relato por
Francisco García Marcos
L
os habían hecho pasar a la sala de espera, una habitación desangelada y fría, con aroma a un tiempo lejano, suspendida entre un atmósfera difusa. Los techos altos enmarcaban unos ventanales alargados, solo presentidos detrás de una cortina de loneta color burdeos, como si estuviera meticulosamente dispuesta para filtrar la mayor cantidad posible de luz. Sobre el suelo ajedrezado, brillante y recién pulimentado, se reflejaban las estanterías con carpetas marrones, repletas de papeles amarillentos, desparramadas en los estantes. Solo quedaba libre el vano de la puerta del despacho, frente al que habían instalado una hilera de sillas, para amortiguar la espera. Encima del dintel de la puerta, un reloj esférico de nogal sopesaba el discurrir del tiempo desde la pared, dejando un reguero acompasado de sonidos. Parecía ser el único movimiento capaz de atravesar el moho líquido del ambiente.
La madre trataba de perder la mirada al otro lado del cortinaje del ventanal, como si fuera capaz de atravesarlo para dejarse ir a través de las calles de Labruna que a esas horas estarían atestadas. Pero no conseguía deshacerse de la espera, en silencio, sin mirar a sus hijos, agazapada en un traje de chaqueta negro, liso y sin una sola arruga, con la cabellera recogida en un moño, fundida su piel transparente con la limpidez de la camisa blanca que llevaba puesta. Decididamente, ni veía nada ni le interesaba hacerlo. Ellos tampoco repararon ni en su madre ni en ninguna otra cosa concreta. Tan solo estaban desconcertados. Llevaban todos estos días acomodándose a un tiempo nuevo tras la muerte de su padre. No era una acomodación fácil. Había sido unas cuantas cosas, además de padre: el consejero, la voz de la conciencia, el encargado de conseguir lo imposible, el hombro en el que apoyarse, el pecho en el que cobijarse, la caricia de ánimo en el cogote, bastaba con su mirada de almendra, marrón y serena, con olor a aceituna y mar para solucionar cualquier cosa.
—Desde luego, mira que ha sido particular para todo.
—¿Por?
Jorge elevó la vista del suelo. Se levantó un instante. Fue a andar hacia algún lugar, pero se detuvo. Volvió a sentarse. Comprobó que los picos de la camisa azul estaban correctamente alineados entre las hechuras de su jersey celeste. Se abotonó la camisa para ajustar bien la manga.
—¿Por qué? Pues, por todo, Jorge. Siempre ha sido así. ¿Recuerdas la semana aquella que se fue de viaje a no sé dónde? Éramos muy pequeños.
—¿Cómo no me voy a acordar? —Jorge rio pausado, complacido sin esperar la complicidad de su hermano—. ¡Como para olvidarlo! Compró una cosa para cada día que estuviera fuera y las escondió por toda la casa. Todas las tarde, al volver del colegio, nos daba la pista correspondiente por teléfono. Esas ocurrencias solo podía tenerlas él.
Mario repasó la línea del pantalón, impecablemente recta hasta cortarse con el brillo de sus zapatos, sin una mota de polvo, indelebles a los trayectos como el de esa misma mañana.
—Bueno, es una manera de verlo, Jorge. A mamá no creo que le hiciera tanta gracia que le pusiéramos la casa patas arriba todos los días.
Elvira volvió de su ensimismamiento, requerida por una llamada imprevista, tan asombrosa como inevitable.
—Pues resulta que a mí no me importaba. Es más, me encantó, como todos los inventos de vuestro padre, siempre arrebatadores. He tenido una vida de magia con él, hasta después de vivo. Esta es su última sorpresa, supongo, aunque no sé, lo mismo es más prudente esperar hasta el final. Con él nunca se sabe.
Mario volvió a repasar el pantalón. Empezó a mover inquieto la pierna.
—Pues a mí me desespera esto, mamá, ¿qué quieres que te diga? Jorge y tú os lo tomáis con nostalgia, o algo así. Pero yo no sé a qué viene hacer un testamento y dejarlo en una notaría, cuando todo está más que resuelto. Antes éramos cuatro y ahora solo quedamos tres, su mujer y sus dos hijos. Fuera de esa burbuja, él mismo decía que solo queda el resto del mundo.
Su madre inspiró profundamente, inclinó la cabeza y cerró los ojos, arqueando una sonrisa, leve y compasiva
—Está jugando, Mario. Es una manera de seguir estando, incluso ahora. ¿No lo entiendes? Yo creo que lo ha hecho sobre todo por ti, fíjate lo que te digo.
Mario fue a responder algo a su madre en el momento en que se abrió la puerta del despacho, tras un crujido de la madera del marco. Un pasante con una interminable americana negra les indicó que los esperaba don Ramón. Cuando flanquearon la puerta se ocupó de cerrarla con discreción, dejando una letanía de taconeo que se iba desvaneciendo a medida que se alejaba. Sin levantar la vista del escritorio, rebuscando entre las carpetas pardas amontonadas en un costado, el notario les rogó que tomaran asiento.
—Aquí está. Antes que nada, soy Ramón de Castro Hernández.
Les tendió una mano delgada y blanquecina encogida dentro de una manga pajiza de nailon. Cuando hizo ademán de inclinarse, se le transparentó el pelo recogido hacia atrás, sostenido por una gomina abundante. Detuvo sus ojos en Elvira. Siempre le habían molestado las miradas de los hombres que desnudaban a las mujeres sin permiso.
—La viuda, supongo.
—Naturalmente, no hay más opción —Elvira estiró las cejas, antes de apostillar—. Y nuestros dos hijos, como también resulta evidente.
—Por supuesto, por supuesto. Si me permiten los documentos de identidad. Es una mera formalidad, como podrán comprender.
Los dos muchachos permanecían en silencio, sobrepasados por una situación que les resultaba ajena. Aunque todo aquello no dejaba de contener un simbolismo tácito. Al irse su padre habían perdido parte de su identidad, hasta el punto de verse obligados a justificarla. Elvira tenía otras preocupaciones. Terminar con aquel trámite cuanto antes se había convertido en una causa personal. No entendía por qué Luis había elegido aquel notario, aunque sabía que terminaría descubriéndolo. Era otro juego más.
—Es lo suyo, aquí todo tiene que ser muy formal, con la consiguiente distancia.
—¡Ah, vaya! Intuyo que somos colegas, ¿es Ud. letrada?
—Intuye mal.
No estaba dispuesta a contarle nada de su vida, ni que ella era ingeniera ni que su marido había sido el guardián de la casa, no solo por su horario en el ayuntamiento, sino por su propia manera de ser. Ella, sus hijos, su familia habían sido su obsesión y su devoción, siempre. El notario rebuscó en el interior de un cajón entre un silencio compacto que extremaba cualquier sonido, el garabateo sobre el papel, el trasiego de carpetas, el cuerpo moviéndose en la silla, el golpe de un cajón al abrirse y cerrarse. Finalmente sacó una tarjeta y se la entregó a Elvira, completamente enhiesta, alineada con el espaldar, pero sin rozarlo, con los pómulos marcados y un punto de fatiga en la mirada.
—Mi tarjeta. He incluido también mi número privado. Aquí me tienen para lo que necesiten.
Elvira tomó la tarjeta y la depositó en el filo de la mesa.
—Está bien. Y para lo que estamos aquí, el testamento de mi marido…
Ramón tomó apresurado la carpeta y la abrió con estropicio. Sacó de su bolsillo interior unas gafas de pasta roja y se las colocó de cualquier manera.
—En realidad es muy sencillo. Tiene todas las formalidades de rigor, claro está. Pero esto siempre es así. Es igual para todos los testamentos. Lo sustancial está en las disposiciones que se introducen en cada uno de ellos.
Elvira petrificó su rictus, como si estuviese incubando un enojo antológico. El notario balbuceó, pero terminó por recomponerse.
—A lo que íbamos, a lo sustancial, el esposo de doña Elvira y el padre de don Jorge y don Mario contaba con una cuenta, fruto de ser agraciado con la lotería de Navidad, cuyo montante asciende a 2.674.932 euros. Ha dispuesto que, descontados los impuestos por transmisiones de herencia, se divida en cuatro partes iguales, para los aquí presentes y para la hermana del finado.
Mario y Jorge se miraron, desconcertados, primero, incrédulos de inmediato. Después observaron a su madre, entre un silencio profundo y vidriado. Elvira se dedicó a buscar los ojos de sus hijos, sin decir palabra, como si aquello no terminara de ir con ella. Mario se incorporó de la silla y se dirigió al escritorio del notario.
—Oiga, ¿qué hermana? Mi padre era hijo único.
—No, no, ni mucho menos. Dejó claramente establecida la existencia de una hermana, la cual debería ponerse en contacto con esta notaria, al abrirse el testamento. De no hacerlo, en el plazo de un mes a partir del día de la fecha, su montante se repartiría entre Uds. tres.
Mario volvió a su silla, en silencio, sin moverse, como si su cuerpo colgase de un vacío indeterminado, fuera de aquella sala, de todas las salas posibles. Fue Jorge quien se dirigió al notario, palpándose los bolsillos, buscando algo que ni iba a encontrar ni necesitaba hacerlo.
—Mire, todo esto es muy extraño. Resulta que de repente mi padre tiene una hermana, a la que asigna una parte de su herencia, que ha de venir a reclamarla sin que aparentemente nadie le avise… ¿Alguien sabe algo de esa mujer?
—Se sobreentiende que está al tanto de lo sucedido.
—Disculpe, entonces lo entiendo menos, porque no la hemos visto por ninguna parte ni estos meses ni durante toda nuestra vida.
Entonces Elvira se vio obligada a devolver sus pensamientos al despacho del notario. Sus hijos percibieron el semblante de las grandes ocasiones, una ceremoniosidad consustancial para la que parecía predestinada. Se puso en pie.
—Esa fue su voluntad. Nadie va a cuestionarla. Ni yo lo voy a consentir. Que tenga un buen día, señor notario.
Tomó su bolso del asiento, se giró y se dirigió con decisión hacia la puerta. Ramón salió apresurado tratando de despedirse, pero solo alcanzó a darle la manos a los muchachos. Luego, recogió la tarjeta que había quedado sobre la mesa. Cuando la tiró a la papelera, Elvira había atravesado ya la recepción de la notaria en dirección a la puerta de salida. Con la luz del sol en la calle, entre el ruido de los coches circulando y el olor a churros saliendo de una cafetería, esbozó una sonrisa y se puso las gafas de sol. Parecía satisfecha. Además, había descubierto el misterio del notario. Era de una simplicidad radical, un garante absoluto para que los juegos de su marido no corrieran el más mínimo peligro.
—Pero, ¿por qué nos ha hecho esto?
—¿Qué, Mario, guardarnos un dineral y dárnoslo? Te recuerdo que le encantaba viajar. ¿Te imaginas la de vueltas al mundo que podría haber dado con el dinero del que tú y yo vamos a disfrutar ahora?
—No es eso, Jorge, no me hagas trampas. No es cuestión de dinero y lo sabes.
Elvira seguía caminando, ajena a la conversación, en apariencia, mientras se adentraba en el callejeo de Labruna.
—Entonces, ¿qué es Mario?
—Pareces tonto a veces, de verdad. ¿Qué va a ser? La hermana, tu tía, Jorge.
—Sí, mi tía, sí. Desde luego es raro en un hombre tan familiar como papá. No me lo hubiera esperado nunca, en eso llevas razón, las cosas como son.
—Por supuesto, y lo ha decidido él todo, con una de sus sorpresas, para variar. Silencio completo hasta hoy. ¡Qué casualidad!, cuando no podemos preguntarle para que nos aclare algo. No sé, solo se me ocurre que algo gordo tuvo que pasar entre ellos.
Elvira se volvió a mirar a sus hijos, cada vez más confusos e indignados. Empezó a reír, sin disimulo. Se quitó las gafas para mirarlos de frente.
—Siempre habéis conocido a la hermana de vuestro padre. Os ha amamantado, os ha bañado, os ha vestido, llevado al cole, de vacaciones, ha estado sentada junto a vosotros en el notario y antes os ha parido.
Inspiró, muy profundo, y luego soltó el aire con satisfacción, librándose de una carga pesada. Se volvió a poner las gafas oscuras y se giró. Antes de proseguir la marcha, de espaldas a sus hijos, sin mover un músculo, se dirigió hacia algún lugar indeterminado del cielo.
—Su última voluntad, realmente, es que tuviera esta conversación con vosotros. Sí, me tocaba a mí. Siempre la he aplazado, la verdad. Por eso me tocaba a mí. De nuevo ha sido un juego maravilloso de papá.
Entonces se volvió, encaró a sus hijos y los cogió por los hombros.
—Por supuesto, nadie va a reclamar nada. Yo he sido por encima de todo su mujer. Lo demás fueron circunstancias que no pudimos elegir.
Francisco García Marcos. Es profesor de Lingüística General en la Universidad de Almería. Ha publicado libros sobre dicha temática y, también, ensayos como La Divinidad Políglota o La Trastienda de la enseñanza de lenguas.
👀 Lee otros relatos de este autor (en Almiar): La cara oculta del sol ▫ Un, dos, tres negritos
Contactar con el autor: fgarcos [at] gmail {dot} com
Ilustración relato: Imagen realizada mediante técnica IA (redacción)
TRES RELATOS SORPRESA (traídos aquí desde nuestra biblioteca)
El hombre que se evaporó, por Fernando L. Pérez Poza. En Margen Cero («Cuentalia» – 2002) |
Cuento cruel, por Eduardo Jauralde. Primer premio del Certamen de Literatura La Barca de la Cultura y Revista Almiar. En Margen Cero (Biblioteca de relatos – 2009) |
El unicornio en el jardín, por Elena Ortiz Muñiz. En Margen Cero (Biblioteca de relatos – 2010) |
Revista Almiar · n.º 143 · noviembre-diciembre de 2025 · 👨💻 PmmC · MARGEN CERO™
Lecturas de esta página: 60














Comentarios recientes