artículo por
César Bisso

C

uando era niño escuchaba decir a mi padre: sólo se hace justicia con el ladrón de gallinas. Con el transcurrir de los años, luego de superar diferentes etapas cognitivas, alcanzar el grado universitario de sociólogo y haber realizado diferentes investigaciones sobre el funcionamiento de nuestra sociedad y sus instituciones básicas, sospecho que aquella premisa pagana de mi padre sigue teniendo hoy la misma certeza. ¿Por qué? Es difícil explicarlo en pocas palabras, pero sin llegar a las raíces más profundas del prolegómeno uno puede dilucidar que la sociedad ha quedado anclada desde siempre en la dualidad amo/esclavo. Esta dicotomía llega a dimensiones inesperadas en la modernidad con el advenimiento del capitalismo y la división social del trabajo. Para que así ocurra, el Estado se basó en tres pilares irreductibles para definir su  hegemonía: la religión, custodia de la división entre el cielo y el infierno; el derecho romano, portador de la división entre el bien y el mal; y la medicina, decisoria en la división entre la vida y la muerte. Sobre estos pilares se asienta el orden instituido por un poder que no sólo se transfiere desde arriba hacia abajo, sino que también atraviesa transversalmente todas las capas de la sociedad a través de sus mecanismos disciplinantes. Y entre la fe, la ley y la ciencia, más el rígido oficio de la vieja política y el hábil accionar de los medios de comunicación, se estructura otra manera de coaccionar colectiva e ideológicamente a individuos inmersos en este nuevo mundo orwelliano, fortalecido por herramientas de alta precisión tecnológica y un mercantilismo falaz que sustenta democracias ineficaces o populismos aviesos.

¿Qué decir de la justicia dentro de este contexto? En la búsqueda de la verdad a la que nunca accederé —y sin ningún sustento científico— me atrevo a inferir que la justicia se presenta, en esa nueva estructura de poder, como el escudo de protección de los ricos contra los pobres; o bien utilizando un concepto marxista, de la burguesía contra el proletariado; o mejor, rescatando un concepto democrático en desuso, de los demandados contra los demandantes. Es por eso que la percepción del imaginario social, al ver representado al ladrón de gallinas como el eterno culpable, condice con este andamiaje del poder que se distribuye a partir de las instituciones más señeras o desde los rigurosos aparatos ideológicos estatales. La escuela y la iglesia enfatizaron la antinomia entre ricos y pobres en forma sistemática y no menos perversa: todos los humanos tienen derecho a la educación para ser iguales, pero sólo los ricos acceden a los espacios del conocimiento más elevado, es decir al estadio del poder real. Todos los humanos son iguales ante Dios, pero sólo los pobres son castigados con la discriminación, la desigualdad y la miseria, mientras los ricos se encargan de levantar y ornamentar iglesias para pagar sus pecados. Todos los humanos tienen los mismos derechos ante la ley, pero sólo los pobres llenan las cárceles del mundo porque ellos son los únicos que roban, violan y asesinan, a pesar de los ladrones, los proxenetas y los criminales de guantes blancos que se ocultan detrás de los escritorios de los abogados. Todos los humanos merecemos una mejor atención a la salud, pero sólo los pobres  peregrinan por inmundos hospitales públicos en busca de una cura milagrosa. ¿Quién nos quita de la conciencia esta sensación omnipresente de inequidad? ¿Acaso podrá esa justicia que nos suministran diariamente las instituciones y los aparatos ideológicos del poder económico para sentirnos simplemente dueños del cielo, de la vida o del bien, en tanto aceptemos prolijamente el orden instituido? Por respeto al  inmenso universo de indefensos que subsiste en el mundo, ojalá los dueños de sus derechos y obligaciones recuperen la dignidad e impulsen una correcta distribución de la justicia.

Nuevamente la voz de mi padre regresa con otra sentencia criolla: creo en el valor de la palabra por encima de todas las cosas. Esta actitud es atribuible a una forma de proceder que mucha gente tenía —y aún mantiene— ante la necesidad de creer en el otro. El lazo social está férreamente constituido a través del don de dar. La palabra es la que articula el entrecruzamiento entre los individuos y, a través de ella, se establecen las ceremonias, los ritos y las convenciones sociales. La justicia subyace en esa confianza del creer en el otro y ser correspondido.  Y como la palabra vale por encima de todos los males, la buena intención es la que triunfa. Sobre esa base se ha construido la moral, que todos pregonan como bandera del buen vivir y la armonía social. Pero dentro del sistema imperante nada es lo que parece. Porque esa justicia social alguna vez fue institucionalizada, es decir, se convirtió en un engranaje de normas y leyes impuestas por el poder hegemónico (léase orden económico, político y mediático). Hoy, el pacto de honor entre individuos se transforma en una lucha por intereses personales y/o sectoriales. Lo público y lo privado son piezas indivisibles de la maquinaria jurídica, quien establece que la palabra ya no tiene valor por sí misma, sino el valor del que la ejerce y desde dónde la ejerce. He aquí otra trampa de ricos contra pobres, de demandados contra demandantes, de poderosos contra indefensos. Porque desde que la ley indica que cada individuo es inocente mientras no se demuestre su culpabilidad, la prueba del delito no siempre aparece en la mano o el bolsillo de un ejecutor de guantes blancos. Y quien menos posibilidades tiene de defenderse, más pruebas obtiene en su contra. ¿Acaso existe otra manera de administrar justicia en la sociedad de hoy que no sea desde arriba hacia abajo? ¿Cómo aceptar la adhesión a una justicia que determina a priori el rol social del individuo? ¿Puede este sistema globalizado hacerse cargo del destino de los marginados, los desviados, los ignorantes, los excluidos, cuando día tras día los ignora sistemáticamente? ¿Está capacitado un Estado para reconciliar a violentos con pacíficos, victimarios y víctimas, sin crear más fragmentación y resentimiento? ¿Cómo llegaremos a la ansiada equidad social?

Resido en un país que sufre sistemáticamente el desvanecimiento de la credibilidad en las instituciones y sus dirigentes, con escasas posibilidades de llegar a divisar un horizonte de protagonismo y de confianza; un país donde la prebenda y la arrogancia son moneda de cambio entre ofertas políticas, demandas sociales y pujas corporativas; un país imprevisible, amnésico, paranoico, que poco a poco se hunde entre la anomia y la ceguera. Para comprender esta realidad, no para justificarla, intento desviar la mirada sociológica. Quiero animarme a creer en este país —mi país— a partir del discreto encanto de la gente que lo habita. De esa gente que anda detrás del milagro de vivir como quien persigue el vuelo de una mosca; de esa gente que esquiva los perdigones del cinismo y la insignificancia; esa gente que aspira poder salir y regresar a casa todos los días; de esa gente que estudia y sueña con un devenir de progreso y felicidad. Para esa gente el valor de la palabra es inmanente a su esfuerzo cotidiano por adquirir un trabajo digno y una identidad colectiva que exprese el verdadero sentido de la verdadera justicia social. Y desde esa férrea devoción sostienen la esperanza de que algo hermoso suceda.

Si estas íntimas reflexiones son consideradas absurdas o ingenuas, estaría muy agradecido de que alguien me convenza que hay otra forma de aprehender el funcionamiento de este cúmulo de debilidades y fortalezas que es la vida humana. Sé que el sistema de poder nunca se equivoca; sabe lo que quiere y siempre nos incitará a ser parte del rebaño. Pero yo descreo del comportamiento gregario. Prefiero ser un desposeído de cualquier fanatismo ideológico o religioso. Sólo me inclino ante la grandeza del libre pensamiento que perdura por encima de todas las mordazas. Y de la palabra surreal (no jurídica) que puede abrirnos las alas. Gracias a ella aún logramos acceder a la poesía, a la belleza, al amor, a la verdad que emana de las cosas simples, a la razón de ser, sentir y decir. Pues, por el valor (no perdido) de la palabra, intento honrar en esta página los axiomas de mi padre y, definitivamente, seguir creyendo que lo único que sanciona socialmente y repara el alma no es la justicia: es la memoria.

 


 

César BissoCoronda, Santa Fe, República Argentina. 1952. Escritor, sociólogo, periodista independiente, profesor universitario. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La agonía del silencio; El límite de los días; El otro río; A pesar de nosotros; Contramuros; Isla adentro; De lluvias y regresos; Las trazas del agua (antología); Permanencia; Coronda (antología); Un niño en la orilla; Andares; La Jornada; De abajo mira el cielo; Haikus felinos. En ensayo, Cabeza de Medusa. En narrativa, participó en Latinoamérica cuenta, 2021, libro integrado por escritores de diez países, editado en Medellín, Colombia. También ha publicado textos sociológicos en libros y revistas académicas. Fue invitado a participar en diferentes ediciones de ferias de libros, festivales de poesía y encuentros culturales realizados en el país y en diversas ciudades de América Latina y Europa. Sus textos poéticos han sido incluidos en diversas antologías editadas en el país y en el extranjero, como así también traducidos a varios idiomas. Obtuvo diversas distinciones literarias: primer premio de poesía José Pedroni, otorgado por la provincia de Santa Fe; segundo premio municipal de la Ciudad de Buenos Aires; terceros premios nacionales HonorArte, Fundación Acero y Fundación Argentina para la Poesía. Además, fue galardonado con el premio José Cibils y la Faja de Honor, concedidos por la Asociación Santafesina de Escritores; y con el premio Corindio al mérito literario. Actualmente, colabora con artículos en las revistas culturales de diversos países.

🖼️ Ilustración: Sohrab Sepehri, Public domain, via Wikimedia Commons.

👉 Leer dos entrevistas a este autor (en Almiar): Entrevista por Rolando Revagliatti ▫ La poesía es reparación, por Paulo Ferreira.

 

artículo Las razones de Roberto Arlt (César Bisso)

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