relato por
Manuel Moreno Bellosillo

 

L

a veía a todas horas en la televisión. En los programas matinales, en los de sobremesa y en los de madrugada. Me recordaba tanto a mí.  Y es que era como yo, pero con más coraje. Tendría unos 50 años, pero se conservaba mejor que yo; nada más que acababa de empezar su calvario. Tenía un acento de clase alta, se notaba que era rica, aunque cuando salía en televisión vestía con discreción. Ella haría cualquier cosa para que encontraran al asesino de su hija, cualquier cosa. No se resignó cuando la policía fue descartando uno a uno a los sospechosos e iba a cerrar la investigación por falta de pruebas. Acudió a los medios de comunicación, no le importó exhibir su insondable dolor a cambio de que el expediente no se archivara ni se cubriera de polvo y acabara enmoheciéndose en un archivo de los juzgados. La televisión quería carnaza y ella estaba dispuesta a dársela si aquello obligaba a la policía judicial a seguir investigando. Y tenía carnaza a paladas. Exponía el informe del forense con enfermizo detalle, el crimen narrado cuchillada a cuchillada, y eso vendía, suscitaba morboso interés y el interés generaba audiencia; y si había audiencia, te invitaban a todos los programas.

Pero, aunque las diligencias policiales siguieran abiertas, no se descubriría nada, ninguna línea de investigación que seguir, ninguna prueba nueva que investigar, ningún testigo que diera un giro imprevisto a la instrucción. Los programas pronto se cansarían de ella, la sustituirían por otro crimen más atroz, por una víctima aún más inocente; la televisión necesita sangre fresca. Y cuando la dejaran de llamar, la policía judicial archivaría definitivamente el caso y ella se hundiría. Se hundirá en un abismo de dolor todavía más negro y profundo. Se hundirá en una depresión que ningún fármaco puede aliviar. La obsesión y el sufrimiento la consumirán y ya no habrá para ella un solo momento de tregua. Un día, si vivía en un piso suficientemente alto, abriría una ventana y, sin pensárselo demasiado, saltaría por ella. Quizá un segundo antes de estrellarse contra el asfalto se sintiera en paz.

No me fue fácil contactar con ella y concertar una cita. Llamaba todos los días a la línea de teléfono abierta para que posibles testigos pudieran aportar datos sobre el crimen o indicios que sirvieran para identificar al asesino. Hasta que no les confié que yo era la madre de una chica que también había sido violada y asesinada, no me dieron el acceso a ella. Nos citamos en su casa, un chalé en una urbanización de lujo cerca de la ciudad. Al vernos, instintivamente nos abrazamos y rompimos a llorar, pero si mi llanto era rancio y amargo, el suyo era candente y desgarrado. No sé cuánto estuvimos abrazadas, llorando las dos. Estuvimos tanto tiempo que acabamos riendo, pero una risa entre lágrimas, hueca y quebrada por el dolor.

—Hace ahora seis años, dos meses y once días que asesinaron a mi hija. Desde ese día no he tenido un solo momento de sosiego, ni un solo instante mi mente ha dejado de pensar en ello, de tenerla presente —le dije.

Me había conducido por los largos pasillos de su suntuosa casa hasta una especie de salón de té bien iluminado y sobriamente decorado. Nos sentamos en sendas butacas, una al lado de la otra, tan cerca que podíamos cogernos de las manos.

—Sé lo que estás sufriendo. Reconozco tu sufrimiento en el mío y sé que es devastador —dije.

—No me deja vivir.

—Lo sé, y es un dolor que con el paso del tiempo ni desaparece ni se aplaca. Se vuelve más profundo, más negro, más lacerante.

—Si supiera quién lo hizo, si al menos encontraran al asesino y se hiciera justicia. Eso me haría sentir mejor.

—Eso te haría sentir mejor…

—Sí, me abrasa saber que la bestia salvaje que lo hizo sigue libre. Que el que la violó, torturó y asesinó no va a pagar por sus crímenes. Quiero que lo atrapen, que lo condenen y que se pudra en la cárcel.

—A mi hija la raptaron, la violaron y finalmente la asesinaron golpeando una piedra de 5 kilos contra su cabeza hasta que le hicieron trizas el cráneo y su masa cerebral se escurrió por sus oídos. El que lo hizo sigue libre.

—¡Dios mío!

—Sé bien lo que sientes, créeme.

—La policía lo está investigado, no puedo decir lo contrario, pero parecen tan impotentes… tan impotentes como yo.

—¡Ellos no saben cómo es el sufrimiento de una madre!

—No lo saben, es mejor que no lo sepan. Si no, no podrían vivir.

—En dos años archivaron mi caso. El cadáver de mi hija había estado todo el tiempo en el depósito de cadáveres. En una nevera, con sus heridas abiertas y su cabeza destrozada.

—Pobre niña.

—Entonces me dejaron incinerarla. Durante esos dos años había dejado el trabajo y me había separado de mi marido.

—Pobre, pobre…

—Ese día reservé una suite de lujo en un hotel y me traje la urna. En una coctelera mezclé un bote entero de benzodiazepinas, dos partes de tequila, una parte de limón y un pellizco de las cenizas de mi hija.

—Dios.

—Había leído que un roquero se había esnifado las cenizas de su padre. Yo podría muy bien beberme las cenizas de mi hija. De mí había salido y a mí volvería.

— No sigas, por favor.

—Algo falló. Dos días después, una asistenta del hotel desatendió el cartel de no molestar y me encontró tirada a un lado de la cama y cubierta de vómitos.

—Gracias a Dios.

—Gracias a Dios… Me hicieron un lavado de estómago y cuando me dieron el alta me internaron en un centro psiquiátrico. Pasé allí encerrada un par de meses, tan atiborrada de pastillas que apenas recuerdo nada. Cuando me dejaron marchar, me recetaron un severo régimen a base de citalopram, fluoxetina, paroxetina, amitriptilina, bupropión…

—Los conozco, ahora somos íntimos.

—Poco después de salir del centro empecé a tener sueños extraños.

—Claro, la medicación.

—Eso pensé yo. Lo consulté con mi psiquiatra, pero no era ningún efecto secundario reconocido de los fármacos. Eran sueños extraños.

—¿Pesadillas?

—No, al principio no. Eran solo sueños extraños, extraños.

—¿Qué quieres decir con extraños?

—Eran extraños a mí, como si no fueran mis sueños, como si estuviera soñando sueños de otro. Incluso a veces, despierta, me descubría en un ensueño o en un recuerdo que sentía que no era mío propio.

—No te puedo entender.

—Tampoco yo lo entendía. Después empezaron las pesadillas. Entonces empecé a sospecharlo…

—¿Qué pesadillas?

—Pesadillas horribles. Llenas de sangre y agonía.

—¿Soñabas con el asesinato de tu hija?

—Sí, exactamente, cada noche.

—¡Dios mío!

—El asesinato de mi hija recreado en mis sueños como una película, pero una película subjetiva, grabada desde los ojos de la víctima. Por supuesto, la intensidad del sueño me hacía despertar en mitad de la noche y ya no podía dormir.

—¡Qué horror de pesadilla!

—No lo estás entendiendo. A mí también me costó entenderlo. El sueño era demasiado nítido, demasiado secuencial, demasiado real para ser una pesadilla. No era un sueño, era un recuerdo.

—¿Un recuerdo?

—Sí, un recuerdo. Un recuerdo de mi hija, el último que guardó su memoria, el último que se almacenaría en sus neuronas antes de que la asesinaran. Un recuerdo terrible que nunca debió tener, pero que resulta imposible de olvidar y que debió grabarse traumáticamente en cada célula de su cuerpo.

—¿Cómo puede ser?

—No lo sé, bueno, no lo supe hasta más tarde. El nombre científico es la teoría del código molecular de la memoria. En los años sesenta unos científicos americanos experimentaron con unos gusanos llamados planarias. Unas sabandijas aplanadas de unos dos centímetros, nauseabundas y habitualmente carnívoras. Los científicos descubrieron accidentalmente que los conocimientos adquiridos por los gusanos eran transmitidos a sus congéneres cuando los devoraban. El experimento consistía en enseñar a algunos a recorrer un laberinto y con esos gusanos enseñados hacían papilla para alimentar a otros congéneres, los cuales adquirían esa habilidad espontáneamente a través de la ingestión y no del aprendizaje. Del experimento concluyeron que la memoria era una cuestión química, no eléctrica, que se transfería mediante mediadores químicos.

—No entiendo lo que me quieres decir.

—De alguna manera, cuando ingerí las cenizas de mi hija se transfirieron sus recuerdos a mi memoria, al menos algunos de ellos, especialmente aquellos últimos que por su carácter traumático se debieron grabar en su ADN con especial intensidad. Su memoria y la mía se mezclaron.

Nuestras manos que habían estado entrelazadas durante toda la confesión se separaron.

—El dolor nos hace delirar y puede terminar por enloquecernos —dijo ella—. Pero debemos mantener la lucidez y no perder la cabeza.

—Sé que no resulta fácil de creer.

—Es una paranoia creada por el dolor, amiga mía, consúltalo con tu psiquiatra, él te podrá ayudar.

—Yo he visto la cara del asesino de mi hija.

—¿Y quién es?

—No sé quién es, pero he visto su rostro, lo reconocería entre un millón si lo viera, pero no era nadie cercano a mi hija.

—Lo que dices es un desvarío.

—Pero en tu caso pudiera ser distinto, la mayoría de estos crímenes los cometen personas del círculo de la víctima.

—Yo no te puedo ayudar…

—¡Yo a ti sí!

—No, creo que no puedes, al contrario, me estás haciendo más daño.

—Confía en mí.

—Has sufrido demasiado, seguramente más de lo que un ser humano puede soportar.

—No es eso, de verdad, no estoy loca.

—No, no lo estás, solo has sufrido demasiado. Ahora quiero que te vayas y, por favor, no vuelvas a llamar.

—No lo haré si tú no quieres, pero te dejaré mi número de teléfono por si tú quieres llamarme —anoté, apresuradamente, mis datos en un trozo de papel que saqué del bolso.

Ella tomó el papel y lo arrugó en su mano.

—Por favor, márchate.

 

Fue cuestión de semanas que se cometiera un crimen aún más horrible y que las televisiones la sustituyeran por una nueva víctima. Su caso fue perdiendo interés en la audiencia hasta que dejaron de llamarla de los programas. Poco después, el procedimiento se sobreseyó por falta de un sospechoso y la policía archivó el caso. Lo sentía por ella porque sabía lo que ahora le sobrevendría.

Una noche como otras tantas de insomnio el timbre del teléfono me sobresaltó. Miré el reloj, eran las doce y media.

—¿Diga?

Como nadie respondía, insistí. De alguna manera sabía que era ella la que estaba al otro lado de la línea.

—¿Diga? ¿Hay alguien? ¡¿Diga?!

—He estado investigando —contestó finalmente la voz de ella—. Su tesis no se sostiene. Es una pamplina, una superchería. Hace años fue reprobada por la comunidad científica. No hay ningún científico serio que la sostenga actualmente.

—Es usted.

—Además, cuando un cuerpo se incinera no deja ningún resto biológico. En las cenizas no queda ni rastro de ADN. Su teoría no solo es falsa, sino que ni siquiera cumple sus presupuestos.

—Ya veo. Entonces no me cree…

—No, no la creo, pienso que usted está loca, pero no me queda nada más. No tengo ninguna otra opción.

—¿Qué quiere decir?

—Quiero decir que, entre la desolación y la locura, elijo la locura.

—Creo que ahora la entiendo.

—¿Cuándo podría volver a visitarme?

—Cuando usted quiera.

—Entonces venga mañana, a la hora del té.

—¿Sobre las cinco?

—A las cinco lo tendré todo preparado. Buenas noches.

Y colgó.

 

Me recibió en el mismo saloncito que la otra vez. Nos sentamos en las mismas butacas, pero en esta ocasión entre ambas había una mesita con un juego de té. La tetera de porcelana humeaba por la boquilla.

—¿Le gusta el té?

Me seguía tratando de usted, marcando la distancia entre las dos.

—No especialmente.

—Puedo pedir que le traigan café, si lo prefiere.

—No se moleste, el té servirá.

—Muy bien ¿Cuántas cucharadas quiere?

—No, gracias, lo tomo sin azúcar.

—No es azúcar.

—Ah, entiendo, entiendo, creo que una cucharada bastará.

—¿Rasa o colmada?

—Rasa.

Sirvió el té y añadió una cucharada colmada de uno de los recipientes. Le dio varias vueltas con la cucharilla y me lo ofreció.

—Está caliente. Espere un poco a que se enfríe. Supongo que será mejor que se lo tome todo de un trago. Por el sabor, le digo.

—Sí, mejor esperaré a que se enfríe un poco.

Dejé de nuevo la taza en el plato y volví a agitarlo con la cucharilla cuidando de no derramar nada. Durante un rato ninguna de las dos hablamos y solo se oía el tintineo de la cucharilla de plata en la taza de porcelana.

—Ignoro cual será la posología correcta para estos casos ¿Cree usted que una sola cucharada diluida será suficiente?

—No lo sé, supongo que sí.

—No creo en la homeopatía. Tendría que venir usted con un prospecto.

—Esto no es una broma, no para mí.

—¿Cree usted que para mí lo es?

—No, imagino que no.

—Por favor, pruebe a ver si se ha enfriado.

Probé el té y como no lo sentí muy caliente, me lo bebí todo de un trago. Sabía a cenizas y me entró una arcada, pero conseguí controlarla y mantuve el líquido en mi estómago.

—¿Está usted bien?

—Sabe a rayos.

— Me imagino ¿Qué va a suceder ahora?

—Hay que esperar.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé exactamente, unos días, unas semanas… no más.

— ¿Entonces qué?

—Empezaré a tener recuerdos y sueños extraños.

—¿Y verá al asesino de mi hija en sus sueños?

—Si funciona, lo veré. Veré su rostro como ella lo vio. Lo veré mientras me apuñala una y otra vez. Sentiré las cuchilladas en mi cuerpo, cómo el filo atraviesa mi carne y lacera mis órganos, cómo mi sangre brota de mis heridas y mis venas se vacían. Sentiré su agonía como ella la sintió.

—Lo siento, lo siento mucho.

—Espero que lo sienta porque esos recuerdos ya no desaparecerán y deberé cargar con ellos toda la vida como ahora cargo con los de mi propia hija.

—De veras que lo siento.

—No estoy loca. Lo hago para que usted no sufra lo que yo estoy sufriendo.

—Lo sé, lo sé.

—¡No, no lo sabe!

Se quedó unos instantes callada, mirándome fijamente con los ojos acuosos como si fuera a llorar.

—¿Cómo lo reconocerá? ¿Quiere que le enseñe alguna foto de la gente de su entorno?

—No, no quiero saber nada ni ver a nadie. No quiero estar condicionada. Si viera cualquier foto no sabría distinguir sus recuerdos de los míos. Es necesario que no vea ni sepa nada.

—Lo entiendo.

—Es mejor que me vaya. La llamaré cuando ocurra. No me llame usted, yo la llamaré.

—De acuerdo, esperaré su llamada.

Al despedirnos quiso abrazarme, pero no la dejé. Llamó a un taxi y cuando volvía a mi casa todavía notaba en mi boca el sabor amargo de las cenizas.

 

Pasados unos días solamente, empecé a «reconocer» recuerdos que no eran los míos (ni tampoco los de mi hija). Gente extraña que no conocía y lugares en los que nunca había estado. Resultaba difícil gestionar recuerdos de tres personas distintas, debía dominarme si no quería enloquecer. Por las noches soñaba con el crimen, pero el rostro del asesino se me escapaba. La violencia de la lucha hacía que me despertara en medio del sueño y no distinguía o no podía recordar los rasgos de su asesino. Tomar pastillas para dormir no servía porque al día siguiente no me acordaba del sueño. Tuve que aprender una especie de técnica de consciencia sobre la inconsciencia que consistía en reconocerme soñando y obligarme a no despertar a pesar de lo violento o agónico del sueño. Una mañana por fin me desperté con el nítido recuerdo de la cara del asesino, con sus rasgos tan grabados en mi memoria que lo hubiera reconocido sin ningún esfuerzo entre la multitud. Esa mañana me miré al espejo y me costó reconocerme. En las pocas semanas que duró el proceso había envejecido 10 años, mi pelo había encanecido casi totalmente y tenía los ojos hundidos. Y aunque ese envejecimiento acelerado contribuía, no era esa la causa de que no me reconociera frente al espejo, todos los recuerdos ajenos que se mezclaban y se confundían con los míos hacían que mi identidad se estuviera difuminando, desdibujándose poco a poco.

 

—Soy yo —me dije frente al espejo—, soy yo, tengo que luchar por seguir siendo yo.

Me cité con la madre de la chica ese mismo día. Me envió un taxi a recogerme y me llevó hasta la misma casa suntuosa.

—No hay nadie en casa —me dijo nada más abrirme la puerta—. He dado el día libre al servicio. Estamos solas.

De nuevo fuimos al mismo saloncito y nos sentamos en las mismas butacas. En vez del juego de té había un mueble bar con docenas de botellas de distintos licores. Ella se había servido una copa con un contenido ambarino y tenía un cigarrillo encendido entre los dedos.

—Había dejado de fumar hace quince años, pero lo he retomado. Ahora fumo tres cajetillas. Estoy recuperando el tiempo perdido.

—Es comprensible. Yo nunca fumé.

—¿Quieres algo de beber?

Había retomado de nuevo el tuteo, deshaciendo la distancia.

—Lo mismo que tú.

—Es coñac.

—Coñac está bien.

—Bueno, qué me puedes contar.

—Se defendió, luchó como una leona, en ningún momento se rindió.

—Esa es mi niña…

Empezó a llorar calladamente, sin pucheros ni ahogos. Lagrimas que brotaban de sus ojos sin parar como de un surtidor y corrían por sus mejillas dejando un reguero húmedo hasta la comisura de su boca.

—Puedes estar orgullosa.

—Lo estoy. Siempre lo estuve.

—Enseguida empezaron los sueños, pero tardé semanas en recordar su rostro.

—¿Lo has visto?

—Lo he visto.

—¿Lo podrías reconocer?

—Lo podría reconocer si lo viera.

— He traído álbumes de fotos y tengo las fotos de su móvil en un disco duro. Son cientos, miles.

— Creo que deberíamos empezar por las más recientes.

Encendió el ordenador y empezó a pasar fotos de una en una. Al principio iba identificando a cada persona que aparecía: su novio, su mejor amiga, sus compañeras de universidad, sus primas, sus amigas de la playa… Luego la gente se iba repitiendo y no necesitaban ser identificadas. Revisadas cientos de fotos del disco duro, casi siempre con las mismas personas, empezamos con los álbumes. Los íbamos amontonando a un lado a medida que los terminábamos de revisar y poco a poco fueron formando una columna. Casi se había acabado la botella de coñac y el cenicero estaba repleto de colillas cuando por las ventanas empezaba a oscurecer. Iba pasando las páginas de cartón de unos de los álbumes y me pareció advertir un rostro conocido. La detuve y me fijé detenidamente en sus rasgos.

—Creo que es él.

—¿Seguro?

—Creo que sí, pero ha cambiado mucho: tiene menos pelo y más kilos.

—Sí, sí, es él. Tuvo una alopecia precoz y engordó bastante.

—¿Quién es?

—Es un exnovio.

—¿De hace mucho tiempo?

—Bastante, pero sé que seguía llamándola y de vez en cuando se veían.

—¿Pudo ser él?

—Sí, es él, es él.

—Pero ha pasado mucho tiempo.

—Cinco años. Era posesivo y controlador, muy celoso. Ella lo dejó, yo la animé a hacerlo porque no estaba a su altura. Al parecer, él se deprimió y tuvo que ir al psicólogo. Sabía que era muy poca cosa para ella y que nunca iba a encontrar nada igual. No creas que era una cuestión de clasismo, ella una mariposa y él un gusano. Ella le seguía viendo de cuando en cuando porque le daba pena, pero yo siempre desconfié: no me gusta la gente débil, siempre están intentando que te compadezcas de ellos y que los quieras por pena.

—Ese perfil puede encajar.

—Es él, seguro, tú misma le has reconocido: él es el asesino.

De repente tuve un momento de aprensión viendo a esa mujer fumar compulsivamente su cigarrillo, con los ojos fijos en nada y mascullando palabras entre dientes. Había pensado que estaba loca hasta el mismo instante en que le señalé al asesino y ahora de repente creía en mí como una fanática.

—¿Qué vas a hacer?

—No lo sé, no lo sé, ahora no lo sé. Llamaré a mi abogado, él sabrá qué hacer.

—Necesitarás pruebas.

—Sí, sí, lo hablaré con mi abogado. Ahora es mejor que te marches, lo entiendes ¿verdad? Necesito estar sola.

Tenía mucha prisa de que me fuera. Llamó por teléfono a un taxi y me acompañó a la puerta.

—No tomes ninguna decisión precipitada —le dije cuando me despedía.

—No, descuida, cuando hable con mi abogado te llamaré.

 

Pero no me llamó. Pasaron los días y luego las semanas sin recibir ninguna llamada. Yo sí la llamé a ella, pero no atendía mis llamadas ni respondía los mensajes. Un día, hojeando el periódico, reconocí la foto del chico en las páginas de sucesos. Habían encontrado su cadáver en la cuneta de una carretera secundaria después de varios días desaparecido. Su cuerpo tenía marcas de abusos y torturas. Volví a llamarla arrebatada por la furia e inesperadamente en esta ocasión sí me cogió.

—¿Diga? —contestó con naturalidad.

—¿Qué has hecho? Sé que has sido tú, tú lo mataste.

—Espera un minuto, aquí hay mucha gente y no te oigo bien.

Oí pasos que se alejaban del rumor y finalmente una puerta cerrándose.

—Sí, yo lo maté. Bueno, como puedes imaginar, no lo hice con mis propias manos, pero pagué mucho dinero para que alguien lo hiciera. Y no me arrepiento, al contrario, lo volvería hacer.

—Eres una asesina.

—Si soy una asesina, tú eres la instigadora.

—Yo, yo…, solo trataba de ayudarte a encontrar el asesino. Deberías haber ido a la policía.

—¿Y qué les iba a decir? ¿Qué una loca había reconocido en sueños al asesino? ¿Piensas que iban a reabrir el caso por eso?

—Podías haber recabado más pruebas a través de detectives privados para que el juez ordenara nuevas diligencias.

—¿Y qué hubiera conseguido? En el mejor caso veinte años de condena, que se hubieran reducido a quince por buen comportamiento ¡quince años de prisión por haber torturado, violado y matado a mi hija! Eso no es justicia. Mi hija se merecía justicia de verdad, y yo se la he dado.

—¿Y si él no fuera el asesino?

—¡Lo era, tú lo reconociste entre cientos de fotografías!

—Puede que me equivocara, solo por eso deberías haber acudido a la policía.

—No, sabes que no, era él. Tú lo descubriste. Tienes un don, un sexto sentido.

—¡Pero tú pensabas que era una superchería!

—No sé qué es exactamente… Quizá las cenizas conserven restos de ADN después de todo o que funcione como un placebo para ti. El caso es que lo reconociste entre miles de fotos y entre cientos de rostros, aunque él había cambiado mucho en estos años. Tienes un don.

—¡No es un don, es una maldición!

—No, no, no… es un regalo, una bendición, una gracia.

—Tú no sabes la pesadilla que es…

—Yo te ayudaré, déjame ayudarte.

—No puedes ayudarme, nadie puede.

—¿Tú sabes la cantidad de asesinatos que quedan sin resolver? ¿Cuántos asesinos impunes? Feroces bestias sueltas, depredadores buscando víctimas inocentes. Docenas de familias a las que podrías ayudar.

—¡No, no lo haré nunca más!

—No puedes negarte, sabes que no puedes, es tu responsabilidad, tu gran responsabilidad. Podríamos empezar por el asesino de tu hija…

— ¿El asesino de mi hija?

—¿No quieres encontrar al asesino de tu hija?

—Sí…, sí que quiero.

—¿No quieres que se le haga justicia? Conozco gente que podría encontrarlo a través de un retrato robot y ajusticiarlo si se le paga para ello, y a mí no me falta el dinero.

—Eso no es justicia.

—¿No es justicia hacerle lo mismo que le hizo a tu hija? Tu hija era inocente, pero la violaron y después la asesinaron ¿Quieres que el asesino viva mientras tu hija está muerta? ¿No sería justo que él sufriera si ella sufrió? ¿No es más justo ejecutar a un criminal por lo que hizo a un inocente?

—No sería una ejecución, sería un asesinato.

—Tú eres el instrumento de la justicia y yo seré su brazo ejecutor.

— No trates de manipularme, no contribuiré a ningún asesinato más.

—Sé que es difícil de asumir, pero, según como yo lo veo, no tienes otra opción ¿Cómo te sentirás si un día atrapan al asesino de tu hija y fuera responsable de otros crímenes? Crímenes que tú podrías haber evitado…

—¡No me manipules!

—No es manipulación, es la verdad. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Serías responsable de cada uno de los crímenes, de los asesinatos, de las violaciones que pudieras haber evitado.

—No, no…

—Sé que es difícil de asumir, pero es así. Piénsalo, debes pensarlo. Yo aguardaré a que te decidas, pero quieras o no, tú eres el instrumento de la justicia, no otro, solo tú, tú has sido la elegida, y por alguna razón debe de ser. Piénsalo, solo piénsalo.

Dudé unos segundos.

—¿Lo pensarás?

—Lo pensaré.

—Sé que tomarás la decisión correcta —dijo y colgó.

«El instrumento de la justicia», había dicho. Tal vez tuviera razón. Pero es fácil manipular a las personas si sabes tocar las teclas correctas, sobre todo si están heridas. Ahora ella había vengado a su hija y al fin se sentía mejor. Se creía la ejecutora de los criminales, la defensora de los inocentes, la espada vengadora, la guardiana de los niños perdidos. Sangre inocente lavando sangre inocente. Qué más da, alguien tenía que pagarlo, alguien siempre tiene que pagar, una gran expiación necesita un gran sacrificio. Yo en verdad soy el instrumento de la justicia.

 


 

 Manuel Moreno Bellosillo. Nacido en Madrid en 1973. Estudió Humanidades en la Universidad Autónoma de dicha ciudad. Tiene un puñado de poemas y cuentos dispersos en diversas publicaciones. Del género mixto negro esperpéntico y ciencia ficción ha publicado en Internet, bajo el seudónimo de Horacio Hellpop, una novela titulada El Hombre orquesta sobre un mundo preapocalíptico como el actual. De ciencia ficción ha publicado en la antología Visiones 2012 un cuento titulado La sonrisa de Mickey Mouse y en la antología Distopía de Cryptshow el titulado Moonwalkers, así como varios otros cuentos y numerosos microrrelatos.

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Revista Almiar (Margen Cero) • n.º 118 • septiembre-octubre de 2021 🛠 PmmC

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