artículo por
Alfredo Martín Gómez

 

E

l pasado 11 de junio de 2012, el doctor y poeta Félix Ernesto Chávez López y tres familiares fueron asesinados en México D.F., tras oponerse al intento de robo en el domicilio familiar donde Félix se alojaba mientras duraba un ciclo de conferencias que iba a impartir en la UAM.

La mala suerte quiso que decidiera pasar ese tiempo en compañía de unos familiares a los que hacía años que no veía en persona; y la miseria económica, social y moral, que los delincuentes valoraran la vida de cuatro personas en un puñado de pesos mexicanos y un par de televisores.

Tuvieron que pasar cuatro años para que quien esto escribe pudiese dar a luz un texto adecuado para despedirse —hubo otro antes, no os engaño, pero estaba tan cargado de ira y rencor que lo destruí antes de que los efectos de su veneno fuesen irreversibles; no es fácil enfrentarse a las propias tinieblas—, y han tenido que pasar cuatro años más para que me decidiera a hacerlo público más allá de mi blog. Almiar, revista cultural que sigo desde hace un tiempo y en la que he tenido el placer de participar con anterioridad, me ha parecido el lugar idóneo para Félix. Poeta entre poetas, así debe ser su descanso.

En todo este tiempo no he sido capaz de dirigirme a sus familiares y amigos para expresarles mis condolencias; esto me parece especialmente grave en el caso de Lidia, mamá de Félix. Su dolor ha sido nuestro dolor, y aunque nunca escribí en el libro de condolencias en que se convirtió el blog de Félix tras su muerte, he sentido como mías cada una de las palabras publicadas allí. Así que, aunque no sé si algún día llegarás a leer estas líneas, lamento muchísimo tu pérdida, Lidia. La vida ha sido muy cruel con todos los que apreciábamos a Félix; todos morimos un poco aquel 11 de junio; para todos alguna cosa cambió sin remedio.

Por fortuna, además de en el recuerdo de quienes lo quisimos, Félix sigue viviendo en su obra. En este sentido, quiero agradecerle a Yoandy Cabrera la recopilación y edición de todo lo escrito por Félix: al descatalogado poemario La devastación, hoy, gracias a la labor de Cabrera, se le suman El bosque escrito. Poesía reunida; La claridad en el abismo, sobre el motivo de su tesis doctoral, Luisa Pérez de Zambrana, —mi querida Rosa, como se refería a ella en los correos que intercambiábamos; Inocentes hipopótamos blancos, donde se publican sus relatos inéditos, y Ensayos, una serie de artículos sobre Emily Dickinson (poeta sobre quien iba a escribir su tesis doctoral antes de que virase a Pérez de Zambrana) y Walt Whitman.

Entre los pocos éxitos de quien esto escribe, se encuentra, sin duda, haber sido amigo de Félix. Descansa en paz, mon frère.

 

No es que morir nos duela tanto.
Es vivir lo que más nos duele.
Pero el morir es algo diferente,
un algo detrás de la puerta.

La costumbre del pájaro de ir al Sur
—antes de que los hielos lleguen
acepta una mejor latitud—.
Nosotros somos los pájaros que se quedan.

Los temblorosos, rondando la puerta del granjero,
mendigando su ocasional migaja
hasta que las compasivas nieves
convencen a nuestras plumas para ir a casa.

Emily DICKINSON, 335.

 

H

oy se cumplen cuatro años desde que el azar quiso poner tu cuerpo al alcance de unos cuchillos guiados por la miseria y el sinsentido, por la barbarie misma materializada en tres pobres diablos que, no contentos con desgarrar tu carne una vez, se ensañaron contigo hasta privarnos de tu compañía para siempre. Tal vez fue aquélla tu última enseñanza: la vida es un breve paréntesis entre el nacimiento y la muerte, un absurdo que el día menos pensado se nos escapa entre los dedos. Un capricho químico, en todo caso, en el que ningún Dios ni el Destino ni las segundas oportunidades tienen nada que decir, por mucho que juguemos a engañarnos con ello —porque no puede existir un plan divino, por inescrutable o retorcido que sea, que consienta lo que te ocurrió, eso un Dios con todas las capacidades no lo toleraría; de igual modo me niego a creer que tu final ya estuviera escrito con sangre en las estrellas, ni que vayas a volver entre los vivos, por mucha falta que nos hagas ni por mucho que lo merezcas.

Pero miento, para mí no fuiste asesinado aquel 11 de junio de 2012, sino el viernes 15, cuando después de la revisión cotidiana de la bandeja de entrada de mi correo electrónico, fui a parar a los dos últimos emails que habíamos intercambiado hacía escasas fechas y en los que nos poníamos al corriente de nuestras últimas novedades ——qué ridículas resultan ahora nuestras cuitas del momento, ¿verdad?—. Leer de nuevo tus palabras sobre la aventura que emprendías en tierras mexicanas me hizo preguntarme cómo te estaría yendo por allí, pero antes de escribirte decidí echarle un vistazo a tu blog: sin novedades, no habías vuelto a publicar nada después de tu última entrada. Estarías muy ocupado, pensé, nuevo país, nueva universidad, nuevas clases que impartir, el reencuentro con unos familiares que hacía tiempo que no veías… demasiado para mantener al día tu bosque… sin embargo, el excesivo número de comentarios que tu última publicación había originado hizo que mi curiosidad me llevase a leer lo que había allí.

Y aunque al principio no entendía lo que escribían quienes comentaban —no lo podía entender—, fue entonces, mientras apuraba el primer café de aquel viernes que no olvidaré jamás, cuando fuiste asesinado. No reescribiré lo que sentí en aquel instante infinito —pues todavía dura, aunque latente—, en cierta manera porque no podría: la rabia y la desolación han desaparecido, pero no así el dolor. El dolor nunca nos deja; se mitiga, se transforma en otra cosa, pero ya nunca nos abandona. Solo diré, con las palabras con que lo expresa Szymborska en «Un gato en un piso vacío», poema que expresa como pocos qué significa la muerte para los que continúan vivos, que Morir, eso no se le hace a un gato [1].

Cuatro días, fueron exactamente cuatro días de vida los que te concedieron mi ignorancia de los hechos. Como sucede con Beatriz Viterbo al inicio de El Aleph, el universo entero seguía con su arrogante existencia, el reloj seguía sonando a la misma hora, el agua seguía hirviendo a la misma temperatura, el sol seguía encontrando el cenit en el mismo momento y el calor seguía apretando con la misma obstinada humedad. Tú ya te habías marchado para nunca volver, y la naturaleza te respondía con indiferencia. ¿Qué podíamos saber el resto?

Durante estos últimos días he vuelto a leer algunas de las publicaciones de tu blog —en realidad, lo reconozco, lo he visitado en muchas otras ocasiones, como quien lleva flores a la tumba del ser querido e intenta, de manera infructuosa, comunicarse una última vez con él—, de las tuyas, porque tu bosque ya no es solo tuyo, en cierta manera nos pertenece a todos —tu mamá y un amigo siguieron escribiendo allí por un tiempo; y han publicado tu tesis doctoral y toda tu poesía completa; no te enojes, estoy seguro de que todo ha sido con la mejor de las intenciones, un último intento de mantener vivo lo que fuiste y ya no serás—, y algunas de las cosas que allí escribiste muchos años atrás resultan perturbadoras a la luz de hoy, casi como epifanías. Me refiero, por ejemplo, a «El día que ya no esté» [2], del 28 diciembre de 2009.

Y tienes toda la razón en lo que allí escribes, desaparecerás de la memoria del mundo como nos acabará sucediendo a todos, acaso ya has empezado a desvanecerte para siempre, pero mientras tanto sigues muy vivo en tus familiares y amigos, que te recordamos y te añoramos, que te imaginamos y te inventamos cada vez que te pensamos. Concédenos por lo menos eso, ¿qué otro consuelo nos queda? Para mí siempre serás poesía, el caos de una clase de literatura, la sonrisa del Gato de Cheshire, la impostura de aquél que posee tanta sabiduría, Baudelaire, hipocondría, contracturas lumbares y cervicales, una cara amable entre mil rostros desfigurados en el enjambre que son los túneles del metro de Barcelona, Emily Dickinson, un corto cubano, un cadáver exquisito, la brisa de aire fresco por la mañana, un café de máquina, una muerte en Venecia y Tadzio frente al mar, el eco de una conversación pasada resonando en boca de otra persona, el síndrome del túnel carpiano, un verso escondido, blanco, puro, un correo electrónico a tiempo, un querido amigo en la distancia.

En «Impasse» [3], tu última publicación, ya desde Ciudad de México, te preguntabas qué habría sido de tu vida si diez años atrás hubieses empezado por allí. Y no tengo respuesta, no tengo ni la más remota idea de qué hubiese supuesto para tu vida. No hay manera humana de saberlo sin recurrir a la ficción especulativa. Para la mía, en cambio, sí que lo tengo claro. Me hubieses privado de alguien realmente maravilloso,  —mon semblable, —mon frère!, porque:


Compartir-te
ha estat deturar el temps, per retrobar-me
més ingenu que mai i amb un sanglot
a flor de pell, com una criatura. [4]

 

▫ ▫ ▫

 

NOTAS:

[1] Morir, eso no se le hace a un gato. / Porque qué puede hacer un gato / en un piso vacío. / Trepar por las paredes. / Restregarse entre los muebles. / Parece que nada ha cambiado / y, sin embargo, ha cambiado. / Que nada se ha movido, / pero está descolocado. / Y por la noche la lámpara ya no se enciende.

      Se oyen pasos en la escalera, / pero no son esos. / La mano que pone el pescado en el plato, / tampoco es aquélla que lo ponía.

      Hay algo aquí que no empieza / a la hora de siempre. / Hay algo que no ocurre / como debería. / Aquí había alguien que estaba y estaba, / que de repente se fue / e insistentemente no está.

      Se ha buscado en todos los armarios. / Se ha recorrido la estantería. / Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado. / Incluso se ha roto la prohibición / y se han desparramado los papeles. / Qué más se puede hacer. / Dormir y esperar.

      Ya verá cuando regrese, / ya verá cuando aparezca. / Se va a enterar / de que eso no se le puede hacer a un gato. / Se irá hacia él / como si no quisiera, / despacito, / con las patas muy ofendidas. / Y nada de saltos ni maullidos al principio. Wislawa SZYMBORSKA: «Un gato en un piso vacío». Fin y principio (1996).

[2] El día de mi muerte no me echarás de menos. Echar de menos es tener la esperanza de que asome mi rostro tras la puerta. Pero entonces ya no volveré.

      No quedaré en nada, en nadie, no seré más que elemento transfigurado en otro elemento. Que no haya música, ni pierdas el tiempo pensándome fantasma o viento sobre el árbol. Todo puede seguir su misma rutina, a nadie le parecerá importante cualquier remota detención.

      Mejor camina hacia otra parte. No te sientes a esperar. Sigue otra huella. La mía se habrá fundido en los mismos circuitos donde todos se calcan. Haz un montón de piedras e imagina que sobre ellas nacerá otro lirio, otra casa, otro libro, otro barco que ya no me llevará.

      Que ninguna de mis fotos sirva para extrañarme: pues ese de las fotos ya no soy yo, ni lo será este yo tampoco cuando acabe el poema. El pasado sólo existe en la idea del pasado. Y una fotografía sólo congela un minúsculo tiempo.

      El día que ya no esté que sea el día más común, el que te exija la mayor indiferencia. Total, ya no estaré para decirte que calles o que rías, ni podré acariciar tu cabeza con mi mano cuando llegue la noche para serenarte. Es un hecho simple la naturaleza. ¿Por qué cuesta aceptarla?

      No me iré a ningún sitio ni me quedaré contigo. Siempre hay una maravillosa mentira en el ‘para siempre’. Quizás creerás oír mi voz, grave o nublada, en cada palabra mía que recuerdes, en cada diminuto personaje que me he inventado como justificación. Mi voz sobre el armario y los papeles, sobre mi cama roja con sus siete almohadas y las cortinas a ninguna parte. Pero será la forma  en que imagines lo que fui, o sea, lo que no soy, lo que ya no seré.

      Y si alguna vez trasmigro —si existiera al menos una de esas infinitas posibilidades— sólo podré recordarme yo mismo, desfigurado a través de mi pálpito, en el nuevo cuerpo habitado. Puede que de algún modo te lo haga saber. O puede que nunca más me acuerde de ti y ya no te venga a buscar. (F. H. / F. E. C. L.).

[3] Estoy en la Ciudad de México y llueve. El silencio de mi estancia se interrumpe por estridentes tonos telefónicos o por la cercanía con que parecen volar los aviones, no sé si despegando o a punto de aterrizar. Cumplo mi cuarto día en un sitio donde pude una vez emigrar, y que hoy me recibe de paso; una ciudad monumental, caótica, desmesurada, como si la extensión sobre la altiplanicie pretendiera llenar un vacío en una forma barroca contemporánea. De día, sentado en la cocina mientras tomo una taza de chocolate, he sentido repicar en la calle las estridencias del carro de la basura. Todo en el Distrito Federal es estridencia: las voces de los comerciantes, los conductores gritando, los atestados comercios, los colores y olores, la brutal uniformidad de ciertas expresiones, la risa y la alegría, el horizonte volcánico, la fértil imaginación. También las esperanzas y los silencios.

      Paseo de noche por la ciudad, y todo termina por ocultarse tras las luces. Toda esa maraña histórica, tremendamente rica, se difumina con las luces nocturnas, y sientes respirar la ciudad a pesar de sus contrastes, de sus avenidas incesantes, de sus iglesias, de sus glorietas donde puedes ver ensayar a jóvenes actores como si se tratase de una pareja de enamorados siendo filmados desde una esquina desconocida. Todo es como un comienzo, como una pregunta nunca hecha. Como un nido de vastedades sucesivas, interminables.

      Estoy en la Ciudad de México y tengo gastritis mientras veo caer grandes chaparrones del cielo, y se mojan las sillas de madera de la terraza, la mesa llena de queso traído de Zacatecas, los enormes cristales impolutos. El cielo más cercano que nunca, antojadizo, volátil. Nada, sin embargo, me resulta familiar. Y me pregunto qué habría sido de mi vida hace más de diez años si hubiera empezado por aquí. (F. H. / F. E. C. L.).

[4] No t’he dut flors, Antonio, t’he portat / un silenci amorós per no interrompre / el teu íntim diàleg amb la mort / que fa tants anys que dura. Compartir-te / ha estat deturar el temps, per retrobar-me / més ingenu que mai i amb un sanglot / a flor de pell, com una criatura. / No t’he dut res, Antonio, però estimo / més que abans aquest mar que m’ha vist créixer / i prop del qual confio de morir / d’ençà que he vist que tu m’hi acompanyaves. Miquel Martí i Pol: «Compliment a Antonio Machado». Llibre de les solituds (1997).

 


 

Alfredo Martín Gómez

Alfredo Martín Gómez. Es Licenciado en Filología Hispánica, Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona. Desde 2011 trabaja como editor y, desde 2015, mantiene el blog Alfredópolis (https://alfredopolis.wordpress.com/).

Otros textos de este autor (en Almiar): Todos somos HomeroEl rifle de Chéjov, el flâneur de Baudelaire, la multitud de Poe y la ventana de Hitchcock

Ilustración artículo: Fotografía por Pedro M. Martínez ©.

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Revista Almiarn.º 112 / septiembre-octubre de 2020MARGEN CERO™

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