta, si bien en su caso era más bien una molestia sorda. Podía imaginarse, eso sí, la carencia de ciertos elementos en su personalidad y conocía sus nombres: dolor, angustia, desasosiego. Así que, sin poder sacudirse esa inquietud, una tarde le había dado por acceder a una estación de metro cercana, que había descubierto por casualidad ya que no era usuario de la red. Allí, por cierto, no había visto a nadie más, ni siquiera operarios. Durante las siguientes dos semanas (mientras su mujer bregaba en el gimnasio y los niños en sus múltiples actividades extraescolares) había estado yendo cada tarde a pasear por el andén, viendo pasar trenes que no se detenían. Hasta que hoy había parado uno y se había subido.

Al entrar en el vagón, cayó en la cuenta de que no sabía para qué. ¿Acaso quería ir a alguna parte? Todos esos días esperando y no había formulado un plan. Bien es verdad que quizás era porque le faltaba práctica. Después de tantos años, tenía ya muy asentada la inercia mental de no darle vueltas a la cabeza con lamentaciones por el pasado o preocupaciones por el futuro. Pero aun así, empujado por una íntima pulsión indefinible, se había soltado a hablar y había dicho exactamente lo que necesitaba decir, o eso le parecía.

Ahora, podríamos decir que aliviado, en lo que quedaba ya del circular trayecto de regreso, Ezequiel no hizo ningún intento más de atraer la atención de los demás viajeros a sus circunstancias personales. Es posible, al fin y al cabo, que ese momento casi catártico hubiera alumbrado áreas de su espíritu que hasta ese momento habían permanecido oscurecidas, e incluso puesto en marcha engranajes oxidados por falta de uso.

El tren paró en la estación de Río Manzanares por segunda y última vez ese día. Ezequiel entonces se levantó y salió. Si hubiera habido gente en el andén, le habrían visto sonreír mirando pensativo al tren que se alejaba. Una vez que el túnel volvió a su negrura habitual, se dirigió a las escaleras camino de la superficie.

 


 

Martín Riesco Cordero (Madrid, España). Es Licenciado en Filología Inglesa por la Universidad Complutense de Madrid y profesor de inglés.

martinriesco09 [at] gmail [dot] com

Leer varios poemas de este autor (en Almiar): 874 d. C.

Ilustración relato: fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 112 · septiembre-octubre de 2020

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