relato por
José Luis Cubillo

 

E

ra viernes por la noche. A lo largo de la semana no teníamos tiempo para nosotros. Nos despertábamos por la mañana, nos dábamos un beso de buenos días, y en una carrera nos arreglábamos, desayunábamos y nos íbamos al trabajo sin ocasión de intercambiar palabra alguna salvo para desearnos una buena jornada. Luego por la noche llegábamos tan cansados que solo nos contábamos las tres o cuatro novedades del día, enseguida nos íbamos a la cama y nos quedábamos dormidos nada más decirnos buenas noches.

Por ello los fines de semana los reservábamos para nosotros. Eran islas en medio del océano del tiempo. Comenzaban el viernes por la noche con una buena cena para relajarnos y proseguían a lo largo del sábado y del domingo con nuestras aficiones favoritas: Leer, pasear, escuchar música, practicar algo de deporte, visitar museos, salir al cine o al teatro, recorrer los alrededores pintorescos de la ciudad… Siempre nos quedaba alguna actividad pendiente, por falta de tiempo, para otro fin de semana. Parecía increíble que después de diez años de matrimonio todavía no nos aburriéramos.

Ese viernes mi mujer había preparado como de costumbre una deliciosa cena. Era una excelente cocinera. Su salmón en papillote era insuperable. Mientras cenábamos charlábamos y veíamos la tele. Los programas nos suscitaban a veces los temas de conversación. Cuando uno nos aburría hacíamos zapping hasta que encontrábamos otro que nos interesara. Caímos así en una cadena en la que emitían un documental sobre la sexualidad de los jóvenes. Contaban entre el pudor y el descaro cómo había sido su primera experiencia. Sin pensarlo le hice una pregunta a mi mujer.

—¿Cómo perdiste la virginidad?

Mi mujer me miró sin dar crédito a lo que había oído. Después de unos largos segundos en los que luchaba por comprender lo que ocurría y por buscar una respuesta me dijo:

—No me parece que esto sea un tema de conversación para la cena.

Tenía razón. No era un tema de conversación para ese momento. Estábamos disfrutando del salmón, de una ensalada de endivias deliciosa, de estar juntos charlando con tranquilidad, de los planes estupendos que teníamos para el fin de semana —queríamos visitar una exposición de esculturas al aire libre que habían inaugurado hacía solo unos días en el centro de la ciudad—, y con mi torpeza fui a romper ese instante mágico que habíamos deseado durante toda la semana. A veces decía las cosas sin pensar dejándolas caer en el peor momento en el lugar menos adecuado. Era incorregible. Serví a mi mujer un poco de vino.

Durante unos instantes permanecimos en silencio, contemplando la tele. La idea de cómo mi mujer había perdido su virginidad no se me quitaba de la cabeza. Podía tener razón, no era un tema de conversación para la cena, pero no debía de haberme contestado tan desabrida. Tampoco tenía tanta importancia. Volví a preguntar.

—Dime, ¿cómo fue tu primera relación sexual?

—¿Pero a qué viene esto? —me contestó confusa y algo tensa.

—No sé —dije—. Por hablar de algo. Ahí están esos chicos —señalé a la tele—, contando cómo fue la primera vez que hicieron el amor, y se me ha ocurrido pensar en la tuya.

—Vaya tontería —dijo con desprecio y se levantó para llevar a la cocina los platos sucios.

Me sentí como una colilla a la que hubieran tirado al suelo. Mi mujer golpeaba con un tenedor los platos para arrastrar los restos de comida hacia el cubo de la basura. Al rato yo también fui a la cocina.

—Estoy pensando que nunca me lo has contado. ¿Fue con tu primer novio? —pregunté.

—¿Y qué más da? —contestó alterada—. ¿Te he preguntado yo alguna vez cómo perdiste la virginidad?

Pensé unos instantes. Luego respondí.

—No, la verdad es que no. No era necesario. Te lo conté yo mismo al poco de hacernos novios. ¿No te acuerdas de aquella noche a la salida del cine, que estuvimos cenando en el kiosco del parque que había nada más cruzar la calle?

Desde luego que se acordaba. Le delató el mohín que hizo con el labio sin poderlo evitar. Comenzó a servir el postre en un intento de dar por terminada la conversación. Había preparado higos cocidos al ron. Volvimos al salón.

—Venga, cuéntamelo —insistí—. Es por curiosidad. ¿Fue con tu primer novio?

—Qué pesado te estás poniendo —soltó mi plato de postre sobre la mesa—. No, no fue con mi primer novio.

—Entonces fue con el segundo —dije de sopetón, feliz, porque al menos había conseguido acotar el campo de posibilidades y me aproximaba veloz y directo a satisfacer mi curiosidad.

—Tenemos un bonito fin de semana por delante. Vamos a disfrutarlo con tranquilidad. No lo estropees —me dijo, extraña.

Se estaba empezando a enfadar. La conocía bien. Cuando había algo que le incomodaba o se escapaba a su control hablaba seria, con una voz grave que le venía de dentro, la cara se le enrojecía y por el cuello comenzaba a aparecerle un sarpullido de granitos. Entonces lo más conveniente era olvidar el tema y pasar a otro asunto.

El postre estaba exquisito. Dejé el plato limpio como recién fregado. En la tele seguía el documental sobre la sexualidad de los jóvenes. Una muchacha hablaba con desenfado de las dificultades que tenía para mantener relaciones con su novio. No disponían de un lugar idóneo ni del tiempo suficiente. Debían condicionar sus relaciones a la disponibilidad de ese lugar y del tiempo que les dejaran terceras personas. Volvió a mi cabeza la curiosidad sobre cómo habría sido la primera vez que mi mujer hizo el amor. Si no fue con su primer novio tenía que haber sido con el segundo. No lo pude resistir.

—Tuvo que ser con el segundo —dije.

Me miró a punto de estallar.

—Si no perdiste la virginidad con tu primer novio tuvo que ser con el segundo —repetí.

—Te estás poniendo realmente desagradable —me dijo enfadada.

Se levantó con violencia y se llevó los platos a la cocina. Fui tras ella.

—No pasa nada. Son cosas naturales. ¿Por qué no quieres hablar de ello?

—Tengo derecho a mi privacidad —dijo, encarándose y alzando la voz, con el cuello y la cara enrojecidas—. No tengo por qué contarte mi vida en todos sus detalles. Respétame.

Se entregó a colocar con rabia los cubiertos en el lavaplatos. Yo también comenzaba a enfadarme por su tozudez. Me resultaba inexplicable por qué le daba tanta importancia. Si no había perdido la virginidad con su primer novio y se negaba a confesar que había sido con el segundo, solo se me ocurría una tercera posibilidad.

—A lo mejor fue con otra persona.

A mi mujer se le escurrió un plato que tenía entre las manos y fue a estrellarse contra el suelo con gran estrépito. Se quedó paralizada.

—¿Quién me dice a mí que solo tuviste dos novios, y no fueron tres, o cuatro, o quién sabe, a lo mejor quince? —dije encorajinado, como quien propina un puñetazo. Mi mujer no podía hablar. Salió corriendo hacia la habitación. Me di cuenta entonces de que había atravesado una frontera prohibida. Tenía que tranquilizarme y me di tiempo recogiendo los fragmentos del plato que se había roto. No entendía por qué mi mujer me había ocultado durante tantos años que había tenido más novios de los dos que me confesó al principio de nuestra relación. Más que el engaño me indignaba la falta de confianza. Nuestra relación se basaba precisamente en que éramos personas dialogantes y podíamos decirnos con toda sinceridad lo que pensábamos, sentíamos o deseábamos. No había ninguna razón para ocultarnos nada.

Fui a la habitación. Mi mujer estaba tumbada en la cama, de cara a la pared, seguramente llorando. Cuando lo hacía era así, bajito, sin que lo pareciera, como si temiera crear un sentimiento de culpa. Me senté sobre la cama, a su espalda. Le acaricié el cuello. La verdad es que yo, a veces, perdía las formas con bastante facilidad. Tenía un pronto que no controlaba y del que inmediatamente me arrepentía.

—Perdóname. Me da igual con quién hicieras el amor por primera vez. Lo único que me importa es que te quiero y me siento querido por ti.

Mi mujer se dio la vuelta y me abrazó muy fuerte. Casi me ahogaba. Lloraba inconsolable. Sus lágrimas corrían por mi cuello. Después de un rato me dijo entre hipidos:

—Con mi segundo novio tampoco hice nada. La primera y única persona con la que he hecho el amor en mi vida ha sido contigo.

Tardé unos segundos en reaccionar. Cuando conocí a mi mujer era evidente que no era virgen.

—¿Entonces…? —pregunté confuso, sin entender nada.

Entonces… —repitió ella, mirándome con fijeza, ya sin lágrimas pero con sus ojos humedecidos y de un modo que me asustó de tan duro y penetrante como no se lo había visto jamás—. Entonces…, espero que aún siga en la cárcel y no salga hasta que se haya muerto.

 


 

José Luis Cubillo

José Luis Cubillo. (Madrid, España, 1959). Diplomado en Cinematografía, especialidad de guión y dirección. Productor de cine y guionista. Entre sus numerosos trabajos citaremos el medio metraje Vuelta de página (2019) —seleccionado a competición en el Aasha International Film Festival de la India— y el largometraje Película al estilo Jafar Panahi (2013), seleccionado a competición en el VII Picknic Fil Festival 2015 (España). Su relato Caza ha sido publicado por El coloquio de los perros y Espacio Ulises.

Sitios del autor: https://www.imdb.com/name/nm0190924 · https://www.facebook.com/pages/Pel%C3%ADcula-al-estilo-Jafar-Panahi/435471639892055 · email: edelweissproducciones [at] telefonica.net

Leer otro relato de este autor (en Almiar): El suceso

Ilustración: Imagen (detalle) de BRRT en Pixabay [public domain]

 

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 107 · noviembre-diciembre de 2019

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