relato por
Guiomar Palacios

N

oche sin luna, noche sin estrellas. El poblado está a oscuras desde que, hace un mes, el ayuntamiento cortase la luz. El aire huele al queroseno de los aviones que aterrizan en el aeropuerto, a siete kilómetros de la primera chabola: la del chatarrero. Huele a la basura acumulada en los simulacros de calles. El perro sin raza ni nombre husmea entre los residuos de este vertedero. El poblado está a oscuras, mientras a lo lejos se recorta la silueta de la ciudad, que proyecta en el cielo una luz acerada. El viento arranca hierbas secas de las orillas del camino y levanta del suelo polvaredas que esconden aún más la vida que habita el poblado. Las chabolas duermen en tanto la oscuridad se adensa.

Noche sin luna, noche sin estrellas.

El chasquido de una cerilla rompe el silencio. La llama prende, se agarra al cigarrillo que sostiene El Flaco y le ilumina el rostro macilento. El joven se apoya en el inútil poste de la luz y saborea con lentitud la primera calada de la jornada que no le sabe a paja. Un destello se enciende y se apaga. El aire huele a tabaco picado, a yesca. La segunda calada se lleva la fatiga del día. Los músculos de sus brazos no han dejado de henchirse desde que a las cinco de la mañana se presentase en el Mercado Central a descargar camiones. El Flaco prende otra cerilla, echa una ojeada a la desnuda muñeca izquierda y levanta los ojos al cielo. Noche sin luna, noche sin estrellas. Mueve la cabeza y chasquea la lengua disgustado. Descansa el peso del cuerpo sobre el pie derecho. Sobre el izquierdo, después. Dirige la mirada hacia el final de la calle, pero la oscuridad es más y más densa. Un ruido a su espalda lo obliga a volverse. No es sino el viento que agita las ramas desnudas del plátano. El Flaco patea el suelo y levanta una nube de polvo que le raspa la pupila y le ciega los ojos. La Chata no llega y a él se le está agotando la paciencia. Se frota con rabia los párpados. Las partículas de polvo lo arañan y provocan un abundante lagrimeo. La Chata. La Chata, la más bonita del poblado. La Chata, consentida por su madre. La Chata, la que vuelve locos a los chicos del poblado con sus andares incitantes, sus movimientos deliciosos de caderas. La Chata, cuyos labios eclipsan las rosas rojas que vende por las calles del barrio nuevo. La Chata, capaz de imponer silencio con sus ojos embrujadores.

El gato negro atraviesa la calle y restriega el lomo en las piernas de El Flaco, que, iracundo, lo despide con un puntapié. Una patada en el suelo no basta para llevarse la rabia que lo domina. ¿No va a llegar nunca La Chata? Una nueva calada ilumina un instante la oscuridad de la noche. Noche sin luna, noche sin estrellas. El Flaco se lleva la muñeca a los ojos y bufa al recordar cómo perdió el reloj en la última partida de póquer. Mira a lo lejos. Por encima de las tejadillos de las chabolas se recorta la silueta de la ciudad iluminada.

—Me cago en el alcalde y sus cortes de luz —maldice.

El viento le susurra al oído. Adelanta la cabeza esperanzado, pero La Chata no aparece. Le vienen a la mente sus modales caprichosos, que en ese momento de espera le parecen irritantes. La Chata se cree mejor que el resto de las chicas del poblado solo porque sus manos blancas no se ensucian con el trabajo de la fábrica. La Chata, que lo vuelve loco con sus vacilaciones.

—Me cago en La Chata.

Achina los ojos y se lleva la mano a la frente a modo de visera como si, de esa forma, pudiera escudriñar mejor en las profundidades de la oscuridad. La Chata no viene. La Chata no va a venir. Su promesa no fue más que un juego para ella, el modo de deshacerse de El Flaco; de acallar su insistencia, de quitárselo de encima. Como hacía su madre, cuando de chico, él le daba la tabarra para que le comprase una pistola de mentira. Promesas incumplidas una y otra vez, porque si en casa no había dinero para comer, tampoco podía haberlo para juguetes. Su madre, como La Chata, se lo quitaba de encima con promesas que nunca cumplía.

—Me cago en mi suerte.

Una nueva calada le abrasa el índice y el corazón. Arroja el cigarrillo a lo lejos y se aleja con andares cansinos por el camino polvoriento.

El cigarrillo dibuja una parábola en el aire antes de aterrizar en la escudilla de hojalata de La Loca. Ojos de Búho salta desde el escalón donde se ha sentado a mordisquear una galleta rancia, y atrapa el pitillo. Todavía está viva la llama. Una calada le ilumina unos ojos negros que no le caben en la cara. Noche sin luna, noche sin estrellas. El humo sucio le provoca una tos que no puede controlar. Es la tercera vez que fuma y aún no se ha acostumbrado al amargor del tabaco.

Ame a mí tamién, ame a mí tamién.

El Canijo le tira por detrás de la camiseta cada vez con mayor insistencia.

—No te lo fumes to y ame a mí tamién.

¡Quita! —lo aparta Ojos de Búho de un manotazo—. Esto es cosa de hombres y tú n’eres más que un bebé.

El Canijo rompe a llorar a gritos y a patalear, caprichoso.

—¡Ámelo, ámelo!

Ojos de Búho, con el cigarrillo en la comisura, le oprime el brazo con todas las fuerzas de sus nueve años.

—¡Cállate o despertarás a papa!

El Canijo eleva el tono del lloriqueo.

—¿Quies callarte? O cierras la boca o te vuelvo la cara del revés.

—¡Silencio, hostias! —blasfema una voz desde una de las chabolas.

Ojos de Búho pellizca el brazo de su hermano pequeño.

—¿Quiee que se despierte to el poblao? ¡Cállate o te doy un sopapo!

El Canijo se sorbe los mocos y trata, sin conseguirlo del todo, de contener sus sollozos. Alarga la mano renegrida de miseria y entre hipidos suplica:

Ame una chupá, solo una chupá.

Pero Ojos de Búho no está dispuesto a compartir el cabo de cigarrillo que le abrasa los dedos.

Ame una chupá, Ojos de Búho.

Una inhalación provocadora va seguida de toses más y más fuertes. Se prenden varias velas que apenas iluminan las ventanas de las chabolas cercanas.

—¿Quién anda ahí?

—¡Vas a despertar a to el mundo! ¡Cállate de una vez, Canijo, o vete a la cama!

El niño está a punto de ceder. El cansancio le está ganando la batalla a los deseos de callejear, al miedo a la oscuridad de la chabola.

—Me voy a la cama si venes conmigo —capitula el niño restregándose los ojos con el puño.

Ojos de Búho inhala una nueva calada que va seguida de una retahíla de toses, pero no se amilana y aspira de nuevo con toda la fuerza de su deseo hasta que el humo inunda lo más profundo de sus pulmones. La callejuela se ilumina un instante con la llama para apagarse después. El Canijo aprovecha el efímero aturdimiento de su hermano para arrancarle el cigarrillo de los labios, pero no logra su cometido y el pitillo, casi consumido, sale disparado.

Lo que queda del cigarrillo sobrevuela por encima del montón de basura que se acumula a la puerta de la chabola de La Loca. El perro sin raza ni nombre sigue con la mirada el viaje de la brasa y, cuando cae, hociquea entre los residuos en su búsqueda. La colilla aún encendida encuentra refugio entre dos cartones. Nace la llama, se yergue orgullosa, alimentada por el papel, y azota el morro del chucho, que sale corriendo hacia la colina que se eleva por detrás del poblado. Animada por una ráfaga de aire y los restos de papel, la llama avanza entre mondaduras de naranja, trozos mordisqueados de manzanas, cabos de cordel. Las ratas salen de sus escondrijos y se dispersan por el poblado. El fuego crepita, ruge. Los pedazos de papel se retuercen a su paso y se forman entredoses de encaje que presagian el luto del poblado. La llama es casi tan alta como El Canijo, que, de la mano de Ojos de Búho, se adentra en una chabola arrastrando los pies, apenas sin poder vencer el sueño. La llama, juguetona, araña las paredes del trono de La Loca: tres cartones apenas desde donde, cada día, contempla el paso de la vida mientras tararea una canción infantil. La llama se envalentona, cruza la calle y trepa por la chabola de la Vieja Pescadera, que en un instante desaparece sin que se oiga un lamento de sus habitantes, quienes pasan al sueño de la muerte sin despertar del terrestre. Noche sin luna, noche sin estrellas. El poblado se ilumina con la cárdena luz de la flama, que campa a sus anchas por los simulacros de calles. Noche sin luna, noche sin estrellas. El poblado duerme mientras el fuego camina con paso audaz entre las raquíticas viviendas. En una esquina, muerde un trozo del tejadillo; en otra, deja un arrebolado penacho bermejo. Crepita, rompe el silencio de la noche con su rugido. La llama ya no está sola. Con ella bailan sus pequeñas hermanas. El poblado duerme mientras alzan los brazos al cielo.

Una de las pequeñas llamas asoma la cabeza por el ventanuco de la chabola de La Teñidera que, sobresaltada, despierta y contempla con pavor los ojos de su padre. La impresión no dura sino medio segundo, el tiempo que basta para que se le encojan las entrañas de miedo a una paliza por culpas olvidadas y el alivio al recordar que su padre lleva muerto treinta años. Hace treinta años que su madre y ella no tienen que temer las noches de borrachera. Treinta años desde que su padre cayó desvanecido a la puerta de la casa del pueblo y su madre aprovechó para rematar la labor del aguardiente y le abrió la cabeza valiéndose de un perol. En medio segundo pasa por la mente de La Teñidera la angustia de aquella pretérita noche. Medio segundo para vivir una noche entera antes de que las desgracias del presente sofoquen las del pasado. Entre tanto, la pequeña llama engorda, golpea el cristal del ventanuco y se lleva por delante una esquina de la chabola.

—¡Fuego, fuego! —grita una voz tan angustiada que es imposible discernir si pertenece a un hombre o a una mujer; a un niño o a un anciano.

—¡Fuego, fuego! —responde La Teñidera cuando regresa de los horrores de su infancia.

El aire se colma de gritos de angustia, de miedo, de confusión.

—¡Fuego, fuego!

La llama se enseñorea entre las callejuelas. Insaciable, engulle a su paso los rastrojos que crecen a la orilla del camino. Hace desaparecer las famélicas chabolas, sin dar tiempo a sus habitantes a desprenderse del sueño. Las callejuelas se llenan de ojos pitañosos, aturdidos entre el miedo, el asombro y la resignación.

—¡Fuego, fuego!

Una mujer intenta sofocar la llama con la colcha de su lecho conyugal, pero sólo consigue que el fuego se revuelva y se abalance sobre ella. Un chiquillo sale despavorido de los bajos de un carro con el cabello convertido en antorcha. En tanto el terror se desborda en sus ojos, sus labios enmudecen. Detrás, su abuela avienta, más que sofoca, la llama con su delantal. La carrera del niño es la de un proyectil. Las vecinas acuden en su ayuda y, cuando logran apagar el flamígero pelo, el chico cae desvanecido.

—¡Fuego, fuego!

El Flaco, seguido de otros jóvenes, se hace con unos cubos de hojalata. Forman una cadena, se pasan los baldes unos a otros y van sacando agua del único pozo del poblado. En silencio, sin pronunciar una palabra. Pero la magnitud del incendio los desborda. Sus esfuerzos no son más que una gota en medio del ardiente océano. Las mujeres tienden las manos para ayudar, pero los hombres las relegan de un empellón y les ordenan que se hagan cargo de los niños y los ancianos.

—¡Fuego, fuego!

Llantos de chiquillos, gritos de adultos. Mujeres que retroceden con el fin de apartar a sus hijos de la tragedia se encuentran a sus espaldas con la furia del fuego. La lumbre, siempre acogedora en el poblado, se transforma en el monstruo que engulle sus precarias ilusiones, sus famélicas esperanzas. De nada sirven los denuedos de los jóvenes, son cada vez más inútiles. El agua del pozo se agota mientras las llamas crecen. Los ancianos contemplan con estupor el baldío afán de los jóvenes.

—¡Hay que avisar a los bomberos! —exclama Patas Cortas.

Los viejos se miran los unos a los otros, pero ninguno se mueve, apretujados entre sí, ofuscados por el miedo. Un teléfono móvil corre de mano en mano sin que nadie se decida a dar aviso a la autoridad: es la costumbre de desconfiar de los de fuera. Se miran, pero ninguno se adelanta a pedir auxilio. La Loca les arrebata el teléfono y marca dígitos sin tino. Solo entonces reacciona la madre de Ojos de Búho, quien se hace con el aparato y marca el número de emergencias.

La llama ya no es una llama ni sus hermanas, pequeñas. Es un derroche de luz que ilumina la noche. Noche sin luna, noche sin estrellas. El fuego se eleva hasta alcanzar el firmamento. Las llamas dibujan filigranas en el cielo. Ya no se atisba la ciudad encendida. La claridad del poblado es más luminosa que cualquiera de la lejanía. El perro sin raza ni nombre contempla desde la colina la danza del fuego.

—Y los bomberos no llegan —se queja La Plañidera.

—Nos han vuelto a abandonar —responde la madre de cinco chiquillos.

El llanto de los niños se confunde con el miedo de los padres, con sus quejidos.

El fuego se extiende y los bomberos no llegan.

Noche sin luna, noche sin estrellas.

La esperanza llega al oírse la sirena del camión de bomberos. Los niños, que duermen un sueño agitado en la arena, levantan, apresurados, la cabeza. Algunos aplauden; otros, vuelven a caer en la inconsciencia. Las mujeres se arremolinan; los hombres rodean el vehículo y se roban la palabra para dar explicaciones a los bomberos.

—Aquí empezó el fuego —grita el Tío Tirantes, que, aunque dormía cuando prendió la llama, quiere dejar constancia de su autoridad en el poblado.

Los bomberos no hacen caso de nada ni de nadie. Despliegan las mangueras, corren con los cascos relucientes, riegan las chabolas que aún quedan en pie y que se agachan, asustadas, ante el chorro de agua.

—¿Falta alguien a quien rescatar? —pregunta el que parece estar al mando del operativo.

Pero antes de escuchar la respuesta, ya corre a desafiar al fuego.

El poblado se llena de las voces de los recién llegados.

—¡Gutiérrez al noroeste, Vidal a la zona sur, Rosado hacia allá!

Los niños se aferran a las sayas de sus madres y esconden la cabeza entre las piernas.

Noche sin luna, noche sin estrellas.

Las llamas van más allá de las nubes. El fuego ha engullido la mitad de las chabolas. Mientras los bomberos lo atacan con sus mangueras, los habitantes de las casuchas se arriman unos a otros, se miran, se cuentan en bisbiseos, comprueban que no falta nadie.

—Uno, dos, tres, cuatro…

La cuenta no sale.

—¡No veo al Tío Tirillas! —exclama una voz angustiada.

—¡Aquí estoy! —responde otra eufórica.

Se reanuda el conteo.

—Uno, dos, tres, cuatro…

De nuevo, confunden los números. La ansiedad pasa de mano en mano.

—Veinticuatro, veinticinco, veintiséis…

—Que se pongan los críos a un lado, los hombres, al otro y las mujeres, más allá —ordena El Flaco.

Todos tratan de obedecer, mansos, pero se vuelven disléxicos y confunden su mano derecha con la izquierda.

Mientras tanto, los bomberos inundan de agua el poblado, lo convierten en un barrizal. Las pocas chabolas que quedan en pie, después de que el fuego las perdonase, sucumben al chorro que brota a borbotones de las mangueras.

Noche sin luna, noche sin estrellas.

Apartada de sus vecinos, La Greñas se balancea en el suelo abrazada a sus rodillas: los ojos espantados, las manos crispadas, las guedejas sobre los hombros más rebeldes que nunca.

—Mi niñita, mi niñita —maúlla como un gato recién nacido.

La Greñas se sorbe los mocos, pasea las cuencas de sus ojos vacíos por el poblado.

—Mi niñita, mi niñita —solloza bajito.

El joven bombero pasa veloz por delante de La Greñas. La mujer alza la cabeza y permanece hechizada ante el resplandor del casco recién estrenado. Se levanta, corre hacia él, cegada por las llamas; con las manos extendidas hacia delante.

—Mi niñita, mi niñita —gime.

Le tira del faldón de su chaqueta, le acaricia la cara, le mesa los cabellos que sobresalen por debajo del casco.

—Mi niñita, mi niñita.

La Greñas señala con el dedo a lo lejos, le tira del faldón de la chaqueta, de las manos, lo empuja para que se apresure.

—¿Dónde está tu niñita? —le pregunta acongojado el más bisoño de los bomberos.

—Allí, allí —apunta La Greñas a una y a todas las chabolas a la vez.

El joven bombero no sabe qué hacer. Ésta es su primera misión y teme no estar a la altura. Se debate entre la acuciante urgencia por ayudar a la pobre mujer y el miedo a no llegar a tiempo, a fallar por precipitarse, por no obedecer las órdenes del brigada, que prohíben las actuaciones individuales. ¿Qué hacer?, ¿dejará morir a una criatura?

—Mi niñita, mi niñita, allí, allí, sálvamela, te lo ruego, sálvamela, por favor, mi niñita, mi María, sálvamela.

El joven bombero se lanza, sin pensárselo, y entra por la ventana de la primera chabola un minuto antes de que se desplome un trozo del tejado. Las llamas se ensañan, devoran las frágiles paredes y la puerta verde de entrada se pliega como un acordeón.

El joven bombero no sale. La Greñas se desespera.

—Mi niñita, mi niñita, allí, allí.

La Greñas se deja caer junto al cubo de la basura. Se sienta en el suelo y se abraza a las rodillas. El perro sin raza ni nombre, que ha bajado de la colina, le enjuga las lágrimas con su lengua rasposa.

Noche sin luna, noche sin estrellas.

Dentro de la chabola el joven bombero no encuentra a la niñita. Va de la cocina a la alcoba, de la alcoba a la cocina, mientras las paredes se desploman a su paso.

—Pequeña, pequeña —la llama casi en susurros por miedo a asustarla.

Mira debajo de las agujereadas mantas de la cama, en el desvencijado sillón, bajo la mesa de la cocina. El fuego busca a la niñita también y devora la puerta del único armario. Pero la pequeña sabe jugar al escondite y no se deja ver por ninguna parte. El joven bombero escudriña por todos los rincones, desesperado, mientras mira de soslayo la destrucción que causa el incendio. Ha de darse prisa si no quiere fallar en su primera misión. Una sombra corre junto a la silla. El novato bombero se abalanza sobre ella.

—Pequeña, pequeña.

Es el gato negro, heraldo de la desgracia.

El fuego, crepita, ruge, y la chabola se desploma.

—Mi niñita, mi niñita. Mi María, mi María.

Las llamas pasan indiferentes junto a La Greñas y se llevan por delante la chabola del Bolsas.

Los bomberos van a la zaga del incendio, gritan, se dispersan y vuelven a congregarse sin darle alcance.

No quedan en pie más que tres chabolas del poblado cuando, sobre la colina, se insinúa un brochazo anaranjado. Los vecinos agotados no se atreven a mirarse no sea que lean en los ojos de los otros el pavor que apenas pueden ocultarse a sí mismos. Del fuego no hay señal alguna sino el fuerte tufo a quemado y los montones de cenizas humeantes. Los bomberos ya no corren: se retiran con paso cansino, cabizbajos, hacia el camión.

El bombero de cabello bermejo acaricia sin querer con la punta de los dedos la mejilla de La Greñas al pasar junto a ella.

—Mi niñita, mi niñita, allí, allí, sálvamela, te lo ruego, sálvamela, por favor, mi niñita, mi María, sálvamela.

El bombero de cabello bermejo, con el casco bajo el brazo y el rostro tiznado, contempla con los ojos vacíos los destrozos del incendio. Aún tiene un pie en la infancia y todavía no ha endurecido su corazón ante la desgracia. Un bigotito rubio, apenas perfilado, no basta para disimular su inexperiencia.

—Mi niñita, mi niñita, allí, allí, sálvamela, te lo ruego, sálvamela, por favor, mi niñita, mi María, sálvamela.

La voz angustiada de La Greñas despierta un instante la conciencia del bombero de cabello bermejo, que se acerca a la mujer e intenta consolarla. Pero la fatiga se torna en aturdimiento; el aturdimiento, en estupor.

—Mi niñita, mi niñita, allí, allí, sálvamela, te lo ruego, sálvamela, por favor, mi niñita, mi María, sálvamela.

El bombero se deja caer al lado de la mujer. Oye el lamento de la desgraciada madre como si su voz le llegase de muy lejos. La cabeza le cae sobre el pecho y, al levantarla, su mirada turbia se dirige al punto que señala La Greñas y permanece enredada en un objeto que reluce entre los escombros. Con paso fatigado, se acerca a aquello que tanto lo intriga. Un rugido surge de su pecho y recorre la extensión de lo que fue el poblado. El objeto que llamó su atención no es sino el casco de su compañero, su amigo de la infancia que ha caído por compadecerse de una madre que clama por su pequeña hija.

—Mi niñita, mi niñita, allí, allí, sálvamela, te lo ruego, sálvamela, por favor, mi niñita, mi María, sálvamela.

Por la vereda camina La Chata con sus andares cadenciosos. ¡Qué bonita con su vestido rojo, sus zapatos de alto tacón! Luce plácida sonrisa, que se enciende con el recuerdo de la noche pasada en la ciudad con su amor. Los pies la llevan solos mientras repasa las zalameras palabras de su galán, los apasionados besos que aún siente en sus labios. Sus ojos están ciegos a lo que le muestra el camino. Ni cuenta se da de los destrozos del fuego. No despierta de su ensoñación hasta que la asalta una voz.

—Mi niñita, mi niñita, allí, allí, sálvamela, te lo ruego, sálvamela, por favor, mi niñita, mi María, sálvamela.

—¡Madre, madre! —responde La Chata—. Madre, soy yo.

Pero La Greñas no la mira, La Greñas no la ve.

—Yo le traigo a la niñita, señora. —El bombero de cabello bermejo se alza, valiente, osado, y se golpea el pecho con el puño—. Yo se la traigo, yo la salvo del fuego.

Pero La Chata lo retiene sujetándolo por el brazo y lo impreca:

—¡Qué niñita ni qué na! —en sus ojos ha encontrado refugio la llama que acaba de consumir el poblado—. No hay ninguna niñita que salvar, que hace muchos años que se la llevó otro incendio tan fiero como éste, que éste es nuestro destino, el destino de los probes: morir consumidos entre las llamas; que pa nosotros no hay futuro ni esperanza; que cuando empezamos a remontar, viene el fuego y se lleva hasta nuestras lágrimas —pasea la vista en derredor y amenaza con el puño—. ¡Ay! ¿Con qué ánimo iré mañana a vender rosas rojas si nos hemos quedado sin la almohada donde apoyar la cabeza al finalizar la jornada? ¿Qué significado tendrán pa mí las palabras de mi amado si solo le puedo responder con lamentos? ¿Qué le queda a mi madre sino revivir una y otra vez su desgracia? Sin futuro. Sin esperanza. Nuestra vida no es sino una noche sin luna, una noche sin estrellas.

 


 

 Guiomar Palacios nació en Madrid, en 1964. Es psicóloga de formación y escritora por vocación desde hace casi diez años. Ha publicado en diversas plataformas digitales (Falsaria, Tus Relatos, Yarning, Café de escritores…). Participante y finalista en concursos literarios.

Contactar con la autora: anamadrigalmunoz[at]gmail[dot]com

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

Biblioteca Noche sin luna Guiomar Palacios

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) • n.º 123 • julio-agosto de 2022 👨‍💻 PmmC

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