relato por
Gabriela Chiapa

 

D

etrás de aquellos ojos se guardaba un secreto. Se veía un alma encerrada, gritando por su libertad, pero resignada a su confinamiento en ese cuerpo ya rígido de aceites y lienzos. Cuando los vi quedé absorta ante cada detalle en sus pupilas, intentando en vano desenterrar la historia que escondía detrás de tanta belleza. No eran ojos exóticos, eran más bien comunes, no era eso lo que atraía a mirarlos. El color marrón de ellos encerraba una cierta magia.

La primera vez que la vi, posaba en una fotografía en el margen superior del lienzo del artista. Él estaba observándola, absorbiendo cada minúsculo detalle de la muchacha que posaba allí. Morena de ojos marrones, cabello largo y espeso. Lo saludé pero ignoró mi llamado. El artista estaba creando su obra en su cabeza. «Es su musa» escuché detrás de mí, una mujer mayor de sonrisa contagiosa se me acercaba para recibirme.

—Me parte el alma verlo así, hace meses que solo observa la fotografía y nadie sabe por qué —ambos mirábamos al artista y al lienzo en blanco a la misma vez. De golpe se dio vuelta y me atendió invitándome a beber una cerveza. Extrañamente fue amable y gracioso, como ignorando que había estado con el pensamiento en otro mundo. Pasamos el día sin ningún sobresalto, como los grandes amigos que una vez habíamos sido. Aunque, no me animaba a preguntarle sobre esa fotografía. Si algo recordaba de él era su predilección por la comida picante, acompañada de unas cuantas cervezas bien heladas. Casi todo era como siempre, las charlas, las risas, las mismas frases; pero algo andaba mal, lo sentía en su mirada, se perdía en algún horizonte que no podía comprender.

Llegamos un poco mareados a casa listos para dormir y, como siempre, me tocaba el futón. Fui directo hacia él y me desplomé, casi al instante me dormí profundamente. Una mezcla de imágenes mareaba mi cerebro durante el sueño, la sensación de estar en una pesadilla sin poder escapar hizo que me despertara sobresaltada. Intentaba ubicarme en el espacio-tiempo, quitándome las telarañas del sueño, cuando vi a mi amigo parado frente a su lienzo, aún en blanco, abstraído con la fotografía delante. De repente comenzó a mover sus manos. El pincel parecía una máquina autómata, que volaba entre los dedos del pintor, la paleta, con los óleos dispuestos desordenadamente, parecía una obra de arte en sí misma. Ni siquiera miraba a su alrededor, solo su mano se movía indiscreta por las sinuosas curvas que iban reflejando el cuerpo de la muchacha morena. Su mirada no se movía ni un milímetro de la fotografía, fija en ella, dejaba que su pincel fuera el que hablara por él. La oscuridad nos envolvía, solo una vela iluminaba la escena de mi amigo pintor y su obra. Para él no era necesario más que eso, se sabía de memoria cada detalle que debía plasmar.

Todavía me quedaban rezagos de una suerte de borrachera, volví a desparramarme en el sillón. Dejé a mi amigo ahí con su arte a flor de piel, nunca mejor dicha esa frase. Me olvidé del asunto y hasta cerca del mediodía no me levanté. Cuando pude reincorporarme, el artista ya no estaba frente a su pintura, vi el cuadro tapado con otro lienzo encima. Busqué algo de comer y como no había ni siquiera café para preparar, decidí salir a pasear en busca de alguna cafetería cercana. Le mandé un mensaje a mi amigo para que se acercara apenas pudiera, así almorzábamos juntos alguna pasta en el restaurante a la vuelta de su casa. Aproveché ese tiempo entremedio para seguir con mi lectura que había quedado trunca al bajar del colectivo. Llegada la hora, esperé un buen rato pero no aparecía nadie y ni siquiera respondía los mensajes. Yo sabía que algo raro pasaba dentro de Marcelo, pero preferí no hacer teorías sin hablarlo directamente con él. El hambre me estaba carcomiendo el estómago y decidí pedir la comida, total, él se lo perdía. Volví a su casa al finalizar el postre, que era un flan casero de esos que parece que tocaras un mundo mágico de dulzuras y no querés terminar. La casa seguía vacía, ni Marcelo ni la mujer mayor se encontraban allí. La pintura seguía tapada y en el mismo lugar. Me senté frente al lienzo, tratando de encontrar qué era lo que llamaba tanto la atención de mi amigo pintor, la fotografía ya no estaba, los pinceles seguían embadurnados de óleos y todo parecía en su lugar. Si hay algo que me caracteriza es mi alto nivel de ansiedad, es lo que me llevó a destapar la pintura sin permiso de nadie. Y allí estaba ella, con todos sus detalles, con sus ojos marrones tan atrapantes y seductores. Cada cabello era una pincelada precisa, el borde de su vestido mostraba hasta las costuras que tenía, y el collar… ¡Ese collar azul que no recordaba en la foto! Era lo más realista que había en la pintura, casi daban ganas de tocarlo para saber si era pintura o colgaba de verdad en su cuello.

La pintura me atrapó en ese instante. Y comencé a notar esa sensación de alma encerrada. ¿Cuál era el secreto detrás de esa imagen? La historia estaba allí, entre los ojos vivaces que parecían seguirme hacia donde me moviera y el collar azul que saltaba de la pintura.

La mujer mayor apareció hacia mitad de la tarde y titubeante me dijo que tal vez Marcelo se habría ido a dar una clase. Yo tenía el pasaje de colectivo en la mano y tenía que irme sin poder despedirme. Aún los mensajes no eran leídos por mi amigo, pero no me quedaba otra que saludarlo a través de ellos. Pasaron unos días y sonó mi celular. Era la policía de Maipú que me interrogaba por si conocía el paradero del artista plástico Marcelo, en su celular había mensajes míos y por eso decidieron contactarme. La mujer mayor había hecho una denuncia declarando que su profesor de arte no aparecía hacía tiempo, sin responder llamadas ni mensajes. Me citaron para hacer una declaración, por lo que tuve que viajar hasta allí y sentarme frente a un oficial, su interrogatorio me pareció una eternidad. Me pidieron hasta el detalle de lo que comí en el restaurante, qué hice en cada paso que di y por qué me había marchado sin esperar la llegada de mi amigo. Volví luego del interrogatorio hacia la casa de Marcelo, traté de buscar alguna pista de donde pudiera haberse ido. No había nada. De su gata se habían hecho cargo los vecinos acercándole comida, ella no se separaba de la pintura, que aún estaba tapada con el lienzo, tal cual la había dejado días atrás.

Detrás de los ojos marrones se escondía algo, lo presentía. Me seguían en cada paso, parecían vivos detrás de esa capa de óleos y aceites. Mi amigo no volvió a aparecer. Dejaron el caso a medias por carecer de pistas. Interrogaron a la muchacha morena de la foto, pero ella no sabía siquiera que Marcelo tenía su retrato. Solo dijo a la policía que él le había declarado su amor mucho tiempo atrás, viviendo un corto romance porque la situación era «complicada». Me llevé la pintura y a la gata a mi casa. Y cada vez que pasaba delante de ella sentía una angustia que me oprimía el pecho. La gata no se movía más que para comer y hacer sus necesidades. Había una historia detrás, sí, eso lo sé con seguridad, pero nadie me contó cuál era su secreto. Saqué varias conclusiones del paradero de mi amigo, pero ninguna correspondía a una respuesta real.

Una noche mientras cenaba y le daba de comer a la gata, miré de reojo el cuadro y saltó a mi vista el collar. La mujer no llevaba collar en la foto, eso era seguro. Desde ese ángulo bajo pude distinguir que algo se movía en la pintura, como una mano que intentaba salir del collar azul. Era de noche y estaba sola, el miedo me ganó y salí a caminar por la ciudad. Al volver más tranquila, miré el cuadro nuevamente. Estaba rasgado en varias partes, quedaban jirones de la pintura, casi deshecha en gran parte. Solo quedaba a salvo el collar y la mitad del rostro. Me acerqué para mirar más detalladamente lo que quedaba y ahí lo vi. Dentro del collar, de manera muy sutil, se distinguía un cuerpo, era mi amigo que había quedado plasmado allí, con un grito desgarrador en su rostro y una postura suplicante. El ojo que quedaba sano tenía una chispa un poco satánica, parecía como si se riera, había logrado su cometido.

 


 

Gabriela Chiapa: Vivo en una ciudad pequeña, General Alvear, de la provincia de Mendoza, Argentina. Siempre me gustó el mundo literario, leyendo varias obras desde pequeña gracias al incentivo de mi madre. Luego, mi curiosidad me llevó a intentar escribir mis propias ideas. De allí descubrí la pasión por el cuento corto. En líneas generales, me aboco al género fantástico, donde abundan fantasmas, en el sentido romántico de la idea, hechos que parecen normales para quien los vive pero extraños para nosotros, personajes con una carga emocional que les lleva a cometer actos a veces violentos, movidos por una pasión interna.

gabychiapalit [at] gmail [dot] com

Ilustración relato: fotografía por BonnieHenderson / Pixabay [public domain]

 

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 112 · septiembre-octubre de 2020 · PmmC

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