relato por
Esteban Humberto Cano

 

U

n joven que vive en una ciudad mediana de Europa decide dejar de hacerlo. La vida en la ciudad le aturde y desagrada. En momentos de desagradable intimidad consigo mismo no evita saber que se va porque la ciudad es sucia y depredadora y alguna vez le han asaltado, y tiene miedo de no saber reaccionar mejor en una segunda afrenta. Solo la humillante experiencia con aquellos pandilleros rompió la rutinaria acumulación de días que formaban semanas, meses y años iguales. No tiene mucho que dejar atrás, ni grandes amores, ni un buen trabajo, ni popularidad. Es más anónimo que fracasado, a su pesar a veces reconoce el viaje en términos de mediocridad.

Aun así, el joven tiene una vida; un trabajo que da para vivir y salir todas las semanas al cine o a comer con una novia a la que se ha acostumbrado a amar, y, si trabaja horas extra, algún regalo lo suficientemente caro como para hacer sentir bien a quien lo da y a quien recibe. Soportables y abúlicas horas de trabajo que se recompensa con una soportable relación de amor. Una vida que se le hace insoportable. Lo peor que le podría pasar (que le despidieran, que le dejaran) y lo mejor (un trabajo un poco mejor pagado, una novia un poco más guapa) son igual de insoportables. A excepción del horror de otro atraco y acoso, solo tiene la sensación de que no hay mucho que ganar ni mucho que perder.

Compra, entonces, un billete de avión para una nación distante, de gentes que cree puras o inocentes o ignorantes, creyendo que será aceptado y admirado, no en ese orden precisamente. Se niega el apelativo de malo o repugnante.

Piensa que con el dinero de los ahorros que sobren tras gastar en el vuelo podrá ayudar en la región más pobre, y dentro de esto ganarse la aceptación entre los vecinos de un apartado poblado. El podrá vivir al principio en una ciudad cercana a la comunidad y cuando ellos mismos le solicitaran se mudaría junto a ellos. También piensa en admiraciones y mujeres y en alguna forma de acumular poder. La mediocridad y cobardía que lastraba su vida en la ciudad, piensa, era un efecto o respuesta a la vida en una sociedad concreta, en un modo de vida concreto, pero no tenía que significar un inevitable rasgo de carácter, una porción de personalidad. Probablemente una vez lejos de Europa aquello que le disgustaba de sí mismo y que le hacía huir de donde nació, desaparecería.

Vuela y llega a una pequeña ciudad, más o menos como lo había pensado, y por los siguientes días hace amistades en el hotel y la ciudad y se informa de poblados y comunidades cercanas y sus costumbres. Le ayudan de forma sincera y abierta aunque no conozcan la pretensión del turista y ni siquiera sepan que él no se considera un turista o no llega en calidad de turista. Un mes después viaja por vez primera a la pequeña comunidad, donde se encuentra con varias familias, niños que corren de una caseta a otra, varias ancianas, un hombre al que llaman el doctorcito y otro al que dicen el abogado, y varios hombres que fungen como líderes y de entre quienes uno le ofrecerá, pocos días después, hospedaje por una noche.

Cuando el joven llega al país tiene la idea de que por su condición de europeo le permitirán incorporarse a un trabajo bien remunerado, y aquello no sucede aún, pero algo le queda de sus ahorros y quiere congratularse con la gente a la que lleva regalos, principalmente botellas de Coca-Cola. En su tercera visita un hombre inicia la conversación, le prepara algo de comer y la ofrece una cama donde quedarse.

Se hace normal que pase varios días seguidos sin regresar desde la comunidad y en ocasiones se permite no pagar una noche de hotel y aparcar la búsqueda de algún piso en la ciudad porque sabe que esa noche alguien cederá una habitación  y porque cree que eventualmente su vida estará en aquella comunidad. Le gustan algunas mujeres y se sabe agradable en el trato, más de lo que jamás había sido en su nación. Es diligente y no le pone la vida circunstancias en las que conceptos como vanidad, prepotencia o cobardía puedan aparecer. Ayuda en los trabajos del día a día y muestra una tendencia natural a ayudar económicamente al grupo. Si alguno ha intentado en algún momento aprovecharse de esa tendencia, los demás en la comunidad han sabido sancionarle y autorregularse. Un mes después ya es inexacto decir que el joven protagonista no vive en la comunidad. Cocina y come ahí, duerme donde un vecino cuya palabra es escuchada siempre, comparte techo con una joven mujer que profesa interés hacia él y de vez en cuando una prima de esta hace una visita indisimulada solo para poder verle

Una noche él sale a dar un paseo y da con un río que da a una senda cuyo horizonte parece iluminado por piedras preciosas que emanan o multiplican luces; y si el protagonista no avanza en el fangoso camino por no estar preparado para el filo de las hojas ni los mosquitos, sí que se lo comenta a su hospedador, quien mira al invitado y no con malicia. Quizá con amistosa condescendencia. El recién llegado le dice exaltado qué es lo que acaba de ver, describe el camino suntuoso y cómo se desdibuja entre árboles y tal vez unos cientos de metros de fango que para alguien como él aún resultan difíciles de recorrer. No lo serán dentro de un par de meses. Explica el color dorado y no entiende por qué no ha generado interés en la comunidad y aventura una explicación relativa a la ignorancia o superstición, de la cuál su hospedador y amigo le hace desentenderse pronto. No es que no estén interesados y no sepan las ventajas que, apenas unos kilómetros más allá, en la pequeña ciudad, podrían empezar a suponer esos destellos de oros descritos por el joven invitado. Por suerte su región no pasará a llamarse nunca yacimiento, y eso que ve en la noche lleva décadas emergiendo (siglos atrás, a través de otras formas). Le explica que algunos que han muerto, por fortuna la mayoría de vejez, han acometido en noches pasadas aquel camino, y lo único a lo que conduce es a una herida abierta que nunca cicatriza. Feliz y condescendiente el joven pide a su hospedador ejemplos, que en su cabeza irá deconstruyendo y ridiculizando.

Lo que cada uno de ellos desea, dice el hospedador, se encuentra al otro lado del bosque, pero también aquello a lo que más teme. En las últimas ocasiones (apenas unos años atrás) solo los más jóvenes y vanidosos no escuchaban las advertencias y se aventuraban al camino, y regresaban representando en la locura sus temores, rostros inflados, brazos amputados, la negación total de la vanidad y el amor a la juventud que esos chicos tenían y que en el fondo era lo que más temían perder. Historias más lejanas hablan de otros temores personales que se reproducen ante aquel que quiere entrar en el bosque para traer consigo el tesoro; espectros de dos cabezas, una tierra que se abre agonizando y emite palabras de condena que el que regresa, mudo, no será capaz de repetir… pesadillas y monstruos de todo tipo.

El protagonista sabe atribuir aquellos hechos a la mezcla de infecciones, fiebres y la tradición oral, aunque se cuida de no apresurarse para realizar su aventura. Siente el protagonista que ante aquellas supersticiones aparece más claro que nunca el papel y poder que puede desempeñar. Piensa participar con serenidad suficiente como para que una vez hecho el recorrido, una vez ejecutada la victoria, el grupo no le vea como alguien profano y ajeno, un extraño pernicioso. Estudiará el terreno y le quitará importancia a la aventura y cuando la realice, totalmente preparado tanto en lo físico como lo espiritual, será un día que bien pudiera intercambiarse con el anterior o el siguiente.

Lo anuncia una noche de confianza, y ya en el atardecer siguiente está presto a salir. Casi toda la comunidad aparece para despedirle, con reservas y esperanza. No creen (tampoco tienen especial interés) que haya un tesoro a descubrir, simplemente desean que regrese con salud y vida.

El joven invitado parte antes de que anochezca y se guía por las luces brillantes. Conforme se acerca, el suelo se hace más inestable, su cuerpo va descendiendo hasta que el lodo le cubre por la cintura. Sigue avanzando, sin embargo, con la confianza de que está demasiado cerca. Hay sonidos y ecos y amenazas de animales y movimientos de la naturaleza que él, con un miedo primitivo hacia lo velado, empieza a oír con familiaridad. Poco después se recompone, y vanidoso se pregunta cómo la superstición les ha hecho temer a los vecinos de la comuna el sonido y sombra de aves enfermas y los redobles de la lluvia contra los árboles huecos y el gemido de algunos animales moribundos.

Bien protegido llega hasta un último tramo en el que, además de la luz dorada ve otra de un amarillo más vulgar y reconocible. Entonces lo que reconoce es una llama controlada, quizá una pequeña fogata. Descansa nada más tocar tierra al final de un angosto pasaje de piedra que le ha dejado magulladuras en los brazos. Reposa la cabeza contra la tierra. Abre los ojos sospechando que ha dormido varias horas.

Se pone en tensión mientras afronta los últimos metros de un sendero que abruptamente se abre. En el horizonte ve una primera luz del sol. Primero se asusta y luego ve que todavía están los juegos de luces brillantes, así que corre a prisa hasta su origen. Cada vez con más fuerza le advierten sonidos como de fantasmas, de criaturas agonizantes que nunca antes había escuchado. Hay terribles juegos de sombras y luces y lamentos en un idioma que aún no ha nacido, pero el protagonista se repite que no cree en eso y que la recompensa está pronta. Cuanto más cerca está más fácilmente reconoce la forma de aquellas piezas de oro. Antes de llegar le interrumpen unas voces. Voces humanas, entre graciosas y conspirativas. Son una forma del idioma más fluidas y abiertas que las de la comunidad de la que partió.  Sale, finalmente, a una plaza circular de tierra, bien acomodada. Allí se encuentra una pequeña excavadora, una bandeja sobre la que reposa gran cantidad de oro, pero también relojes y pulseras. Sobre el suelo billetes y joyas que han sido apostadas la noche anterior en un juego de póquer, y las cartas manchadas de tierra y que dan a un pequeño camino que se pierde a lo lejos (un camino viejo de años o décadas) y parece conectar con la carretera asfaltada que da a la ciudad. El joven ve a ambos lados y ve a media docena de hombres de duros rostros, algún dedo amputado, cuello infectado, cuerpos tatuados y el caminar escuálido y amenazante de la miseria en la ciudad, mirarle. Descubre el origen de aquella hostilidad del bosque, una pandilla de saqueadores urbanos preparados para atemorizar con simples juegos de luces y sonidos a los lugareños, mientras se hacen ricos a su costa. Entonces el invitado se queda inmóvil y con una tensión intolerable, detrás de él parece que se le ha cerrado un camino, y delante solo le queda enfrentarse a aquellos seres. Ve un altavoz con el que supone, aquellos delincuentes han estado ahuyentando a los lugareños, mientras les saqueaban sus riquezas. Los hombres hacen notar su enfado y acosan al recién llegado, preguntando de dónde ha salido y elucubrando distintas torpezas. Se acercan amenazantes mientras se burlan y le amenazan. El joven aspira a sacarles información y maniobra una amenaza ante los hombres, que como intoxicados terminan de acercársele, para luego rodearle y tumbarle sobre el suelo, donde en respuesta a la amenaza emanaban mil más en su contra, cada una de ellas con un nuevo golpe. Le torturan con cadenas y bates y escupen y saltan sobre su cabeza en algo que parece un baile. Después se ríen y él cree reconocer que incluso le llaman por su nombre. Después de eso se suben sobre sus motos, y llevándose los altavoces y los proyectores y la riqueza, se pierden por aquella carretera.

Ensangrentado, oliendo a barro y a orina, el protagonista aparece en la comuna un par de horas después. El camino de toda una noche parece haberse angostado, o el joven, enajenado por el dolor y la humillación, disociado, no sabe haber regresado. La mayoría de los vecinos habían estado esperando y corren prestos a curar sus heridas. Conmocionado, avergonzando, al borde de las lágrimas, sin atreverse a ver al hospedador ni a las jóvenes mujeres, dice a este lo que ha visto; posiblemente unos traficantes que han estado cometiendo engaños para mantenerles a raya y que tienen un salvoconducto por el que seguramente vienen desde la ciudad cada día. Entonces varios vecinos se miran entre sí. El hospedador, apenado, pide un trapo con agua caliente y sujeta la cabeza de su amigo mientras confirma que, exactamente, lo que aparece en la visión y doblega el cuerpo es aquello que más teme, y que en esa comunidad era la primera vez que escuchaban el relato de las sombras y dolores de alguien venido de la ciudad. No hay, como no lo hubo un año atrás, ningún camino ni motos, ni oro, o los hay en la misma medida en que habían seres de dos cabezas e infecciones inéditas. Y el protagonista, humillado, quiere enfrentarle y gritarle que está en un error y hacerle saber al hospedador que es un ignorante, pero no se atreverá a hacerlo, ni tampoco a intentar de nuevo ese camino, y mientras se queda inmovilizado y como evitando cualquier mirada echa la vista a la lejanía de otras luces menos espectaculares de pequeñas avenidas y hoteles en la ciudad, como en la noche lo hará de nuevo hacia los juegos de brillos dorados que aparecen en medio del salvaje fango.

 


 

Esteban Humberto Cano Valle

Esteban Humberto Cano Valle. Nacido en Murcia en 1995, de padre catalán y madre ecuatoriana, escritor a nivel personal desde los dieciocho años, estudió Psicología Clínica en el país americano y se trasladó a Cataluña antes de finalizar el 2019. Ante la oportunidad para escribir y la falta de oportunidad para emplearse en cualquier otra cosa, durante los meses de cuarentena escribe las primeras páginas con las que pretende ser publicado. Tiene una participación en el libro recopilatorio de los finalistas de la VI edición del concurso del relatos Homocrisis 2020.

📧 Contactar con el autor: canovalleesteban[at]gmail[dot]com

🖼️ Ilustración relato: Fotografía por gr8effect / Pixabay [public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 118 · septiembre-octubre de 2021

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