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Posted on 09/11/2018

Irónica leyenda de Viernes Santo

Irónica leyenda de Viernes Santo

relato por
Luis G. Bejarano

 

«…El médico me dijo que mis quejas por constante debilidad y las punzadas que sentía en los brazos y el costado eran injustificadas, y que más bien tuviese a mano un par de aspirinas y un antiácido para el estómago. Meses después me sacaron varios exámenes que no detectaron nada significativo y más fueron las preguntas de los médicos sobre mi historia clínica, que las respuestas que yo quería oír. También querían saber si existía tradición de hipocondría en mi familia, pero no pude pensar en nada específico, y ya después de tantas preguntas y pérdida de tiempo todo me daba igual…».

En lo que realmente se interesaba Simón Eckermann era en descifrar la ciencia de los sueños, las regresiones y la reencarnación. Buscaba explicaciones que demostrasen que no solamente soñamos cuando dormimos sino que la realidad que vivimos todos los días al abrir los ojos es otra forma de soñar. Creía que los sueños no tenían significados como todo el mundo pensaba, sino que eran avisos premonitorios que nos alertaban sobre sucesos atemporales que nos marcan irremediablemente. Ni los psicólogos mejor versados ni las investigaciones científicas modernas convencían a Simón por completo; debía haber algo más tangible que lo convenciese definitivamente. —Lo que vemos es sólo un reflejo de la realidad, es como la imagen en el espejo que varía según la luz, pero no somos nosotros mismos —discutía siempre con sus colegas universitarios. Determinar dónde está la realidad verdadera y si es que realmente vivimos nuestra vida o la de otros antes de nosotros, se había convertido más que en su obsesión académica en su propio destino.

«…Debe ser Viernes Santo porque oigo los cantos de las procesiones que pasan por la calle. No sé por qué me han traído a este cuarto tan pequeño, oscuro y húmedo, y por qué me han dejado solo; hace frío y no veo a mi madre, ¡tengo hambre!.. Puedo ver hombres con túnicas y capuchones de monjes que rezan, pero no veo sus caras ni entiendo qué pasa… Ya están abriendo la puerta, siento que no me puedo mover del miedo… Después veo que me llevan cargado por un pasillo oscuro y llegamos hasta la puerta de un gran salón, pero de repente las imágenes se esfuman…».

Estas visiones se repiten constantemente en sus sueños, sin embargo, no logra ver lo que sucede después. Por unos meses Simón continuó pensando en el sentido de sus sueños, preguntándose si no serían éstos visiones atemporales de su vida. Un domingo en la misa, justo en el momento de la elevación y cuando el sacerdote bebía el vino, cerró los ojos y nuevamente vio imágenes borrosas que asoció con el misterio de la comunión. De repente se apretó fuertemente su costado derecho. En sueños posteriores Simón creyó también advertir una atmósfera de monasterios medievales, y así decidió investigar sobre la historia de la religión medieval española. Rastreando sus sueños, se dedicó a leer sobre los ritos de la Semana Santa y las leyendas recogidas después en tratados de los siglos XVI y XVII. Sus insaciables investigaciones lo llevaron a diferentes monasterios y archivos públicos de incontables pueblos, procurando acceso a los documentos procesados por la Inquisición española en Portugal. En una enorme sala de lectura de la Biblioteca municipal de Setúbal y mientras trataba de desenredar la caligrafía de tratados escritos entre 1546 y 1652 —que recogen la tradición consignada siglos atrás con supuestas evidencias jurídicas para promover procesos inquisitorios contra falsos conversos— Simón sintió que la curiosidad le hervía en las venas.

«…Todo parece más claro ahora, sé que estoy en un gran salón y veo rayos de luz colarse por las rendijas de las ventanas, apesta a incienso, hace mucho más frío ahora que me han quitado la ropa y me han puesto una pañoleta brillante en la cintura. Puedo ver cómo me paran sobre una mesa, grito desesperadamente, pero me meten algo humeante en la boca y por más que trato no me puedo mover. Uno de ellos, con un velón, se aproxima a los demás trayendo unos clavos inmensos y después de hablar entre sí me sujetan fuertemente, extendiéndome los brazos. No puedo resistir el dolor y me siento desangrar…».

Sobre una mesa de la biblioteca de Setúbal y salpicado de sangre, el deleznable manuscrito objeto de su curiosidad, contenía un relato enviado al Santo Oficio, en lo que parecía ser la descripción de un rito sacrificial. En el folio que dejó abierto Simón al desangrarse se podía leer con cierta claridad: …con gran secreto trajeron al niño cristiano de tres años, le sujetaron los brazos y con unas agujas largas le atravesaron el cuerpo por diferentes partes hacia el corazón, trajeron manzanas y avellanas, las mezclaron con su sangre y de aquella confección horrible comieron todos

 


 

Luis G. Bejarano. Profesor colombiano, titular de español y educación de lenguas modernas en la Universidad de Valdosta State en Georgia, Estados Unidos. Recibió su maestría en lingüística de la Universidad de Georgia, y su doctorado en literatura y educación en la Universidad de Oklahoma. Sus publicaciones incluyen un libro de literatura comparada del modernismo hispanoamericano y el simbolismo francés, y artículos sobre literatura latinoamericana y el siglo de oro español. Asimismo, ha publicado estudios comparados sobre educación de lenguas extranjeras en Estados Unidos y España. Sus intereses también incluyen la escritura de relatos y poemas, así como el dibujo, la pintura y la escultura.

Contactar con el autor: lgbejara [at] valdosta.edu

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Ilustración: Fotografía por Pedro M. Martínez ©.

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Revista Almiar · n.º 101 · noviembre-diciembre de 2018 · MARGEN CERO™

 

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