relato por
Manuel Moreno Bellosillo

 

Las noticias sobre el desenlace de la batalla naval en Accio
han sido, desde luego, inesperadas.
Más no hay necesidad de redactar una nueva proclamación.
Tan sólo el nombre ha de cambiar. Aquí, en estas líneas finales,
en lugar de «Habiendo sido liberados los romanos
del pernicioso Octavio,
ese impostado Cesar…»,
ahora pondremos: «Habiendo sido liberados los romanos
del pernicioso Antonio…».
Todo el texto queda estupendo.

En una ciudad de Asia menor, K. Kavafis

 

L

a consideración de un determinado relato como inaugural del género de la ciencia ficción dependerá de la definición que tenga cada uno de la ciencia ficción como género. Para algunos, la facción mayoritaria, el relato iniciático sería Frankestein escrito por Mary Shelley en 1818, para otros La máquina del tiempo, escrito por H.G. Wells en 1895, se ajusta mejor a los requisitos del género, y algunos pocos se remontan a una novelita titulada Historia verdadera escrita en el siglo II d.C. por Luciano de Samostata que narra el viaje a la luna por un trirreme arrastrado por una tormenta y el encuentro con unos selenitas carentes de ano. Sin embargo, recientemente se ha descubierto un relato anterior a todos los citados que cumple rigurosamente con los requisitos de la definición más estricta del género. El texto fue uno de los felices hallazgos ocultos en los palimpsestos de la Biblioteca Marciana de Venecia. Bajo la escritura litúrgica de un legajo de 230 páginas del siglo XIII había fragmentos de hasta 14 pergaminos distintos con textos muy anteriores, todos ellos incompletos. Los pergaminos habían sido lavados y raspados a conciencia pues hasta muy recientemente las distintas técnicas de restauración habían sido incapaces de reparar la escritura borrada. Solo después de varios años de trabajo de restauradores, científicos y académicos, utilizando las tecnologías más avanzadas de obtención de imágenes a través de técnicas de fluorescencia con rayos X y del posterior procesamiento digital de esas imágenes, se hizo accesible e inteligible la escritura borrada. Se trataba de obras de autores clásicos romanos transcritas por un amanuense anónimo del siglo IX. La autoría de algunos textos se ha atribuido a Lucio Anneo Séneca, siendo en su mayoría desconocidos hasta la fecha. Se trataría de varios escritos sin conexión temática entre sí, reflexiones del autor sobre diversos asuntos a modo de ensayos, como los incluidos en las Cartas a Lucilio. El que trae causa de este trabajo ocupa seis páginas y se interrumpe abruptamente. Los especialistas no albergan ninguna duda de que se trata de una copia de un texto original de Séneca y lo datan entre el año 61 y su fallecimiento el año 65 d.C. Obviamente el original está redactado en latín y no nos consta que haya sido traducido antes, por lo que ésta sería la primera vez que fue volcado al inglés [1]. El texto no tiene título y comienza como sigue:

Es un ejercicio estéril y frustrante, más propio de mentes fantasiosas y obtusas, elucubrar sobre los acontecimientos que pudieran haber sido, pero que no ocurrieron nunca y que no podrán ocurrir jamás. No existe pregunta menos juiciosa que la que uno se interroga sobre lo que no sucedió ni sucederá. Los acontecimientos redundan infinitamente en el tiempo, repitiéndose sin descanso una y otra vez, incapaces de alterarse y escapar de su propio ordenamiento. Sin embargo, ahora que mi entendimiento decae, estas cavilaciones entretienen los ratos de indolencia, que son más que los de trabajo. Desde hace tiempo me persiguen insistentes las mismas ociosas preguntas: ¿Qué hubiera pasado si Marco Antonio hubiera vencido a Cayo Octavio en la crucial batalla de Accio [2]? ¿Qué hubiera pasado si la odiosa dinastía Julia no hubiera gobernado en Roma y en su lugar se hubiera impuesto la dinastía Antonia?

Séneca había nacido el año 4 a.C., gobernando Augusto, y murió el año 65 d.C., tres años antes de que Nerón se suicidara. Toda su existencia transcurrió durante el gobierno de la dinastía Julio-Claudia, bajo la cual prosperó y cayó en desgracia en diversas ocasiones. Fue Cuestor, Pretor y Senador durante los gobiernos de los emperadores Tiberio, Calígula y Claudio, además de ministro, tutor y consejero del emperador Nerón. Séneca, al contrario que Cicerón, aunque conocedor y en ocasiones víctima de los abusos del imperio, no era partidario de la reinstauración de la república, pues consideraba que entre la tiranía y el desorden era preferible la tiranía, su discernimiento no distinguía otras posibilidades. Se desconoce la fecha exacta de redacción de este texto, pero con seguridad fue escrito después de que se retirara de los asuntos públicos y abandonara Roma por temor a que Nerón, su antiguo pupilo, ordenara su muerte. Se puede entender el resentimiento que destila en todo el texto respecto a la Casa Imperial, indisimulado a pesar de su supuesto estoicismo. Séneca durante su “voluntario” destierro se instaló en su finca de Nomento y se dedicó a viajar por Italia para mantenerse suficientemente alejado de Roma, pues se sabía objeto de la obsesión asesina del emperador y de su secuaz Tigelino, pero lo bastante cerca por si lo llamaban de vuelta para salvar Roma. El texto continúa:

En Egipto conversé con un legionario veterano de las guerras civiles que había luchado en el ejército de Marco Antonio. Había sido capitán de la guardia pretoriana del general y se mantuvo leal hasta su caída. Cuando terminó la guerra su vida fue perdonada, junto con el resto de los partidarios de Marco Antonio que se rindieron, por la magnanimidad del divino Augusto. El viejo veterano me refirió que estando acuartelado el ejército en Alejandría, un discípulo de Ctesibio pidió audiencia con Marco Antonio para mostrarle los planos de un artefacto que podía inclinar la guerra definitivamente a su favor.

Ctesibio fue un inventor y matemático griego que vivió en Alejandría entre los siglos III y II a.C. Séneca lo cita en el texto sin más explicación, por lo que se deduce que debió ser muy ilustre en la antigüedad, pero ninguno de sus escritos ha perdurado hasta nuestros días, conociéndose únicamente por las referencias de otros autores clásicos. Es posible que el discípulo a que se refiere Séneca fuera Herón de Alejandría, otro inventor griego que vivió en Alejandría entre el siglo I a.C. y el siglo I d.C. Al parecer Herón se inspiró en muchos principios e inventos de Ctestibio y a través de sus trabajos nos han llegado noticias sobre sus máquinas. Sin embargo, por las fechas en las que se supone que vivieron los dos, lo más probable es que no llegarán a conocerse y Séneca al referirse al «discípulo de Ctesibio» se debe entender como perteneciente a la escuela de Ctesibio. El texto sigue:

La máquina consistía en una gran caldera de agua y en unas ruedas engranadas que transmitían el movimiento hasta una rueda final de palas. La caldera se calentaba con fuego y cuando el agua hervía las ruedas empezaban a moverse aceleradamente, haciendo girar las palas sin intervención alguna del trabajo de los hombres. Al parecer el espíritu de la máquina era el mismo que el de las eolípilas, que giran por sí solas en los templos para el asombro de los devotos. Las eolípilas son unas esferas de bronce huecas que llenan de agua y que cuando aproximan al fuego enseguida que sienten la acción del calor generan un viento impetuoso que las hace girar. Estas cosas en general impactan la vista de los ignorantes, que se maravillan de todas las cosas repentinas, porque desconocen sus causas.

Efectivamente las eolípilas debían ser ornatos frecuentes de los templos en Egipto. Séneca las conocía pues había pasado su juventud en Alejandría, bajo la protección de Cayo Galerio, gobernador de Egipto nombrado por Tiberio en el año 16 d.C. y a la sazón esposo de su tía Marcia. En Alejandría, antes de decidirse por la filosofía estoica, se dejó seducir por el misticismo y los ritos mistéricos de los cultos de Isis y Serapis. En las distintas dependencias del Serapeo de Alejandría debían disponerse eolípilas para que los feligreses al verlas girar por sí solas se sintieran sometidos a fuerzas invisibles superiores o quedaran hipnotizados con el giro continuo de la máquina. En realidad, una eolípila no es más que una máquina simple compuesta por una esfera con tubos curvados. La esfera está llena de agua que es calentada al fuego y cuando el agua hierve el vapor es expulsado por los tubos haciendo girar la esfera conforme la tercera ley de Newton de acción-reacción. Continúa el texto de Séneca:

El discípulo de Ctesibio proponía instalar la máquina en los barcos de guerra de Antonio para de esta manera mejorar su velocidad y maniobrabilidad. Antonio pareció convencido con el invento y dio órdenes de que se dispusiera todo lo necesario, tanto de hombres como de tesoro, para que en el menor tiempo posible se instalara la máquina en una de sus embarcaciones. A los pocos días se pudo probar el experimento en una de las naves de la armada y Antonio pudo comprobar cómo el barco navegaba sin ayuda de velas y remeros. Después se ensayó una naumaquia donde el trirreme impulsado por la potencia de la máquina de Ctesibio maniobró y embistió con su espolón a dos naves que indefensas se hundieron rápidamente en las plácidas aguas del puerto de Alejandría, debiendo ser rescatados los marineros para que no murieran ahogados. Antonio quedó entusiasmado con la demostración»

Para entender el entusiasmo de Marco Antonio por la máquina de Ctesibio es preciso conocer sus circunstancias. En aquel tiempo el incipiente imperio romano estaba de facto dividido en dos partes, la parte occidental gobernada desde Roma por Cayo Octavio y la parte oriental gobernada desde Alejandría por Marco Antonio, fraguándose un enfrentamiento entre los dos que se venía demorando desde hacía años a través de frágiles acuerdos de equilibrios de poder. Mientras Octavio confabulaba en Roma y predisponía al senado y al pueblo romano contra Marco Antonio, éste perdía el tiempo en Alejandría distrayéndose con Cleopatra y adoptando costumbres orientales, lo que suministraba nueva munición propagandística para Octavio [3]. En el año 32 a.C. el Senado, convencido por la propaganda de Octavio, revocó los poderes de Antonio como cónsul y declaró la guerra a Cleopatra. Solo entonces reaccionó Marco Antonio y empezó los preparativos para la guerra. Para ambos contendientes resultaba clave conseguir el dominio del mar. Octavio lo necesitaba para llevar a su ejército desde Italia a Egipto y asegurar sus líneas de suministros. Antonio debía evitarlo y romper sus comunicaciones a la vez que aseguraba el mar para sí con el objetivo de invadir Italia a través del Adriático. Para los dos generales resultaba evidente que una victoria naval sería crítica para el resultado final de la guerra. Sigue Séneca:

Marco Antonio quería que la máquina se instalara enseguida en todos sus barcos de guerra para la batalla que prontamente se iba a librar. Sin embargo, me refirió el legionario veterano, no todos compartían el entusiasmo del general, y su tesorero así como la mayoría de sus comandantes no aprobaban el proyecto. Algunos adujeron que la caldera era susceptible de explotar asiduamente, otros que la instalación de la máquina en todos los barcos retrasaría demasiado la partida y finalmente el tesorero adujo que el proyecto resultaría demasiado costoso.

Los barcos de guerra romanos se valían de la acción de los remeros para navegar, sin utilizar apenas las velas para aprovechar el impulso del viento, y solamente de los remeros dependía el desempeño de las naves en la batalla. Los barcos estaban equipados con espolones a proa que utilizaban para embestir a las naves enemigas y hundirlas. Se puede entender que la máquina de Ctesibio contribuiría junto a los remeros a dar un punto más de velocidad a las embarcaciones que podía ser crucial en la batalla. Sigue Séneca:

Finalmente, fuera por las razones de sus comandantes, fuera por las razones de su tesorero o fuera porque se retrasaba en demasía la partida, el proyecto no se llevó a ejecución. Las naves partieron de Alejandría hacia Grecia y en la aciaga jornada de Accio fueran derrotadas por la flota de Octavio comandada por Marco Vipsanio Agripa.

El resto es historia, Marco Antonio y Cleopatra consiguieron huir y llegar a Alejandría donde trataron de reorganizar las legiones que todavía les eran leales y seguir plantando batalla contra Octavio, pero fueron acosados por Agripa y derrotados nuevamente. Las últimas legiones que les eran fieles finalmente desertaron y Antonio y Cleopatra optaron por suicidarse antes de humillarse frente a su enemigo. Octavio regresó a Roma victorioso para festejar el triunfo y fundó la dinastía Julia-Claudia que gobernó Roma durante casi cien años hasta que Nerón, el último emperador de la estirpe, se suicidó en el año 68 d.C. Sigue Séneca:

Sin embargo, nada nos cuesta elucubrar con la idea de que la máquina de Ctesibio hubiera cambiado el curso de la historia, que las naves propulsadas por ese nuevo espíritu hubieran derrotado a las naves de Agripa y que la victoria hubiera sonreído, como tantas otras veces le sonrió, al valeroso Marco Antonio; y que esa clamorosa victoria le hubiera conducido a otras hasta la victoria final sobre el ejército de Octavio y hubiera sido él quien celebrara su soberano triunfo desde el Campo de Marte hasta el Templo de Júpiter y fundara su propia dinastía de emperadores, la dinastía Antonia. Oh, Roma, cuánto daño, cuántos agravios, cuántas afrentas se hubieran evitado: la crueldad de Tiberio, la locura de Calígula, la estupidez de Claudio, la megalomanía de Nerón… cuánto horror, cuántos crímenes y cuánto sufrimiento. Entre los hijos de Marco Antonio a quien este más quería era a Alejandro Helios, el mayor de los que tuvo con Cleopatra, y que había nombrado en su testamento rey de Armenia, Media y Partia. Fue uno de los que Cayo Octavio exhibió encadenado a su carro durante la celebración de su triunfo y que posteriormente mandó ejecutar en secreto por temor a que cuando creciera lo acabara derrocando. De él dicen que aunaba las virtudes de sus padres y ninguno de sus defectos, como su padre era arrojado, generoso y persuasivo, y como su madre seductor, inteligente y diplomático. Era un compendio de las mejores cualidades romanas y griegas, hermoso, educado por los mejores preceptores griegos, con entrenamiento militar y conocimientos de matemáticas, música, historia y retórica, con todos aquellos atributos para convertirse en un rey, en un gran rey: un rey-filósofo. Lo imagino como un gobernante sabio, guiado por la razón y la magnánima clemencia, no un amo sino un servidor de su pueblo, buscando el bien común de sus súbditos. Sabría rodearse de virtuosos ministros, serenos, desapasionados, justos y ecuánimes para apoyarse en ellos y gobernar según su consejo.

Por supuesto, cuando Séneca plantea esta ucronía y se refiere a consejeros «serenos, desapasionados, justos y ecuánimes…» se está refiriendo a sí mismo. En realidad, conociendo su proverbial vanidad, cabe pensar que el íntimo propósito del texto sea únicamente reivindicarse a sí mismo. Séneca, el adalid de la probidad, la moderación, la austeridad, la honestidad, la frugalidad… en suma, de todos los valores que propugna el estoicismo, era según el historiador Dion Casio, un avaro inmensamente rico, un adultero, un intrigante, un corrupto, un ambicioso sin escrúpulos, un cobarde vanidoso, adulador y servil. Séneca actuó durante toda su vida política como un gran oportunista, su «sentido de las circunstancias» le permitía renegar de todo aquello que promulgaba en sus escritos si vislumbraba una oportunidad de medrar, anteponiendo siempre sus ambiciones políticas a sus principios. Era un hipócrita irredento que, en la hora de su muerte, en una postrera y suprema demostración de cinismo, legó a sus amigos lo que él consideraba el obsequio más hermoso que podía hacer: «la imagen de su propia vida». Será por eso que apreciamos tanto a Séneca, con los principios que defiende en sus cartas y sus diálogos nos instruye de cómo debemos conducir nuestra existencia para ser virtuosos, pero con su vida nos ilustra de cómo debemos actuar si queremos llegar a ser ricos y poderosos. El texto continúa:

Esta noche tuve un sueño extraño, no era exactamente una pesadilla, pero me desperté sobresaltado como si lo hubiera sido. Estaba en Roma… oh Roma, oh Roma mancillada, oh Roma prostituida, oh Roma ensangrentada, oh Roma, oh Roma anhelada. Estaba en Roma contemplando un triunfo, el triunfo de Antonio sobre Octavio, el general victorioso encabezaba el desfile en una cuadriga dorada e iba coronado de laureles, llovían flores a su paso, las legiones marchaban detrás de él en perfecta formación. Pero había algo extraño en aquel desfile, algo siniestro que no podría bien explicar. Nunca había visto antes una marcha tan perfecta, tan sincronizada, cada legionario marcaba el paso exactamente igual que el de su compañero, cada cohorte igual que la cohorte siguiente y cada centuria igual que la siguiente centuria. Los legionarios mismos eran singularmente parejos, de la misma altura y complexión, e incluso pareciera que debajo del casco tuvieran los mismos rostros. Mientras pasaba el desfile una sensación siniestra me iba invadiendo y poco a poco me iba abandonando el entusiasmo por el triunfo. Las multitudes que me rodeaban no parecían reparar en lo que a mí me parecía tan insólito y seguían vitoreando a los legionarios que desfilaban. Cuando un centurión pasaba justamente frente a mí, un viento repentino levantó su manto militar de gala, dejando a la vista la parte de su espalda que no estaba cubierta por la armadura y lo que vi me horrorizó: ruedas dentadas, engranajes, válvulas, bielas y manivelas, todo ello de brillante metal, moviéndose, girando, subiendo y bajando incansablemente por el impulso infernal de la invención de Ctesibio. Traté de escapar, de huir tan lejos como pudiera de ese desfile inhumano, pero la multitud no me dejaba pasar y me aplastaba ahogándome. En ese momento del sueño me desperté, angustiado y con una opresión en el pecho que me asfixiaba. Cuando conseguí por fin tomar aliento y acabé por sosegarme quise reflexionar sobre las causas que tanto me habían angustiado, las razones por las que una legión de soldados mecánicos, un ejército de autómatas me horrorizara. Había algo de atroz en todos aquellos engendros mecánicos, inhumano en el sentido más terrible de la palabra. Máquinas sustituyendo a hombres… Había leído en textos griegos sobre máquinas animadas como seres vivos, sobre un pájaro capaz de volar fabricado por el inventor Archytas y una mujer de metal cubierta de clavos en Esparta que mataba abrazando a sus víctimas, pero ¿qué era lo que me espantaba? Había algo en todo aquello que escapaba a mi entendimiento ¿No era acaso preferible cercenar engranajes y mecanismos que músculos y huesos? ¿No es más deseable derramar lubricante que sangre? Soldados mecánicos parecían en principio una posibilidad beneficiosa y deseable. Sin mayores especulaciones igualmente se podría considerar como una ventaja de la automatización la desaparición de la odiosa esclavitud, pues siervos mecánicos podrían realizar los trabajos que por rudos o tediosos a menudo reservamos a los esclavos y manumitir a todos aquellos que la mala fortuna los redujo a esta miserable condición. De la misma manera podrían liberarse a todos aquellos que por tener que dedicarse a oficios enojosos envilecen su alma y se embrutecen. Mineros, agricultores, albañiles, toneleros, lacayos, remeros, palafreneros, perfumadores, ungidores, cocineros, trinchantes, coperos… serían liberados y sus penosos trabajos se acometerían por esclavos mecánicos carentes de alma que envilecer. De este modo los hombres de bien quedarían liberados de las ingratas y odiosas tareas y podría dedicarse a las que conducen a la virtud y la perfección del alma ¿No es cierto sin embargo que los hombres de bien son en general infrecuentes y que lo habitual son los hombres mediocres que nacen para la turba? El ocio conviene al hombre de bien y perjudica al mediocre, pues éste tiende a la holgazanería y a los placeres desordenados. El ocio produce hastío a aquellos indolentes de naturaleza débil y los conduce al vicio ¿No existe en Roma ya una multitud ociosa que únicamente se preocupa de procurarse el vino e ir a los espectáculos circenses? Pululan por la ciudad muchedumbres de cuerpos hinchados y narices rojas como pimientos que en su vida se asemejan a la de los animales que preparan para los banquetes y que su única ocupación es engordar. ¿Es conveniente acrecentar esa turba?….

En ese interrogante retórico se interrumpe el texto. Podría pensarse que lo que seguía fuera un alegato contra las máquinas, una reflexión sobre el impacto de la tecnología sobre los individuos, adelantándose más de 17 siglos al ludismo [4]. No lo podemos saber. Lo más probable es que el pergamino que continuaba el texto se utilizara por algún monje para transcribir pías oraciones y que este legajo se perdiera para siempre. Quizá en el futuro se encuentre la continuación en otro palimpsesto y podamos terminar de conocer las reflexiones de Séneca sobre las consecuencias del maquinismo. Pero cabe también la posibilidad de que el texto quedara inacabado por otros motivos. Ahora es a nosotros a quien nos toca elucubrar. Los académicos están de acuerdo en que el texto se tuvo que escribir entre el año 61 y el año 65 d.C., fecha del fallecimiento de Séneca. Entonces es posible que la redacción la interrumpiera la llegada de un tribuno desde Roma, uno llamado Gavio Silvano. Pero ese tribuno no venía con la misiva que esperaba tan ansiadamente Séneca solicitando su regreso para salvar a Roma, sino que era su sentencia de muerte decretada por Nerón. La conjura de Pisón [5] para matar al emperador había fracasado y acusaban a Séneca de haber participado en el complot. Obvia referir que las acusaciones probablemente fueran ciertas y que Séneca se postulara como principal aspirante a ocupar el trono imperial, trono al que se consideraba el mejor merecedor. Tácito refiere en libro 15 de sus Anales el torpe y aparatoso suicidio de Séneca, cortándose primero las venas de los brazos, luego la de las piernas, después bebiendo cicuta y muriendo finalmente en la bañera sofocado por los vapores del agua caliente, pues era asmático. Si esta hipótesis aventurada fuera cierta, entonces el texto se habría quedado fatalmente inconcluso para siempre, lo que en cierto modo supone casi un alivio.

 

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[1] N. del T.: Este artículo apareció publicado en la revista National Geographic de mayo de 2019 escrito por el latinista e historiador Jerry F. Cornelius.
[2] N. del E.: El 2 de septiembre del año 31 a.C. se enfrentaron en la batalla naval de Accio las flotas de Cayo Octavio y la de Marco Antonio, saldándose con la victoria de la flota de Octavio y que supuso la derrota definitiva de Antonio en la guerra civil que se había desatado entre los dos por el dominio de Roma y su imperio.
[3] N. del E.: El propio Séneca en sus Cartas a Lucilio reseña al respecto lo siguiente: «A Marco Antonio, un gran hombre y de noble ingenio ¿qué otra cosa lo perdió y lo lanzó a costumbres extranjeras y vicios no romanos que la embriaguez y el amor de Cleopatra, no menor que el vino? Ésta le volvió enemigo de la república e inferior a sus enemigos».
[4] N. del E.: No se puede descartar que Vespasiano tuviera acceso a las reflexiones de Séneca, pues dicen que rechazó el empleo de máquinas para la construcción del Coliseo con el fin de proteger el trabajo del pueblo romano.
[5] N. del E.: La conjura de Pisón fue un complot dirigido contra el emperador Nerón en el año 65 d.C. El nombre hace referencia a su principal instigador, el senador Cayo Calpurnio Pisón.

 


 

 Manuel Moreno Bellosillo. Nacido en Madrid en 1973. Estudió Humanidades en la Universidad Autónoma de dicha ciudad. Tiene un puñado de poemas y cuentos dispersos en diversas publicaciones. Del género mixto negro esperpéntico y ciencia ficción ha publicado en Internet, bajo el seudónimo de Horacio Hellpop, una novela titulada El Hombre orquesta sobre un mundo preapocalíptico como el actual. De ciencia ficción ha publicado en la antología Visiones 2012 un cuento titulado La sonrisa de Mickey Mouse y en la antología Distopía de Cryptshow el titulado Moonwalkers, así como varios otros cuentos y numerosos microrrelatos.

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🖼️ Ilustración: Layla Taj Portrays Cleopatra, Amos Gvili, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

 

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Revista Almiar (Margen Cero) • n.º 120 • enero-febrero de 2022 👨‍💻 PmmC

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