relato por
Paula Villanueva Rabotnikof

L

a ve pasar entre sus pies mientras está sentada en el excusado. Es minúscula. La hormiga sigue el camino que se forma en la unión de los mosaicos, uno blanco y uno negro. Va por en medio, por la junta. Ensimismada, Mariana observa su andar: un mosaico hacia la ventana, dos hacia la regadera, uno hacia la ventana, dos hacia la regadera. Así sigue, dibujando una escalera hasta que llega a la esquina donde se intersectan las dos paredes y desaparece. Mariana está paralizada, una especie de pausa involuntaria se ha apoderado de ella.

Lleva un par de meses mal durmiendo. Hay noches que le cuesta mucho conciliar el sueño, incluso si se acuesta cansada; corre seis kilómetros todos los días. Lee hasta que los bostezos llegan. Aparta el libro, lo pone en su mesita de cama. Apaga la luz. Cierra los ojos. Intenta no pensar en nada; imposible. «¿Te ha pasado que hiciste algo que querías contar, y como no lo mencionaste en ese momento ya no lo puedes decir después?». Nunca ha sido muy militante de la meditación ni del yoga, pero cuenta hasta cincuenta concentrándose en la respiración, en el aire que entra por la nariz, llena sus pulmones y sale por la boca. Lo siente en la parte superior del labio. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, nada. Veinticinco, veintisiete, veintiocho, veintinueve, nada. Prende la luz. Mira a Juan, quien duerme tranquilo a su lado. Toma el libro. Lee de nuevo. Revisa las últimas dos páginas porque ya no recuerda lo que leyó hace media hora. Después de un rato se queda dormida con el libro sobre el pecho. Se despierta sobresaltada tres horas después. Se levanta. Va hasta la cocina. Se prepara un té de hierbabuena. Lo bebe sentada en un banco alto en la mesada mientras repasa su colección de teteras. Vuelve a la cama. Juan duerme plácidamente sobre su lado izquierdo, con la cara hacia donde debería estar acostada Mariana.

* * *

Dos meses atrás, justo antes de dormir, mientras Mariana lo abrazaba y le daba las buenas noches, su hijo Martín había preguntado:

—Ma, ¿te ha pasado que hiciste algo que querías contar, y como no lo mencionaste en ese momento ya no lo puedes decir después?

—Claro, Martucho, a todos nos ha pasado alguna vez —contestó Mariana, tratando de parecer tranquila, aunque era casi imposible.

—¿Pero a ti también, ma? —intervino sorprendido Leo desde la cama de arriba de la litera.

—Por supuesto.

—¿Y al final lo contaste? —quiso saber Martín.

—Sí, porque si no, se hace muy pesado. Puede ser que al principio te parezca una tontería, pero después, poco a poco sientes que te aplasta. O, a veces, ya no puedes contar otras cosas porque de alguna forma se relacionan con eso que no dijiste y se vuelve una bola de nieve. ¿Quieres contarme qué pasó?

—No es nada, ma, en serio —cerró la conversación Martín.

Después de arroparlos y darles un beso en la frente, Mariana salió del cuarto de sus hijos apurada y nerviosa. En cuanto cerró la puerta, se apoyó temblando en la pared hasta que recuperó la respiración. Caminó a toda velocidad hasta su cuarto y una sensación de incomodidad, que no la abandonaría por meses, la invadió. Esa fue la primera noche de ansiedad incontrolable. No durmió, despierta a las tres de la mañana, despierta a las cuatro, a las cinco. Por ahí de las 5:30 se quedó dormida para levantarse una hora más tarde con el tortuoso sonido del despertador.

* * *

—¿Jugamos batalla naval, ma? —propone Martín—. Si Leo juega también, tendrás que usar dos tableros como la otra vez.

—¿No prefieren que les lea un cuento? —ofrece Mariana, intentando trocar porque la lectura requiere menos energía y paciencia, que últimamente anda escasa.

—¡No, ma! —se mete Leo—. Batalla naval, los dos contra ti, porfas. ¡Como el otro día!

Mariana hace acopio de lo que le queda de ánimo y acepta resignada. Se instalan en el comedor, ella en la cabecera y sus hijos cada uno a un lado. Dos tableros para ella, con uno juega contra Martín y con el otro, contra Leo. Ellos no son un equipo en forma, pero les gusta pensar que son de la misma flota y juntos atacan a su madre. La cosa empieza bien: D8, nada; H18, ¡pum!; F3, ¡agua!; B4, ¡ole! Y así pasa un rato entretenida, distraída, contra uno y contra otro: L13, ¡me diste!; E10, nada; G4, ¡explosión!; H21, hundido, mayday mayday. Con Martín el combate fluye, se han hundido un par de barcos mutuamente, sin embargo con Leo la cosa no va bien. Se confunde y da información errónea, que a la larga dificulta el juego. Mariana se va exasperando un poco más en cada jugada.

—¡Leo! ¿No sabes las letras todavía? Te dije F15 hace horas, y me dijiste «¡Agua!»  —exclama Mariana subida de tono, irritada y con una voz de burla imitando a Leo, como de niño chiquito.

Una fracción de segundo después quiere morirse, pero ya es tarde. Los ojos de Leo se llenan de lágrimas. Antes de que rompa en llanto, Mariana se levanta y lo abraza tan fuerte.

—Perdón, mami, me confundí —dice una vez que logra ahuyentar el llanto incipiente.

—No, cachorro, perdóname tú. Estoy un poquito cansada —contesta reuniendo fuerzas del más allá para no llorar.

Para compensar el exabrupto, Mariana hunde un barco de su propia flota y le da ventaja a Leo, quien ha vuelto a sonreír. A ella le cuesta seguir ahí y vuelve al baño. Sentada otra vez en el excusado, Mariana ve a la hormiga. Pasa entre sus pies y sigue su camino, un mosaico hacia la ventana, dos hacia la regadera. Esta vez no va sola, otra hormiga la sigue, recorriendo el mismo camino, pero un mosaico de distancia atrás. La sincronización es perfecta. «¿Te ha pasado que hiciste algo que querías contar, y como no lo mencionaste en ese momento ya no lo puedes decir después?». Mariana no quiere salir.

* * *

Un par de noches después, cuando Mariana va a acostar a los chicos, Martín confiesa afligido que fue él quien rompió el esqueleto para la clase de anatomía de su salón: «Fue sin querer, lo juro. Yo no quería lastimarlo. Era sólo una broma, no parecía tan frágil. Tampoco fue que lo hubiera planeado. Regresé en el recreo para buscar el cubo Rubik en mi mochila y lo vi ahí, solito en el salón. Logré que el plumón se quedara atorado en sus dedos… era un cigarro. Se veía genial, mamá. Pero el cigarro va en la boca, y entonces le moví el brazo, lo hice con cuidado, pero parece que no tanto… La mano se cayó y yo salí corriendo del salón. Después nos regañaron a todos, y hace días que siento que voy a explotar». Mariana trata de decirle lo contenta que está de que le haya contado porque de esa forma se aligera la vida, pero antes de terminar la frase, comienza a llorar. «¿Te ha pasado que hiciste algo que querías contar, y como no lo mencionaste en ese momento ya no lo puedes decir después?». Martín, desconcertado, se queda paralizado. Leo, desde la cama de arriba, se asoma:

—Ma, no es para tanto… yo rompí el florero de Santiago, el del otro salón… y fue a propósito. Me cae mal.

Todavía con lágrimas en la cara, Mariana suelta una carcajada, a la cual se une Martín, mientras Leo desde arriba refunfuña. Se despide con un beso de sus hijos

—Ya hablaremos tú y yo —le dice a Leo antes de salir del cuarto.

Al salir del cuarto, Mariana, ligera y con una sonrisa en la cara, empieza a bajar las escaleras. De pronto se detiene, la sonrisa se borra y ella se sienta en une escalón. Respira, cuenta: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Se levanta y sigue bajando, ahora más despacio. En cada escalón balbucea para ella algunas palabras. Se dirige a la cocina donde encuentra a Juan:

—Juan, tenemos que hablar.

 


 

Paula Villanueva Rabotnikof

Paula Villanueva Rabotnikof. «Durante los últimos 30 años he incursionado en distintos ámbitos y dejado atrás diversos anhelos, desde intentar salvar al mundo a través de la bioquímica y la epidemiología, hasta convertirme en señora de mi casa y regar las plantas, pasando por aprender a, o al menos intentar, lidiar con el mundo de las relaciones públicas y la farándula, editar publicaciones sobre cine y tratar de captar el mundo con una cámara. Después de un recorrido quizá un poco vagabundo y sin rumbo, y tal vez acercándome más a un expediente médico de un paciente esquizofrénico que a una novela de romance y aventuras, he llegado a las letras en sus variadas modalidades, y no tengo ninguna intención de moverme».

🖲️ Web de la autora: https://horadelte.com.mx/

👓 Lee otro relato de esta autora, en Almiar: Antonia

Ilustración relato: Dibujo por Sarah_Loetscher {en Pixabay} ▪ Fotografía de la autora traída desde su página web. © Derechos reservados

Paula Villanueva Rabotnikof

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 143 · 👨‍💻 PmmC · noviembre-diciembre de 2025

Lecturas de esta página: 152

Siguiente publicación
«Me planificó la vida, y yo estaba sorda y ciega.…