relato por
Jonathan Caicedo Girón

 

Ars longa, vita brevis.
Hipócrates

 

E

l pasado 23 de febrero de 2018, Mohamed Assad, de treinta y tres años de edad, asesinó fríamente y de un balazo en la cabeza a Francesco Coppola. Al ser detenido por los carabinieri que hacían presencia en la isla de Cerdeña, el homicida argumentó que lo había matado de ese modo, porque parecía «demasiado feliz».

El fiscal, absorto ante aquella cruda respuesta, decidió enviarlo a prisión durante trecientos sesenta meses, sin el beneficio de la rebaja de la condena. El magistrado replicaba que el crimen había sido doloso.

Assad, pasó sus últimos días acompañado de una serie de casetes, y libros raros que nadie leía en la penitenciaría. Su cara pálida no denotaba maldad alguna. (Físicamente se parecía a Bartleby). El comportamiento en la cárcel fue impecable, a lo que ineluctablemente le lleva a uno a preguntarse: ¿Cuáles fueron los motivos de fondo que le condujeron al asesino a terminar con la vida de aquel hombre? ¿Cómo había sido la infancia de Mohamed para que se hubiese comportado de un modo tan vil? ¿Acaso no pensó en que el señor Coppola tendría una familia que sustentar? ¿Cuál sería la reacción de la mamá del asesinado cuando se enterara del deceso de su único primogénito? ¿Quién recibiría a sus hijos cuando llegasen de la escuela y con quién harían los deberes?

* * *

Tánger, 2007. El joven Mohamed permanece subido en un camello que lo lleva por las exóticas calles de su ciudad natal. Asiste como todos los días a su escuela denominada la Levita, allí, concurre a las clases de la secundaria. Sin embargo, existe particularmente una clase que lo apasiona, que lo llena, que le satura su corazón. Es, pues, la cátedra de Literatura del profesor Alí Abdou, un viejo lobo solitario que se formó o deformó de manera empírica, todo su acervo cultural está fraguado en su biblioteca y en sus libros de ficción que publicó durante más de cincuenta años.

El discípulo quedaba impávido al escuchar a su tutor hablar con tanta propiedad sobre las Tragedias Griegas, de hecho, Antígona era su favorita. También le gustaba centrar toda su atención en ciertas frases célebres y aforismos ocultos, que le quitaban el aliento y le reducían la existencia a migajas de pan.

El profesor llevó a clase un libro de lejanas tierras llamado: El Túnel de un escritor argentino del que no recordaba el nombre. «El viejo lobo» les advertía: —¡Ojo con ese librito, no vayan terminar ustedes haciendo una mímesis del pintor! —dichas sentencias habían cosechado una huella imborrable en el subconsciente de Assad.

Esa misma tarde de lluvias, el ávido estudiante se «devoró» la novelita, le era inevitable no reflexionar cómo el asesino de María era un maldito neurótico que le faltaba el respeto a los invidentes. Nunca olvidaría esa lectura. Decidió firmar sus malos poemas con el seudónimo Juan Pablo Castel, pensaba que, efectivamente, aquel artista era el Superhombre, pues asesinó a Iribarne con la lucidez y la libertad propia de un individuo que alcanzó las virtudes más justas y elevadas.

Era ineludible no idear reminiscencias acerca de las clases del viejo lobo sobre el existencialismo francés, repensaba a Meursault, personaje nada despreciable, solitario, desinteresado, pero con el que Mohamed se identificaba. Evocaba a Beltolt Brecht y el efecto espejo que producía la literatura y, sin duda, Assad se reflejaba como un ser individualista, amante del nihilismo. Reflexionaba que él también podría matar a alguien por el calor, de hecho, nunca entendió cómo un escritor de tierra caliente podía sentarse a trazar su narrativa, si él, más que nadie, estaba seguro de que un buen escritor se hacía «con el culo».

Mohamed, era muy joven cuando ingresó a la universidad de Tétouan a estudiar Literatura y Filosofía. Jamás leyó un libro de niño. No conoció ningún poeta, no sospechaba que las letras tenían el poder inescrutable de modelar las conductas y las acciones humanas. Siempre pensó en estudiar inglés, pues, ese título sería el trampolín perfecto para viajar al viejo continente. Nunca especuló con que la poesía abriera mella en el corazón de los lectores. No sabía qué era un verso. No sabía que la literatura era la única resistencia a la muerte, no sabía nada. Era una sombra más en la caverna de la ignorancia.

* * *

Cuando conoció a Dostoyevski, Francesco Coppola, intuyó que había descubierto al verdadero amor. Amó a Raskolnikov por el resto de sus días, y decidió leer a Donia (su futura esposa) la carta que Pulqueria le envió a su hijo para animarlo a vivir. Esas maravillosas letras conmovieron a su prometida que, sin pensarlo, le dio el sí para toda la vida. Lejos estaba Francesco de imaginar que, años más tarde alguien que también había leído al escritor ruso le quitaría la vida así porque sí. Porque lo notaría «demasiado feliz».

El señor Coppola, llevaba el lastre de tener el apellido de un afamado director de cine que había hecho inmortal a Marlon Brando. Las estadísticas de la época y el boom mediático así lo sugerían. Francesco era un lector salvaje, por sus ojos desfilaron novelas policíacas, novelas rusas, novelas francesas, y todo lo que tuviera olor a Clásico. Amó a Grecia, amó a Wilde. Amó todo lo que se fecundara desde el arte y la poesía. Era un adepto del verso bien logrado. Conquistó a Donia recitándole a Cavafis, en su primer Ítaca juntos.

Fue padre de dos adorables niños. Pensó en ser profesor de Letras, pero entendió que el desafío de enseñar Literatura no era para cualquiera, y que para educar al espíritu se necesitaba el corazón de un mártir, de un romántico empedernido. Desde entonces, trabajó todos los días en el banco Nazionale del Lavoro, allí era un gentil cajero de turno, culto y responsable con las cuentas y las transacciones monetarias.

Pasados los años de laburo, decidió mudarse junto con su familia a uno de los lugares más esbeltos del planeta: la isla de Cerdeña: —«Allí seremos felices, no hay peligros, no hay asesinatos, no hay nada» —exclamaba con ahínco a su esposa. Se imaginaba leyendo a L. Byron en las montañas, a P. Shelley en el mar, a J. Keats en la soledad de su balcón, a S. T. Coleridge en la Balada de un marinero de antaño. Se sentía en la plenitud de sus condiciones vitales. Se aferraba a la vida, se atornillaba a sus sueños, concebía la alegría que solo podría sentir un recién resucitado.

* * *

Luego de terminar sus estudios, Mohamed pensó que el porvenir estaría en Europa, pertenecía a la áfrica blanca, pero el lastre de ser negro, no se lo quitaría nadie. Embarcó en una mañana en que seguro su Dios seguiría enfermo. La Odisea por aguas mediterráneas no podría haber sido más cruel, sufrió un naufragio de madrugada. Sus notas y escritos contaron con la misma suerte. Las plumas de paloma que había cosechado para escribir, y la tinta china se escurrían por el mar dejando una raya negra que cortaba el azul intenso de las aguas. Recordó entre el mar de candela que eran sus ojos cómo las hojas blancas se iban lentamente como una pedrada de garzas. Se lamentó de no haber guardado algunos de sus poemas más virtuosos en algunas botellas de gaseosa, cuya finalidad estribaba en que algún Robinson hubiese tenido la oportunidad de degustar sus sonetos.

Apareció ensopado en una isla italiana, lo supo porque vio a mucha gente con la camiseta neroazzurri. Llamaron al listado de inmigrantes; su inexorable destino, la vuelta a casa. Tomó una decisión que marcaría su vida, sus años, sus huellas. Huyó por un monte espeso, curiosamente nadie lo persiguió: ¿Qué consecuencias podría traer un inmigrante sucio y pobre en una isla tan tranquila? —pensaron los brigadistas, lo dejaron correr a su albedrío.

* * *

Francesco Coppola terminó de leer su novela. Pensó irreductiblemente que la vida no le iba a dar más tiempo para leer y releer los libros que anhelaba. Estaba en contra de la televisión. Solo observó buenos documentales en el Betamax que le había obsequiado su padre. De hecho, prefería las radio novelas.

Jamás olvidaría la noche en que escuchó la Divina Comedia. Rememoraba cómo en medio de un frondoso bosque, Dante, se perdía y aparecía de súbito en el infierno, aquel personaje emanaba una luz que atravesaba la buhardilla que dibujó la silueta del poeta bendito, Virgilio, y como un faro en medio del mar veía a su oído atrapar las ondas que emanaba el viejo radio que vivía gracias a las pilas con dibujos de panteras negras.

Luego de un tiempo corto de introspección, cayó en la cuenta que Daniele, su hijo mayor, se encontraba canaleando, por las noticias se informaba de un naufragio terrible de inmigrantes africanos, «solo cinco sobrevivientes» —apuntaban. La periodista, perteneciente al medio informativo RAI, comentaba que, uno de los sobrevivientes, huyó despavorido. Pobre hombre —pensó el signore Coppola. Si lo viera colindando mi casa, estaría dispuesto para auxiliarlo. «Daría la vida por esa persona» —se cuestionó en voz baja. «¿Qué secuelas podría traer consigo un muchacho pobre en una isla tan tranquila y segura?». El televisor se apagó y Francesco supo que había llegado el momento de sentarse a leer El Túnel, una novela corta «de bolsillo» que le había traído un amigo de Corrientes.

—Tenga cuidado, Fran —le advirtió Julio—: ese librito es pura candela.

—No se preocupe, Julito —respondió Francesco—, soy experto en dichos asuntos: la literatura es una lepra que contagia a las personas menos pensadas. Sospecho que, lejos de este trozo de isla, por ejemplo, en África, por mencionar algún sitio, algún joven estará buscando a alguien con quien curar los problemas del alma. Matar de una vez por todas los dilemas existenciales que le apesadumbran.

* * *

Días después del naufragio y dedicado a vivir de la caridad y de los libros que robaba con desdén, Mohamed comprendió que su existencia podría tener algún sentido: ¿Acaso la mosca por ser mosca, no se sentía el ser más importante del universo?, navegaba por sus pensamientos filosóficos. A través de una disertación comprendió que él era «El rey de las moscas». Veinte días comiendo y viviendo de la Carroña más putrefacta daban fe de ello. (Era imposible no establecer un símil con el poeta que había escrito sublimes versos sobre lo hediondo, lo que seremos los humanos horas después de que la muerte toque a nuestras puertas).

En aquel instante, evocó un poema de su autoría, de sus sensibilidades, que había escrito alguna vez en el desierto baldío que recorría de joven en compañía de su madre:

No pedí nacer

En la Nada
me encuentro,
taciturno,
reflexionando
lo afortunado que soy
al no nacer.

 

¡Así es!:

 

¡Prefiero la Nada!
Amo la Naditación.

 

Prefiero no sentir
el nacer primaveral.
«Preferiría no hacerlo».

 

Acá, en la Nada,
no busco dinero.
¡Ni putas para follar!
¡Y es que no quisiera nacer!

 

No quiero ser el experimento
de un Dios que sufre de cojera.

 

¡No hay pobreza ni riqueza!
¡No hay codicia ni placer!

 

No quisiera tener que morir.
¡No quiero esa condena!

 

¡Ahhh!
Y no quiero que olviden,
que los brazos serviles
que cargan el féretro:
¡Pronto serán cargados!

 

Pues, al fin y al cabo,
los humanos no son más
que un montón de Carroña,
que caminan lánguidamente
hacía la Nada de sus pasiones,
de sus encantos.

 

La caja de madera
está siendo lijada
en algún tallercito
de mala muerte.

 

El turno, lo tenemos
reservado
desde el momento
en que nuestros
ojos se jactaron
de luz
por vez primera.

 

Después de esta catarsis de versos, de nostalgias y de un sabor espeso en la boca, cayó en la cuenta de que los carabinieri, lo estaban espantando peor que a un perro. Le advertían de que debía emigrar hacia las faldas de las montañas, donde no ahuyentara a nadie. Pensó en volver a casa, pero el mar era inmenso, sentía miedo. No estaba dispuesto a perder sus apuntes nuevamente, labrados a punta de servilletas y de periódicos a medio usar. «Ya había perdido la vida» en el naufragio que eran sus notas. Alguna vez soñó con ser el primer Nobel que ganaría un habitante de la calle marroquí.

Se había acostumbrado a leer con la luz del día, que era su única esperanza. Encontró dentro de los basurales una novela antigua de una escritora reconocida: Frankenstein de Mary Godwin Wollstonecraft Shelley, siempre había querido leerla, pero era consciente de que muchos lectores como él tienen una lista de libros y de almas que esperan ser abiertas, y comprendió que la relación sujetos-libros era inquebrantable, insobornable. Se daba cuenta de que su vida no valía ni siquiera un cuarto de lira, de no ser por las letras. Por vez primera se tomó en serio la idea del suicidio

¿Qué sentido tenía la vida de nuestro personaje, si a la luz del mundo era un inmigrante mal oliente que hostigaba solo con su fétida presencia? ¿Quién iba a pensar que, días más tarde, Mohamed se sentiría plenamente identificado con la creación del científico, Víctor Frankenstein? ¿Cuál era el sentido de sus días si se tenía en cuenta que hasta la literatura le taladraba el espíritu desde adentro y lo hacía retorcerse? No le quedó más remedio que maldecir. Su gritó quebró la tarde, la fracturó.

Días después de aquella desastrosa jornada y a orillas de la isla, decidió clavar sus ojos de ciruela en la novela. Releía cuando el Monstruo se quejaba de que le hubiesen traído al mundo sin pedirlo, y se le hacía imposible no recapitular aquellos versos que le leyó su adorable «Lobo» en alguna mágica clase, dichos sonetos tomaron casita en su memoria, los recitó con parsimonia moviendo los labios para afilar las ondas del viento: Yo la adoro. La adoro sin medida, con un amor como ninguno, grande: grande a pesar de que me dio la vida. Mohamed, concordaba sin objeciones con aquellas líneas que le terminaban de quebrar el corazón de cáscara que tenía. Amaba a su mamá con un amor desbordado, pero jamás pudo perdonarle la «canallada» de haberlo traído al fango de la existencia.

Él no había pedido nacer y, sin embargo, llevaba a cuestas su soledad. La poesía tampoco le ayudaba mucho, más bien, desde lo hondo, desde lo desconocido, desde lo poético, le manifestaba imágenes diáfanas de cómo acabar de una vez por todas con esos insectos a los que la comunidad científica osó llamar humanidad.

¡Qué van a ser estos cerdos: ¡figlio di puttana, umanità! Se dio cuenta de que ya pensaba en italiano, pero no se sintió orgulloso. Nada de eso. No quería colonizarse más. En el fondo sabía que odiaba a las personas, sobre todo a los occidentales: ¡Cerdos blancos de cabellos fósforos! ¿Qué se creen?

Mohamed se mordía los labios. Vociferaba, pero, cuando creyó que nada podría empeorar, se dio cuenta de soslayo cómo algunos Cerdos blancos maltrataban a los animales de un parque de árboles azules. Nunca estuvo más seguro de querer acabar con todos. «Figlios di puttana, dejen en paz a los animales», iba a decirles, pero sintió miedo, temor, era un inmigrante, además sucio, si los Cerdos lo golpeasen con una fuerza desmesurada, entonces, no tendría cómo «cuadrar las cuentas después»…

Caminando por las arenas comprendió que Castel era su «héroe». Raskolnikov «un dios» y Meursault un «mártir». ¿Qué lugar ocuparía él? Dichas afirmaciones y cuestionamientos rondaban su cabeza.

Ahorró dinero durante días de mendigar o de amenazar a los ciudadanos con una navaja de color terracota. La mayor parte de las noches, robaba a las familias que, asustadas, entregaban cuanta lira hallaran en sus bolsillos. Assad, realizó la combinación más peligrosa y genuina: ratero-existencialista ¡Qué dualismo más sui géneris!

Como pudo, se hizo con un arma corta, casi una hechiza, su economía no le daba para adquirir esas pistolas que cargaba The godfather. Emitió su furia al aire. Su canto se perdió. Los demás habitantes de la calle, se preguntaban quedamente: «por qué il signore delle mosche estaría tan enfadado», tan cambiado de semblante por aquellos días.

Al mismo tiempo, y sin meditar en ello, Mohamed empujó y encaró a dos grandototes que, no prorrumpieron reclamo alguno. Sabían que andaba armado. Luego de unos minutos se sentó en el mar y terminó ávidamente la novela de sus pasiones, quería ver cuál era el destino inexorable de su «monstruo».

* * *

Francesco Coppola, curiosamente, y a la hora en que Mohamed se sentaba a «sufrir» su lectura, justamente, en ese momento, y sin saber de aquella curiosa sincronía que deja el placebo que es el tiempo, se sentaba en un sillón de cuerina a degustar la novela de Sábato. Estaba entretenido, lejos del mundo, lloraba de a ratos, se tomaba la cabeza cada vez que se repensaba cómo carajos podía existir un personaje tan despreciable como Juan Pablo Castel. Horrorizado por el final, pero en el fondo conmovido, pensó que había comprendido la advertencia de Julito: —Es pura candela, maestro.

Decidió parar de leer durante una semana, para guardarle «luto» a María. A decir verdad, los lectores empedernidos sufren mucho con el devenir de los personajes. Él lo vivía en carne propia, lo sentía. Era su realidad. Las personas que «viven» del arte están condenadas a los recovecos de la nostalgia. Las palabras son implacables con los «leprosos literarios», meditaba, pensando en el cuadro: La maternidad.

Donia. La dulce Donia, lo despertó una mañana en la que «Ra» les otorgó un sol de naranja, donde los pájaros susurraban alegremente la llegada triunfal del verano. La noticia que portaba era maravillosa; —Amor, empaca las maletas, en los próximos días nos vamos de viaje para San Petersburgo a pasar las Noches blancas.

«Copito» como le decía de cariño su esposa, estaba absorto ante aquella sentencia: era un sueño. Era un tejido onírico. Hace un mes exactamente había leído la novela de Fédor que, curiosamente hacía hincapié en aquella asombrosa ciudad: Parecía demasiado feliz.

Luego de la noticia, Francesco besó a su esposa enérgicamente. Prometió inmediatamente salir a comprar una Bottiglia di Champagne, dado que celebrarían la vida, luego, cuando los niños se durmiesen, harían el amor como en un campo Aqueo. Tendrían su apogeo en la cama, el uno sobreviviendo al otro en un mar de pasiones que los conduciría al fervoro bosque. Se pertenecerían. Sin saberlo, Donia sería la «Andrómaca» contemporánea.

Copito, tomó el llavero con el escudo del equipo de sus amores: Los Neroazzurri. Se despidió con caricias y con manos cosechadas en el aire, Donia, estaba sorprendida, nunca lo había visto, ni sentido tan «feliz». Abrió la puerta.

Al salir sus ojos fueron invadidos por un rojo escarlata, ante él estaba un sujeto barbado con un libro en la mano que, por obviedades, el señor Coppola conocía profundamente. En la otra mano y de soslayo vio algo metálico con forma de revólver. Se le pasó toda la vida por la mente, los momentos más amargos y los más dulces. No percibió el estallido, no sabía que había llegado el momento de trascender a otra dimensión.

Al escuchar el bombazo. El corazón de Donia se paralizó. Corrió sin pensar en las consecuencias. Lo primero que presenció fue a un sujeto mal vestido que sonreía. Vio cómo levantaba las manos, parecía indefenso. La esposa del recién muerto vio también cuando el sujeto dejó caer tibiamente el libro de Mary Shelley sobre la cabeza ensangrentada del amor de su vida. La sangre chisporroteó las hojas de la novela. (Parecía como si recobrara vida las acciones del Monstruo en contra de los familiares y los amigos de Víctor). Los tenues instantes se reproducían como una película inverosímil, difícil de creer, de asimilar. La crueldad del ser humano en su apogeo.

Los carabinieri, que no demoraron en llegar al sitio de los hechos, lo apresaron reduciéndolo al suelo. El criminal no sostuvo ninguna resistencia. Se dejó caer fácilmente. Una mueca disfrazaba su sonrisa.

Nota final:

Relatan los diarios informativos más sensacionalistas que, el pasado 23 de febrero, un joven llamado: Mohamed Assad, inmigrante marroquí, dio muerte de un balazo certero en la cabeza a un distinguido empleado del banco Nazionale del Lavoro.

Luego de algunos años de investigación por parte de las autoridades, se encontró una extraña y curiosa «relación literaria» entre el verdugo y la víctima. Se llegó a la conclusión de que habían leído particularmente casi las mismas novelas, amaban la poesía y la escribían. El uno en servilletas, y el otro en diarios ocultos que fueron hallados por su esposa en un baúl de antaño.

En una cosa diferían los individuos: en el diario de Mohamed se decía que el sentido de la vida estribaba en liberar al mundo de la «plaga más putrefacta». Mientras que, en los papeles de Francesco, se encontró una carta con las siguientes inscripciones:

«El sentido de la vida ha de estar mejor orientado en la enseñanza de la literatura como una cura para las almas que deambulaban tristemente por los senderos de la vida, hay que contagiar a los hombres de «lepra».

Luego de dormir en la playa y de finalizar la novela, Mohamed Assad, se levantó maltrecho, resentido, desdeñoso y decidió que esa mañana de sol mataría al primer hombre que viese salir de casa y que pareciera: «demasiado feliz», comentó el periódico.

 

FIN…
(Suacha, 29 de marzo de 2020, en mi cuarto, como siempre, y agradeciendo a la pandemia que me permitió terminar este cuentico).

 


 

Jonathan Caicedo Girón

Jonathan Caicedo Girón (1989). Es un profesor suachuno de literatura en UNIMINUTO y en la Universidad Santo Tomás, (CAU) Facatativá. Magíster en Estudios Literarios y Licenciado en Humanidades. Autor del poemario: Mediaciones de la locura (2020). Ha publicado algunos poemas y cuentos en revistas colombianas y latinoamericanas. En la actualidad trabaja en la escritura de su primer libro de narraciones: Las cosas buscan su acomodo, que verá la luz a finales del presente año. .

Contactar con el autor:
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Ilustración relato: Fotografía por myrfa / Pixabay [public domain].

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Revista Almiar • n.º 110 • mayo-junio de 2020MARGEN CERO

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