relato por
Gabriel Cocimano

 

E

chó una mirada hacia la laguna y cruzó el callejón rumbo a su casa. Eran las ocho de la mañana. Llevaba un puñado de peces —su almuerzo de todos los días— y el aparejo de pesca. «La Alborada» era su lugar en el mundo, una elemental cabaña justo frente a la albufera, ese pequeño paraíso rodeado de alamedas. Allí correteaban Alba y Aurora, las dos perritas mestizas que lo escoltaban a sol y a sombra. Despellejó el pescado y lo trozó en la pileta para luego subir por la escalera de cedro y guardarlo en el refrigerador.

Cada día Rafael Cornejo cumplía con su ritual. Como casi no dormía, a las tres de la mañana se internaba en la laguna con el bote. Amaba la brisa de aquellas horas, la ceremonia de atrapar pejerreyes, lisas o mandufias, el silencio de la noche vecina al amanecer. El autor de la celebrada novela Epifanías había decidido recluirse allí, huyendo del vértigo de la selva urbana. Escrita cuando vivía en los sórdidos monoblocks suburbanos de Buenos Aires, con sus intensos pasillos y los rumores de misterio y muerte, aquella novela describía curiosos y fantasmagóricos seres que poblaban paisajes tan distantes para él como la geografía en la que tiempo después habitó. Anfibios que silban durante el amanecer, como el oromeo, o anuros con alas que atacan animales de granja, como la maléndula, recorren la obra del autor de la mano de su excéntrica imaginación.

La huerta lo ocupaba medio día. Entreverado con los frutales, las hortalizas y algunas pocas aves, Rafael había resuelto su propio dilema de alcanzar la autogestión y la soledad. Zapa en mano, recorría por las tardes las hileras de ciruelos y naranjos, el pequeño tomatal y la cantera de hierbas aromáticas, tal como el viejo Achával —el protagonista de su novela— perseguía a los naricotes, esos impúdicos gusanos capaces de pudrir en pocos días hasta los arbustos más sólidos. Alimentaba a las gallinas y, antes del atardecer, le destinaba algunas horas a su oficio de escribir.

Huraño y reservado, rehuía el contacto con los escasos vecinos de la zona. Según ellos, al «Loco» Cornejo ya no lo visitaba la mujer con la que solía vérselo de tanto en tanto cuidando de las plantas y alimentando a los animales. Las versiones entre los lugareños son tan antojadizas como la propia imaginación de Rafael. Lo cierto es que Luz —o, para otros, Clara— desapareció extrañamente, dejando en la cabaña todas sus pertenencias. Casualidad, pero en Epifanías la mujer de Achával vivía recluida en un altillo, y era alimentada por las cigonas, unos acrídidos similares a los saltamontes con cabeza de loros, que poseían una rudimentaria voz.

Algunas veces Alba, en otras ocasiones Aurora, siempre una de las mascotas lo acompañaban en su excursión pesquera por las madrugadas. El olfato y la perspicacia en ellas eran tan sólidos como la fidelidad a su amo. No ladraban salvo excepcionalmente, cuando algo o alguien se aproximaba a esas horas. Eran la custodia de Rafael, su distracción y alarma. Al igual que el protagonista de su novela, cuyo perro Mediodía espantaba a los pájaros que amenazaban los frutos de la huerta.

Al poco tiempo de construir la cabaña, el hombre comenzó a padecer de insomnio. Casualmente Achával —a quien en la novela también apodaban El Loco— sufría del mismo trastorno. El anciano protagonista de Epifanías bebía infusiones de valeriana para intentar conciliar el sueño. Rafael tenía en su huerta un árbol de tilo. Solía realizar largas caminatas antes de la medianoche costeando la laguna, para procurar al menos un par de horas de sueño. Achával hacía lo propio subiendo a la azotea de su casa, en especial durante los anocheceres tormentosos.

Una noche el Loco Cornejo creyó ver en la espesura la silueta de un intruso entre los tomatales. Agarró la zapa y corrió en dirección a la huerta. El silencio de las perras lo hizo dudar un instante. Ellas custodiaban todo desde lo alto de la cabaña, y cualquier sonido las hubiese alertado. En efecto, cuando se aproximó al lugar nada había allí. Se detuvo, rascó su cabeza entrecana, pensó un instante y regresó a paso lento a la habitación. Recordó una escena de Epifanías, en la que el viejo comienza a alucinar ante la presencia del guabiro, un híbrido de zorro con cabeza de jabalí que no cedía en su intento por atrapar al bueno de Mediodía.

Esa madrugada fue a pescar con Aurora. La laguna calma lo animó a tentar con señuelo a las tarariras entre los juncos. La aventura fue un éxito y, una vez que comenzó a clarear, celebró el espectáculo del sol colándose entre los resquicios de las cañas, que oscilaban tenuemente impulsadas por la primera brisa del día. Mientras recogía el aparejo escuchó un estridente silbido, ya en las proximidades de la costa. La perra comenzó a ladrar de un modo inusual, con un quejido obstinado, mostrando sus dientes.

Rafael se apuró para llegar a tierra firme. Percibió que algo sucedía. Cuando estaba por salir del bote apenas pudo ver cómo la perrita huía, desesperada. Intentó seguirla, pero de repente dos cerdos salvajes se abalanzaron sobre él sin darle tiempo a reaccionar. Uno le hincó los colmillos en su pierna mientras el otro, con saña y precisión, le atravesó la yugular.

 

En una de las últimas páginas de Epifanías, el autor escribió un párrafo esclarecedor: En aquella región el sistema natural parecía solidario. Todas las piezas se entrelazaban para fortalecerlo. Mientras el viejo Achával se arremangaba los pantalones, ya en la orilla, oyó silbar al oromeo. La función natural de éste es la de advertir, campanear. Su sonido vivo y penetrante alerta a los otros miembros del ecosistema. Pero su silbido es diferente según el volumen de cada presa de manera que, de acuerdo al tipo de alerta, pueda actuar el predador más habilitado para la ocasión. En ese caso fueron los guabiros los encargados de dar cuenta del viejo huraño. En efecto, en pocos segundos, aquellas bestias lo destriparon, alzándose con el alimento suficiente para, por lo menos, dos días.

 

Rafael se despertó sobresaltado, tomándose del cuello, helado de transpiración. Las pocas veces que puede dormir suele tener pesadillas.

 


 

Gabriel Cocimano (Buenos Aires, 1961). Es licenciado en Periodismo, ensayista e investigador en áreas culturales. Ha publicado numerosos artículos en medios gráficos nacionales e internacionales.

 Web del autor: https://gabrielcocimano.wordpress.com/

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 Ilustración relato: Fotografía por FelixMittermeier – Pixabay [public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 108 · enero-febrero de 2020

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