relato por
Juan Cristóbal

¿

Te acuerdas de aquellos tiempos Nemesio, cuando cruzabas a bestia la soledad de los Andes y tenías que reunir quince días antes al ganado, y luego fajarte otros tantos días con el frío para llegar a tu destino? ¿Cuándo te prestabas plata de los familiares de Mito, para comprar en Acobamba tus caballos, bestias les decías, con el fin de venderlos en Lima? Tú debes acordarte de esos días Nemesio, porque tenías buena memoria, cuando te dedicabas a estos menesteres de la tierra porque aún no estabas casado, ni tenías los once hijos que después tuviste con tu esposa que prontito nomás se murió, en ese hospital que ahora ya no existe y que se derrumbó, por las aguas malditas de esa época que todo lo arrasaba cuando comenzaba el invierno. Unos trece años estuviste metido en estas faenas, sería como el año 22 cuando comenzaste y que era, como tú mismo decías, «harto jodido».

(Duro y tierno como el viento helado de esas empinadas cordilleras, el arriero nos mira. Rara vez trasunta sus emociones o penas, o deja traslucir sus tristezas y desventuras, ahora que está un poco avejentado. Sin embargo, cuando habla se parece a ese árbol que crece en el fondo del huerto o a esa piedra que nos ayuda a vadear, cuando el tiempo lo exige, la ferocidad de los ríos. Tal vez por eso vive, a pesar de todo, sereno, llenando su alma con sus inmemorables recuerdos y viejas penurias, prendido siempre, como dice el canto, a la magia de los antiguos caminos).

¿Y te acuerdas Nemesio, cuando llegaste a Acobamba, a siete días de Mito, a casa de esos familiares lejanos, que se apellidaban Castro, como todos los de esta tierra, a quienes habías ido a visitar llevando unas bestias y tres revólveres 36, de esos de cinco tiros de carga, uno de los cuales habías truqueado por una vaca con cría al hijo del hacendado, cuando de pronto llegó un caballo de lejos, todo empapado en sudor, con un empleado de la hacienda montándolo, quien también quería un trueque y te dijo: «No tengo vaca, pero toro sí». Y tú, ahimismito, ni zonzo que hubieses sido, hiciste el trueque? ¿Te acuerdas de eso Nemesio? ¿Cómo no te vas a recordar si siempre eso me lo contabas?, cuando de pronto el empleado, el mismito que llegó con su caballo empapado, rastrilló el arma para probarla y se le escapó una bala que se te alojó, allí abajito, en la tetilla izquierda, y casi te mata, y que hasta ahora esa balita la tienes, y que se te baja poquito a poquito cada año que pasa y ya son hartos los años que han pasado, sin embargo, sigue bajándosete nomás. ¿Te acuerdas de eso?, que tu primo, el guardián de la hacienda, había dejado sin querer una bala en el tambor y, cuando salió, la sangre te comenzó a salir como un chorro caliente de avispas, y cuando te preguntaron «¿Te duele?», contestaste «Ni el aire lo siento».

(De pelos y cejas hirsutas, el arriero habla como si no hablara con nadie, con meticulosa parsimonia, como quien desgarra el velo milenario de una antigua memoria. Con recato, habla, con pudor, como si temiera, después de tantos años, revelar intimidades de personas que, como él, son parte anónima sagrada del tiempo).

Solo que la memoria te fallara, porque la vida, como tú lo decías, «es peor que el olvido», no podrías recordar esos días cuyos rostros nos han olvidado, cuando te vestías, ¿recuerdas Nemesio?, cuando salías de viaje, con sombrero volado, camisas de lana, botas negritas, pantalón de bayeta, poncho de dos aguas, frazada de alpaca y una zumbadora de mango de pata de cabra. Pero me imagino que sí te acordarás de esa señora, la que te puso emplasto de hojas de yurajatra en tu herida del pecho, esas hojas que son grandes como una mano, y que las mezclaba con aceite rosado y azúcar molido en su batán y luego te las metía con un palito envuelto en algodón a la vez que te limpiaba la herida, y que, según ella, «felizmente, era de entradita nomás», con lo cual no solo te paró la hemorragia, sino también te hizo cicatrizar la herida, sin necesidad de sacarte la bala. De esto cómo no te vas a recordar, y de lo que antes siempre decías, mientras tomábamos nuestras copitas de pisco: «que la muerte te había rondado toda la vida», como aquella vez que saliendo de la puna de Castrovirreyna, en pleno aguacero, un rayo mató en dos a tu caballo y a ti casi te despedaza, pero te salvaste de milagro. Y después, río abajo, dos días después, al acampar por Surco, te encontraste con un muerto que estaba fresquecito recién, cara al sol, como una lagartija con los ojos abiertos, y eso, decías, te recordaba tu infancia. Y luego, cuando de vuelta para Huancayo, la noche te cogió cerca de Humay, en un caserío, donde una señora cocinaba chicharrones y te dijo: «Tómese este poquito de aguardiente», y allí, cerca del fogón, estabas comiendo y tomando cuando, ¡maldición!, un gato espantado botó el perol de agua hirviendo sobre tu pie, que te lo dejó todo chamuscado, a pesar de lo cual partiste, con la vida (o la muerte) casi a cuestas. Y cuando después de dos días llegaste a un tambo, tu pierna parecía una calabaza, y hervías de fiebre. ¿Te acuerdas de todo eso Nemesio?, que el dueño del tambo te miró y te dijo: «¿Cómo puede viajar así este cristiano?». Y allimismito fue avisar al gobernador que, cuando te vio, asustado mandó traer un curandero que exclamó: «Este cristiano se muere». Por lo que primero que hizo fue sacarte la bota de un tajo, y un olor a podrido se adueñó de todo el estómago, entonces te puso unas hojas moradas y después te rezó toda la noche. Seguro de todo esto debes recordar, porque para ti acordarte no era difícil, porque tenías buena memoria. Pero lo que más yo me recuerdo es cuando una noche te pregunté, junto al río, entre los alisos del río: «¿Alguna vez has matado a alguien, aunque sea de pura venganza?». Y tú, sin voltear la cabeza me dijiste: «No». «¿Y si lo hubieras hecho me lo dirías?». Me miraste de reojo, bajaste los ojos como cuando se bajan a la tierra como quien no quiere confesar un íntimo secreto, y me dijiste con voz baja pero segura: «No. Eso nunca ha de decirse».

 

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Del libro inédito de cuentos: Una olvidada tristeza (https://www.calameo.com/books/004676924e3c332c0c130).
Relato publicado originalmente en la Revista de Política y Cultura Yuyai (https://grupoporelsocialismo.com/wp-content/uploads/2025/12/Pag.-65.-Eso-nunca-ha-de-decirse.pdf)

 


 

JUAN CRISTÓBAL, es el seudónimo de José Pardo del Arco. Premio Nacional de Poesía, 1971. Juegos Florales de San Marcos, 1973. Mención Casa de las Américas, 1973. Premio Copé, 1998. Premio en El Salvador, auspiciado por el Frente Farabundo Martí, 1982. Autor de una veintena de libros de Poesía, Poesía para jóvenes, Cuentos, Memorias. En OBRA POLITICA: Crítica marxista al Apra. ¡Disciplina, compañeros! Máximo Velando. La memoria es un arma. ¿Todos murieron? Uchuraccay: el rostro de la barbarie. RECOPILACION: Good bye, Mr. Haya. Fútbol y Política. Trabajó como periodista en varios diarios de la capital. Ha sido traducido al inglés, griego, italiano.
josepardodelarco [at] gmail [.] com

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🖼️ Ilustración relato: Imagen realizada mediante una aplicación de IA (redacción).

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