Estructura y forma de una narrativa contra la violencia
por Silvana Freire Levín

 

E

speranza es un cuento corto del escritor peruano Luis Rivas Loayza (Andahuaylas, 1959). Fue escrito alrededor de 1986 bajo un fuerte contexto político y social del país, donde reinaba una atmósfera violenta hacia el indígena de los pueblos originarios y demás grupos considerados marginales. En el siguiente informe se pretenderá realizar un análisis y lectura crítica, al amparo de los conceptos de las escuelas del formalismo y estructuralismo, para lo cual se emplearán los textos teóricos sugeridos, con autores como Bajtín, Barthes y Withe. A modo de hipótesis, se puede inferir que en el cuento Esperanza está presente y clara la idea de una voz enunciadora que recurre a voces ajenas marcadas y es clasificable como una tragedia. Pero que, además, resulta ser un archivo contra la violencia política de la época.

La escuela formalista, como movimiento intelectual, sostiene que un texto está determinado por consideraciones formales. Su valor se relaciona estrechamente a la forma y no a lo material. Del formalismo ruso deviene el nacimiento de la teoría literaria y la crítica literaria como un ente autónomo. Uno de los exponentes principales de este modelo teórico es Mijaíl Bajtín, quien, en La palabra de Dostoievski, plantea las bases fundamentales de las voces en el texto o la polifonía.

Siguiendo sus postulados, la voz enunciadora es aquella que presenta el discurso, la que lleva el hilo de la historia y va entramando todo su contenido. Se puede identificar con el narrador, más no con el autor. La figura del autor es externa y no influye en la obra misma (esto lo reafirma, luego, Barthes). En Esperanza se puede identificar una clara voz enunciadora que se encarna en un personaje testigo de las situaciones. Caracterizado como un joven, de edad similar al protagonista, que fue criado y vive en este pueblo de raíces indígenas latentes. Lo cual se puede reconocer por la forma de hablar y describir los hechos locales, su dialecto y las costumbres que menciona.

Sin embargo, en contadas ocasiones hay una dicotomía en la voz enunciadora. El autor intenta plasmar un narrador de determinadas características sociales y culturales. De estrato socioeconómico más bien bajo, con escasos recursos educacionales y que se considera parte de un grupo relegado e incluso aislado del resto de la urbe peruana. Pero registros como «semántica» o el lenguaje poético que utiliza para describir las escenas más alegóricas nos alejan de ese cometido. Puede resultar una intromisión del autor, que sí maneja este dialecto y que supo distanciarse del narrador, o bien, de un narrador que sale del ambiente marginal originario. Ya sea porque posee mayor educación formal o que realmente no es un testigo tan directo como se aparenta en un principio.

No obstante, y saliendo de la voz principal —como bien reconocería Bajtín— existe más de una voz en el texto. La voz enunciadora guía al lector por un sendero, pero en este hay más obstáculos y elementos de los que se esperan o aprecian a simple vista. Existen también rocas, árboles e incluso animales y el lector debe prestar igual o mayor atención a estos rasgos para tener una noción del paisaje completo. A esto Bajtín llamará la voz ajena, aquella que escapa a la voz enunciadora, o en sus palabras, la «(…) diferenciación lingüística, esto es, de diversos estilos de la lengua, de dialectos territoriales y sociales, de jergas profesionales, etc.» (265). Es una herramienta de la misma, que, sin embargo, desarrolla otro discurso, alterno; otra forma. Ya sea en pos de lo dicho u opuesto al sentido del enunciador.

En Esperanza se encuentra la voz ajena expresada en diferentes fragmentos del texto. Por ejemplo, cada vez que cambia el idioma español a un idioma originario, indígena y de raíces vivas. Ya sea en poemas o canciones, expresan esa voz reclamadora de un pueblo que se desarrolla, aún, bajo costumbres ancestrales. Es un discurso que coincide con la voz enunciadora, que lo reafirma y posiciona casi como una verdad. Concluyendo que este recurso funciona como estilización y es una continuación del discurso ya planteado. Es precisamente, un objeto usado por el narrador para su cometido. Por citar algún fragmento:

 

Wallpalla quwilla añañaw

por eso yo quiero casarme

tragulla agalla añañaw

por eso yo quiero casarme…

(Rivas 120)

 

Luis Rivas Loayza

Otra representación de voz ajena en el cuento de Rivas Loyza, se encuentra al final del relato a modo de advertencia a los jóvenes, que no aspiran al mismo final de Exaltación: «Muchachos, cuídense, no hablen nada de nada, ni piensen salir a estudiar a otras ciudades, no salgan solos, lleven sus documentos…» (124). Aquí se percibe un tono diferente, más frío, más distante; un tono implacable. Una especie de consejo invadido por el temor de alguien mayor, con la experiencia en la carne de lo que el hombre es capaz de hacer por poder y superioridad. Registro que escapa de la voz enunciadora, la cual tiene un tinte juvenil, algo ingenuo y que quizá en ese instante no comprende incluso el mensaje de advertencia. Concluyendo que dicha voz es polémica oculta, la cual «(…) queda fuera del discurso del autor, pero éste la toma en cuenta y se refiere a ella» (284). Esta voz perturba el sentido que se llevaba hasta ahora y da un giro también en la trama.

El nombre mismo del cuento puede ser analizado también bajo este modelo y su significancia. Esperanza es una de las tres virtudes teologales y en el transcurso de la historia vemos la devoción religiosa cristiana que profesa la madre, tanto para llamar a su hijo con nombre santo. Toda la trama se puede justificar en la esperanza que siente Adiku del regreso de sus desaparecidos. Pero también, Esperanza es una ciudad en el departamento de Ucayali, en Perú. La territorialidad del nombre aterriza la historia a un plano físico, que no es el mismo pueblo que se narra pero que sí puede generar un diálogo con la realidad.

Por otro lado, la escuela estructuralista francesa retoma la crítica literaria desde nuevas teorías estéticas. Estos temas se convierten en un insumo importante para fortalecer la investigación en la literatura, específicamente en cuanto a didáctica. Uno de sus exponentes fue Roland Barthes, quien afirma en Crítica y verdad (1972) que solamente la lingüística puede otorgarle a la literatura el rigor analítico que requiere. Es decir, el lenguaje pasa a tener un rol fundamental en el juego literario. La tekné de la lengua humana se redirecciona a la producción del texto, otorgando un valor según su estructura.

La primera distinción que hace White en Introducción a la poética de la historia es entre crónica, relato, modo de tramar, modo de argumentación y modo de implicación ideológica. Según la primera clasificación, (entre crónica y relato) Esperanza sería más bien un relato, ya que no se centra en narrar los hechos solo como ocurrieron sino que «indica al lector que reserva sus suposiciones acerca de los hechos contenidos en el registro hasta que aparezca algún motivo final» (17). La obra de Rivas calza con dicha descripción ya que la orquestación de hechos se centra en un mensaje final, que tiene estrecha relación con la estructura y linealidad del texto.

La historia comienza con el retrato de una imagen muy particular «está la casita tan sola y tan triste (…) llevando la pena de una madre (…)» (Rivas 119). Sitúa al lector, precisamente, en la escena final del texto. Doña Adiku, es el nexo del autor para desarrollar toda la trama. Se podría clasificar en in extrema res, donde se parte por el final. Y esto no es mera casualidad, tiene un motivo de ser. La madre que perdió al esposo y al hijo vive sumida en soledad, eso se presenta en la primera página. Y en el desenlace se ve a ella en la misma situación lastimera. Creando un círculo infinito e indisoluble en torno a la soledad, a la espera de que los desaparecidos regresen. Lo cual resulta muy paradójico al contraponer el título Esperanza, lo único que queda tras el abandono es eso, la ilusión. Estamos condicionados.

Tal  como  se  vivió  en  Chile  para  la  dictadura  cívico  militar —por  dar  un ejemplo— las víctimas desaparecidas aún son añoradas por sus familiares. Sin embargo, ellos, los que quedan, son parte de este círculo de soledad eterna, tal como doña Adiku; quien «(…) por las heridas de mil dolores» (125) aún conserva esperanza. Y aún más, no les son desconocidas las palabras citadas en el texto como «terrorismo, atentado, estado de emergencia, coche bomba, etcétera» (124). Son conceptos que tras la caída de la democracia en ese negro 11 de septiembre, se volvieron parte del vocabulario común de una generación.

Siguiendo con los planteamientos del teórico Hayden White (2014), este hace una palmaria separación en los registros del texto en el modo de tramar. Ya sea romance, comedia, tragedia o sátira. Esperanza sería categorizable en la tragedia como trama, ya que los personajes (en este caso la madre) se enfrentan a una prueba agónica y categórica que pone en jaque sus valores y virtudes. Primero pierde al marido producto de ese afán cultural —como define Barthes— que impera en la sociedad de la historia y en la sociedad actual. Es el ideal de «que seas más que nosotros» como si por ser y existir no fuera suficiente. Los trabajos son menospreciados, los objetos indígenas también y el ser «civilizador» es el que destruye toda la cultura a su paso. No obstante, pese a esta pérdida, ella continua su vida aferrada al hijo. Cuando el hijo desaparece todo se quiebra y el devenir de la historia toma un giro inesperado, trágico y cercano a la catarsis en el lector, al sentirse identificado con la historia.

Además, en el final de la tragedia «las reconciliaciones (…) son mucho más sombrías, son más de la índole de resignaciones de los hombres» (20). Esa es, justamente, la reacción de la Adiku, no se esmera en una búsqueda desesperada de lo perdido, sino que se centra en sí misma, en su interioridad espiritual y su fe cristiana. Para resguardarse y terminar en la resignación, la soledad, pero siempre guardando ese atisbo de esperanza en su corazón. Ilusión que la hace mantenerse a raya de la situación, también por un contexto político que la violenta y la obliga a estar al margen por seguridad personal. Solo «el viento solano lleva su oración al cielo» (125), solo el viento en su simbolismo de libertad le permite soñar más allá de lo real, más allá del poder que la gobierna.

Ahora bien, según Barthes «El texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura» (3). Un análisis de dicha índole, en Esperanza, lleva al lector a preguntarse qué sucede con el protagonista desaparecido. El ambiente particularmente violento que se genera desde ese punto resulta un brusco vuelco en la historia aparentemente pasiva. No se está hablando de cuestionamientos menores, no es un padre ausente que se va en busca de trabajo y no vuelve. En este caso la decisión no pasa por el individuo, sino que este es forzado a dejar su lugar. Incluso, es extirpado con pinzas de una matriz total, de su pequeña y frágil familia basada en el amor maternal.

Eskalcha fue detenido, secuestrado y violentado. Sus derechos como persona fueron vulnerados y esta situación tan espeluznante no es alejada de la realidad. A partir de 1980 se inicia en Perú la época del terrorismo, conocida por el gobierno como Conflicto Armado Interno del Perú. La similitud de fechas con la publicación de Esperanza, llevan a asociar el relato con esta disputa civil. Este periodo de la historia peruana es considerado uno de los más brutales, principalmente, por el número de víctimas. Cerca de setenta mil personas fallecieron solo en instancias de fuego cruzado entre ambos grupos (los llamados subversivos y el estado). El protagonista de Esperanza pudo ser uno más de los que componen la cifra aterradora. Y también haciendo, nuevamente, una analogía del título, la palabra esperanza guarda el anhelo de que situaciones de miseria humana como estas no se vuelvan a reiterar en la historia del país ni de ningún otro.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

· Bajtín, Mijaíl. La palabra en Dostoievski. Problemas de la poética de Dostoievski. 1979. Trad. Tatiana Bubnova. México: FCE, 1993:253-284.

· Barthes, Roland. La muerte del autor. El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y la escritura. Buenos Aires: Paidós, 2013:75-83.

· Barthes, Roland. Crítica y verdad. Madrid: Siglo XXI Editores, 1972.

· Rivas Loayza, Luis. Esperanza. Incendiar el presente. La narrativa peruana de la violencia política y el archivo (1984-1989). Edición, estudio y suplemento testimonial de Enrique Cortéz. Lima: Campo letrado, 2018: 119-125.

· White, Hayden. Introducción: la poética de la historia. Metahistoria. 1973. México DF: FCE, 2014: 13-50.

 


 

Silvana Freire Levín. Es estudiante de Letras Hispánicas en la Pontificia Universidad Católica de Chile; escribe desde muy pequeña. Ha participado en talleres y concursos literarios a nivel regional y nacional, obteniendo algunos premios y, además, una publicación bajo el amparo del concurso regional de poesía de DD.HH.

 Contactar con la autora: miraelcielonolatele[ at ]gmail.com

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Ilustraciones: (portada) Fotografía alojada en Pxhere [Cco] · (en el texto) Fotografía Luisrivasloayza en Wikipedia [Cco].

 

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