relato por
Javier Garrido

 

I

 

E

n la casa hay gente nueva. El escritorio de caoba ha desaparecido y la pared del fondo ha sido repintada tras recibir una conveniente mano de yeso para disimular los estragos que dejó aquella bala calibre 38. El mobiliario es ahora plástico y funcional, sin asomo de  cuero o madera, y desfigura hasta la saciedad aquello que en vida había conocido. Ignoro cuantos meses o años han pasado. Por mi condición de muerto nadie me presta atención: a lo más, la vieja que hace la limpieza finge asustarse cuando me sospecha en el contraluz de la tarde.

Salgo a la calle por la puerta de la cocina, decepcionado, sintiéndome intruso o ladrón en el que fuera mi propio hogar. Son las cinco y media en el tiempo de los vivos y a esa hora circulan por aquí muy pocos peatones. Me reúno con dos o tres sombras que deambulan sin rumbo fijo y caminamos sin hablarnos hasta que la noche nos desvanece y nos reduce a pasos inofensivos y secretos. Somos nada o menos que nada. A pesar de eso, el hábito me hace esquivar a un perro lazarillo que conduce presurosamente a su amo invidente. Algo murmura el ciego, que quizás ha llegado a presentirme (pero eso es imposible). No puedo estar triste, pienso, porque estoy muerto, pero eso no me impide algún resabio de melancolía sorda y exasperada. De pronto me encuentro otra vez solo (los otros deben haberse borrado), y llego a una avenida ancha y ruidosa y atestada de vehículos y semáforos y luces de neón y caminantes apresurados. La cruzo sin mirar, sin preocuparme de los rostros ansiosos y descompuestos que espían desde esas jaulas de vidrio y metal y que no me sospechan.

Prefiero dejar atrás el caos reptante de automóviles y busco las callejuelas menos transitadas.

En el círculo de luz que dibuja en el pavimento un bombillo del alumbrado se apiñan varios espectros. Nunca he comprendido qué ganamos estando juntos, pero algo hay que termina por hacernos gregarios, aun cuando solo sea para permanecer en silencio. Por lo visto, ocurre en todas partes igual, desde México hasta la Cochinchina, desde Madagascar hasta Knivskjelodden. Tres de esas sombras fueron hombres y las otras dos, mujeres. Reconozco a uno que en otro tiempo fue sacerdote y que aún husmea por los atrios de las iglesias. Evito unirme a ellos sin ninguna razón particular.

¿Es ya medianoche? El tiempo es caprichoso cuando se está muerto.

Sigo hasta una plaza solitaria, en la que una estatua bañada de excremento de paloma inmortaliza a un héroe tremebundo en el acto de blandir la espada y gritar alguna de esas frases gigantescas y apócrifas celebradas por los historiadores imparciales. A no dudarlo, el héroe también ha de andar por ahí, convertido en un evanescente fantasma no diferente de muchos otros y acaso hasta olvidado de quien fue. Allí, en la oscuridad casi completa (no hay alumbrado en esa plazoleta perdida) me siento a descansar. Casi no me molestan la podredumbre del aire, el olor a orines viejos ni los ronquidos del indigente que duerme enroscado en el otro banco. De pronto, oigo que mi nombre, por primera vez en mucho tiempo (ya casi lo había olvidado); en voz alta e inequívoca oigo que me llaman. Me vuelvo sorprendido y tropiezo con unos ojos duros y lacrimosos en un rostro que me resulta muy vagamente familiar. Al final reconozco a Hagen, lo reconozco blandamente, sin ira ni lástima, como si lo ocurrido le hubiera sucedido a otros.

Caminamos por entre los árboles legañosos y sombríos, por entre los arbustos sin podar y el pasto asilvestrado. En el otro extremo de la plaza algún borracho rompe a cantar desatinos con voz desgarrada por el alcohol y quizás también por alguna nostalgia. De las casas al otro lado de la calle le respondieron una luz encendida y una injuria.

 

II

 

Amanecía entre la hojarasca y los periódicos viejos y el olor a flores podridas. Un cementerio es esencialmente un lugar de nostalgias y por eso los muertos no los visitan nunca. El viento y el rastrillar de hojas secas que algún obrero ejercía sin fervor eran los únicos ruidos que nos acompañaban. Hagen, mi amigo, se había pegado un tiro en la cabeza más o menos dos años después de mi muerte, de que me hubiera asesinado; se dice que por una mujer, se dice que por remordimiento, se dice que por cierto cuantioso desfalco descubierto por puro azar unos días antes. Lo cierto es que no disfrutó por demasiado tiempo de su laboriosa impunidad. Ahora estaba sepultado en un moderno nicho de hormigón, hacia el lado sur, como correspondía a sus ideas avanzadas y a su sentido práctico; a decir verdad, me extrañó que no lo hubiera cremado. A mí, en cambio, me habían depositado en una tumba convencional en la parte este, con losa y lápida. Frente a ella estábamos ahora. La inscripción ya era borrosa, menos por el tiempo que por la suciedad; un puñado de pétalos marchitos flotando en un cuenco de agua pútrida hirviente de larvas dejaba claro que hacía mucho que nadie se acercaba por allí. Esto me dolió un poco, más por vanidad que por otra cosa.

Hablamos largo rato, pero soslayando lo que en verdad interesaba. Hubo luego un silencio, que duró hasta que mi propia voz me sorprendió:

—Dilo de una vez: ¿Por qué me mataste? ¿Fue solo por ella?

No me respondió enseguida: sonrió a medias y pareció reflexionar. Sospecho que en realidad, por primera vez, no tenía qué decir.

Al final, contestó:

—La verdad, no recuerdo si realmente te maté, o si fuiste tú. Al fin y al cabo, ¿es que hay alguna diferencia? En cuanto al motivo, son solo cosas que pasan.

—A lo mejor algún día acabaremos por entenderlo.

—Exacto.

Y callamos para siempre. Entonces nos separamos y nos perdimos, y fuimos disolviéndonos como agua en el agua.

 


 

Javier Garrido. Nacido en Caracas en 1964. Médico graduado en la UCV. Pediatra e Intensivista Pediatra.
1989: Primer Premio del II Concurso de Narrativa «Miguel de Unamuno» del ICIV. Cuento: Máscaras.
1989: II Premio del VIII Concurso de Cuentos «Lola de Fuenmayor». Cuento Problema digestivo.
1990: II Premio del IX Concurso de Cuentos «Lola de Fuenmayor». Cuento Lectura interrumpida.
1990: Primer Premio, mención Narrativa, en el Primer Concurso Literario «Simón Bolívar» (Juan Griego). Libro de cuentos Viernes.
1991: Primer Premio, mención Narrativa, en el Concurso Literario de FONDENE (Nueva Esparta). Libro de cuentos: La muñeca descalza.
1992: Ganador en Mención Narrativa del Concurso Municipal de Literatura de la Alcaldía de Porlamar. Libro de cuentos: Invitación a la danza.
2017- Mención en el II Concurso de Cuentos «Salvador Garmendia».

Publicaciones:

Viernes (cuentos). Porlamar, 1992.
La muñeca descalza (cuentos). Porlamar, 1993.
Abbadón y otros cuentos siniestros. Amazon, 2018

Web del autor:
https://esoslibrosqueheleido.blogspot.com

Ilustración: Fotografía por StockSnap / Pixabay  [public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) • n.º 106 • septiembre-octubre de 2019

 

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