A cincuenta años de la publicación de Fuego en Casabindo, primera novela del gran escritor argentino

por César Bisso

 

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éctor Tizón amó Yala con suma pasión. Si bien había nacido accidentalmente en un hotel termal salteño de Rosario de la Frontera, un 21 de octubre de 1929, siempre se identificó como oriundo de aquel pequeño paraje de Jujuy, adonde sus padres lo trajeron a los pocos días de vida. Para él, Yala era el pueblo por antonomasia. Desde la feliz infancia, cuando era una colonia separada de la ciudad por el río que no tenía puente, hasta el villorrio de sus últimos días, ya transformado por cuestiones del progreso en una especie de suburbio de la capital de la provincia más norteña del país. Allí surgieron la mayoría de las historias de su obra literaria, historias que le pertenecen a su pueblo, a toda la gente que conoció al pie de los cerros y las voces que escuchó a lo largo de la vida.

Tal vez haya sido el principal motivo por el cual, más allá de ausencias y recorridas por el mundo, siempre regresó a Yala. Incluso, más allá del reconocimiento nacional e internacional que alcanzó a través sus cuentos, novelas y ensayos, fue un escritor que eludió las luces de las grandes urbes. Es como si hubiese tenido un temor reverencial por ellas. O quizás una especie de desconfianza absolutamente inconsciente que fue creciendo en grado proporcional a la publicación de sus libros. Buenos Aires fue de ellas. Jorge Luis Borges, quien explicó casi todo en su país, alguna vez dijo que algunos caudillos argentinos, por ejemplo el brigadier general Estanislao López, quien puso sitio a la capital de los argentinos, nunca se animó a entrar en ella. También ponía el paradigma de ciertas hordas, como las de Gengis Kan, que se quedaban apabulladas frente a la presencia de la ciudad. Era un terreno que no conocían, entonces lo rodeaban pero no se animaban al asedio. Para Tizón es probable que su temor al asedio de Buenos Aires haya durado para siempre. No obstante a esta adversidad, el escritor vivió en distintas partes del mundo. La primera ciudad fue México, cuando ingresó a la diplomacia, allá por el año 58, asignado como agregado cultural. Allí se integró a un grupo de notables escritores locales, como Juan Rulfo (que había publicado recientemente El llano en llamas y Pedro Páramo) y Carlos Fuentes, entre otros, a los que se sumaron el nicaragüense Ernesto Cardenal, el hondureño Augusto Monterroso y el español Tomás Segovia, radicados en esa época en la capital azteca. Llegaron a publicar una revista literaria, pero al poco tiempo Tizón fue trasladado como cónsul a Milán, renunciando en 1962 porque se cansó de la función meramente burocrática que le atribuyeron.

La vuelta a Yala coincidió algunos años después con el advenimiento de una época gloriosa para la literatura latinoamericana, que irrumpió en la historia a horcajadas de la revolución cubana. Aquella irrupción social puso de moda al centro y sur del continente, proyectando un boom cultural que no solamente lanzó a la fama a escritores muy valiosos, sino que exhumó a algunos escritores casi olvidados. Muchos de ellos, surgidos literariamente, entre las décadas del 60’ y 70’, traspusieron las fronteras que antes resultaban infranqueables. Parecía que los latinoamericanos no se conocían por entonces. Por ejemplo, ningún ecuatoriano sospechaba qué tipo de Constitución tenían los uruguayos y ningún brasilero tenía la menor idea sobre cómo era la organización política de un hondureño. Pero de pronto se empezó a saber quiénes eran Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, José Donoso y el mencionado Fuentes, entre tantos buenos escritores que sobresalieron con sus innovadores proyectos narrativos. Así fue que por encima de esas fronteras políticamente infranqueables se empezó a gestar un fenómeno editorial que sirvió como una especie de salvoconducto aceptado, que fue la literatura latinoamericana representada a través del realismo mágico.

Con la aparición en 1969 de Fuego en Casabindo, su primera y gran novela, Tizón asumió que aquel movimiento literario sirvió para todos. Si bien en primera instancia se reconoció a los que por una razón de mayor aptitud de protagonismo tomaron el liderazgo, hubo valiosos escritores que no quedaron sepultados por un muro de ladrillos que se derrumbó sobre ellos cuando irrumpió el boom, sino que por descuido de una crítica siempre interesada o por una especie de reduccionismo, la historia no los mencionaba con tanta insistencia. Los ejemplos más notorios de entonces fueron la extraordinaria Clarice Lispector, el propio Juan Rulfo, Augusto Roa Bastos, José María Arguedas, Juan Carlos Onetti, Guillermo Cabrera Infante, Elena Garro, Jorge Edwards y Manuel Puig entre tantos otros. Pero con el tiempo alcanzaron el merecido reconocimiento, aunque no hayan sido parte del cóctel de best seller que impulsó a los que primeramente lideraron el movimiento.

El invento literario del cubano Alejo Carpentier también atrajo la atención del escritor jujeño. El realismo mágico rescató el mestizaje de la cultura, la problemática del idioma y el criollismo. A la vez, significó la búsqueda de transformar en ficción la dura realidad en que estaban inmersos los pueblos ancestrales, con sus hábitos, costumbres y una memoria colectiva que resistió a todos los sometimientos. Tizón pensaba que al sacar de contexto la realidad cotidiana se convertía en un fenómeno mágico. Alguna vez explicó que se le consultó en Europa sobre el tema y puso como ejemplo el recuerdo de su abuela que vivió en un pueblo en el trópico, en Jujuy: «A la hora de la oración, a las siete de la tarde, golpeaba las manos y le decía al peón entre usted en las habitaciones a sacar las víboras que van a dormir los niños. Si esto se cuenta en Suecia es realismo mágico; si se cuenta en el trópico, en mi provincia, es un realismo ramplón, cotidiano».

Retomo Fuego en Casabindo, publicada hace cincuenta años. La novela parte de un hecho histórico, pero conlleva en su trama la escenografía desolada de la Puna jujeña y la relación entre la naturaleza y el hombre. También está la lucha por el poder y allí perdieron los pobladores originarios. Como en su propia realidad, prácticamente toda la historia de la Puna está signada por esa derrota. De ahí la enorme riqueza en los cantares que enriquecen la obra. Al fin de la cuenta todos sabemos que siempre se ha cantado a lo que se pierde. Si los hombres y mujeres de la Puna no hubieran conocido la derrota es probable que Tizón no hubiese encontrado tantas historias y personajes para alimentar su obra y su arte.

En 1976 Tizón se tuvo que radicar en Madrid involuntariamente. El exilio en la capital española fue un momento muy duro, muy largo y muy vacío. Había dejado de escribir. Poco a poco comenzó a anotar en unas libretas lo que sucedía y al tiempo se dio cuenta de que realmente lo que estaba escribiendo era la historia de esa pequeña pasión de un hombre sin atributos que estaba lejos de su país y trataba de recrearlo a través de ese sentimiento. Así nació su bella novela La casa y el viento. El título resume todo. La casa como lo que está de pie, la madre a donde siempre se vuelve, la tierra de uno, de la cual se da un rodeo hacia afuera pero nunca se sale. Y el viento, que es la historia, que siempre trata de barrer y destruir la casa. Es la vieja dialéctica entre la historia y lo que permanece.

Por extrañar la casa-madre Tizón retorna en 1982 para continuar prolongando su esplendente narrativa con otros títulos consagrados, como El hombre que llegó a un pueblo, Luz de las crueles provincias, La mujer de Strasser, La belleza del mundo, Tierras de frontera y tantos otros. Volvía para disfrutar su lugar en el mundo, lejos de las grandes urbes. Y allí permanecerá hasta el 30 de julio de 2012, día de su muerte. En su amada Yala, donde noventa años atrás comenzaría a convertirse en el niño inquieto y observador, corriendo a un costado de los rieles.

 


 

César Bisso. Poeta y escritor argentino (Coronda, Santa Fe, 1952). Publicó los poemarios La agonía del silencio; El límite de los días; El otro río; A pesar de nosotros; Contramuros; Isla adentro; Las trazas del agua y Un niño en la orilla, entre otros; y el ensayo literario Cabeza de Medusa.

Contactar con el autor: poetafluvial {at} gmail.com

Ilustraciones: (Inicio): Héctor Tizón, en la web de A.P.U. Periodismo militante, Lic. Creative Commons BY 2.5 AR | (En el texto)  Héctor Tizón (1995), fotografía por César Bisso (derechos reservados).

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Revista Almiar n.º 107 ▫ noviembre-diciembre de 2019 PmmC ▫ 
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