relato por
Francisco Juliá Moreno

 

To the happy few

 

S

uelo jactarme de que mi tienda es frecuentada por la clientela más distinguida que visita Roma. Se ubica no lejos de la Plaza de España y en ella pueden encontrarse artículos de la más variada especie; desde la pieza más trivial a la considerada como de coleccionista. Cuadros de no poco mérito, muebles noblemente trabajados, exquisitas porcelanas, lámparas, camafeos y la más prolija variedad de enseres surten mi almacén. Como digo, me complace recibir en él tanto a entendidos exigentes que no regatean un ducado para adquirir la alhaja que les complace, como a quien la necesidad obliga a desprenderse de sus tesoros más preciados y se ve en la eventualidad de empeñar. Porque de dichas transacciones se nutre nuestro negocio.

Hoy en la mañana tuve a bien atender a uno de esos clientes que realzan nuestra discreta actividad. Siempre que viaja a Roma, desde su Ancona natal, se reserva un breve tiempo para visitarme y escudriñar mi inventario, en busca de cualquier objeto que complazca su gusto excelente. Se trata del conde de Belacqua, de quien se cuenta que en su palacio Rocafidele, de Ancona, pueden admirarse maravillas que harían las delicias de todo aquel que sepa apreciar lo bello. De mi tienda adquirió un busto de Antinoo, perteneciente a la época más florida del imperio. La pieza perteneció al jardín del cardenal Gasparini y se rumorea que fue hallada muy cerca de Tívoli, al desecar un pozo séptico. Belacqua sabe apreciar en cualquier objeto el detalle peculiar que lo revaloriza: su pátina de antigüedad, la nobleza de sus materiales, la calidad del trabajo, la finura en el detalle, todo cuanto da lustre a un objeto postergado, por desdén o estrechuras, en casa del anticuario.

Por todo ello no fue casual que, mientras el conde curioseaba mi trastienda (ámbito que reservo solo para clientes contados), reparara en una peculiar pieza semioculta en un anaquel, en espera de una justa tasación. Del otro lado del cortinaje, escuché su voz atenorada, inquiriendo:

—Simone, ¿ dónde habéis adquirido joya tan excelente?

—¿A cuál de ellas os referís, signore? —respondí.

No tardé en escuchar de nuevo la voz del conde requiriéndome a su lado. Al entrar, lo encontré sosteniendo la pieza referida, observando atentamente cada uno de sus detalles.

—¡Portentoso acabado! –exclamó–. Sois afortunado de que tan valioso objeto haya venido a parar a vuestro establecimiento. Sin duda, una pieza de la mejor orfebrería rusa.

El ojo erudito del conde raramente erraba. En efecto, se trataba de una especiera exornada con panes de oro y pedrería, en cuya tapa del más fino metal destacaba una esmeralda ensartada en un anillo coronado por la cruz imperial rusa. El conde de Belacqua juzgó la labor artesana primorosa y me confió que muy posiblemente perteneciera a los talleres del propio zar.

—¡Sí, del mismo zar! —se reafirmó—. Yo diría que del tiempo del propio Alejandro III. Simone, estoy dispuesto a comprárosla o incluso a pujar por ella, en el caso de que os lluevan las demandas, posibilidad más que probable, siempre que reservéis hacia mi oferta cierta preferencia y que vuestro precio sea justo, acorde con las posibilidades de un cliente de confianza. Os adelanto, sin embargo, que no consumaré la transacción si antes no me relatáis cómo esta pieza exquisita ha llegado a vuestras manos.

—Lo hizo, estimado conde, por el uso más corriente: un propietario con apuros económicos decidió deshacerse de ella por una suma sustanciosa.

—Prescindiré de indagar su cuantía —repuso—, pero decidme cómo era el misterioso poseedor de tan preciado objeto y el modo en que éste fue a parar a sus manos.

—No diría que se trataba de un hombre corriente —dije.

—En caso contrario, me sorprendería —replicó.

«Hará unos cuantos días —inicié mi relato—, con tiempo lluvioso, se abrió la puerta de mi establecimiento y se presentó ante mí un caballero, envuelto en una capa empapada por la lluvia, bajo cuya tela ocultaba un paquete que se resistía a mostrar. El caballero hablaba un italiano correcto, pero su pronunciación traslucía la peculiaridad del habla francesa. Su estatura era mediana, tirando a baja y era algo grueso de complexión; con patillas abundantes enmarcando el rostro y unos ojos vivos y penetrantes. En un primer momento no adiviné cuáles eran sus intenciones, pues me interrogaba acerca de mi oficio eludiendo ir al grano. Tal circunstancia me hizo presumir que se trataba de un comprador, debido al interés que mostró por alguno de mis cuadros, los cuales ponderó con las sutilezas del entendido. Mostró un especial interés por el Bautismo de Jesús, que cuelga próximo a la entrada, en el que destaca la excelencia del color, obra sin duda de algún reputado maestro lombardo o veneciano. Colegí de su posterior silencio que reconocía al autor, pero que el asunto que lo había llevado hasta mi tienda no era el de comprar sino el de vender. Se interesó por la vigente tasación de la plata y el oro y las diferentes modalidades de negocio que habituaba la casa. Dile someras explicaciones y la confianza de que aceptábamos operaciones de discreta cuantía, ante el convencimiento de que aquel hombre pretendía acaso empeñar su reloj, un camafeo, o cualquier pequeña joya de carácter familiar. El hombre era buen psicólogo y comprendió bien pronto mi actitud amable pero desinteresada. De pronto depositó en el mostrador una pulsera de brillantes, de la que después de examinada con mi óculo de perista le expuse la cantidad que podía ofrecer. En principio pareció remiso, entablando un breve regateo con la intención de sobrevalorar la joya. Al comprobar que mi oferta no variaba, cogió la pulsera del mostrador y se la guardó. Convencido de que daría media vuelta y se marcharía, me desentendí de su compañía e hice ademán de volver a mis ocupaciones, cuando su voz suplicante me detuvo. De nuevo requería mi atención para que reparara en un paquete que cuidadosamente desenvolvió con la delicadeza que exigía la fragilidad del objeto. Ante mí apareció la especiera que sosteníais hace un momento en vuestras manos. Nada más verla quedé deslumbrado, pues destacaba la excelencia de la pieza. No fue mi primer impulso comprarla, porque deduje que el vendedor reclamaría un suma extremada por ella. Me limité a tantearlo, y a entresacar cuáles eran sus pretensiones, sin ocultar ciertos reparos. Tras unos primeros tanteos, me convencí de que su intención era vender. Mas hube de rechazar su primera oferta, que a buen seguro se ajustaba al valor real de la pieza, pero que resultaba francamente excesiva si se estima la intención comercial de revenderla.

»La cotización de un artículo siempre depende de la disponibilidad de un comprador. Un coste elevado suele limitar las expectativas de venta, y así se lo hice ver al misterioso proveedor, que rechazó rezongando la cifra que yo estaba dispuesto a abonar. Consciente de su perplejidad, creí que renunciaría a su determinación y se marcharía, pero me sorprendió tentándome con una cantidad más moderada. Me confió que una necesidad perentoria de dinero le obligaba a deshacerse de tan valioso objeto, e indagó cuál sería la suma aproximada por la que yo accedería a aceptar la transacción. Al fin convinimos un precio que ni por su parte ni por la mía fue satisfactorio, pero que era el único posible para que aquel singular enser cambiara de manos.

»El propietario repasó detenidamente el pagaré firmado que le ofrecí con la suma convenida, cantidad que le sería abonada en la banca Paschi di Siena. Dobló el documento y lo guardó en su cartera, con dedos nerviosos que no podían ocultar la ansiedad. Se despidió con cortés inclinación, sin dejar de mostrar cierta preocupación por el destino que pudiera tener la pieza, algo así como un recelo de que cayera en groseras manos que no supieran apreciarla. Su actitud me hizo ver que aquel objeto guardaba para él un significado más sentimental que suntuario. Tal apreciación despertó en mí diverso escrúpulo, pero no tardé en convencerme, una vez que tan peculiar caballero hubo salido de mi tienda, que aquel era el precio máximo que podía permitirme y, en cualquier caso, el vendedor siempre contó con la opción de acudir a otro anticuario, de los numerosos que hay en la zona. Quedaba en última instancia la baza del arrepentimiento, que suele darse con frecuencia en la compraventa, cuando el remordimiento obliga al cliente a recuperar ese entrañable objeto del que se ha visto obligado a desprenderse. Pero tal circunstancia no se dio en este caso, pues transcurrieron varias semanas sin recibir noticia alguna concerniente a aquel asunto. Incluso el recuerdo de aquel caballero se hubiera desvanecido de mi memoria, si una mañana, como a las doce del mediodía, el 11 de mayo, no recibiera la curiosa visita de cierto personaje de origen impreciso, pero con apellido inequívocamente francés, monsieur Tavernier.

»Desde un primer momento supe que los intereses de aquel hombre no eran los puramente comerciales, pues se dirigió a mí sin que las antigüedades de mi tienda despertaran en él perentorio interés y presentándome su tarjeta. Luego, situándose frente a mí, bajando el tono de voz como quien se apresta a compartir un secreto, inquirió sobre el hecho de que hubiera recientemente recibido una visita particular, con el propósito de vender algún inusual objeto. Al confiarle que tal tipo de visitas suelen ser frecuentes en un negocio como el mío, concretó algo más sus razones y describió un retrato preciso del propietario de la especiera. Cuando convine en que, efectivamente, aquel caballero había venido a visitarme, me confió que se trataba del cónsul francés en Civitavechia y que a él le cabía el honor de ser su secretario. No pude ocultar mi incertidumbre, a lo que él objetó: —No tenga preocupación alguna, no vengo a reclamarle un objeto que muy legítimamente ha adquirido. El carácter de mi intromisión ofrece un aspecto específicamente tutelar. Me honro por mi dedicación al cónsul y me ocupa asesorarle en cuanta iniciativa emprenda. Por eso he considerado mi deber indagar cualquier pormenor que tenga cierta incidencia en sus quehaceres. Sospechaba de sus estrechuras en la actualidad, pero no las consideraba tan apremiantes como para desprenderse de cierto objeto cuyo valor sentimental quizá desborde mi conocimiento. No dejó de soliviantarme constatar su desaparición de la vitrina donde lo guardaba bajo llave, junto a ciertos volúmenes de libros algo rancios, los cuales, como a dicho objeto, tenía en gran estima, muy en especial una pequeña obrita de Voltaire, intitulada Facecias. Como el siempre decía, y repetía con acendrado orgullo, ¡La salvé del incendio de Moscú!, pues la trajo consigo tras la retirada francesa.

—Perdonad, pero vuestra última afirmación ha despertado en mí cierta inquietud —intervine—. ¿Insinuáis la posibilidad de que tal objeto haya sido hurtado?

—Yo no diría tal; ¿consideraríais hurto el resultado de un saqueo? Afirmaría que los frutos del derecho permanecen en suspenso en el acontecer de la guerra. Para todo ejército victorioso el botín es una apropiación legítima.

—Luego quien me lo vendió sería su propietario en todos los aspectos.

—No osaría negarlo —puntualizó—. Tengamos en cuenta que sus legítimos propietarios huyeron antes de la llegada del ejército francés a Moscú, dejando sus pertenencias a merced del invasor.

—¿Se conoce a sus auténticos propietarios?

—Es difícil precisarlo —concluyó—. Aunque ciertas indagaciones despejaron la posibilidad de que monsieur Beyle, que tal es el nombre en el registro del cónsul, aunque habitúa usar algunos otros, se alojara o visitara el palacio de los príncipes Valensky, en Moscú.

—Reconozco que tan delicada pieza solo pueda pertenecer a contados linajes.

—Y a las manos de un francés corriente tras ciertas vicisitudes del destino —apostilló.

—Me tranquilizaría conocer tales pormenores —dejé transparentar mi impaciencia—; mi conciencia se vería libre de recelo si algún día consigo venderla. Ciertas certezas complacerían a un digno comprador.

»Lisímaco Tavernier —pues tal era el nombre que destacaba con estilizada letra en la tarjeta que anteriormente me había ofrecido—, advirtiendo la disposición favorable del oyente a su relato, carraspeó puntualizando: —El carácter de cualquier relato puede ser extenso o breve, según la relevancia que guarde para nuestros intereses. La vicisitud de M. Beyle puede resumirse en pocas lineas y algunos detalles. De estos, el principal, es que ingresó en el ejercito con Napoleón dirigiendo los destinos de Francia. De su juventud se entresaca una vaga veleidad jacobina. Al ejercito lo llevó, sin embargo, cierto parentesco con el general Daru, bajo cuyo nepotismo el joven logró labrarse una discreta carrera, alcanzando el grado de subteniente. No estaba reservada para él, como para algunos, la gloria que en los campos de batalla sonrió a los que siguieron a Bonaparte. Beyle como el propio Daru formaron parte de la retaguardia del ejército, atendiendo a las necesidades materiales precisas que hacen funcionar la maquinaria de guerra. Así cuando Napoleón partió para Moscú, Beyle no fue requerido para formar parte de la ofensiva. Permaneció relegado en la ociosidad de París, hasta que no sabemos por medio de qué influencia —ciertas recomendaciones tendrían allí algo que decir— una mañana fue requerido en las Tullerías, con el propósito de entrevistarse urgentemente con la emperatriz. El asunto de que trataron fue el de llevar, sin mayor dilación, un mensaje secreto al emperador, de cuyo contenido nada sabemos. De esta manera, abordando la posta más veloz, partió el joven subteniente hacia el frente ruso. Consta que el mensaje imperial fue entregado con la mayor premura, desconozco si en la propia mano del gran Corso o de algún otro miembro de su estado mayor. Se sabe que, cumplida dicha misión, el subteniente se integró en las filas del ejercito invasor, siempre bajo la égida del superintendente Daru.

»El ejercito Francés —prosiguió Tavernier con frase algo impostada— se adentró sin oposición en las vastedades rusas, confundido por la estrategia de tierra quemada practicada por el enemigo. De esta manera, tras las discutidas victorias de Smolensko y Borodino se presentaron los franceses en las mismas puertas de Moscú. No hubo lugar para el asedio, la ciudad había sido abandonada a la rapiña del invasor. Napoleón se paseaba de arriba abajo por un Kremlin abandonado, sin saber exactamente a qué carta quedarse. El ejercito tomó posesión de la ciudad. Daru encomendó a su pariente para que dispusiera alojamientos dignos para jefes y oficiales. Y fue así, cumpliendo semejante tarea, como Beyle se abrió paso en el palacio de los príncipes Valensky. Trascendió que de éste y otros palacios la tropa entregada al saqueo esquilmó gran parte de las riquezas que sus dueños, en su precipitada huida de Moscú, habían abandonado a su suerte. Tal sería lo que se encontraría nuestro cónsul al penetrar en tan magnífica mansión: hermosas salas, sin duda, lujosamente decoradas, con refinado mobiliario, paredes de raso, ventanas revestidas con cortinajes de damasco, techos decorados con exquisitos frescos, profusión de mármoles, cuadros y la más fina porcelana, sin contar los relojes de colección y las más diversas piezas decorativas; en tanto que adosada a las paredes, como no puede faltar en una casa noble, una nutrida biblioteca, francesa gran parte de ella, con ejemplares escogidos capaces de tentar a cualquiera con inclinaciones literarias. Y como Adán en el paraíso, nuestro subteniente de intendencia, conocido por sus veleidades retóricas, no pudo sustraerse a las asechanzas. Un selecto volumen de Voltaire fue a parar a su bolsa de mano, y quién nos dice que no lo fuera también, comprensible en un apreciador de la belleza, la tentadora filigrana de la especiera principesca. No cabe dudar de que un modesto subteniente se dejara deslumbrar por aquel extraordinario tesoro que en sus manos ponía la fortuna, Seguramente, más tarde y como le fue encomendado, Daru con otros jefes pernoctarían también entre el lujo de aquellos magníficos palacios rusos, lo cual sería poco antes de que el gran incendio se declarara en la ciudad con funestas consecuencias. Las llamas se elevaron extendiendo un infierno de muerte y destrucción. Muchas de las bellezas que adornaban la ciudad sucumbieron bajo ellas. Palacios, teatros, iglesias…, barrios enteros se vieron reducidos a cenizas. Ese fue el momento preciso en que la soldadesca se entregó al pillaje más vergonzoso y, seguramente, el que aprovechó M. Beyle, tanteado ya el terreno con anterioridad, bajo el influjo de la codicia que no cesaba de tentarle, para apropiarse de esa joya hermosísima de la que hoy sois propietario. Pero como, no obstante —continuó—, la impaciencia de Napoleón no se conformó con aquella victoria pírrica, y no desconocía la desmoralización que se cierne sobre todo ejército dedicado al pillaje, decidió poner cuanto antes en marcha a la tumultuosa tropa que se volvía insumisa de día en día y a unos jefes indolentes que se dejaban engañar por el espejismo de la estrategia rusa. Napoleón sabía que Alejandro lo esperaba en alguna encrucijada de los caminos sin fin de las estepas. Todos conocemos el desastre posterior, la calamitosa retirada huyendo del invierno ruso y el acoso de los cosacos. El subteniente Beyle llegó a París por delante del diezmado ejército, y no se demoró mucho en abandonar la carrera de las armas después de la debacle. Tras la caída de Napoleón llevó una vida oscura, aunque fue asiduo de ciertos salones donde adquirió fama contradictoria. Por mediación de alguno de los cuales se le abrieron las puertas del oficio diplomático, y a cuya merced se debe que hoy lo veamos ejerciendo el consulado en Civitavecchia.

»La boca de Tavernier se cerró de pronto, como si esperara de su detallada exposición una reacción entusiasta por mi parte. Ante la insistencia de su mirada escrutadora, argumenté: —No encuentro, monsieur, deduciendo de lo que me habéis narrado cuestión que objetar respecto de la adquisición de la especiera. A todas luces fruto de unas circunstancias adversas donde el límite de la legitimidad permanece más bien indeciso. Nada cabría objetar a quien encuentra en la playa un cofre de tesoros entre los restos de un naufragio. La ley no se define explícitamente en tales cuestiones. Convendrá con ello que la propiedad de M. Beyle parece indiscutible.

—Desde luego —ponderó el secretario—, si aquel objeto vino a caer en sus manos por circunstancias más que afortunadas, ¿qué se podría conjeturar? Pero, ¿qué ocurriría si la posesión de tal joya representara un compromiso para su dueño? Vivimos tiempos en que las glorias napoleónicas han quedado lejos, y en el ánimo de la restauración no cabe recordar aquellos vínculos revolucionarios cuya lacra resulta gravosa para la patria. Beyle conoce que con los Borbones ciertas veleidades resultan embarazosas, pero si tales huellas se borran uno puede subsistir en los círculos palaciegos con mediano decoro, y a eso se aferra el cónsul practicando un discreto pasar que no levante habladurías en la corte.

»Tavernier dejó caer sobre mí una elocuente mirada, donde sus grisáceos iris destacaban sobre el contundente blanco de los ojos. Al mismo tiempo sus labios se estiraron en una ambigua sonrisa, acompañada de un cabeceo que sirvió como saludo de despedida antes de abandonar la tienda. Cuando salió, permaneció en mí la intriga sobre las pretensiones últimas de aquel taimado secretario. ¿Cuáles eran sus funciones: asesorar y velar al cónsul o dar pábulo de veladas calumnias?».

—Ya veis, querido conde, que las vicisitudes de la especiera no carecen de miga y que su genealogía esconde el más acendrado blasón.

—Simone —replicó el aristócrata—, opino que haríais un buen negocio vendiéndome la pieza. ¿Dónde quedaría a mejor resguardo que conmigo? Os quitaríais de encima la incertidumbre de que su propietario vuelva a reclamárosla y a mí no me desagradaría del todo conocer a ese singular monsieur Beyle, cónsul francés en Civitavecchia.

—Siempre que contaseis con el beneplácito de monsieur Tavernier.

El conde de Belacqua no pudo por más que sonreír celebrando la ironía.

 


 

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Revista Almiar (Margen Cero) · n.º 108 · enero-febrero de 2020

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