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Posted on 06/09/2018

El hombre perfecto

El hombre perfecto

relato por Chita Espino Bravo

 

C

onocí a Jill en una fiesta que daban los empleados de Hewlett Packard en Barcelona durante un verano muy caluroso. Eran todos de San Diego, California, y Jill era altísima. Me parecieron gente estupenda y muy relajada. Jill medía casi dos metros de altura y su pie era el número 43. Me impresionaban sus pies porque yo a su lado parecía una niña. Era agradable, callada y parecía vivir en su propio mundo. Jill no trabajaba en Hewlett Packard, sino que se había venido con su amigo Dan a pasar un año en Barcelona. Su madre había muerto de un cáncer de mama hacía poco y para recuperarse se fue con Dan a conocer España y Barcelona. Era una chica tranquila, sin aspiraciones ni metas en la vida. Estaba atascada por la muerte de su madre y sólo quería olvidar y descansar en Barcelona.

Nos hicimos amigas enseguida. Nos divertíamos juntas con cosas muy sencillas, como ir a pasear por el paseo marítimo de Barcelona, o tomar café rico en el barrio gótico de la ciudad condal. Yo no tenía mucho dinero entonces y no me podía permitir gastar mucho cuando salía con ella, pero ella no me juzgaba y lo pasábamos bien haciendo cosas que no eran caras. Aprendí con ella lo que era window shopping, ir de compras y no comprar nada. Sólo mirábamos lo que nos gustaba y lo que nos compraríamos si tuviéramos dinero. Yo practicaba mi inglés con ella y ella intentaba hablar español lo mejor que podía. Algo muy gracioso que hacíamos mientras tomábamos café era jugar a los personajes de Disney, es decir, una decía: «Adivina qué personaje de Disney estoy viendo», e indicaba dónde estaba aproximadamente esa persona en la cafetería, sin decir el lugar exacto donde se encontraba. La otra tenía que ir mirando qué personaje podía ser, hasta que de repente lo veía claro. Un día vi al Rey León con toda su melena en una cafetería y Jill y yo nos moríamos de risa con este juego.

En diciembre, Jill volvió a San Diego para pasar las navidades con su familia. Volvió el quince de enero a Barcelona y nos fuimos a tomar café para contarnos las aventuras que nos habíamos perdido durante esas las vacaciones navideñas. Jill parecía cambiada. Estaba iluminada y relajada. Tenía siempre cierta expresión de tristeza y melancolía en los ojos y nunca comprendí por qué hasta que perdí a mi propia madre. Es uno de los golpes más duros que pasamos los humanos en la vida, perder a nuestra madre. Mis ojos tenían la misma expresión que los ojos de Jill cuando murió mi madre y la entendí perfectamente ese día. A la vuelta de sus vacaciones, sus ojos habían cambiado. Los tenía más alegres, risueños, los tenía vivos. Sus ojos eran grandes, de color miel y pegaban con su larga y lisa melena de color castaño claro. Le pregunté por su familia y me dijo que todos estaban bien en San Diego, pero que en el vuelo a EE.UU. había conocido a un chico estadounidense que la había dejado embrujada. No podía comer, no podía dormir, no podía hacer nada. Lo único que hacía durante el día era pensar en él. Había encontrado al hombre perfecto y estaba locamente enamorada de él. Se llamaba John. No sabía su apellido. Lo único que sabía era que John era de California también y que residía en Calpe, Valencia. John era jugador profesional de balonmano allí y eso era todo lo que Jill sabía del chico. En esa época no teníamos móviles ni Internet y la información no se conseguía como hoy en día. Jill me pidió que la acompañara a Calpe durante el fin de semana para encontrar al hombre perfecto. Quería encontrar a John y decirle que no podía vivir sin él. Yo no daba crédito. Le dije que estaba loca, que ir allí era muy largo y que no tenía dinero para pagar el billete de tren. No comprendía por qué quería ir en busca de un hombre al que había visto durante unas horas y al cual probablemente no volvería a ver en su vida. Recuerdo que le pregunté si sabía si a él le gustaba ella y me respondió que estuvieron hablando seis horas durante el vuelo a EE.UU. Eso era algo importante para Jill y era una señal de que a John también le gustaba ella. Pensé que Jill no estaba bien de la cabeza. Yo jamás iría detrás de un hombre con el que sólo hubiera hablado seis horas en un vuelo a EE.UU., por muy enamorada que pudiera estar. Ella me dijo que me pagaba el billete, el hotel y todo lo que hiciera falta, que era lo mínimo que podía hacer y que eran sólo siete horas de ida y otras siete de vuelta. Jill no hablaba español y quería ir conmigo para sentirse más segura y pues para que lo pasáramos bien también. Yo le dije que era un viaje muy largo para mí, pero para una americana, viajar siete horas en un día no era nada. Me dijo que íbamos en tren hasta Benidorm (había llamado a la RENFE por teléfono para informarse) y de Benidorm hasta Calpe había un autobús. Entonces eran seis horas y pico de tren, más una hora en autobús, podríamos hablar y pasarlo bien durante el trayecto. Ella me miró con ojitos de cordero degollado y me lo pidió por favor. Su cara era la de una loca enamorada que había encontrado al hombre perfecto, al hombre de su vida, y no me quedó más remedio que decirle que sí. Era miércoles, un miércoles de febrero, así que al llegar a mi casa le dije a mi madre que me iba con Jill a buscar a su hombre perfecto y mi madre soltó una carcajada de las suyas. Le expliqué por encima porqué nos íbamos a Calpe y mi madre dijo que Jill estaba loca, que no iba a encontrar al chico. No sabíamos su apellido, no sabíamos siquiera si le había dicho la verdad, pero algo que me respondió Jill era bien cierto, y es que si no encontrábamos a John, al menos habríamos visto Calpe y habríamos hecho algo de turismo por España. Yo no conocía aquella ciudad, sólo había oído hablar del lugar y del Penyal d’Ifach, un peñón enorme que la caracterizaba.

Llegó el sábado por la mañana y, a las nueve, Jill y yo nos encontramos en la estación de trenes de Sants, en Barcelona. Íbamos en un Talgo con dirección a Benidorm y con una maleta pequeña cada una. El viaje me resultó largo y un poco pesado, pero Jill y yo hablamos durante horas y nos dio tiempo a tomar una pequeña siesta en el tren. Al llegar a Benidorm, buscamos la estación de autobuses. Pregunté a alguien en la calle y nos indicaron que podíamos caminar, porque la estación no estaba tan lejos; así lo hicimos y en quince minutos llegamos a la misma. Jill compró los billetes y, una vez sentadas en el autobús, comenzó a ponerse más nerviosa. Me dijo: «¿Y si le veo por Calpe al llegar?». Le contesté que era muy poco probable ver a John tal cual llegáramos, porque seguramente la estación de buses estaría apartada de la ciudad y él tendría cosas más interesantes que hacer que estar en esa estación esperando a que llegara el bus. Se calmó un poco y me contó que nunca había estado enamorada de nadie. Los novios que había tenido en San Diego eran más amigos que novios y nunca había experimentado este sentimiento tan intenso. Yo tenía muy poca fe en que íbamos a encontrar a John y así se lo dije a Jill en varias ocasiones durante el viaje. No sabíamos su apellido y Johnes hay muchos en el mundo. Además, a mí me sonaba a «trola» que este hombre fuera jugador profesional de balonmano y que viviera justo en Calpe… ¿qué hacía allí John? Jill me respondió que le habían contratado en el equipo profesional de balonmano de la ciudad, así que ella no creía que John la hubiera mentido. Yo intentaba aportar mi granito de realidad a esta locura de viaje, pero Jill seguía soñando que iba a encontrarle.

Llegamos a Calpe y ya era de noche. No hacía tanto frío como en Barcelona y había un olor agradable a mar. No teníamos reserva en ningún hotel pero Jill había encontrado uno cerca del Penyal d’Ifach que no era muy caro. Llegamos caminando desde la estación de buses hasta el hotel. Caminamos unos veinticinco minutos y nos recorrimos todo el precioso paseo marítimo. No podíamos ver bien el peñón, pero teníamos todo el domingo y parte del lunes para verlo. En el hotel no había cuartos porque había una convención de algún tipo y no quedaba nada. Le dije a Jill en inglés que se hiciera la desesperada y no se me ocurrió nada mejor que contarle al chico de recepción la loca historia de ella. Le conté que esta americana iba en busca del hombre perfecto, que lo había conocido en un vuelo de Barcelona a EE.UU. y que quería encontrarle para declararle su amor. Con cara de tristeza, le dije al de recepción que yo la acompañaba porque ella no hablaba español, que llevábamos todo el día viajando en tren y en autobús y que necesitábamos dormir para poder encontrar a John, el jugador del equipo de balonmano de Calpe, al día siguiente. Por algún motivo, al recepcionista le dimos pena y nos dijo que había un cuarto no oficial que nos dejaba a mitad de precio con una cama individual y que podía añadir una cama plegable. Enseguida le dije que sí. Yo estaba agotada del viaje y necesitaba estirarme un rato en un lugar blando; Jill pagó con su tarjeta de crédito y nos pusimos cómodas en el cuarto.

Una vez hubimos descansado, Jill me dijo que fuéramos a cenar. Preguntamos al mismo recepcionista si había algún restaurante bueno y nos recomendó un par. Llegamos al que Jill le pareció bien y nos sentamos a cenar. Jill estaba nerviosa y miraba a todos lados. Pensaba que iba a ver a John en cualquier momento. Yo le dije que quizás él ya estaba durmiendo porque a lo mejor había entrenado y que podría estar cansado. Ella me respondió que tenía razón y se relajó. La cena fue exquisita y luego volvimos a caminar por el paseo marítimo. El lugar era muy bonito y el olor a mar me relajaba. A las once de la noche nos fuimos al hotel a dormir. Había sido un día muy largo y al día siguiente nos esperaba buscar a John. Jill me dijo que iríamos caminando y preguntando por él, que seguramente la gente le conocería y yo pensé que Jill había perdido la poca cabeza que le quedaba. Total, nadie me conocía en Calpe y daba igual y le juré que algún día escribiría esta historia absurda pero tan verídica como el día y la noche.

Al día siguiente nos arreglamos, desayunamos en el hotel y nos fuimos a buscar al hombre perfecto. Íbamos con calzado bien cómodo, para poder caminar durante horas. Llegamos del hotel de la playa al centro de la ciudad. No sabíamos por dónde empezar a buscar. A Jill se le ocurrió que yo preguntara por el polideportivo y le dije que era una excelente idea. Paré a un abuelo por la calle y le pregunté por el polideportivo, pero no sabía dónde estaba. Entonces paré a una señora que parecía del lugar y enseguida comenzó a darme direcciones. Siempre me ha parecido que explicar dónde está una dirección es algo complicadísimo. Las personas nos ubicamos de forma muy diferente en el espacio y el mío es muy distinto al suyo, explicar mi mapa mental de un lugar y dónde está en el espacio que compartimos es algo complejo. No entendí nada de lo que me explicaba la señora. Le pregunté por el polideportivo y me dijo que siguiera por esa calle que subía, y que mirara una terraza de un piso con geranios rosados y que por ahí siguiera caminando, y que encontraría otro edificio con una tienda de electrodomésticos, y que a mano derecha caminara un poco más y que al final había una cafetería… Dejé de intentar procesar lo que me explicaba y le dije: «Muchas gracias, señora, ya me quedó claro», y le sonreí muy agradecida. Agarré a Jill del brazo y estiré para que caminara y le dije que mejor preguntaba en un bar, que saben siempre dónde están todos los lugares. Así lo hice y me indicaron rápidamente seguir caminando por la calle en la que estábamos y que en unos veinte minutos llegaríamos todo recto al polideportivo. Yo me despisté caminando y mirando la calle y las tiendas y de repente vi que Jill no estaba a mi lado caminando. Miré hacia atrás y la vi ante un escaparate enorme. Me llamó que fuera y retrocedí adonde estaba ella. Me miró señalando un póster y me dijo: «¡Ése es John!». Jill tenía una sonrisa enorme en la cara. Yo miré el póster y vi al equipo de balonmano de Calpe posando con su uniforme de juego. Todos los jugadores sonreían y John era atractivo y bien alto. Le dije a Jill que no me lo podía creer. Era verdad que John vivía en Calpe y no la había mentido sobre ser jugador profesional de balonmano. Empecé a creer que entre Jill y John podía pasar algo romántico y las dos nos animamos y reímos como locas. Jill preguntó en la tienda si le daban el póster, y les explicó por qué estábamos ahí. A mí me dio un poco de vergüenza lo que ella estaba haciendo y menos mal que su español era bastante malo, porque no se le entendía casi nada. La ayudé preguntando si podíamos coger el póster, ya que éramos fanes del equipo, y la señora de la tienda dijo que no había problema, que nos lo regalaba. Ahora teníamos una foto de John y, mientras llegábamos al polideportivo, Jill preguntaba a la gente de la calle: «¿Conoce John?». La gente le decía que sí, que le conocían y que era americano y muy alto y que ahora estaba entrenando. Yo no me podía creer la suerte que Jill estaba teniendo y me encontraba tan animada a encontrar a John que le dije que camináramos más rápidamente, que seguro que estaría en el polideportivo. Empecé a creer que Jill había encontrado al hombre perfecto de verdad y sonreí durante el resto de la caminata.

Llegamos por fin al polideportivo y no había mucha gente afuera. No sabíamos qué hacer. Jill me dijo que iba a entrar y preguntar por John y se llevó el póster. Me sonrió y me dijo que le deseara buena suerte, y así lo hice. Yo fumaba en esa época y me senté en un banco de madera que había afuera, al solecito, a calentarme y a disfrutar de un cigarrillo. No llevaba reloj, así que debieron pasar unos veinticinco minutos, más o menos. Me fumé tres cigarrillos y, al terminar, vi a Jill que salía del polideportivo con cara seria. Pensé que la cosa no había ido bien. Llegó ella y me dijo que nos íbamos a tomar un café. Buscamos una cafetería y nos sentamos en la terraza que tenían afuera. Hacía un día muy soleado para ser febrero y nos quitamos el abrigo. Yo pedí un café con leche y una ensaimada y ella un café solo. Nos trajeron lo que pedimos y Jill empezó a hablar. Me dijo que entró y que preguntó por John mostrando el póster que llevaba. Le indicaron que pasara adentro. El equipo de balonmano estaba entrenando, pero la vieron y el entrenador se acercó a preguntarle qué quería. Jill le explicó al entrenador que necesitaba hablar con John y que si podía dejarle venir unos minutos. El entrenador llamó a John y éste vino corriendo todo sudoriento. Cuando vio a Jill la saludó en inglés y el entrenador le dijo que tenía unos minutos de descanso, tiempo que ella utilizó para ir directamente al grano. Yo miraba a Jill mientras comía mi ensaimada y bebía café con leche. Me parecía una historia interesante y surreal al mismo tiempo. Me contó que le explicó porqué estaba allí. Le dijo que estaba enamorada de él y que no podía dejar de pensar en él desde que se conocieron en el vuelo a EE.UU. John le respondió que se sentía halagado, pero que él no tenía esos sentimientos hacia ella, que estaba conociendo a alguien en ese momento, que de verdad lo sentía mucho y que esperaba que pudieran ser amigos. Jill se quedó helada, pero tuvo el valor de decirle que por supuesto serían amigos y le agradecía que fuera tan honesto con ella. Yo me quedé desilusionada con el hombre perfecto. Qué triste descubrir que Jill había encontrado a alguien especial, pero ese alguien no estaba interesado en ella. Aun así, ella había tenido el valor de decírselo a John, no sé si eso es algo que hacen los americanos. Yo jamás me hubiera atrevido a hacer ese viaje y buscar al hombre perfecto para preguntarle qué sentía por mí. Las dos estábamos un poco tristes y desilusionadas. Nos terminamos el café y Jill enseguida dijo que teníamos una cita con Calpe y que cenaríamos en un buen restaurante esa noche. Así lo hicimos. Paseamos por la ciudad durante horas ese sábado, nos hicimos algunas fotos bonitas cerca de la playa y con el Peñón de fondo y preguntamos a alguien por el mejor restaurante. Nos indicaron uno que había cerca de la playa y fuimos al hotel para cambiarnos para la cena.

Jill parecía más animada. Esta mujer tenía una capacidad de recuperación increíble. Me dijo que me alegrara un poco, que no era el fin del mundo ni su hombre perfecto y que él ya aparecería. Las dos nos reímos y Jill hizo algo muy interesante. Cogió el póster con la foto del equipo de balonmano de Calpe, me miró, sonrió y lo rompió en dos. Yo la miraba alucinada. A mí me habría llevado un ratito más hacer eso. Me miró sonriendo y dijo que nos íbamos a cenar algo rico. En el restaurante cenamos comida típica del lugar. Yo pedí Llauna de Calp, uno de los platos más representativos de la gastronomía calpina, elaborado principalmente con pescado de la bahía, patatas y tomates. Creo que el pescado era merluza esa noche y estaba delicioso. Jill se pidió el Arròs del Senyoret, un plato que parecía una paella, pero con el marisco y pescado pelado y limpio para que el «señorito» no se ensuciara las manos, según nos explicaron. Recuerdo que pensé sobre lo divertido y rico que es pelar el marisco y las gambas y chuparse los dedos. Los dos platos estaban deliciosos y los disfrutamos al máximo. Nos quedaba todavía pasar el domingo, pero a Jill se le ocurrió que cambiáramos los billetes y que nos fuéramos dicho día por la tarde de vuelta a Barcelona. Le dije que me parecía buena idea, nos fuimos al hotel y Jill llamó a Renfe y se encargó de hacer los cambios de billetes. Nos fuimos a dormir cansadas del día tan intenso que habíamos tenido.

Al día siguiente nos despertamos pronto, nos arreglamos, hicimos la maleta y la dejamos en el hotel, mientras desayunábamos en la terraza de un bar del paseo marítimo. Hacía un día excepcional. El sol calentaba de buena mañana. Recuerdo que me sentí muy feliz con el calor que nos daba ese sol de Calpe. El olor a mar y la vista del Peñón de Ifach desde la terraza me parecían un regalo del universo mientras tomaba un café con leche y fumaba un cigarrillo. Jill se subió las mangas del jersey que llevaba y me dijo que le encantaba Calpe. No se arrepentía de haber venido a buscar al hombre perfecto equivocado y yo me reí con ella un buen rato. Le pregunté si estaba bien y me dijo que sí, que a veces hay que lanzarse a la piscina para saber si sabes nadar o te ahogas. No comprendí bien su metáfora, pero me valió que estaba bien. Disfrutamos de nuestro desayuno al sol y a la hora nos fuimos caminando a la estación de autobuses, a deshacer el largo trayecto que nos llevó a Calpe a encontrar al hombre perfecto. Mientras caminábamos le pregunté a Jill si no le gustaban los españoles, quizás el hombre perfecto era español, y ella enseguida me contestó que eran muy bajitos para ella. Era verdad. ¡Jill era altísima! Con sus casi dos metros de altura, los españoles le llegaban al cuello. Me reí pensando en esa imagen y determiné que, para ella, el hombre perfecto debía ser un americano bien alto, más alto que ella.

La vuelta a Barcelona fue tranquila y dormimos más horas en el trayecto en tren, estábamos cansadas de tanto caminar. Cuando me desperté, Jill estaba hablando en español macarrónico con un chico sentado a su lado izquierdo. Yo tenía el asiento de la ventana y ella tenía el del pasillo. Jill intentó comunicarse como podía, y la dejé sola. Recuerdo que pensé a dónde me haría viajar la siguiente vez para encontrar al hombre perfecto. Sonreí y me volví a dormir hasta Barcelona. Una vez en Barcelona, nos despedimos y me agradeció mucho que la hubiera acompañado. La verdad es que lo habíamos pasado muy bien Me fui a casa con los ferrocarriles catalanes y llegué hacia la medianoche. Estaba agotada del viaje y mi madre me preguntó que cómo lo habíamos pasado. Me reí contándole el viaje y me dijo: «Recuerda que el hombre perfecto no existe. Mejor viaja para ver el mundo y si aparece alguien interesante, pues que se apunte al viaje contigo». Como siempre, mi madre tenía mucha razón.

Jill no mantuvo el contacto con John. No se habían dado el teléfono ni la dirección durante los quince minutos que hablaron en el polideportivo. Me dio pena que no ocurriera nada romántico entre ellos, pero, en la vida real, las cosas van así. Habría sido increíble que hubieran acabado juntos como pareja. Jill jamás volvió a mencionar a John. Sí mencionábamos Calpe, lo precioso que era y lo rica que allí está la comida, pero del hombre perfecto jamás volvimos a hablar.

 


 

Chita Espino Bravo. Se doctoró, en 2005, en la Purdue University, W. Lafayette, Indiana, EE.UU. Es Máster en español y en literatura comparada (inglés-español) por la citada universidad. En 1989, se licenció en Filología Inglesa y Germanística (Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), Bellaterra, Barcelona, España.
Algunas de sus publicaciones:
– Using technology (VoiceThread) to engage students in Spanish conversations and oral presentations, ASCD Express InService Guest Blogger (on-line), March 4, 2016.
*http://inservice.ascd.org/using-technology-to-engage-students-in-spanish-conversations-and-oral-presentations/.
– Using True Personal Stories to Engage Students in Conversation, Magna Publications (Faculty Focus). Published on October 27, 2015. *http://www.facultyfocus.com/ articles/teaching-and-learning/using-personal-stories-to-engage-students-in-conversation/
– Review of Fábulas literarias, by Tomás de Iriarte. Madrid: Cátedra, 2006. ECCB (2009): 346-47.
– Review of Condición femenina y razón ilustradaJosefa Amar y Borbón, by María Victoria López- Cordón Cortezo. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza, 2005. ECCB (2010): 264-66.
– Review on Apuntaciones sueltas de Inglaterra, by Leandro Fernández de Moratín. Madrid: Cátedra, 2005. ECCB (2010): 257-58.
– Review of Volverás a la región. El cronotopo idílico en la novela española del siglo XIX, by Toni Dorca. Madrid: Iberoamericana, 2004. Iberoamericana VII, 26 (2007): 249-51.
Emilia Pardo Bazán y Carmen de Burgos: Resistencia al matrimonio desde la novela de la Restauración. Colección Sagardiana. Estudios feministas. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza, 2017.

 

 Otros relatos de esta autora (en Almiar): ¿Y qué hago yo en Kansas? · La matanza del cerdo

 Contactar con la autora: chitaespino [at] yahoo.com

 Ilustración relato: Fotografía por aliceabc0 / Pixabay [CCO dominio público]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) • n.º 100 • septiembre-octubre de 2018

 

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