relato por
Héctor Magaña

 

C

onocí el anime por pura coincidencia azarosa. Mi hermana había llegado a casa por la tarde y me lo presentó en una tarde de aburrimiento. El resultado fue de lo más poderoso para mí. La pantalla mostraba una sucesión de imágenes que no solo poseían la capacidad de atrapar con historias vagas e infantiles. Aquello contenía una realidad que para mí era mucho más poderosa, más verosímil y por supuesto mucho más viva que mi propia realidad. No solo vi uno o dos capítulos. Aquella serie era de doce capítulos. Esa noche vi diez capítulos seguidos. Cené, pero aquella noche no pude dormir. Mi mente estaba excitada por aquella serie de dibujos con voz y vida que veía por ese portal en el que nosotros solo podemos explorar el mundo de dos dimensiones.

Por aquellos años iba entre quinto y sexto de primaria. Mi madre me acompañó a la escuela pero debido a que la noche anterior me la pasé en vela no presté atención a las clases. Si no recuerdo mal hablamos sobre las teorías de la extinción de los dinosaurios. Solo presté atención a la teoría que hablaba de que los dinosaurios murieron porque los pantanos se secaron o algo por el estilo, pero en general mi mente estaba en un completo estado de shock. El descubrimiento de aquel mundo debía de ser como abrir un portal en mundos paralelos. Mientras yo estaba en la primaria, era probable que Mi-chan estuviera declarándose a Hiraku-san. Me la imaginé en la hora del recreo diciéndole: ¡daisuki!

No podía perder más tiempo, llegando a casa terminé la serie. Estaba devastado, ¿cómo pudo terminar así la serie?, ¿por qué Hiraku-san no aceptó los sentimientos de Mi-chan? Estaba tan enojado que no pude hacer nada ese día. Me quede en mi habitación sin poder hacer la tarea, sin pensar más que en el odio que tenía hacía Hiraku-san. Me imaginaba consolando a Mi-chan. Me veía diciéndole palabras de consuelo: ¿Daijobu desu ka? Ella me miraría con su afable sonrisa y me diría que no me preocupase.

Volví a ver aquella serie. Cuanto más la veía más me agotaba, más me cansaba, más me enardecía. Me aprendí tanto el tema de cierre como el de apertura. Me aprendí los diálogos, pero no podía aprender sobre la extraña relación entre Hiraku-san y Mi-chan.

Berkeley decía que las cosas existen porque poseen una sustancia espiritual que hace que tengan «esencia de presencia», por lo que la sustancia no es material sino espiritual. La evidencia: nuestras mentes. Mi mente por lo tanto me indicaba que aquello era muy real. Mi-chan tenía esa «esencia de presencia», tenía sustancia espiritual. No importaba que estuviese frente a la pantalla. Ella existía. El problema que ahora trataba de hallar mí mente era: ¿Cómo entrar en contacto?

Odio la ciencia. La ciencia sabía de la existencia de la segunda dimensión pero nunca dijo de cómo podía ingresar a ella. La tenía frente a mí, pero estaba privado de vivir en ella. Recuerdo que una vez leí un cuento de Robert. A. Heinlein, se llamaba And He Built a Crooked House. Hablaba de un arquitecto que diseñó una casa en forma de un cubo de cuatro dimensiones. Pensé que debía de hacer lo mismo y construir mi propia casa de dos dimensiones y unirla a la pantalla. Aquella noche trabajé en mi dibujo. Estaba diseñando mi propia crooked house. No fui a la escuela ese día. Había terminado en la madrugada. Entre alguna de las horas que solo conciernen a ciertas penumbras. Creo que mi mamá se preocupó mucho porque no me vio en mi habitación. Solo había un dibujo de una crooked house y una pantalla de color sepia.

Tal vez hoy me siga buscando, ¿no lo crees Mi-chan?

 


 

Héctor Magaña. Nació en Jalapa, Ver. México (1998). Autor de relatos publicados en revistas fanzine. Ha participado en diversos talleres de creación literaria. Actualmente se encuentra estudiando en la Facultad de Letras de la Universidad Veracruzana (UV).

 Web: https://hector.com/

 Ilustración por ryo taka / Pixabay [public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 107 · noviembre-diciembre de 2019

 

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