reportaje por Jesús Greus

 

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e gusta visitar, cuando tengo ocasión, las residencias de escritores. Suelen guardar una impronta muy definida. Por ejemplo, la sencilla vivienda payesa de Robert Graves, situada en el monte próximo al pueblo de Deià, en Mallorca, resulta hospitalaria y afable. Carente de lujos, invita a sentarse a leer en rincones, a reflexionar en el reducido despacho rodeado de libros, a soñar en su modesto jardín bajo los imponentes picos de la Sierra de Tramuntana y asomado al mar por el lado de poniente. Una amiga mía que lo visitó de niña en compañía de su padre, al preguntar al poeta por qué ya nunca salía de allí, aquel respondió: «Porque estoy arraigado a esta tierra como las raíces de estos viejos olivos».

Otra conmovedora vivienda es Malagar, la casa de campo heredada de su madre por François Mauriac en el valle del Garona, no muy lejos de su Burdeos natal. Dominada por un torreón central, con dos cuerpos laterales cuya fachada está cubierta de hiedra, es una casa amplia sin resultar ostentosa. No es ningún despampanante chateau, pero sí una casa campestre con encanto. Los suelos, de parqué encerado, crujen al pisarlos. Dominan los dormitorios grandes armarios de madera antigua. Impresiona contemplar la butaca donde solía sentarse el premio Nobel para leer la prensa y tomar notas a mano, o la cocina adonde le gustaba asomarse para destapar el pot-au-feu y deleitarse en sus aromas.¡Hay tanto en sus escalofriantes novelas inspirado por ese enrarecido ambiente pequeño burgués, católico y campagnard! Hace pensar en los Frontenac, en Nudo de Víboras, en la turbadora soledad de Thérèse Desqueyroux. Me llevaron a visitarla los fundadores de una asociación literaria bordelesa, Le monde autor du Livre, por la que fui invitado en varias ocasiones a impartir conferencias. Recuerdo que recorrí la vivienda una soleada y tibia mañana otoñal. Después me guiaron al pabellón anexo que hoy custodia originales, cartas y documentos personales de Mauriac, donde me dejaron solo para que ojeara a mis anchas cartas y artículos suyos acerca de la Guerra Civil española. Fue un deleite solitario aquel de sostener entre mis manos cartas suyas manuscritas, protegidas por una funda de plástico.

Despacho en la vivienda payesa de Robert Graves, situada en el monte próximo al pueblo de Deià, en Mallorca (España)

La casa de la poeta Dulce María Loynaz en La Habana, incautada a su muerte por el gobierno revolucionario y convertida en centro cultural, es una típica casona de estilo colonial de El Vedado, el barrio más bello de la ciudad, aparte de Miramar. Situada en la confluencia de las calles 19 y E, es una casa soberbia, de dos pisos, con porches sostenidos por columnas jónicas y circundada por un jardín de plantas tropicales y fuente cantarina. En su interior, suelos de mármol blanco, salones de aparato con sillerías francesas, aparadores de caoba, estatuas y bustos, tibores chinos, una colección de abanicos, un tapiz quizá gobelino, una capilla. Conduce al piso superior una elegante escalinata con vidriera en el descansillo, imprescindible ornamento en las casas acomodadas cubanas. En esta casa vivió Loynaz su soledad durante la larga ausencia de su marido canario, que solo regresó para morir junto a ella. Entre sus muros, Loynaz se retiró del mundo, de la vida social e intelectual, pero el destino, siempre caprichoso, la alzó a la fama internacional a sus noventa años con la concesión del Premio Cervantes. Presa en esta casa, escribió Dulce María aquel verso: Quién pudiera como el río, ser fugitivo y eterno.

Nada que ver con ésta es la modesta casa de Lezama Lima en la calle Trocadero, en Centro Habana, próxima al elegante Paseo del Prado. Es un piso bajo y angosto, que apenas consta de unos pocos cuartitos agobiantes, poco luminosos, repletos de libros y de bonitas pinturas de sus amigos artistas. Su despacho lo preside un sencillo escritorio de madera pintado de amarillo. En la parte trasera de la vivienda se accede a un sucinto y triste patiecillo. La casa guarda un ambiente enrarecido, detenido en el tiempo: ecos de sabrosas tertulias de intelectuales y de artistas. La voz de su amigo Lorca, con su acento granadino, permanece ahí atrapada junto a la de Alejo Carpentier o a la de un joven Cortázar. Me llevó a la casa, hace años, un amigo intelectual de la ciudad, me presentó al joven y encantador director de ese minúsculo museo dedicado a la memoria del autor del plúmbeo Paradiso, y nos sentamos un rato de charla. Fue un delicioso momento de encanto añejo, como trasladarse a otra Habana hoy consumida.

Por quedarnos en la isla caribeña, un último ejemplo de casa con embrujo es Finca Vigía, la vivienda de Hemingway en San Miguel del Padrón, a las afueras de La Habana. Situada sobre un altozano desde el que se contempla, a lo lejos, la capital, la circunda una extensa parcela a la que da sombra una exuberante arboleda tropical. Repleta de balcones y de puertas acristaladas en sus cuatro costados, es una casa invadida de luz, abierta al jardín, al sol, al clima del trópico. Como en todas sus residencias, la huella del escritor está bien presente en cada rincón: armas y botas de caza, animales disecados, cuernas y pieles de antílopes ponen un inevitable ambiente africano; el toque español lo aportan carteles de toros y la sillería castellana del comedor; su labor cotidiana se respira en dos despachos, con sendas máquinas de escribir, aparte de montones de libros y de discos por todas partes. No pretende ser una casa suntuosa. Es, más bien, la entrañable vivienda de un aventurero. Puesto que quedó casi tal y como estaba cuando él la abandonó —exceptuando lo poco que más tarde pudo sacar su viuda de extranjis—, en todo momento tiene uno la impresión de que están a punto de entrar los anfitriones por una puerta cualquiera. Y le viene a uno a la cabeza esa frase del autor: «Escribir no tiene nada de especial. Todo lo que haces es sentarte ante la máquina de escribir y sangrar».

 


 

Jesús Greus

Jesús Greus. Nacido en Madrid, es escritor, licenciado en lengua inglesa por el Institute of Linguists de Londres. Ha sido colaborador de los diarios ABC, El Día del Mundo, Diario 16 de Baleares, Libération du Maroc, de la revista digital española Narrativas y, actualmente, de la inglesa LSD Magazine. Ha trabajado como traductor para diversas editoriales españolas. Como conferenciante, ha sido invitado por el Institut du Monde Arabe en París; la Universidad de la Sorbona; la fundación Le Monde autour du Livre, en Burdeos; el Centro de Estudios Luso-Árabes de Silves, Portugal; la Fundación Arte y Cultura de Madrid; la Universidad de Marrakech, etc.
Ha sido gestor cultural del Instituto Cervantes de Marrakech, ciudad donde reside actualmente. Es, asimismo, autor de los guiones cinematográficos Snapshots from Marrakech y The City of Flowers, ambos en proceso de preproducción. Es autor de:
Ziryab (Editorial Swan 1988). Novela ambientada en Córdoba en el s. IX. Éditions Phébus, Francia 1993. Editorial Entrelibros, 2006.
Junto al mar amargo, Hakeldama Editor, 1992. Novela.
Así vivían en Al-Andalus, Ediciones Anaya, 1988. 13 reimpresiones. Nueva edición revisada bajo el título Así vivieron en Al-Andalus, Anaya 2009.
Claro de luna. Obra poética.
De soledades y desiertos, Ediciones La Avispa, 2001. Teatro.
Laberinto de aljarafes. Editorial Sirpus, 2008. Relatos.
Rebuscar entre las nubes. Anécdotas, tormentos y manías de los grandes escritores. Ensayo. Huerga & Fierro, mayo 2015.
Aquella noche en el mar de las Indias. Novela. Editorial Stella Maris. Mayo 2015.


Web del autor: Espejismos (https://librocircular.wordpress.com/)

👁‍🗨 Leer otros textos de este autor (en Almiar):
Los jimaguas (cuento cubano)¿Personajes o fantasmas? ⋅ Pasmosa historia de un galeno en Baracoa

Ilustraciones artículo: (portada) Salón de Finca Vigía, fotografía por Jesús Greus © ▫ (en el texto) Estudio del escritor Robert Graves, Retogenes, CC BY-SA 4.0 , via Wikimedia Commons

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 118 · septiembre-octubre de 2021

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