relato por
Federico Ferroggiaro

 

E

l tránsito es un caos y más los viernes cuando cae la tarde y todos los conductores parecen ratas tratando de huir del laberinto para salir de la ciudad o volver a sus casas. Lara también, porque ella había dejado el estudio con los minutos goteando la cuenta regresiva, y había bajado por el boulevard hasta Rivadavia, cruzando quizá algún semáforo en rojo con la posibilidad de una multa venidera. Recién ahí había encontrado la calle más limpia, un trecho, y había acelerado hasta entrar por la cortada Cortázar a la Isla de los Inventos. La madre de Valentino, una mujer que sobrellevaba una vida ardua de solárium y gimnasios, le entregó a sus hijos sin reprobarla por la demora. Ella quiso explicarle, que el trabajo, que el tráfico, que todo conspiraba en su tardanza, pero solo le agradeció haberla esperado cuidando que Luis y Lena no se escaparan. Actividades extraescolares, una maldición para la logística familiar. La otra madre no debía pensar igual porque le dijo: los chicos la pasaron genial, como si la diversión de sus criaturas debiera curarle el estrés y la jaqueca, figurar entre sus prioridades.

Los ubicó en el asiento trasero, con los cinturones ajustados, principalmente para que no la estorbaran con sus aleteos y manotazos. Repasando la lista de actividades pendientes, subió al auto y arrancó con determinación para entrar en Rivadavia. Tenía el paso despejado y no se detuvo antes de doblar. Por eso el roce, porque fue apenas un roce, la sorprendió haciendo que clavara los frenos y soltara un gritito. Había tocado una moto, a un motociclista, antes invisible, que perdía el equilibrio, zozobraba y quince o veinte metros más adelante, después de debatirse entre caer o mantener la vertical, se detenía con el vehículo perpendicular a la calle. Desde ahí, alzando el visor del casco, el tipo de la moto la miraba. Lara levantó la mano mientras balbuceaba perdón, perdón, no lo vi. Al fin y al cabo, no había pasado nada: estaban todos bien, sin heridos y más que el susto, no debían lamentar una tragedia, un accidente o algo más grave. Algo así fue lo que pensó mientras volvía a ponerse en marcha, porque ya se aproximaba el malón de autos que había liberado el semáforo. Pero el otro hizo un gesto, alzó los brazos y los agitó con furia. Tal vez la insultaba, tal vez le recriminaba esa maniobra desafortunada o la mandaba a lavar platos, o alguna de esas salvajadas del folklore machista. Lara se recuperó de la impresión: el episodio había terminado y ella debía seguir con su rutina.

Nunca había visto una moto como esa. Grande, sí, impresionante y seguramente pesada, lo que hacía suponer que el conductor era un patovica o un vikingo. Tampoco sabía tanto de motos como para apresurarse en las conclusiones. Distinguía las cross de los ciclomotores y le sonaban las marcas: Honda, Suzuki, Yamaha. Todas de Japón, como los personajes de anime y las catástrofes nucleares, pero los japoneses, salvo los luchadores de sumo, no suelen ser tan fornidos para manejar un bicho de aquel porte. Miró por el retrovisor: la moto se había instalado detrás de su auto y acortando la distancia, la seguía. Lara giró en la primera esquina. Aceleró sintiendo la ligera vibración que producía el empedrado y, en la ochava siguiente, volvió a doblar en dirección al sur. Quería comprobar, con esos virajes azarosos, si su sospecha era correcta. Y era: lo supo al tomar Paraguay y, tras dos cuadras, ver que su perseguidor se ponía en paralelo, junto a ella y su auto. Los dos puñetazos en la ventanilla, aplicados uno detrás de otro y con violencia, la espantaron. Loco, ¿qué hacés?, loco, protestó mientras Luis le preguntaba qué pasaba. Nada, hijo, nada. El tipo quería que se detuviera. Sí, por eso le señalaba la vereda, por eso: porque quería que frenara y. ¿Y qué? ¿Para insultarla, para pegarle, para exigirle dinero? Los dueños de motos como esas no necesitan abusarse de los demás salvo que quisiera… El ancho de los hombros y el torso, lo que había entrevisto, confirmaban que se trataba de un hombre fuerte, quizá un atleta, de esos que lanzan balas o martillos. O un boxeador, también podía ser, o un yuppie frecuentador de los gimnasios, herencia de la década del noventa.

Lara recordó que entre San Juan y Mendoza estaba la comisaría. La Segunda o la Tercera, daba lo mismo. Perfecto, vamos a ver si sos tan gallito delante de la policía, se dijo esquivando un colectivo amarillo mientras ganaba velocidad por la mano rápida. El primer sitio libre para detenerse, en doble fila, por supuesto, era frente al portón de la escuela Bialik. Ahí frenó, segura de que su perseguidor pasaría de largo. A su izquierda, el guardia de la escuela la observaba. Aunque llevaba gafas negras, era evidente que su atención se concentraba en ella, en el auto. En los espejos, Lara buscó la moto: no la veía. Pero el guardia dio un paso hacia la calle y se llevó el handy a la boca mientras le indicaba que se fuera. Ella lo ignoró: viven con miedo, por los terroristas, por los palestinos… pero yo soy una mujer. No estaba la moto, sí el guardia que seguía hablando por su radio y, de golpe, había escondido la mano libre atrás, en la espalda, como si buscara la billetera en el bolsillo o se acomodara la camisa. Retírese, retírese, parecía ordenarle, con la boca y con la mímica, y ella vio asomándose la determinación en la boca, en la forma que trabó los maxilares. Dos años de servicio militar, más o menos, de patrullajes en el desierto protegiendo a su pueblo del terror, esperando el momento de disparar contra el enemigo, contra alguien. Quizás dos años vacíos y al volver, cuando todo prometía una rutina estable, aburrirse jugando al niñero, de pronto una mujer, una inocente mujer seducida por Al-Qaeda, detiene su coche bomba frente a una escuela de la colectividad en una ciudad perdida en el mapa y hace volar aquel fragmento trasplantado de la tierra prometida.

La moto apareció en la vereda, justo al lado del guardia. Haciendo chirriar los neumáticos, Lara retomó la calle y la fuga. Su perseguidor también, y sus hijos empezaban a inquietarse. Encendió el estéreo y subió el volumen para no escuchar las preguntas, el miedo pueril de sus infantes. Justo sonaba un tema de Perales y eso estaba bien porque era una radio romántica. Solo así, abstraída, ausente, conseguiría evadirse, perderlo. Iba a setenta, a ochenta y pegaron un salto al pasar Pellegrini. El enojo, una calentura, no puede durar veinte cuadras, meditó, o peor: que puede incrementarse con el tiempo y la distancia recorrida. Pero se trataba de un enfermo, de un loco. Por qué siempre tengo que meterme con hombres obsesivos, se lamentó mentalmente para que no la oyeran sus hijos y después le fueran con el cuento al padre. Sí, a su ex, pero no quería acordarse de él porque toda su concentración debía enfocarse en el coche, en la conducción, en desconcertar y perder al tipo en moto.

Luego de atravesar 27 de febrero y continuar hacia el sur, aumentó su miedo. Se había alejado demasiado del paisaje cotidiano y no reconocía esas hileras de casitas bajas y algunas precarias, también, los pibes con shorts deportivos, las chicas con bebés en brazos y las miradas desconfiadas que levantaba su auto o quizás ella y los lentes oscuros, de diseño, un poco excéntricos pero chic, glamorosos, que costaba imaginarlos en esos rostros que la contemplaban. De qué servía pensar eso. Debía salir de allí, de ese otro peligro que la amenazaba. Se desvió hacia el oeste, donde la ciudad se volvía suburbio, barrio o nada, y entró en una de las avenidas que desembocan en el Boulevard. Él se mantenía detrás, respetando la distancia, como si creyera que jugaban al gato y el ratón. Entonces, podía serenarse, pensar.

Las luces del casino, a la izquierda, teñían de irrealidad violeta a esa mole de cemento. A la derecha, el playón del supermercado recibía a los clientes de los viernes. Los últimos bastiones de civilización quedaban atrás y por delante se abría la autopista, el camino de asfalto construido para correr y escapar. Todo fue la velocidad, entonces, y la moto atrás, acercándose a cien, quizás a ciento veinte kilómetros por hora por el paisaje que se volvía yermo, desierto, el campo, los galpones, la noche anunciándose en los colores del cielo. Ella apretaba el pedal, hundiéndolo, y él detrás, como un cazador o un enamorado, convencido de lo que debía hacer, terco, dispuesto a no perderla, a no renunciar al deseo de atraparla y… Lara se relajó. Le quedaba combustible, tres cuartos de tanque, y podía ir hasta donde la voluntad la llevara. La incipiente oscuridad, y el cansancio de los juegos, había aletargado a los niños que, como ella, distendidos, se adormilaban. El cartel verde le recordó las distancias: Villa Constitución, San Nicolás, San Pedro. Hacía tanto que no iba a San Pedro. Había una esquina donde vendían unas ensaimadas memorables. Extrañamente, estaba disfrutando conducir por el carril de la izquierda, pasando los camiones que parecían tortugas agotadas. Se dejaba invadir por la paz, por una sensación de seguridad plena, de confianza en sí misma, de libertad. Ya no la estorbaba el tipo en moto. Al contrario. Su persistencia le parecía admirable, esa convicción, un tesón insólito en esta época. Había dejado todo para ir por ella y su negativa, expresada en la carrera que ambos sostenían, no lo había derrotado. Ahí estaba, todavía. Con su casco. En equilibrio sobre esa máquina que debía acalambrarle los brazos. Cansado, porque ese viaje no estaría en sus planes. Miró otra vez por el retrovisor. Ahí estaba, pobre. Y sus hijos se habían dormido y parecían dos ángeles sin alas. Giró el espejo e irguiéndose, revisó su aspecto. Las ojeras se justificaban. El estrés, demasiado ajetreo, un viernes, terminando la semana. Con una mano se acomodó el cabello, lo batió un poco para que tuviera forma. Suspiró. Al frente, brillando entre las luces, se alzaba una estación de servicio. Lara entendió que era la oportunidad, el momento, y cambió de carril mientras desaceleraba. Confirmó que él obedecía, que imitaba su maniobra, y entonces sí, poniendo el guiño para anunciar que tomaría el desvío a la derecha, sonrió ilusionada.

 


 

Federico Gonzalo Ferroggiaro  es periodista y Profesor Universitario en Letras (U.N.R.). Actualmente se desempeña como Director de Prensa de la Universidad Tecnológica Nacional – Rosario en su ciudad de residencia. En el ámbito docente, está a cargo del dictado de Literatura Italiana de la U.N.R. y es docente en escuelas secundarias. Como escritor participó de varias antologías locales y nacionales y ha recibido premios y menciones en diversos certámenes literarios entre los que se destaca, en el año 2004, el Primer Premio en la categoría Cuento de la Asociación Santafesina de Escritores (ASDE) y, en año 2008, el Segundo Premio Ciudad de Rosario (Editorial Municipal de Rosario) en la categoría ficción. Como resultado de esta distinción, fue publicado su libro de cuentos El pintor de delirios (EMR, 2009). En el año 2011 publicó el libro de relatos Cuentos que soñaron con tapas (El ombú bonsai, 2011). En 2012, su cuento “El mensajero” fue incluido en la antología Rosario: ficciones para una nueva narrativa de la Editorial Baltasara. En 2013, obtuvo el Primer Premio en el XIV Certamen «La lenteja de oro de la Armuña» (Parada de Rubiales, Salamanca, España) y publicó, en el marco del Espacio Santafesino, el libro La niña de mis ojos (Colección Raíces Aéreas, Editorial El Ombú Bonsai, 2013). En 2016 publicó la novela Tetris (UNR Editora) y en 2017 el libro de cuentos Par de seis (Baltasara editora)

Contactar con el autor: fgferroggiaro [at] yahoo.com.ar

 Ilustración relato: Fotografía por MikesPhotos; Pixabay [dominio público].

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) · n.º 107 · noviembre-diciembre de 2019

 

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