relato por
Juanjo Berdullas

 

N

adie mienta ya a Bertoni. Ni siquiera los más entendidos. Para una inmensa mayoría, esa que construye el paso del tiempo, su nombre no significa nada. Tampoco nadie menciona a Gaztelu. Tal vez los viejos en San Sebastián, pero no aislado, sino como un nombre más, ensartado en el ritmo peculiar con el que se recitan las alineaciones históricas, con esa velocidad que apelotona los nombres para evitar perder el hilo. Así recitaba mi padre la alineación de Brasil de México 1970 o la del Madrid de las Copas de Europa.

En nuestra casa, en cambio, a Bertoni se le ha mentado a diario desde aquel once de mayo. «Maldito Bertoni», decía mi madre a cada paso. Todavía hoy, casi perdida la conciencia, lo repite tanto como antaño. Bertoni siempre fue el responsable de todos nuestros males. De las cosas nimias: de que se acabara la bombona de butano y hubiera que ducharse con agua fría; de que las lentejas quedaran saladas; de que llegáramos tarde al colegio cuando fallaba el despertador. Y, sobre todo, de nuestros grandes males. De que siguiéramos en aquella casa de cuarenta y ocho metros cuadrados, los seis, mientras la gente se iba mudando a los barrios nuevos de la ciudad, barrios sin ángel. Aglomeraciones de casas baratas, que mi madre consideraba la última frontera, lindante con la vida suburbana de las películas norteamericanas, donde ella creía que la dieta era más variada y saludable, menos hecha de sobras o del pan acumulado en las talegas. Bertoni, era responsable de que se acumularan recibos sin pagar, todos se pagaban de forma intermitente salvo el de «los muertos», porque mi madre vivía obsesionada con garantizarnos un entierro digno y sin molestias para los supervivientes, aunque fuera a costa de algún corte de luz o agua corriente. De la humillación de ir a pagar tarde con un vestido raído y las raíces sin teñir. Responsable de que ella persiguiera la suerte que le arrebató marrulleramente, en bingos primero y, luego, ya deshumanizada, en las máquinas tragaperras. Y de que acabara recurriendo al consuelo de los antidepresivos y los somníferos. Maldito Bertoni.

Aquel once de mayo se alinearon todos los astros en nuestra contra. Mi madre no lo sabía y nunca llegó a saberlo —a ella el fútbol le traía sin cuidado—, pero la Real Sociedad llegaba invicta después de treinta y dos jornadas, algo inaudito, y le bastaba el empate para salir campeona. Bertoni marcó un primer gol al comienzo del partido, Zamora empató poco después y en el minuto sesenta y cinco expulsaron a Blanco y Álvarez. Jugando el Sevilla con nueve contra un equipo tan fiable, parecía claro que la decisión aleatoria de mi madre de apostar por el empate y poner una «x» en la quiniela era la correcta. Pero Bertoni lo cambió todo. «Estaba pagado por el Madrid, el maldito Bertoni», repetía ella de vez en cuando tras oírlo en las tertulias de los bares del barrio, que a su vez se hacían eco de lo que decían los diarios. Y así era, iba primado hasta las trancas. Por ganarse la bolsa, pidió el balón a Gaztelu. Y el mediocentro, siempre tan seguro, cayó de bruces en el ardid. Ya solo, la condujo y marcó con un tiro preciso. Un minuto después de haber anotado lo cambiaron por Pichardo. La Real acabó perdiendo contra nueve y se dejó la liga en Sevilla. Eso sí lo tienen aún fresco los viejos de San Sebastián. Para mi familia, el lance tuvo un efecto demoledor. Alrededor de la radio, porque todos estábamos pendientes de la radio en ese momento decisivo, pasamos de millonarios a cobrar un premio miserable, que no sirvió ni para tapar cuatro agujeros. Todo lo que siguió —pequeños y grandes infortunios— fue, según mi madre, culpa de Bertoni.

 

La enfermedad ha borrado ya casi todo: las bombonas de butano, el punto de sal de la comida y los despertadores. No creo que sea consciente de que seguimos en estos cuarenta y ocho metros cuadrados, ahora solos los dos. Ni de que yo me encargo como puedo de las facturas, incluso del recibo de «los muertos». También ha borrado la tensión del bingo, la que crece a falta de un número que nunca sale para cantar el premio, y hasta los estímulos subliminales de las tragaperras. Duerme, hasta cuando está despierta, y las pastillas que toma son otras. La enfermedad avanzó imparable, a un ritmo vertiginoso, arrasando con todo. Como si fuera la mejor aliada de mi madre para vaciarse. Ahora ni siquiera nos reconoce. Ni a mí ni a los otros, las pocas veces que pasan por casa. Ante el nicho de mi padre, cuya limpieza durante un tiempo le obsesionó, no sé si por amor o por culpa, ni se inmuta.

Pero, entre los escombros, a Bertoni lo mienta cada día. Lo maldice mientras está sentada en la mecedora o cuando arrastra los pies camino de la habitación o de la cocina. También mientras duerme. No es capaz de retener su propio nombre, pero maldice a Bertoni sin cesar. Y esa letanía de maldiciones diaria me carcome. Trasluce su dolor por todo lo que nos quitó. El maldito Bertoni aún se jacta de la prima que le pagaron, que guardaba en fajos de quinientas mil pesetas en papel de plata en el frigorífico. Quinientas mil pesetas, más una fortuna en intereses, fue lo que pagaron mis padres por los cuarenta y ocho metros cuadrados. Maldito Bertoni.

Desde aquel once de mayo odié el fútbol. Pero se me grabó a fuego la manera de radiar los partidos de los locutores del Carrusel. La aceleración con la que adornan los pases más irrelevantes, la exaltación sonora que hace parecer que el juego siempre se desarrolle en el balcón del área, esa sensación pirotécnica que anuncia siempre un acontecimiento extraordinario que suele quedarse en nada. Pura atracción mía por la cadencia.

Dicen que algunos ritmos, algunas canciones, reviven emociones, resisten el envite de la enfermedad, del olvido, y despiertan sensaciones en seres aparentemente inertes. Dicen que pasa lo mismo con algunas jugadas. Maldito Bertoni, resiste en la cabeza de mi madre como si fuera un virus. Por eso me he empeñado en eliminarlo. Dicen los médicos que es en vano. Que ni él ni la maldición están ligados ya a nada en el cerebro yermo de mi madre. Pero el médico no la mira a los ojos cuando lo maldice, no ve esa tristeza profunda que yo veo. Quizá deambula desvinculando de todo por su cabeza, pero deambula.

Así que me pasé meses viendo la jugada, escuchando a distintos locutores, analizando todos los pormenores. Escudriñé los puntos débiles, los instantes que podían alterar de manera radical la secuencia: el control, la conducción, la salida del portero, la posible cobertura de un compañero. La pensé de mil maneras distintas. En mis muchos ensayos de la nueva locución probé todos esos cambios. Nunca me planteé que Bertoni no la pidiera ni obviar el error de Gaztelu. Eso sería inverosímil. Me convencí de que solo un pequeño cambio en la secuencia real podía funcionar. Me grabé radiando la jugada decenas de veces, hasta conseguir la locución perfecta.

Ahora, cada domingo, a la hora exacta, a las seis y treinta y ocho, se la pongo. Ella no sabe si es domingo ni si es once ni mayo, pero yo tampoco sé cómo se ancla Bertoni en su cabeza, así que intento respetar al máximo los detalles y los tiempos. Aún no ha funcionado. Pero después de varias semanas, a veces, me parece ver en su mirada un atisbo de duda. Cuando me oye repetir en la grabación «¡Bertoni al palo! ¡Bertoni al palo! ¡Bertoni al palo!» hay un brillo en sus ojos de incredulidad, quizá de esperanza. No es aún el brillo de quien ha sido feliz, pero yo me conformo con extirpar a Bertoni de su cabeza.

El médico insiste en que fracasaré. «Qué sabrán los médicos», pienso yo. Sobre todo de fútbol y quinielas y de la vida en casas del tamaño de sus consultas privadas. Puede que un día le baste oír «¡Bertoni al palo! ¡Bertoni al palo! ¡Bertoni al palo!» para sonreír, aunque sea mecánicamente.

El otro día sin ir más lejos, en una cafetería, porfié durante un rato con un viejo. Cierto que no era de San Sebastián, pero casi lo convenzo. Yo lo tengo por dogma. La Real ganó la Liga 79-80. Bertoni, después de aquella argucia de potrero, no marcó, sino que la mandó al palo. Si no existiera Google, al que recurrió su nieto cuando la incertidumbre ya empezaba a calar en toda la parroquia, me habría acabado creyendo o al menos habría dudado.

Nadie mienta ya a Bertoni. Ni siquiera los más entendidos. Y mi madre ni siquiera sabe que existe Google.

 


 

Juanjo Berdullas. Abogado en ejercicio y traductor editorial. Ha traducido varias obras del inglés y el portugués, incluidas novelas del portugués al castellano, y colaborado en diarios locales..

 

 Contactar con el autor: juanjoberdullas {at} gmail.com

 Ilustración: Fotografía (detalle) por Jannes Glas en Unsplash [Public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) · n.º 106 · septiembre-octubre de 2019

 

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