artículo por
Gaspar Jover Polo

 

La enfermedad de escribir.
Título de un libro de Charles Bukowski

 

U

n día encuentro una raya corta sobre la página del libro que estoy volviendo a leer, una rayita de lápiz que se me debió escapar hace años, durante la primera lectura; no es mucho como punto de partida, pero pienso que, a partir de este detalle insignificante, puedo reconstruir tal vez aquel momento, toda aquella etapa, la que ya constituye sin duda otra realidad. Yo era entonces bastante más joven, era un poco más grueso o menos grueso y estaba leyendo este mismo libro al parecer. Se ve que, sin darme cuenta, rayé la página porque, ya por aquel entonces, yo era una de esas personas que tienen la manía de leer con un lápiz en la mano, y que, cuando los libros son suyos, gustan de subrayar, de anotar comentarios en el margen o en las primeras páginas, esas con las que suelen comenzar todas las ediciones y que están en blanco o que solamente llevan impreso el título en letras mayúsculas o una breve dedicatoria. Y esta raya me trae un encadenamiento de recuerdos, de la misma manera que le ocurrió al escritor francés Marcel Proust con la magdalena. Casi no me hace falta concentrarme, sino que estiro de este cabo de la hebra y enseguida me viene a la mente que yo vivía entonces entusiasmado no solo con la actividad de leer sino también con la de escribir. O lo que es peor, que estaba dedicado a la lectura no solo por placer, sino también porque entonces leer me parecía una actividad imprescindible en la formación de todos los que se quieren dedicar a la literatura. Me parecía y me sigue pareciendo un escándalo que se adjudique el título de escritor a personas a las que no les interesan los libros, que no gastan tiempo en leer, sobre todo porque pienso que esos individuos corren el riesgo de descubrir el huevo literario.

Entonces pensaba que, para ser un buen escritor, se deben hacer importantes sacrificios, y yo estaba sin duda dispuesto a sacrificarme, a leer todos los días un rato aunque no tuviera ganas ni estuviera mentalmente en disposición. Recuerdo hasta dónde llegaba mi ingenuidad, pero también mi ilusión, mi capacidad de entrega, lo que en alguna medida me salvaba de caer en otras preocupaciones, en otras pasiones tal vez más turbias y más dañinas, y, sobre todo, me apartaba del aburrimiento. Yo era un joven loco muy activo y un perturbado satisfecho de su perturbación. Recuerdo que, además de leer un rato todos los días, me pasaba horas y horas ante la máquina de escribir, y más tarde ante el teclado del ordenador, uno de esos grandes y feos que, sin embargo, me facilitaba mucho la tarea. Yo creía que, en el fondo de mi ser, estaba escondida la semilla de la creatividad con mayúsculas, y que solo era cuestión de tiempo y de esfuerzo poder llevarla a la superficie para que germinara con una explosión de color. No sé que pudo ocurrir exactamente, pero el caso es que, por accidente, por casualidad, yo hice con la punta del lapicero una rayita, lo que ahora me conduce a la recuperación del tiempo perdido.

Recuerdo que por entonces me ponía a escribir y me olvidaba de todo, que no sentía el frío o el calor, tampoco me daba cuenta del cansancio físico. Esto lo sé porque, al momento de dejar de escribir, notaba de golpe el sudor que me bañaba la frente o, en invierno, me venía el frío en los dedos de los pies. Al final de una sudorosa sesión de trabajo, recuerdo darme cuenta de que no había enchufado el ventilador a pesar de que lo tenía delante. Llegaban las fechas más señaladas, la de Noche Buena, la de Noche Vieja, y me costaba claudicar, subir a la habitación a vestirme para la cena; me costaba abandonar el cuartito donde yo creía que el gran acontecimiento estaba a punto de producirse o, a lo mejor, ya se estaba produciendo. Me sentía una especie de héroe capaz de hacer frente, durante los periodos de inspiración, a los más pronunciados obstáculos tanto físicos como de tipo sicológico o moral, y a las más intrincadas dudas existenciales. Consideraba la escritura como una pasión que me elevaba un poco por encima de las miserias corrientes de la clase media.

Ahora, también subrayo y anoto sobre los márgenes del libro, sigo teniendo el lapicero cerca y sigo enganchado también a la actividad creativa, aunque en estos momentos de mi trayectoria, escribo con menos… no sé qué palabra emplear para este caso… es una dedicación en parte distinta. Pero, aunque no sepa explicarlo, para mí es fácil distinguir la diferencia entre mi actividad vocacional de antes y la de ahora. Y esto de escribir casi todos los días con la esperanza de producir un texto de verdad grande me salva, también hoy, de caer en la apatía o de hundirme en el tedio existencial. Una diferencia poco significativa, colateral solamente, es que ahora me tiembla un poco la mano que sostiene el lápiz, y que, en consecuencia, resulta más fácil que se me pueda escapar un borrón.

 


 

Gaspar Jover Polo. Profesor de enseñanza media. Ha publicado en varias revistas digitales: Proyecto Sherezade, Culturamas

📨 Contactar con el autor: joverpolo [at] hotmail [dot] com

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🖼 Ilustración artículo: Fotografía por Free-Photos / Pixabay (dominio público)

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Revista Almiarn.º 114 / enero-febrero de 2021MARGEN CERO™

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