artículo por
José Luis Crespo Fajardo · Universidad de Cuenca (Ecuador)

 

El más grande poeta no es aquel que escribe mejor,
sino el que más sugiere
.

Walt Whitman

 

Lo primero

 

Hace tiempo, hace muchísimo tiempo, cuando los humanos afilaban hachas de sílex, vestían pieles, hacían rituales purificadores con sangre frente al fuego y dibujaban sombras de demonios con los restos carbonizados de las hogueras, el poeta, el artista y el filósofo se descubrieron a sí mismos.

Y sí, no eran buenos cazadores, mas eran diestros capturando todo aquello que, por su carácter místico, es algo que no se ve, y sin embargo se intuye que ahí está: la magia en las ideas. El poeta versificaba a los sentimientos, al amor que vive en la muerte, y como buen vate declamaba leyendas de los antiguos, solo recordables por tradición oral y pura inteligencia mnemotécnica (Fig. 1).

Duda de los hijos dibujo J. Mosquera

Fig. 1. “Duda de los hijos que no hayan soñado matar a sus padres”. De la serie Ejercicios de comprensión.

Imaginemos ahora al artista cuando con total certeza expuso: «Yo puedo poner en imágenes todo eso… y mucho más». O bien: «Puedo crear una melodía, un baile o una representación que impacte como un dardo emponzoñado en el corazón de quien la sienta». El artista en su fuero interno sabía que con su arte podría decir lo indecible. Todo esto es cierto. Nadie se espante.

Imaginemos ahora cuando el filósofo, con absoluta convicción, señaló: «Yo puedo indagar en todo eso que es indecible y también en lo que ni siquiera se sospecha que está ahí». O bien: «Puedo demostrarles eso o qué hay de humano —demasiado humano— en la creación».

En realidad, cabe pensar que solamente los niños estarían sorprendidos de concretarse esta obra de arte total, trabajo colaborativo interdisciplinar entre poetas, artistas y filósofos. Los más rudos espetaron: «¡Váyanse afuera de la tribu! No saben cazar ni tiene interés por evitar que muramos de hambre». El chamán, el hombre místico de la comunidad, indicó en ese preciso momento: «Sin duda ellos han aportado a nuestra comunidad algo tan valioso como la caza, pues han querido saciar de hambre nuestro espíritu. El ser humano no vive solo para deglutir: vive para conocer».

Admitiremos así (con ayuda de un poco de imaginación), que esta no tan rara conjunción de personajes son susceptibles de haber sido el punto de inflexión generador de cultura en todas las épocas. Quienes estamos en el mundo del arte por amor al arte seguro que nos hemos reconocido en ellos, ya que hay una gota de la locura del poeta, del artista y del filósofo en cada creador. Empero, lo más señalado es que también hemos de admitir que la poesía, el arte y la filosofía son verdaderos medios de conocimiento de todo lo que de trascendental late en la existencia. O al menos tanto como la locura misma.

Espermatozoides con espinas Julio Mosquera

Fig. 2. “Duda de los espermatozoides con espinas”. De la serie Ejercicios de comprensión.

A la vista de las obras del profesor Julio Mosquera surgen tales evocaciones (Fig. 2). La pupila se desliza por el trazo firme y se pincha y desinfla con las formas angulosas de esas figuras trazadas en un profundo negro. El lenguaje gráfico del maestro ecuatoriano embota los sentidos, en tanto sigue rodando la pupila como una rueda deshinchada por esas narices, ojos y bocas que se superponen a otras narices, ojos y bocas sobre bocas, barbillas afiladas, dedos afilados. En el trayecto sobre sus anatomías fantásticas y anchos rostros solo parecen suaves los lóbulos de las orejas. Cada dibujo esconde un mensaje secreto que no es posible descifrar salvo si aceptas que quede tatuado en tu retina. Dentro de las arrugas de la córnea y el fondo de la fóvea está el tatuaje. En el tatuaje hay otro y todos están en uno más grande hasta llegar, como una muñeca rusa, al dibujo de uno mismo frente al espejo.

Allá se asoma la sensualidad lisonjera, la picaresca osada, con una aureola de exhibicionista timidez. Se aparece de pronto la neoviolencia y el neodeseo de romperle, sin ninguna razón sólida, cada uno de los huesecillos del oído a tu vecino, y escapar del grito envuelto en un halo vaporoso de enorme sentimiento de consternación.

Pero esto es el arte y a vivir nos toca hoy, en las postrimerías de la década del diez, montando en la cabalgadura de un mundo cuya convulsa rodadura no pasaría con éxito el examen de un perito, y cuyo reflejo especular es un cristal quebrantado de dolor y risotadas, de lágrimas y excitación. Departamos ahora del éxtasis de haber sucumbido a los pecados, del raro honor de ser los primeros que se horrorizan ante una espléndida puesta de sol, del retruécano revelado por un cuervo de alas ensangrentadas, de la luz de la luna que cae como un manantial de leche cruda sobre el hocico hirsuto del lobo. Parlamentemos de todo porque en la creatividad hay todavía más (Fig. 3).

Solo hemos de esperar a la siguiente sombra que proyecten las llamas de las hogueras, en un ritual oscuro en el que en ocasiones se nos olvida hasta parpadear, y a la sazón entramos en la antítesis del sueño, un término donde la desesperación nos llevará a perpetrar locuras, a encerrarnos en una cárcel lírica de la que nunca desearíamos huir.

Vivamos como locos para morir cuerdos.

Duda de la ingenuidad de los muertos

Fig. 3. “Duda de la ingenuidad de los muertos”. De la serie Ejercicios de comprensión.

 

Lo último

 

Me es francamente difícil precisar alguna nota sobre el lenguaje gráfico de Julio Mosquera. Erraría de presunción si indicara que se caracteriza por su linealidad, su angulosidad, su planimetría, la querencia por el blanco y negro… Especulando sobre la linealidad, es algo inevitable: el artista suele trabajar con rotuladores negros de diferente grosor y es posible advertir tramas superpuestas realmente elaboradas. La angulosidad, por su parte, está en las pródigas formas punzantes de sus grafismos, primarias frente a lo curvilíneo o lo redondeado. Asimismo, sus obras exteriorizan una tendencia a la contraposición del blanco y negro. Diríase que hasta en una serie como la que comentamos, Ejercicios de comprensión, donde el collage se amalgama con el dibujo y la variedad de color son asuntos importantes, los trabajos parecen contar con una impronta indeleble de ese radical contraste entre luz y sombra (Fig.4).

Duda del viento Julio Mosquera

Fig. 4. “Duda del viento que trae malas noticias”. De la serie Ejercicios de comprensión.

Se diría también que la planimetría es otra de sus constantes, puesto que en los bosquejos apenas hay propósito de tridimensionalidad. El maestro Mosquera no trata de ilusionarnos creando ilusionismos, sino de mantenernos atentos al lenguaje gráfico de las dos dimensiones, como si sus dibujos fueran manuscritos. Hablamos de imágenes que tienen su raíz icónica en algún arquetipo junguiano del insondable inconsciente. Modelos reptilianos que emergen del cerebro reptiliano: nuestra primera memoria.

Qué duda cabe que otra particularidad es el horror vacui, que por ventura es hermanado con un estilo neobarroco. Su querencia es conquistar el espacio hasta no dejar apenas zonas para que las iconografías respiren. Y quién sabe si es por eso que, cuando notamos que hay algo en estos dibujos que parece respirar, nos da la impresión de que lo hace con dificultad, con un crepitar de bronquios y estertores de muerte; con un sentimiento agónico paradójicamente próximo al erotismo, el placer y la expiración salpicados por las lágrimas de Eros, en el lenguaje de Bataille. Un hálito de desequilibrio, por consiguiente, parece impregnarlo todo.

Julio Mosquera, como reaccionario con una fría consciencia de lo que hace, ha concebido que su verdadero aporte al mundo de la creatividad no puede ser sino el producto de su propio instinto. En lo instintivo se encierra todo aquello inexpresable con palabras, lo irracional y lo insensato… que es exactamente lo que más nos gusta.

 


 

José Luis Crespo Fajardo

José Luis Crespo Fajardo. Doctor en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla. Ha participado en diversas muestras colectivas, y ha ejecutado exposiciones individuales en España, Portugal e Inglaterra. Ha sido docente en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla, y ha realizado estancias posdoctorales en la Universidad de Lisboa y en la Universidad de Oxford.

 

 Leer más textos de este autor (en Almiar, ambos en colaboración con Luisa Pillacela): Una nota sobre La Abadía de Northanger100 recursos prácticos en dibujo y pintura, de Martín Antonino

🎨 Ilustraciones: Dibujos por Julio Mosquera ©, con autorización del autor de los mismos para su publicación en este artículo.

Editado por PmmC Revista Almiar • n.º 105 • julio-agosto de 2019MARGEN CERO™ 

 

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