un poemario inédito de Juan Cristóbal

 

uno(=!)

vivimos conmocionados por el tiempo, en un mundo repleto de mentiras y dolorosas contradicciones, de angustias pobladas por el final del exterminio, por las maldades que nos conducen, de manera grotesca y miserable, a los resquicios inimaginables y siniestros de la muerte, vivimos en una época indiferente, apática, pesimista, alienada, mafiosa, cínica, consumista, intolerante, fragmentada hasta los huesos más purulentos de la estrella, desesperada hasta la infelicidad de los desengañados caracoles, brutal y delirante hasta el cansancio y los charcos ensangrentados de la culpa, sin centro de referencia pero yoísta hasta los temores más desarraigados y nauseabundos de los días, hundida en el infierno de las ambiciones y el delirio, en el descenso estrangulado y oscuro de la rabia, en el abismo temeroso e interminable de la codicia, vivimos en una etapa prohibida, lejana, mediática, desideologizada, hegemónica, achorada, mercenaria, lumpenesca, racista, banal, altanera, imbécil, solitaria, asesina, tan falta de amor en sus suburbios, tan llena de plagas y enfermedades incurables, de muros y basura, repleta de verdugos, antibióticos y cascajos, de odios y vacíos, de no ser nada y querer ser todo en las arenas calcinadas de las calles, explotando a los  mendigos, a los llantos heridos y a las sombras ociosas y alucinadas del milagro, a la ternura de los generosos animales, en fin, en la búsqueda ciega de las playas y el exilio, ¿y a esto lo llamamos o podemos llamar civilización, mundo de límpidos y sabios argumentos?, claro, dentro de la simpleza y de su absurda estupidez, o de sus vómitos estrechos, se le puede decir de todo, sin descubrir los verdaderos territorios y mecanismos  de su carcomida realidad, tan llena de llantos y feroces inducciones, y como ya nada puede sorprendernos bajo el sol de este territorio incendiado de palomas desahuciadas, podemos decir que vivimos en una oscuridad rayada de imágenes borrosas, apagadas por las ruinas deshechas de los hombres, en un lugar lleno de prostitutas entristecidas y agraviadas, en una guarida de noticias corruptas y desvalidas, ensordecedoras hasta el engranaje oxidado y quebrado de los años, donde la perspectiva ansiosa del futuro solo nos es un irremediable desconcierto en nuestra propio universo, tan fatalista como nuestra mismísima y envilecida dignidad.

cuatro(=$)

la palabra, ¿existe?, ¿qué nos hace ser, o no ser, la palabra?, hablo del ser de la palabra y del no ser de ella misma, la perenne y angustiosa, la pervertida, la incapaz, la incumplida, ¿qué nos hace ser, pregunto, viviendo uno mismo en el pozo de la duda, en la insolvencia del aire, en la tormenta del bosque?, dilemas y dilemas que se hacen cada vez más intensos, ambiguos y virtuales, artificiales y desvalidos, lacerantes e intrusos, porque cada vez que nos miramos o nos hablamos, o nos clonamos inútilmente en el fuego con las sierpes o en la mirada acrisolada del cerdo, no entendemos un carajo lo que somos, si ser o no ser lo que decimos, o ser o no ser lo que no somos, pues solamente somos cifras y nos tememos, somos nada y nos amamos, somos algo y nos callamos hasta enfermarnos de las cosas, y parados al pie del abismo, parece que la indiferencia nos congela y nos vuelve milenarias calaveras, unas rocas monstruosas, unos témpanos sin años, unos nombres propios sin identidad alguna con la sangre, puras abstracciones fatales del domingo, sin nadie o nada que nos reclame o nos ayude a resolver nuestros desgarros, nuestras miserables vicisitudes, la forma de cómo no saber llegar a la muerte,  de cómo no vivir con la vida, de esta forma perdemos la posibilidad y la inocencia de reconocer el mundo que habitamos, de resolver los problemas y la luz de los fuegos que pensamos, y en ese rodeo o desencuentro vulgar con los entristecidos equilibrios, se pierde la caída de conectarnos con los gestos de las aguas, con los minutos de las flores, con las palpitaciones de los días, incluso los rencores nos vuelven inconsecuentes ante las discusiones y las formas detalladas y detallistas de la noche, y esto se vuelve un infame desfallecimiento ante la paciencia del verdugo, ante la visita y llegada de los recuerdos inconclusos, pues lo mágico y difuso se nos aletarga en sus últimos estertores como esa luz intensa que nos redime sin saberlo, y nos crucifica conociéndonos, como un náufrago en aquellas olas prestadas de locura, y en ese crucial abandono y enojo del camino, perdemos la capacidad de ver lo diario y cotidiano, esas calles llenas de candor y bondades en las hojas, esas nubes que nos remite a esos atardeceres del mañana o a la resurrección indiferente de las sombras en invierno, por lo que muchas veces nos hemos sorprendido de ser un comentario extraviado, un desamparo escondido entre túneles y pasillos, y no la realidad misma y verdadera del paisaje.

cinco(=%)

todo se derrumba, la soledad es tan escabrosa que ni con los últimos desconocidos nos encontramos, y no sé, en lo apremiante de mi mente, si estoy vivo o fallecido, si sigo caminando o destruyendo los caminos que antes nos sepultaban, porque todo se ha exterminado horrendamente en la prédica remota de los ríos, por lo que todo se nos hace más paradójico y excesivo, más mudo y ocultado, con ese mundo acabado en oscuridades y devastados desalientos, por eso nos quedamos en la tierra, conectado con las implacables apariencias de las aves, como los eternos perseguidos por la sombra, por las vicisitudes más amargas del desierto, cuando en realidad todo debía haber sido diferente, la posibilidad de arrancarnos todas las raíces abandonadas de las tumbas y vivir tiernamente con la vida, como un hecho infinitamente inacabable, olvidándonos de la abulia y tristeza de los padres, de la ironía de los hijos, de los antecedentes penales de los nietos, que nos decían, y dicen hasta ahora, palabras incandescentes, modificando permanentemente su lenguaje, y aquello, a pesar que nos llenaba de ignorancias y letargos, también nos poblaba de lejanos misterios en el aire, masificando nuestro mundo destruido, dejándonos buscar cosas que jamás encontraríamos en los mares, y aunque buscáramos algo para levantarnos del subsuelo, lo que vino después de los diluvios, escasamente después de los horrendos latrocinios del Extraño, nos quitaron las ganas de vivir en las blasfemias brutales del silencio, de arriesgarnos hacia un rincón absolutamente desconocido, y así pasábamos la vida leyendo sin leer, mirando sin mirar, soñando sin soñar, y allí estaba el secreto de buscar a los amigos como pájaros insólitos, porque algo moribundo nos faltaba, algo monótono nos sobraba, algo que nos anestesiara para siempre de las dudas crepusculares del otoño, y ello no requirió de demasiada intensidad de los sonidos, de demasiada sordera de los sordos, solamente saber vulnerar la sensibilidad de los sentidos, de conocer cómo perjudicar el alma del espanto, y robarle una flor abandonada, o una sonrisa, a la imagen carcomida por los siglos.

 


 

JUAN CRISTÓBAL, es el seudónimo de José Pardo del Arco. (Lima-Perú, 1941), Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su obra ha merecido, entre otras, las siguientes distinciones: Premio Nacional de Poesía, 1971; Primer Premio Juegos Florales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1973; Mención Honrosa de Poesía en el Concurso Casa de las Américas (Cuba), 1973; Segundo premio en el Concurso Poesía y Canto para El Salvador, organizado por la Radio Venceremos, 1981; Mención Honrosa en el Concurso de Cuento Organizado por la Asociación Peruano-Japonesa, con el libro Aguita’e Coco. Tercer premio en el concurso Premio Copé organizado por Petroperú el año 1997.
josepardodelarco [at] gmail [dot] com

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🖼 Ilustración: Imagen de Dmitri Posudin en Pixabay

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Revista Almiarn.º 112 septiembre-octubre de 2020 MARGEN CERO

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