relato por
Juan José Sánchez González

 

O

tra vez los estirados rectángulos de luz en el techo. Otra vez, otra mañana… Casi al mismo tiempo escuchó el suave ronquido de una respiración y sintió la ligera atracción que otro cuerpo hundido en el colchón, más hundido que el suyo, más pesado y dormido que el suyo, ejercía sobre él. Comenzó a recordar… pero no quería acordarse. Ojalá no lo hubiera hecho o hubiera pasado ya, se dijo. No miró, aunque le hubiera sido fácil entreverla en el charquito de penumbra que se acumulaba junto a su brazo izquierdo, tendido como estaba en un lado de la cama mirando al techo. Decidió quedarse quieto, aunque sabía que ya no volvería a dormirse. No al menos mientras ella siguiera ahí. ¿Quién era? Recordaba vagamente un rostro ancho de piel morena y cabellos negros rizados y ojos castaños… de momento no tenía nombre, ni más pasado que lo que de ella había en su cama.

Ella se había quedado. Estaba ahí. Con su cuerpo y su mente y sus ojos. Se sentía incapaz de soportar su mirada, eso vivo interrogante que le exigiría una respuesta. ¿Quién eres? «Soy Juan Francisco Frutos Vidal, tengo treinta y seis años, soy… soy… trabajo, bueno, trabajo de muchas cosas, de lo que va saliendo, ya sabes, esta generación nuestra con tan mala sombra… aunque tengo un título universitario, ¿eh?, no te creas que no soy nadie, tengo magisterio… sí, claro que me he presentado a oposiciones… pero, pero tú, dime ahora quién eres tú…». Ahora sería ella la que tensionaría el rostro, esa cara morena que apenas recuerda, aunque duerme ahí a su lado, esforzándose como se había esforzado él por recomponer su historia hecha de pedacitos dispersos de cosas sin importancia ni interés, ni siquiera con la intención de contar algo interesante, solo para adquirir ante su interrogador la apariencia insignificante y anodina que necesitaba para escapar, para irse, para no volver a verle más, para ser otra vez pura dispersión de cosas sin importancia. «Me llamo Manuela o Lola o María o Laura o cualquier nombre que no suene especial y mis apellidos son iguales de anodinos y mi edad muy parecida a la tuya y mi vida muy parecida a la tuya y también tengo estudios universitarios, soy abogada y hasta soy funcionaria en algún sitio… sí, estoy un poco por encima de ti, por eso me da tanta vergüenza, así que me voy y no digas nada y si me vuelves a ver no vuelvas a decirme nada».

Se levantó despacio, deslizándose por el borde de la cama, buscando a tientas sus calzoncillos y pantalones en la penumbra de la habitación. La puerta estaba entreabierta, lo que le evitó tener que girar el chirriante picaporte. Salió al pasillo, cerrando tras de sí la puerta lo suficiente como para que desde fuera no se vislumbrara ningún resquicio de interior. Se vistió apoyado contra la pared de enfrente y se fue a la cocina. Con el torso desnudo, se estremeció de frío. Observó la ventana que daba al patio interior del bloque de pisos, por el que bajaba la plomiza luz de una mañana nublada. Algunas gotas de lluvia resbalaban por los cristales. Rebuscó en uno de los muebles y encontró una caja de ibuprofeno. Se tomó una pastilla esperando aliviar el ligero dolor de cabeza y el malestar que le dejaba la resaca. Pero no podía quitarse de la cabeza que ella estaba allí, que dentro de poco la tendría delante. ¿Por qué no se había ido? La lluvia quizás, una inesperada y estúpida muestra de caballerosidad por su parte. «Dónde vas a ir con la que está cayendo, duerme aquí y mañana te llevo en coche a tu casa». No, eso no parecía probable, él no era así. En verdad le resultaba molesta la presencia de otras personas, mucho más cuando acababa de despertarse y aún más siendo la persona con la que acababa de follar sin apenas conocerla. Incluso borracho habría tenido eso en cuenta. No, seguramente ella, una mujer de carácter fuerte, le habría impuesto su presencia. «Yo no voy a ningún sitio con la que está cayendo y no estás en condiciones de conducir, así que me quedo aquí hasta que escampe». Eso era más probable y hacía más incómoda la presencia de aquella mujer en su cama. Él no tenía carácter, quizás esa fuera la razón por la que no soportaba la compañía de nadie. Cualquiera podía hacer de él lo que quisiera. Era una gorda figura de carne desamparada. Cuando estaba solo se creía fuerte, pero estando con gente solo pensaba en la forma de huir. Y ahora estaba atrapado en su casa, junto a la presencia de una desconocida que en cualquier momento aparecería en la cocina, una desconocida con la que acababa de acostarse, pero de la que no sabía nada más. Pensó en salir de casa, en montarse en su coche y dar vueltas, desayunar en cualquier bar lejano, visitar a alguien, hacer kilómetros sin sentido, volver a mediodía o incluso por la tarde, cuando estuviese seguro de que se había ido. Era una idea estúpida dictada por su miedo. ¿Pero por qué tanto miedo? «Es solo otra persona, quizás tan cagadita de miedo como tú, tan confusa como tú». Pero, incluso pensando eso, no lograba desprenderse de su miedo. ¿Miedo a qué? «A que me miren, joder, a que me miren ahora, en mi casa, en mi cocina, recién levantado, con esta sensación de suciedad, de sudor, desnudo como estoy de cintura para arriba, tan gordo, a que mire alguien con quien he compartido una intimidad que nunca compartiré con gente a la que conozco mucho más». «Pero ella está en una situación tan vulnerable como tú, seguro que también se siente resacosa y sudada y seguro que ha tenido novios que han visto de ella menos que tú. Además, creo recordar que también está gorda, así que por ese lado estáis iguales. Sé que es así, pero incluso así tengo miedo, no pudo evitar tener miedo».

Escuchó ruido en su habitación. El colchón se aplastaba bajo un peso que se movía sobre él. Una mano pulsó el interruptor de la luz. Después hubo un rato de silencio, un rato largo, muy largo. Su corazón comenzó a latir deprisa. Corrió hacia donde tenía la lavadora, una parte cerrada del balcón que daba a la calle, y el cesto de la ropa sucia, buscando una camiseta con la que ocultar su torso desnudo. Toda la ropa limpia estaba guardada en su habitación. La camiseta estaba arrugada, pero no parecía demasiado sucia. Volvió a la cocina en el momento en que la puerta de su habitación se abría. Unos pasos en el pasillo y ella apareció bajo el dintel. Era morena, de cabellos rizados y piel un poco oscura. Vestía un amplio vestido azul marino que se desbordaba bajo su amplio pecho disimulando apenas una gordura que se concentraba en cadera y muslos. Un pequeño bolso negro colgaba en bandolera sobre su costado derecho. No era muy alta, no más alta que él, que medía 1,67 metros. Su cara, en la que destacaba el nítido perfil de su nariz ancha, de labios gruesos, con una pequeña verruga sobre el ojo derecho y lunares que salpicaban la frente, mostraba una incómoda tensión. Mantenía los labios apretados, cerrada la boca en una corta línea recta. Sus ojos castaños le observaban con más vergüenza que curiosidad.

—Buenos días —dijo él, con voz temblorosa.

—Hola —respondió ella—, qué situación… ¿verdad? —forzó la línea recta de sus labios, estirándola en lo que intentaba ser una sonrisa.

—Sí.

—Yo… la verdad… es que no estoy acostumbrada a esto, vamos que no lo hago nunca, hoy no sé… pero bueno, ha pasado y ya está.

—Sí —volvió a responder él como un imbécil incapaz de articular otra palabra.

—Te parecerá raro, pero no sé ni cómo te llamas, supongo que me lo dijiste ayer… nunca me había pasado algo así.

—Me llamo Juan Francisco… y ¿tú?

—¿Tampoco te acuerdas? Pensaba que con lo raro que es lo recordarías… me llamo Esmeralda… Sí, es verdad, me llamo así… Mi padre me puso Esmeralda por la del jorobado de Notre-Dame —esta vez la boca se abrió en una sonrisa convincente y tímida.

—Es curioso, sí, no me acordaba de tu nombre… en verdad no me acuerdo de mucho más… me dijiste que eras abogada y que eras funcionaria en algún sitio…

—¿Eso te dije? Vaya… no lo recuerdo, lo siento, te mentí… no sé, no suelo mentir así… no sé, quizás pretendía impresionarte. La verdad es que llevo una tienda de mascotas, es de mi tío, no vendemos animales vivos, solo comida, juguetes, jaulas… cosas así. En verdad estudié LADE y trabajé durante años como encargada de zona de una franquicia… pero mejor no hablar de eso.

Esmeralda parecía haber olvidado la presencia de Juan Francisco, ahora hablaba para sí. Tras pronunciar la última palabra volvió a mirarle con curiosidad.

—¿Y tú qué haces?

—Un poco de todo… ya sabes, la mala sombra de nuestra generación, lo que va saliendo.

Esmeralda miró sobre el hombro de Juan Francisco a la ventana por la que seguían resbalando algunas gotas sobre el gris trasfondo de la mañana lluviosa.

—Está lloviendo…

—Si quieres… te acerco a tu casa…

—No hace falta… ja, ja, ja —se echó a reír incapaz de contenerse, ya sin miedo ni pudor—. ¿Ni siquiera te acuerdas de que cada uno vino en su coche? ¿No recuerdas que me decías que después de acostarnos tenía que irme porque por las mañanas no aguantabas a nadie?

—No…

—Ja, ja, y yo que pensaba que ahora estarías enfadado porque me había quedado y que me iba a comer una bronca. Estaba demasiado cansada, hacía tiempo que no salía de fiesta como ayer, necesitaba dormir… lo siento… pero no pareces enfadado.

—No lo estoy.

—De todos modos, me voy ya… esta noche parecías un tipo duro, un tío muy seguro de sí mismo.

—Sí… bueno, no sé.

—Yo sabía que no eras así, que necesitabas ser así, pero que no lo eras… no sé, había gestos que me decían que no eras así… no sé cómo eres, pero no eres duro ni estás muy seguro de ti.

—Sí, es posible.

—No te gusta que te diga esto, vale, perdona, no lo digo más.

—No, no sé, me da igual, soy así, qué más da.

Del pequeño bolso negro que colgaba en bandolera sobre su costado, Esmeralda sacó un pastillero con el logo de una farmacia.

—Podrías darme un vaso con agua… hace ya una hora que debería habérmelas tomado.

Juan Francisco le acercó un vaso mientras observaba fijamente las cuatro pastillas de diversos colores que Esmeralda había alineado sobre la mesa de la cocina.

—No pareces tan mayor… —dijo casi atragantándose con las palabras, juzgando en el instante que las pronunciaba que estaba diciendo una grosería.

—Cuando trabajaba de encargada sufría tanto estrés que se me acabó jodiendo el cuerpo, todo el día corriendo con el coche de un lado para otro y discutiendo con todo el mundo… hasta que tuve un accidente y por poco me mato, así que lo dejé… Entonces era la mitad de ahora, créetelo, era un palo con rizos. Después, de repente, comencé a engordar y daba igual que hiciera dieta. Desde entonces tengo que tomar estas mierdas para que todo esté más o menos como debería estar, el tiroides y unas cuantas cosas más no me funcionan bien.

Se tragó las pastillas una tras otra y se puso en pie, dispuesta a marcharse.

—Bueno, no sé si habrá estado bien o mal, yo no siento nada, solo una sensación rara.

—No sé, yo tampoco me acuerdo.

—Es curioso, lo cerca que hemos estado y lo lejos que estamos ahora… por eso te digo, es raro, es como si perdiésemos la oportunidad de algo.

—Sí.

—Estás deseando que me vaya, lo entiendo, para ti no ha sido nada especial y yo siento que tampoco ha sido nada especial para mí, aun así, te queda esa sensación extraña y tan triste…

Los ojos de Esmeralda enrojecieron y su voz tembló. En Juan Francisco, aquel rostro triste inspiró un fugaz sentimiento de compasión, pero permaneció quieto y en silencio a su lado, apuntando con el torso y la mirada baja hacia la puerta de la cocina. Quería que Esmeralda saliera de su casa. No es que fuera insensible a sus palabras, ni al íntimo dolor que llevaba dentro, es que le asustaba lo que pudiera provocar en él si se dejaba llevar. No quería mostrarse, sacar de sí lo que llevaba dentro. Simplemente no quería estar con nadie y menos por las mañanas, recién levantado, cuando se sentía más vulnerable.

Esmeralda se dio la vuelta y avanzó por el pasillo hacia la entrada. No se volvió ni dijo nada hasta alcanzar la puerta.

—Bueno, quizás volvamos a vernos por ahí.

—Puede ser.

—Sí, puede ser, adiós.

Su cuerpo gordo, en torno al que bailaba su vestido azul, desapareció tras doblar un tramo de escaleras. Todavía la escuchó bajar. Pasos lentos, un poco pesados, pasos de un cuerpo destrozado por el estrés y sostenido por pastillas, una mente sola y unos ojos que habían mirado demasiado dentro de él como para no intimidarlo. La próxima vez se aseguraría de no volver a despertar junto a nadie.

 


 

Juan José Sánchez González: «Tengo publicados diversos relatos en las revistas literarias Ariadna RC, Almiar, Letralia, Narrativas, En Sentido Figurado, Relatos sin Contrato (RSC) y Pluma y Tintero, además de en antologías como El Vuelo de la Palabra, el cuento en Extremadura en 2015 y 2016, en la 1.ª y 2.ª Antología de relato corto publicada por Serial Ediciones y Palabras Contadas de La Fragua del Trovador».

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