relato por
Juan F. Aguilar Cárdenas

 

T

odavía no para de llover y sigo sin encontrar la hora, la idea, al menos el pretexto. Desde luego, mi esposa no me lo ha puesto fácil, sabe cómo llenarme de culpa, a veces, también de amor. Parece que ha llovido siempre, días, semanas, años. Ella, azulada bajo la luz amarga de la mañana, me mira sirviéndome el café. Muerde el borde de su taza y desliza la mirada hacia mi boca. Me gusta pensar que le echó algo, adelfa, pesticida, quizá veneno para ratas. No lo sé, he olvidado mentir. Levanto el vaso, brindo a su mala salud y derramo la bebida en la alfombra con una lentitud que no alcanza a ser desafío. Me insulta, como siempre, me amenaza; se acerca y yo me cruzo de brazos mientras imagino, igual que hace tiempo, sus ojos abiertos y apagados.

Es inútil precisar el comienzo de todo odio, se asemeja al inicio del amor: a veces leve, a veces intenso, mas siempre con la misma zozobra. Me casé con Helena hace treinta años, cuando todavía me quería, o fingía hacerlo. Aún recuerdo las caricias, la piel, las promesas y todo lo demás que hoy ha muerto. Tenemos dos hijos, ya crecidos, ya casados. Me gusta pensar que ambos son un par de inútiles, dos fracasados que no pueden hacer nada bien; sin embargo, como bien lo afirma su madre, no son como yo.

—Ellos sí fueron a la universidad.

Guardo silencio, ¿qué otra cosa puedo hacer? Tomo la novela policial que llevo ojeando hace meses y trato de pasar del cuarto capítulo donde el asesinato empieza a narrarse. No tiene caso, los truenos me distraen y la voz de mi mujer no cesa:

—Hoy vienen los niños. Por lo menos aféitate, ya sabes que esa barba no me gusta.

«Los niños», repito, «los niños». Bastante he tenido que oír el mismo adjetivo pueril, igual a la risa que les tengo que aguantar cada fin de semana, siempre corriendo hacia su madre. Puedo imaginarlos ahora mismo, puedo verlos llegar con sus bolsas de compras, sus cantinela de vidas felices, sus sonrisas horrorosas como un trofeo frente a mi rostro. Resoplo y voy al baño. Contemplo la hoja de afeitar, vieja, sucia; aunque oxidada, todavía logra cortarme de vez en cuando. Tomo el mango y miro a Helena garabatear sobre un crucigrama. «Puta», pienso mientras me echo espuma, mirándola de reojo con los dientes apretados. «Maldita puta», digo en voz alta al pasarme el filo.

Es posible que todos recuerden que alguna vez, hace veinte años, me creí capaz de todo. Deben recordarlo con cierto miedo, cierto temor que mi silencio ha terminado por diluir. Escucho los automóviles en la calzada. Veo las siluetas entenebrecidas bajo el porche. «No son como tú», recalcó mi esposa durante años, «espero que jamás lo sean».

—Buenas tardes, don Francisco —dice mi nuera.

Eduardo y María pasan de largo, casi sin saludarme.

—Hola, chicos —digo mirando el suelo. Mi voz se pierde entre la lluvia que arrecia, apenas recibo una respuesta leve, algo que no es un saludo ni un desprecio, un híbrido, una costumbre con la que me tengo que conformar.

Escucho la voz de mi mujer desde la cocina. Llega hasta mí entre el agua de la calle, entre la luz ocre de la lámpara. «Hoy no podrá ser», resuelvo con un suspiro. «¿Llegará el día?».

—Sírveles el café, acabo de colarlo.

Asiento con gesto pesado. A veces, cuando he bebido un poco, trato de aguantar, de decir que no. Hoy no es el caso, por mis venas solo corre un instantáneo y agua del grifo. Me miran con ojos pasmados, las iris brillan como el neón en este maldito diluvio. Ya voy, malnacidos, ya voy. Dejan de mirarme, les lleno sus tazas y miro por la ventana. Me pregunto si son hijos míos, si Helena seguirá siendo mi mujer, si a pesar de todo sigo siendo un hombre y no un remedo envejecido. Almuerzo en silencio. ¿Nunca parará de llover? Los escucho reír, bromear, vivir, tal vez. Me hablan, yo no les sostengo la mirada, vivo entre el asco y el miedo. Esto terminará, lo juro.

—Francisco ¿No estás escuchando? —reclama Helena—, María te pregunta que como vas en la oficina.

Miro a mi hija. Es bonita, creo, al menos no tiene las cejas de su madre. Me quedo observándola como si acabara de despertar.

—Bien.

—¿Cómo va el negocio en el que trabajas? —pregunta María.

—Se cayó.

Ella guarda silencio mientras tamborilea los dedos sobre su plato, luego espeta:

—¿Es que no tienes nada para decir?

Me callo con los puños apretados.

—Bastante.

Destapo una de las cervezas que trajo mi yerno. Un tipo bien parecido y educado. Preferiría que él fuera mi hijo, por lo menos tiene modales.

—No te la tomes —señala mi mujer—, ya sabes que me molesta.

Es tarde, desobedezco y el licor me recorre las encías. Me encojo de hombros al dar otro trago. Espero el reclamo, la demanda que ya no se molesta en aparentar buenas intenciones. Silencio, solo hay silencio. ¿Será temor? Da igual, todos saben cómo me pongo cuando bebo. Destapo otra y golpeo la mesa cuando escucho la primera queja. Cierren la boca, imbéciles, déjenme mirar la calle. Comemos postre, afuera no amaina y tendremos que vernos las caras al menos un par de horas más. Mal, terriblemente mal.

Se encogen de hombros al igual que yo. Ensayan diversos temas. La palabra, primero festiva, recorre memorias que a nadie en esta mesa le importan: cumpleaños, matrimonios, grados, juegos infantiles, la escuela. No hay nada más escabroso que una familia a la que no le queda más salida que hablar. Pero los conozco, no podemos estar más de una hora sin ponernos sombríos, taciturnos como en un velorio. Ya lo veo venir, la bruma de la tarde afilándonos los rasgos.

—¿Escucharon lo de la actriz en el hotel del centro? —pregunta Eduardo—, es terrible.

—Hay que colgar a ese infeliz —responde María—. Vi las fotos… quedó deformada, pobre…

Helena asiente. La miro con los ojos entrecerrados. «Seguro que tuvo algún motivo», pienso. Me gustaría decirlo en voz alta, pero a mi boca solo acuden balbuceos. Tomo otra cerveza y la destapo contemplando los cuchillos del mesón.

—Es holandesa —dice mi yerno—, es algo fuerte.

—Lo sé.

Todos se miran, siempre se miran.

—El amante era un borrachín —dice Eduardo con la boca llena—, un donnadie del que todos hablan este fin de semana.

—Con razón —asiente María—, una tiene que ser muy estúpida para meterse con alguien así.

Me miran de reojo. ¿Qué recuerdan? No lo sé, a veces yo tampoco tengo memoria. ¿Vale la pena acordarse de algo? ¿Ellos saben del comienzo de sus odios? No, cada uno está ocupado odiando.

—Basta, Francisco —reclama Helena.

—Beberé una más —respondo—, solo para calentarme.

—¿Otra vez con lo mismo, papá? —dice María.

Sonrío, digna hija de su madre, no sabe nada, no entiende nada. Arrastro los codos sobre la mesa. Miro los rostros lánguidos y pienso en la novela sin terminar, en el asesinato cuyos detalles aún desconozco. «Llevo meses en lo mismo», me digo, «debí hacerlo hace años».

—¿Cómo la mató? —pregunto después de un trago largo.

—A golpes —responde María poniéndose de pie.

Dormí un rato en el sofá. En la calle queda el repiquetear de gotas gruesas en el tejado. Escucho voces de mujer, intercaladas por los monosílabos casi inaudibles de un hombre. «No, mamá, no va a volver a pasar, no voy a permitirlo». Abro los ojos. «Si vuelve a hacerlo, hago que lo encierren». «No hará falta», responde mi mujer, «ya no puede hacer nada». Se alejan, luego se despiden. Hablan de venir mañana al mediodía, no sé para qué, quizá para molestarme, para vigilarme. Al erguirme me doy cuenta de que soy cobarde otra vez. Bajo los ojos y me acaricio las sienes como si tuviera migraña. Me despido con un «adiós» lastimero, execrable. Nadie responde, solo escucho la puerta cerrándose con un chirrido vacuo. Quedamos solos, arropados por el silencio de la noche próxima. La miro, ya no me tiene miedo, sabe bien cuando ha cedido el licor. Miro el suelo y camino hasta la cafetera.

—¿Quieres?

Veo derramarse la ferocidad en su rostro. «Ella me dará un buen pretexto», me digo, «el mejor». La primera bofetada da entrada a tres y a cuatro más. Sabes vengarte, Helena, por eso es que nos perdonamos cuando solo nos queda llorar. Esgrimes la acostumbrada retahíla de humillaciones, las mismas a las que todavía te crees con derecho.

Ya de noche, con los labios apretados, voy a la sala y enciendo un cigarrillo. Tiro la ceniza en la taza de mi mujer y me permito una sonrisa. Aun desde el comedor escucho su respiración pesada. Cuento sus inhalaciones, también los segundos de su aliento al expirar. Es el sonido de la vida, siempre me lo he dicho. Golpeo la mesa: «Puta, puta, puta». Miro mis manos, no son fuertes, no podrían ni ahorcar a un perro. Me recuesto en el sofá para mirar las luces de la calle vacía, los ocasionales faroles de algunos autos perdidos. Fumo y cierro los ojos.

—Todos hablarán de mí —murmuro.

No puedo dormir, no mientras ella abarque toda mi cama. Tomo la novela y la leo en el comedor. No está bien escrita, es apenas un vuela páginas con ambiente negro. No obstante, me atraen sus lugares comunes, los mismos a los que se reduce la vida de todo hombre como un viaje inaplazable hacia la sordidez. Después de una hora, leo y releo, casi sin entender, el asesinato, el motivo, la huida, la culpa. Ella yace muerta en el cuarto de baño, tiene los ojos abiertos y la boca ladeada. El asesino, un tipo cualquiera que un día quiso dárselas de duro, tiembla con las manos ensangrentadas, confundiendo el ruido de la radio con sirenas. Cerca del amanecer termino la obra. Sonrío al pensar en el pobre hombre que mira la pared descascarada de su celda. Inmóvil, solo, quizá tranquilo. Entonces me doy cuenta de que lo entiendo, que a lo mejor siempre lo hice, que cualquier excusa será suficiente.

A las once de la mañana, Helena me despierta con un grito. Me reclama que el café no está hecho.

—¿Podrías servir para algo? Inútil de mierda.

Escucho el sonido de su voz ahogada, lenta como un río de caudal escaso. Estoy de pie con los puños trémulos. A veces recuerdo cómo mirarla, a veces la juventud regresa preñada de las rabias de siempre. Miro su rostro trastocarse igual que antes, los ojos muy abiertos, los labios fruncidos. Busca el teléfono, mira la puerta.

Camino hacia ella, la tomo por los hombros y le doy un abrazo. Tiembla, tiembla desesperada.

—Ya voy a calentar el agua.

Alguna vez mi mujer supo cuándo temerme. Lo recuerda ahora, pero no hay razón. Lo único que quiero de esta vida es estar tranquilo, solo eso. Que el odio, la ira de los años desaparezca y me deje en paz mientras miro la calle, o al menos la pared. Se le ponen los ojos llorosos, se arrodilla y me abraza la cadera. Es la disculpa de siempre, mujer, no la equivoques. Pasaremos algunos días fingiendo justo antes del amor, creeremos nuestro circo; luego, tras un último estertor que ninguno podría llamar placer, cada quien tomará su lado de la cama y recordará que, si no nos divorciamos, es porque necesitamos el desprecio del otro.

—Soy tan mala… tan mala —gime ella—. No te merezco.

Recuerdo, entre memorias nubladas, la tranquilidad de escuchar sus disculpas, la misma que envanecería con el recorrido atroz de la costumbre. Es la misma función, la inalterable parafernalia de ruegos malogrados. A veces, cuando el desasosiego aguijonea, pretendo creerlas, pretendo decirme que todavía la quiero, aun con toda la sordidez que vive en las paredes del dormitorio.

—Sabes que te amo, ¿verdad? —me dice besándome los dedos.

—Todo lo malo terminará pronto —le digo—, muy pronto.

Ella alza el rostro, pálido y rígido. Ensaya tres veces la misma pregunta hasta poder decirla entre balbuceos:

—¿Qué quieres decir?

La callo con un beso y la llevo al cuarto. Fingimos, fingimos como siempre, con el mismo don que engañaría a cualquiera, mas hoy no me engaño, hoy Helena no me embriaga con la promesa de su amor. Lo sabe, lo nota en mis ojos. No sollozo, no gimo, no abrazo sus rodillas; apenas deslizo la uña del índice sobre su vientre templado. La veo llorar, tiembla y se sienta en la cama.

—¿Qué ocurre? Me pones nerviosa.

Me mira de reojo. Es posible que quiera hablar, continuar alguna mentira, cimentar otras. Yo no podría permitirlo, ya no.

—No te preocupes, pronto ya no sentirás nada.

Llega el mediodía. El cielo sigue gris pero ha clareado un poco. Mis hijos pasan sin saludarme, mi nuera no dice nada y mi yerno solo trae jugo de uva. Les sirvo las bebidas a todos y les pregunto, uno a uno, con sonrisa inocultable, como están.

—¿Se encuentra bien, Don Francisco? —pregunta mi nuera.

Asiento y le lleno el vaso.

Termino el almuerzo rápido y me pongo a ojear algunos pasajes de la novela. Los escucho conversar. Vuelven a mencionar el crimen de la muchacha, dicen que el tipo se ahorcó en su celda. Vuelven los relámpagos, luego los truenos. Todavía no llueve. Es un buen invierno, oscuro, prolongado, silencioso.

—Papá —dice María—, ¿podrías dejar de leer por un momento?

Dejo el libro al lado de mi plato vacío. Hablan en tono de letargo sobre el trabajo, los posibles nietos, compras, autos, viajes. Parecen felices, saben sonreír con una naturalidad que casi resulta temible. Hileras de dientes blancos abriéndose de lado a lado como una cremallera.

—El tipo quería una confesión —dice Eduardo al cortar la carne—, lo sé.

—No podemos saberlo —reclama María—. El infeliz ese quería lástima.

—Tal vez, pero anoche leí la última entrevista… parecía feliz.

María se ríe.

—¿Feliz de haber masacrado a una muchacha? No sabes nada.

—Feliz de hablar —repuso Eduardo, dándole un trago a la limonada—, eso es todo.

Helena cambia el tema. Vuelven a la melopea de la cotidianidad. Se quejan de que mañana es lunes, quisieran descansar otro día, más aún con estas lluvias. Miro a mi mujer, tiene los dedos entrelazados sobre el regazo, evita encontrarse con mi mirada, evita mis manos bajo el mantel.

—¿Qué tienes que hacer en el trabajo mañana, papá? —pregunta Eduardo—, poner sellos debe ser desesperante.

Contemplo su sonrisa, ladeada y febril.

—Voy a renunciar —respondo.

Se fueron antes de que volviera la lluvia. Me quedé fumando un cigarrillo, organizando la velada para Helena. Sé que las paredes tienen la culpa; gritan. Nunca ha sido distinto. Gemidos que tapizan la madera con el ir y venir de respiraciones agitadas, las ansias de todo rencor. Puedo escucharlos, oigo el sollozo de los días mientras espero. El escenario es simple, vacío, cercano a todo lo que es corriente. Mi esposa espera en el porche con este aguacero. «No tardo», me dijo, «necesito algo de aire». Preparo un poco de café, sé que vendrá congelada. Después de dejarlo enfriando, tomo el teléfono sin hacer ruido.

—¿María? Soy yo, ¿podrías llamar a Eduardo y venir un momento? Su madre no se siente bien.

Cuelgo sin responder ninguna pregunta.

Helena entra. Se quita el impermeable y se seca las botas en la alfombrilla de la entrada. Luego se desploma en las sillas del comedor. Se acaricia el rostro y suspira. Le sirvo una taza que me agradece ladeando la cabeza. Pongo las manos sobre el regazo y espero la primera palabra, el diálogo común, ambiguo y pesado que abre algunas tragedias.

—¿Qué quieres? —dice ella.

—Nada.

—Maldita sea.

Sonrío.

—Quiero que te tomes ese café, afuera está terrible.

—Te conozco, Francisco, sabes que te conozco.

Le acaricio las mejillas.

—Está tibio, no dejes que se enfríe.

Me doy la vuelta y me sirvo una taza. Me aseguro de que quede para los invitados y doy el primer sorbo.

—No me afeité bien ayer —digo con los dedos entrelazados—, sé que te molesta.

Me mira, también a la puerta, también al teléfono, a los cuchillos sin organizar en el mesón.

—¿Verdad que te molesta?

Asiente mordiéndose el labio.

—No tardo.

Al buscar la espuma escucho la rueda del teléfono. Saco la navaja, me deshago de cualquier vello rebelde. Me pongo alcohol y una colonia que solía usar para las fiestas. Lo guardo casi todo, cierro el gabinete para después regresar a la sala.

Helena está de pie, tiembla con el auricular en la mano.

—¿No te contestan?

Igual que en nuestra juventud, Helena echa a correr hacia la entrada. La tomo del brazo y la empujo sobre el comedor. Ensaya las disculpas de siempre, los ruegos que ninguno podría olvidar. El miedo se traduce en un estertor cercano a la rabia, me amenaza, me insulta, me escupe; sin embargo, se calla cuando saco de mi bolsillo la navaja recién perfumada. Logro ver, antes de abrirle el cuello, un terror mudo, una excusa que por fin llega a ser sincera. El cuerpo se retuerce un poco sobre el mantel lleno de migajas mientras yo me lavo las manos.

Me siento a esperar con una taza caliente sobre el muslo. Escucho el timbre, abro la puerta y veo a mis hijos hincarse de rodillas sin saber con qué sílaba empezar a gritar. Después del primer llanto acalorado miro una pared blanca, similar a la que veré hasta que me muera.

—¿Quieren café? —les digo con una sonrisa.

 


 

Juan Fernando Aguilar Cárdenas

Juan Fernando Aguilar Cárdenas. Santiago de Cali, Colombia (1991) Desde niño supo que su destino sería literario. Disfrutó mirar las montañas de su natal Cali, también de forjarse entre la biblioteca de sus padres, entre los universos, peripecias y angustias que ofrece siempre la lectura. Decidió volverse escritor a los diez años, cuando leyó el Conde de Montecristo; no sabría cómo serlo sino hasta los dieciocho, mientras estudiaba psicoanálisis en la universidad y conoció a un escritor que supo guiarlo. A los diecinueve leyó a Borges, después a Faulkner y a Mishima; comprendió que estaba condenado y que jamás desearía nada distinto. Al sol de hoy escribe con el inapelable anhelo de vivir de la literatura. Ha publicado sus relatos en diversos diarios de Colombia, Venezuela y España.

Contactar con el autor: serpico096 [at] gmail.com

Ilustración relato: Fotografía por Hans / Pixabay [public domain].

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Revista Almiar • n.º 109marzo-abril de 2020MARGEN CERO

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