relato por
Hugo Argüelles

 

M

e fijé en el tipo desde que llegué y elegí una tumbona sobre la que desplegar la toalla. Me llamó la atención lo suficiente como para tenerlo controlado desde una prudente distancia. Se notaba que era distinto y esta cualidad tenía un componente atractivo pero algo en su actitud anunciaba un desequilibrio peligroso. Era un hombre delgado con el pelo negro y la barba encanecida. A pesar de mis primeras sensaciones él estaba tranquilo leyendo un libro de tapas negras. Cada pocos segundos levantaba la vista de la página y se quedaba observando a alguien de una manera tan directa que sobrepasaba las convenciones sociales que nacieron para que tengamos la fiesta en paz. Tenía ganas de seguir sus movimientos sin que pudiera sorprenderme ya que me aterraba esta posibilidad. Abrí las páginas del periódico y fingí leer.

 

La piscina pertenecía a un club deportivo de tenis inaugurado en los primeros años ochenta. Me gustaba su aire decadente por haber conocido tiempos mejores en los que sólo la alta burguesía podía ser miembro del club. En los días a los que me refiero cualquiera podía pagar las cuotas y hacer uso de unas instalaciones en continua remodelación, donde las grietas se abrían paso a través de las paredes de los vestuarios y del gimnasio. Solía acudir por las mañanas en días laborables con la esperanza de encontrar la menor cantidad de gente posible. Muchos socios se conocían y se saludaban preguntándose por las respectivas familias. Por mi parte iba a lo mío, siempre solo y silencioso. Iba allí sólo para nadar. Nadaba hasta que conseguía no pensar en nada. Con las primeras brazadas mi pensamiento estaba enmarañado por los problemas más acuciantes. Después de varios largos especulaba acerca del futuro e imaginaba estrategias encaminadas a ajustar la realidad a mis deseos. No paraba de nadar hasta que la piel se arrugaba y sólo me concentraba en la respiración, ya convertido en un sistema mecánico. Cuando terminaba me daba una ducha evitando las conversaciones del vestuario, pero me resultaba imposible no enterarme de frases sueltas por aquí y allá. Hombres jóvenes y viejos que hablaban de deporte, de trabajos y dieta sana.

 

Llegó un padre con dos niños y se sentó entre el tipo y una tumbona libre. Era un hombre apuesto. De esos que uno mira con cierta envidia, imaginando lo atractiva que será su mujer. Quizás fuese un bombero porque tenía buen físico. Últimamente los hombres que vivían a mi alrededor eran bomberos, una estadística curiosa para la que no encontraba explicación o un significado oculto. Ni siquiera vivía cerca de un parque de bomberos pero los encontraba por todas partes. El bombero estaba embadurnando a sus hijos con protección solar. Lo hacía meticulosamente, con criterio y determinación. No como lo haría yo. Ambos niños eran rubios y tenían la piel muy blanca. Estaban tranquilos. No hablaban entre ellos ni se mostraban impacientes por entrar en el agua. Eran unos adorables niños anestesiados. Cuando el padre terminó de extender la crema cogieron las gafas de buceo y fueron en orden y calma hacia la piscina. Entonces me di cuenta de que el tipo miraba fijamente al bombero que no se daba cuenta de nada mientras ordenaba los materiales náuticos que sacó de las bolsas de deporte.

La mirada del tipo a quien vigilaba discretamente estaba llena de descaro y mantenía los ojos teatralmente abiertos. Vi cómo comenzaba a hablar en susurros hasta que abrió las piernas para incorporarse. Cuando se levantó sin dejar de mirar al bombero, pensé: ya está, se va a liar. Estaba lo suficientemente cerca de ambos como para escuchar lo que decían. El tipo nervioso se puso al lado del bombero y le sonrió educadamente:

—Francisco Saura, ¿eres tú? Mira donde nos hemos ido a encontrar. Ah, no nos conocemos personalmente pero te sigo en las redes sociales.

El bombero estaba perplejo y respondió con un aire de incomodidad: Yo no… El tipo siguió a lo suyo.

—Soy Fulgencio Fuertes.

Como el otro callara le aclaró:

—El escritor. Tu compañero de editorial. De catálogo editorial.

—Mira, creo que me confundes con otra persona No me llamo Francisco y no estoy en ninguna editorial.

El tipo nervioso se puso serio. Toda su cordialidad se había ido al garete. Miró hacia el agua de la piscina con inmensa tristeza.

—¿Son tus hijos? ¿Tienes dos? Yo no he tenido hijos.

—Oye, creo que sería mejor que…

—No he tenido hijos porque he dedicado mi vida a la literatura. He gastado cada hora de mi tiempo en escribir mejor. La literatura no es ningún juego. Para mí no lo es. Para otros quizás sí. Puede que para otros no sea más que un juego, un hobby, un negocio o un trampolín de vanidad. No sé, puede haber muchos motivos. Para mí sólo hay uno: entregarle mi vida a la escritura. Convertirme en pura prosa. Para ti ya sé que no es así.

Los dos hombres estaban de pie en bañador. El bombero era acusadamente más alto que el escritor. Por detrás de la piscina cantaban las cigarras. El escritor comenzó a hablar con un tono de voz elevado. Empecé a temerme lo peor. Por ejemplo que le soltara una hostia. El bombero mantenía la compostura pero se había puesto colorado y miraba alrededor buscando ayuda y controlando que los niños seguían divirtiéndose en la piscina. Cuando miró hacia donde yo estaba bajé la mirada interesándome en el periódico. Conmigo que no contara.

—Para ti la escritura es marketing. Eso se nota. Has debido pasar más tiempo elucubrando qué producto podría tener una buena salida, imaginando campañas publicitarias que sentado en una mesa con unas hojas y un bolígrafo delante dispuesto a crear narrativa. Como compañero de editorial, y perdona que sea tan sincero, debo decirte que tu libro carece de cualquier atisbo de talento. No digo que esté mal escrito o que no tenga interés lo que cuentas en él. No se trata de eso. El talento es una cuestión de personalidad, valentía e ingenio. Lo que tú escribes lo han escrito otros antes. Ya estaba escrito, ¿lo entiendes? Y probablemente mejor escrito. Y sé que eres consciente de lo que te estoy diciendo. Por eso en las entrevistas que te hacen repites con insistencia quienes son tus referentes y esa falta de identidad propia me provoca vergüenza ajena, ¿sabes? Porque estás diciéndonos a todos, públicamente, a quien has tratado de copiar. Tu prosa no tiene vida. Es patente que no has vivido las historias que narras. ¿Acaso has tenido que robar o asesinar para poder seguir adelante? Por favor. Todo el mundo sabe que te ganas la vida como profesor. Tu libro me recuerda a esos que escriben los ordenadores. Está hecho a golpe de algoritmo. Coges una plantilla e introduces las palabras en el orden correcto. Una porquería. Una puta mierda de basura.

Percibí cierto temblor corporal en el bombero. Dio un paso adelante y bajó la cabeza para decirle al escritor cerca de su cara: No te acerques a mí o tendremos problemas. Ahora me voy con mis hijos.

El escritor esbozó una sonrisita sardónica y se apartó para dejarle paso. Una vez que lo hubo dejado atrás le espetó: No te lo tomes así, Francisco. ¿Estás escribiendo algo nuevo? Eh Francisco, ¿en qué andas metido? Pasó a mi lado camino de su tumbona y sumergí la cabeza dentro del periódico. Aquel hombre irradiaba destrucción y violencia.

 

Se estaba acercando la hora de la comida y los muchachos de la escuela de verano ya habían terminado su almuerzo. Era el indeseable momento en que hordas de chiquillos preadolescentes se tiraban en tromba al agua rasgando la tranquilidad con sus excitados alaridos. Aproveché para subir al bar y tomarme una cerveza acompañada de unos cacahuetes fritos. Me senté en una mesa apartada cercana a la barandilla para desde allí poder contemplar el atestado maremágnum acuático. Aquel día toda mi atención era para una sola persona. Le vi tumbado tomando el sol. Aparentaba estar relajado después de haber mantenido su particular conversación. Localicé al bombero que jugaba dentro del agua con sus hijos. Todo había vuelto a la normalidad.

Me pregunté si sería cierto lo que el hombre había contado. Si sería un escritor incluido en el catálogo de una editorial. De lo que no albergaba ninguna duda era de que no estaba en su sano juicio. Su comportamiento era agresivo e iba contra todas las normas sociales de convivencia. Debía ser un neurótico de armas tomar que expulsaba su mierda sin ningún filtro a cualquiera que tuviese la desgracia de cruzarse en su camino. ¿Sería consciente de que el hombre a quien se había dirigido no era Francisco Saura o era una simple excusa y no le importaba de quién se tratase?  Porque en el primer caso, si creía que el hombre era quien no era, el escritor estaba gravemente enfermo. En el segundo caso también, pero además era un hijo de puta. Si era realmente un escritor, ¿qué clase de escritor sería? Nunca me lo había planteado hasta entonces pero por debajo de la estela de los escritores conocidos debían existir millares de escritores a los que debían leer unas pocas personas. Incluso debían existir escritores a los que sólo leerían la familia y los amigos. Me imaginé a un escritor que tras publicar un libro hubiese logrado no ser leído por nadie. ¿Y qué era un escritor a quien nadie leía? La imagen me pareció enternecedoramente triste, amén de ridícula y absurda. ¿Qué puede sentir alguien cuyo trabajo no tiene absolutamente ninguna repercusión, fuere del tipo que fuere? Sólo se me ocurría la palabra absurdidad. ¿Cuánto tiempo podría vivir una persona en semejante situación? Forzosamente llegaría un momento en que recapacitase y abandonase una actividad para la que no estaba destinada. Creí entender que alguien sintiese el impulso de escribir para plasmar ideas, pensamientos y sentimientos, pero esto lo puede hacer uno para sí mismo sin tener la necesidad de que otros lean lo que ha escrito. Sin duda había un elemento de narcisismo en el hecho de que alguien pretendiese que otros leyeran lo que inventaba. Aunque mi opinión es que si alguien escribe muy bien debe ser leído por los demás. Su arte debe ser obligadamente distribuido por el bien de la sociedad. Sólo los escritores malos tienen derecho al anonimato. O así debería ser.

El escritor que hablaba solo estaba de pie junto al borde de la más grande de las dos piscinas que había. Estaba mirando con su particular y amenazante fijeza hacia el grupo de la escuela de verano. Supe que estaba buscando a una nueva víctima. Me terminé la cerveza corriendo y bajé las escaleras a toda prisa para no perderme nada. Por disimular y porque hacía calor me metí en el agua a dar unas brazadas sin perderlo de vista. En ese momento el hombre se metió en el agua, descendiendo lentamente por la escalerilla. Cuando estuvo al lado del grupo de adolescentes me coloqué estratégicamente cerca, apoyando los brazos en posición relajada por fuera del agua. Mi nuca reposaba en el borde calizo de la piscina fingiendo abandono, mas me encontraba concentrado para no perder ninguna palabra de la conversación que presentía se iba a desarrollar enseguida.

—Ricardito, Ricardito.

Así inició su monólogo, dirigiéndose al chaval que estaba a su lado, en la parte más esquinada del grupo de muchachos, y que puso cara de asustado al comprender que aquel señor a quien el agua le llegaba a la altura de la cadera le estaba llamando de esa manera a él.

—Todavía me mondo al recordarlo tantos años después. La profesora de inglés que te pregunta el nombre y tú respondes con total seriedad: Richard. Carcajada general de toda la clase. Te pusiste colorado y con cara de tierra trágame. Pero la tierra no te tragó a ti, Ricardo. Fue ella quien impactó contra el suelo al tirarse por el Viaducto. Quizás por venganza hacías bromas sobre su muerte unas horas después, cuando todo el alumnado se concentró en las puertas del centro como acto de duelo. Habrá caído como en los dibujos del Coyote, repetías eufórico y sin parar a quien quisiera escucharte porque no te importaban los demás ni siquiera el día en que elegían suicidarse. A esa edad todos somos egoístas, Ricardito, pero tú lo eras un poco más que el resto. Siempre querías competir, barrer a los rivales y por encima de todo destacar, que todos te viéramos por encima de nuestras cabezas.

A esa altura del relato los amigos del chico interpelado habían ido abandonando discretamente el agua. El joven, que tenía una destacada nariz de aguilucho, tuvo demasiada timidez o cortesía para dejar con la palabra en la boca al señor que le estaba contando una historia. A él sus padres le habían dicho que cuando una persona mayor se dirigiese a él, debía escucharla callado hasta que terminase.

—Ricardito, te perdí de vista por poco tiempo. Después del instituto te volví a encontrar en la universidad donde seguías sacando esos sobresalientes que tan orgulloso enseñabas a los compañeros. Te acercaste fingiendo que te interesaba recuperar la vieja camaradería pero no podías ignorar cuánto te despreciaba. Lo hiciste con un plan entre manos, hacerte primero con el grupo de amigos que tenía y con la chica que era mi novia después. Has sido una presencia enemiga constante en mi vida, Ricardito. Recuerdo el día en que mi abuela agonizaba en un hospital y regresaba a casa destrozado y cuando salí del garaje sólo podía encontrarte a ti, Ricardito. A ti que habías decidido frecuentar mi barrio. Me encontraba tan dolido que lloré delante de ti que no fuiste capaz ni de darme un abrazo. Porque lo tuyo era destacar, como lo hacía tu gran napia, y no te importaba nada el dolor de los demás.

El escritor agitaba con delicadeza el agua arrastrando los dedos por la superficie. El muchacho de nariz aguileña se había quedado solo y escuchaba mirando el fondo de la piscina con aire compungido. Alrededor todo era movimiento, juegos, voces, ilusión de verano y entusiasmo por la vida. Los tres alineados en paralelo componíamos la mínima cuota sombría del club. La historia parecía haber llegado a su final y nos quedamos en silencio, digiriendo las últimas palabras: no te importa el dolor de los demás.

Existe un consenso que define la empatía como la cualidad de sentir el dolor ajeno y esto es algo que nos acerca al lado más amable de lo humano. Sin embargo se habla demasiado de la empatía, como intentando forzar una predisposición hacia una capacidad que realmente no es tan generalizada entre los clanes que conforman la sociedad. Lo cierto, lo que no puede negarse, es que hay poca empatía en nuestras vidas y sí mucha agresividad. La mayoría de las personas somos como Ricardito. Pensamos en nuestros deseos por encima de todo. Ricardito era como cualquiera de nosotros pero con la nariz un poco más grande.

Cada uno se fue por su lado pero todos lo hicimos con aire luctuoso. El chico se arrimó al grupo de amigos que le estaba tomando el pelo. El escritor se perdió entre la muchedumbre de bañistas que llenaban la piscina a esa hora. Yo me puse a buscar una tumbona que estuviera disponible, una ardua tarea en la franja horaria en cuestión. Me eché protección solar y cerré los ojos. La última diatriba no había tenido el carácter resentido de la primera. Hasta el tono había sido otro, expresando tristeza porque las cosas no hubieran sido de otra manera. Me convencí de que el escritor no odiaba a Ricardito. Creo que comprendía sus defectos de juventud, comunes a casi todo el mundo. Interpretando los hechos, parecía que el destino se había empeñado en unir sus caminos con la voluntad de que forjaran una amistad pero los recelos y la envidia acabaron interponiéndose resultando la separación definitiva.

Lo mismo que ocurría siempre, también en la vida de los adultos. Somos tercos preponderando los sentimientos negativos y la inequívoca desconfianza que nos obliga a rechazar a la mayoría de congéneres. Esto mismo me ocurría en el club. Cada semana iba al gimnasio o a la piscina cubierta y había terminado por conocer de vista a todo el mundo pero no intercambié una palabra con nadie. Observé que a los demás les ocurría lo mismo. Las conversaciones se producían entre personas que se conocían previamente y que se habían dado cita allí o encontrado casualmente. Eran amistades de otros tiempos, de cuando nos abríamos al mundo y se creaban los primeros grupos que con esfuerzo llegarían más o menos lejos. A partir de cierto momento de la vida la puerta se cerraba y nos arropábamos al lado de los elegidos, despreciando o ignorando nuevas personas a las que conocer. En las contadas ocasiones en que iba al gimnasio escuchaba el ruido de las pesas al golpear contra el suelo. Allí estaban reunidos aquellos hombres y mujeres afanados en inflarse como globos, en lograr una musculatura tersa e indestructible, supongo que con la meta de sentirse poderosos y no tener miedo. Además estaba el pedaleo continuo de las bicicletas estáticas recorriendo kilómetros para no llegar a ninguna parte como una gruesa metáfora de la vida humana. Oía los gemidos del esfuerzo y las toses que interrumpían el ritmo de la respiración. El gimnasio era una sala donde cada individuo estaba encerrado dentro de su cuerpo. Cuántas veces soñaba con que las relaciones fuesen de otra manera. Cuando se formaba un grupo, de cualquier tipo y condición, deberían ser obligatorias unas jornadas intensivas con el único propósito de que se estableciesen unas pautas de acercamiento y conocimiento del otro. Sería algo forzado pero necesario. Practicar una convivencia, compartir la comida, tocar los cuerpos, expresar sin miedo los deseos y temores. Una vez finalizadas las sesiones de acoplamiento daría comienzo la actividad en cuestión y cada uno haría lo que quisiera pero ya no sería como siempre, uno contra el mundo.

 

La tarde veraniega trascurría plana y plena de calor denso. El cielo era azul y el fuego solar cubría todo. Los padres hablaban dando voces para superponerse al griterío de los niños que se zambullían en la piscina reiteradamente. Estaba recostado en la tumbona tratando de leer Ana Karenina. Me daba la impresión de que la traducción dejaba mucho que desear. Eso o que en la época de Tolstoi no hacían buenos trabajos editoriales. Alcé la vista y le encontré parado delante de mí. Me miraba. De alguna manera lo esperaba y me encontraba preparado.

—¿Pérez? ¿Pérez Elliot?

—Sí. Soy Pérez. Me acuerdo de ti.

Se sentó a los pies de la tumbona. Parecía resignado y cansado. Empezó a hablarme mirando a la piscina, como ya le había visto hacer con los otros, ofreciéndome su perfil. Tenía los pelos de la barba blancos y la morena frente arrugada. Luchaba contra la realidad como si lo que viese no se tratara de otra cosa que una convención artificiosa que no sólo nada tenía que ver con la verdad, sino que además no le gustaba.

—Me jodiste bien aunque no lo sepas. Nunca lo has podido imaginar pero con aquella intervención tuya en clase, cuando pusiste en solfa delante de todos la veracidad de los datos que estaba exponiendo, torciste mi destino de manera irremediable. Séptimo de E.G.B., Pérez. ¿Te das cuenta? Cómo podías ser tan hijoputa con doce años. Me preocupé de encontrar las dimensiones estándar de un campo de fútbol reglamentario buscándolo en la enciclopedia que tenían mis padres en casa. Y tú comenzaste a gesticular mientras hablaba, hasta que no pudiste contenerte y me interrumpiste diciendo que eso no era así, que me estaba equivocando, que los campos de fútbol eran más grandes. Les dijiste a todos que había hecho mal mi trabajo. Desde aquel día no he vuelto a tener confianza en mí mismo. Nunca más fui capaz de hablar en público. Recuerdo que cambié algunas asignaturas de la carrera en las que había que exponer trabajos por otras que sólo pedían memorizar y hacer un buen examen. Tuve entrevistas de trabajo desastrosas en las que abandoné a mitad del proceso porque me sentía incapacitado para enunciar delante de aquellas personas por qué debían contratarme. ¿Sabes por qué no podía explicarles cuáles eran mis aptitudes? Porque ya no creía tener ninguna desde que decidiste destrozar en público mi trabajo escolar sobre el deporte balompédico. Cuando me desenmascaraste delante de todos mostrándoles mi inutilidad. En eso me convertí. En un ignorante que trata de ocultar su ineptitud. Como no podía vivir engañando a los demás decidí que lo mejor que podía hacer era esconderme. Y eso te lo debo a ti. Me he informado, te he buscado en Internet y sé que eres un exitoso ejecutivo de Amadeus. Qué curioso, trabajas en la misma empresa en la que hizo carrera tu padre. Es lo que soléis hacer los pijos, ¿no?, seguir la estela del padre aprovechando sus recomendaciones. Puedo imaginar tu vida, Pérez. Mujer, hijos, chalet, coches, viajes, amantes, el trabajo por encima de todo. El sagrado trabajo que nos da de comer y nos completa con todas las preciosas cosas que podemos comprar. No está mal, pero reconoce que es muy previsible y a su manera rutinario. Mi vida ha sido más entretenida. Trabajos mediocres, temporalidad laboral, depresiones y alucinaciones. Vivo de alquiler y no tengo ahorros. Tengo historias extrañas con mujeres parecidas a mí, es decir, sin ninguna fuente de ingresos estable. Te cuento esto porque podría matarte aquí mismo. Hacerte pagar por tu maldad gratuita. Aunque sé que te educaron para sentirte por encima de los demás. Eras un niño, ¿qué podías hacer? Mis padres ganaban muchísimo menos dinero que los tuyos y yo preparé mi trabajo escolar con ilusión durante una tarde entera. Con la enciclopedia encima de la mesa. Letra F: FÚTBOL. Y tuviste que venir con tu prepotencia y cargártelo. 120 metros por 90 metros. Esas son las medidas de un campo de fútbol, Pérez. Quizás me estoy equivocando otra vez. No soy capaz de aprender, Pérez. En este club hay un campo de fútbol. Ahora nos vamos a dirigir precisamente allí. Tú y yo solos. Nos adentraremos en el campo de fútbol y terminaremos lo que tú empezaste tantos años atrás.

Sólo cuando dijo «atrás» volvió la cabeza y me miró. No sentía miedo sino lástima. Le respondí enseguida:

—De acuerdo. Vamos. Adelante.

Me imaginé que así habría podido hablar un hombre con atributos y sin miedo.

Le seguí dejando a nuestra espalda la piscina. Los dos íbamos en bañador y sin camiseta. Detrás se encontraba el campo de fútbol, desierto en esa hora de canícula. La escena me recordó a Jamón, jamón. Él se dirigió hacia el centro del campo y yo le seguí. Una vez allí nos colocamos frente a frente. Me lanzó un puñetazo en el estómago que casi me hizo perder el sentido. Quedé arqueado sintiendo un dolor que parecía recorrer interminablemente todos mis nervios. Él aprovechó para lanzarme un gancho en la cara, golpeando parte de mi nariz. Me sentí mareado y caí al suelo. Él me hablaba: Pérez, Pérez. No entendía que más decía. No podía abrir los ojos ni pensar. Era como estar muerto.

 

Cuando me desperté unos hombres me estaban atendiendo. Creo que fue el alcohol para las heridas lo que consiguió reanimarme. Me hablaban con cariño dándome ánimos. Me preguntaron qué había pasado. Noté que tenía un ojo cerrado y el cuerpo devastado como si un solo puñetazo hubiera derrumbado toda mi fortaleza física. Tanto entrenamiento y ejercicio y un par de hostias me habían dejado para el arrastre. Lo único que quería era volver a casa para contarle todo a mi mujer.

Estuve una semana en el hospital con las costillas rotas y el tabique nasal fracturado. Durante la convalecencia el club se puso en contacto conmigo por si tenía intención de denunciar al agresor. Algunos testigos habían reconocido a un hombre agitado que se había dedicado a importunar a los socios y al que vieron salir precipitadamente. Al parecer, cuando llegó a los tornos de la salida se acercó a la ventanilla de recepción y le dijo a la mujer que estaba allí: Por fin se ha hecho justicia.

No quise poner una denuncia. Estaba orgulloso de lo que había hecho. Si no había curado a un hombre al menos había iniciado el camino de su recuperación. Confiaba en que él se sintiera redimido por la afrenta de Pérez. Mis heridas terminarían sanando. Era un ateo que había sabido poner la otra mejilla y eso era algo que los católicos de misa y pandereta no solían hacer durante toda la vida, más que nada porque eran unos hipócritas egoístas. Los conocía muy bien. Los católicos, patriotas y biempensantes eran una mayoría social con la que tenía que convivir forzosamente. Además estaba su afán de dominación sobre las personas que simplemente razonábamos. Eran una grey que se aferraba a los símbolos porque creían que de esa manera podían disimular su brutalidad innata. Estaba contento por haber hecho lo que había hecho. Estaba contento porque sabía que había otros como yo en alguna parte.

 


 

Hugo Argüelles. Madrid (1978). Licenciado en Historia. Ha publicado los libros Cuentos grises (Boria Ediciones, 2017) y Colgado (Ed. Vivelibro, 2019).

ugoromero [at] yahoo.es

Ilustración: Fotografía por matthiasboeckel [Pixabay].

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) n.º 106 septiembre-octubre de 2019

 

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