relato por
Francisco Santoyo Pérez

 

L

leva trece días así. Hoy Casandra ni siquiera abrió la ventanilla. Ayer solo pasó lista, recogió los tributos que le llevamos y se fue. Todos le mandamos mensajes y cada uno de estos fue dejado en visto. Los más optimistas creen que ya va a romper con Rogelio; los más pesimistas, que disolverá la fila y nos regresará a nuestras casas, sin mayor explicación (parece que esta última es una opción no poco probable, pues ya ha sucedido al menos un par de veces). El viernes, el tipo que estaba dos lugares delante de mí, cuyo nombre nunca supe, amenazó que se iría si ella seguía rehusándose no ya a atenderlo a él, sino a cualquiera de los que ahí estábamos. Cumplió su ultimátum esta mañana: dejó caer el bulto de las orquídeas que cargaba y se marchó. Tres más siguieron su ejemplo. «Débiles», les gritó el cuarto de atrás para adelante. Lo cierto es que no es la primera vez que veo a tantos claudicar a sus esperanzas al mismo tiempo.

*

Hay quienes de ella solamente han obtenido un impregnarse los pulmones de esa fragancia de aguaturmas que deja cuando nos pasa lista. Hay otros que ni siquiera la han conocido, pero les bastó una vaguedad visual o testimonial en el Facebook o el Instagram para que se animaran a juntar sus documentos, a unirse al engrandecimiento de este reptil inmóvil que es la suma de todas nuestras voluntades en espera. Los más decimos habernos enamorado tras haber descubierto sus ojos de prisma ámbar o su sonrisa de algodón recién piscado que nos curó algo dentro de nosotros. O después de cualquier otra cursilería. No importa. El caso es que aquí seguimos, pasando lista todos los días, entregándole las flores, los chocolates y los poemas; haciéndole el favor de pasear a Fifí; invitándola al cine; mandándole mensajes; preguntándole, cuando nos concede una plática, que cómo estuvo su día; reaccionando con cómo crees, qué interesantes, dime más, jajajas, eres muy especial, no te preocupes, si necesitas algo tienes en mí dos oídos y un corazón atento a escucharte.

Aquí seguimos, decía, y no nos quejamos.

* *

Han sido más los días en que solo pasa lista y cierra la ventanilla. Con el tiempo esas actitudes dejan de minar nuestras expectativas. No obstante, cada tanto, menos veces de las que podría contar con los dedos de mis manos, ella se resuelve a atender a uno, a veces hasta dos o tres por día; y vemos con júbilo cómo avanza con indicios de vitalidad esta cosa reptante que todos conformamos y que parecía haber muerto. Los llama desde la ventanilla. Primero les pide su carné de méritos y sus documentos (certificados de aprovechamiento escolar, estabilidad financiera, planes de formación de familia, creencias religiosas, ideología política, estado de salud, voluntad de compromiso, entre otros). Ella juzga los papeles de los solicitantes en una veloz ojeada y si la convencen, les concede una cita; si no, puede que, en el peor de los casos, los mande de nueva cuenta al final de la cola o los destierre de la misma. Cuando el que mostró todos sus documentos en orden, y luego de una o más citas, logra convencerla de sostener una relación con ella, entonces todos nos quejamos en silencio. En semejantes situaciones estamos condenados a verla con el novio en turno, a sentir el tábano de la envidia picarnos las entrañas y a no perder la fe en que todo ese espectáculo se acabe para que seamos los próximos en pasar al frente; a demostrarle lo mucha cosa que somos y lo más que la merecemos. Ella, con mayor rigor que cuando estaba soltera, continúa pasando lista y recogiendo sus tributos sin faltar un día.

Pero nada es una garante. En determinadas circunstancias ella rompe la severidad de la fila y elige atender, o hasta hacer novio, a uno que está en una posición menos ventajosa, quien a nosotros parece un cualquiera elegido al azar. Ante este acto no hay nada que hacer. Aprendemos de la forma más cruel la falacia del retribucionismo y de la meritocracia. Estos son los dos extremos: o bien pueden pasar años o incluso vidas enteras sin avanzar de posición, o bien pueden pasar apenas minutos para ser considerado. Puede, con la misma irregularidad inesperada, suceder que el siguiente en pasar, sin llevar su documentación completa, sin haber pasado lista todos los días, o con muchas otras carencias, se convierta en el novio o en la aventura siguiente. Están los que apartaron su lugar, los que llevaron papeles falsos (y solo después de que le rompieran el corazón a Casandra fueron descubiertos) los que con dinero y otras argucias consiguieron prerrogativas, los que tornan a formarse todas las mañanas y todas las mañanas tornan a ser vetados para siempre.

***

Casandra no sabe mi nombre. Sin embargo, esta tarde no me quedó otra opción más que pelearme con un tal Jaime, quien le había hecho propuestas indecorosas sin siquiera haberse formado. La elección de los que tendrán que pelearse parece no ser un capricho de nadie en particular, ni siquiera de ella: todos los involucrados somos instrumentos de la arbitrariedad. Es como si el ambiente influyera a tal grado en nosotros que nos tomara de la muñeca hacia el ruedo para forzarnos a poner las manos en guardia.

Sucedió que todos le mandaron los mensajes de siempre: hola cómo estás bien, etcétera; pero solo a mí me contó que el mencionado Jaime le había hecho propuestas indecentes. Él, borracho, en la fiesta del fin de semana pasado (a la que, por cierto, no fui invitado) la presionó para que se encerraran en un cuarto a besarse. Yo no hubiera querido tener que pelear, mas, como ya dije, algo en estas circunstancias lo obliga a uno, dado que se es el único a quien le fue confesado algo como lo que ella me dijo, a liarse a golpes. El tipo me rompió la boca; yo no le hice ni un rasguño. Ella observó todo el asunto mientras imploraba, siguiendo esa inercia inexplicable de la que hablaba, que nos detuviéramos, que éramos unas bestias, que no me había contado lo que me contó para que yo reaccionara así. Terminé con la ropa ensangrentada y Edgar, el que estaba detrás de mí y se había vuelto un buen amigo mío, al tiempo que me ayudaba a levantarme, me reveló que podría reincorporarme en lo más remoto de la ristra, aunque era improbable que Casandra volviera a dirigirme la palabra.

Revisé mis bolsillos y ya no hallé mi carné: había perdido todos mis sellos de méritos. Supongo que Jaime se los agenció.

****

Tenemos la posibilidad de llenar una forma, un oficio de aquiescencia para adherirnos a otras filas. A estas alturas ya estoy, además de en la de Casandra, en las de Julia, Irakendi, Amanda, Zeltzin, Luisa, Sharon y Felipa.

He ido acostumbrándome a hacer filas —casi siempre simultaneas—; a iniciar, dejar a medias o consumar trámites; al fracaso o a la sorpresa del éxito.

Con todo y que Casandra nunca volvió a llamarme, sigo aquí. En cambio, todo este tiempo, tuve citas con doce chicas distintas por las que perdí el interés tan pronto me presentaron a sus papás, a quienes juré que cuidaría, respetaría y valoraría a sus hijas.

Hace un tiempo conocí a un tipo que estuvo siete años en la fila de una compañera de trabajo, tras lo cual empezó a salir con ella y bien pronto hasta le entregó un anillo de compromiso. A los pocos días de vida marital, se encontraba abatido por la decepción. Extrañaba el proceso del trámite, la espera, pasar lista, entregar tributo, las pláticas insulsas, la obtención de sellos y el compararlos con los compañeros, como si de un álbum de estampitas se tratara. En estos momentos ese tipo está formado y esperando por una menor de edad. Me contó que se hallaba tanto o más entusiasmado que cuando había cortejado a su esposa.

Con algunos años y más filas de experiencia tras de mí, al tiempo que todos mis carnés de méritos están casi llenos, quisiera no darle la razón a ese sujeto.

 


 

Francisco Santoyo Pérez

Francisco Santoyo Pérez. (Ciudad de México, 1992) Estudió filosofía en la UNAM. Algunos textos suyos han sido publicados en revistas literarias digitales como Monolito, La Sirena Varada y Letralia. Sus intereses son el cuento y el ensayo.

 

 Contactar con el autor: franciscosantoyo6 [at] gmail.com

 Ilustración: Diseño por GDJ / Pixabay

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 106 · septiembre-octubre de 2019

 

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