relato por
Lupita Olvera

Y

o sé que los muertos no gritan. Abrí la reja cuando Elena llegó, quise hacerle señas para que se regresara, que no volviera nunca, que se fuera lejos, que se fuera pronto. Supe que sería la primera en llegar; la música rara que escucha y que se alcanza a oír desde que viene bajando por el camino de grava, el polvo que levanta con su camioneta azul; ésa, la que hallaron quemada allá arriba en medio de la carretera la tarde siguiente que mandaron al ejército a las calles.

Le gusta la mermelada de guayaba que mi Gloria le prepara después de la cosecha; Elena llega saltando a la cocina que dizque porque el olor la trae desde la casa grande.

—Sí, ella, la niña Elena, la que enterramos ayer. ¿Cómo qué cuál Gloria? Pues mi mujer; ha trabajado con los patrones desde que era una cría. Estuvo aquí cuando el patrón volvió del norte con la mujer de ojos grises; la cuidó en sus partos, en todos, y la vio morir cuando la niña Elena nació; se desangró toda, y el patrón se desquitó con Gloria; entonces todavía no era mi mujer, pero a mí ya me traía loco.

—¿Me ve estas marcas? Yo me metí entre el patrón y Gloria. (…) Espérese, deje que amaine la lluvia, estos caminos siguen siendo peligrosos, cuantimás de noche y con agua. Arrímese una silla y sírvase café. Pues claro que está frío, aquí ya nadie enciende la estufa.

Después llegaron los dos hermanos de Elena; esos que ni saludan, siempre entran maldiciendo porque me tardo en abrir; estos huesos míos ya no me dejan moverme como antes; pero cuando llueve es peor.

A la muerte de su madre, su abuela no los quiso dejar aquí, se los llevó chiquillos y el patrón  se quedó con Leticia y con Elena, la chiquita. En las vacaciones de la escuela, los hermanos vienen, sólo hablan entre ellos y a las niñas las tratan mal. Elena corre con Gloria para que la esconda en la cocina; le gusta la mermelada de guayaba, la que prepara mi mujer después de la cosecha, se quedan horas platicando mientras Gloria echa tortillas y hierve la carne.

Mi mujer y yo no tuvimos hijos, las patadas que le dio el patrón la dejaron hueca por dentro, pero ella quiso a Elena como si fuera de su vientre, de nosotros. Cuando en las noches Elena se queda dormida en la cocina y Gloria la cubre con su rebozo, yo la llevo cargada a la casa grande; así, menudita como es, pesa harto.

Tampoco a sus hermanos pude decirles nada. Nunca saludan, no se detienen a hablar con uno. Ese día la lluvia no dejaba ver nada, como ahora, y ellos tampoco vieron las camionetas camufladas al frente de la casa grande. Desde aquí escuché los disparos. Regresé a la casa. Gloria no me perdonaría haber dejado sola a su niña, de nosotros. Cuando llegué los hombres de las camionetas verdes los tenían hincados. Ella, Elena, era la única que no lloraba. A empujones los subieron a todos a sus camionetas, los acostaron boca abajo.

—¿Qué cuántos eran? No sé, diez o doce, todos armados y con la cara cubierta. No. claro que no puedo reconocerlos. Pero sí sé que eran jóvenes; todos menos el gordo, el que daba las órdenes. Uno de ellos, el de la mirada de crío, me pidió que lo llevara a donde el patrón guarda los billetes.

Gloria gritó, me gritó que no me fuera, pero si no le hacía caso a los tipos la mataban a ella, me lo dijo el gordo. Yo obedecí, ¡maldito el miedo! Pero a ver, los años a los viejos no nos sirven más que para estorbar. ¡Maldito el miedo!, te acojona; no por mí, por Gloria y Elena, su niña, nuestra.

Enfrente de la caja donde el patrón guarda los billetes, el de la mirada de crío me dijo: Si te dejan vivo, busca a los demás en la noventa y no le digas a nadie que yo te dije.

—¿Qué por qué me dejaron aquí? No lo sé. Pero es peor que si me hubieran llevado con ellos. Cuando se fueron Gloria aún lloraba, escuché sus gritos cuando me dispararon en los pies y las manos. ¡Y ese grito me taladra los oídos, aunque me tape con las manos!

Yo sé que la carne chamuscada no hace ruido, que los muertos no gritan. La vi a los ojos y bajé la vista. No pude seguirlos ni defender a Gloria. Sus ojos, sus ojos negros me reprochaban o se despedían de mí, no sé. ¡Maldito el miedo!

—Claro, claro que fui yo el que les dijo a los soldados dónde buscar.

—Pues no, ¿quién le cree a un viejo?

—Sí, fue por la noticia que después escribió en la revista la señorita, luego que un muchacho que quería ir para el norte se hizo el muerto y en la madrugada se escapó y corrió a la carretera, y por las pruebas esas, las que dicen que se usan para saber quién es el muerto.

—¿Que ahora que los encontraron qué voy a hacer? Voy a pedirle un favor. ¿Ve usted ese machete colgado en el árbol? Mócheme las orejas, para poder dormir. El grito de Gloria me retumba.

¿Que los muertos no gritan? Mócheme la nariz, el hedor de su carne chamuscada me persigue. Máteme, máteme de una vez, y no le digo a nadie que a usted lo mandaron a averiguar lo que yo recordaba, usted también ha envejecido, aunque su mirada no.

—¿Que si lo perdono? Ya no tengo nada que perdonar. Pero mócheme las orejas, para poder morir.

 


 

María Guadalupe Olvera Zavala. SLP, 1971. Ingeniera. Profesora de Matemáticas. Entre sus inquietudes destacan los temas: migrantes, la violencia de género y los derechos humanos.

Contactar con la autora: profeolvera [at] gmail [dot] com

Ilustración relato: Imagen por Holger Schué, en Pixabay

Mermelada de guayaba Lupita Olvera

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 127 · marzo-abril de 2023

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