Textos y fotografías por Wilfredo Carrizales

A

1

La rosa aún dura después de la irritación, aunque ha sufrido un desollamiento que la ha trastornado. Mi rozadura ha sido leve: apenas un sobresalto con cierto horror. Mas mi piel quiso levantarse, sublevarse, erosionarse por la escora. Debí inclinarme hasta la anchura de mi cuaderno y abarcar los puntos que me dieran fuerza para proseguir tras la cotana.

2

La mortificación del escuerzo me atañe por su color de pátina y herrumbre. Logro escurrirme a través de mi canal de avenas con manchas y pesco a mi escorpión en su caudal no habitual. Un tormento se consiste en una manija mediando su veneno o su ácido que no se achica. El orden de lo rubio en mengua busca su escofina y no la halla y se desgarra y llega hasta el degüello.

3

Escocido desde temprano, sin sol y sin aguante. Me dolieron las rayas de alguna parte ignota de mi cuerpo en transición. Mas el ojo empleó su desinfectante para salirle al paso a cualquier desaire. Gracias a mi vestidura pude superar las aristas del amor propio y encauzar mi orgullo hacia los zarcillos enterrados bajo terrones. Con todo, lo urente me marcó con sus limaduras.

4

Aunque pudiera tratarse o semejarse a un escordio en proceso de secado y expansión, la duda se alojaría en mitad de lo observable y obligaría a reconsiderar el juicio conclusivo… Empero la vista se escurriría a través de ensoñaciones apegadas a una superficie aquejada de desembarazos. Sería una especie de placa ósea con sangramientos metálicos e impurezas cercanas a la chatarra.

5

Se pela algo imitando a la caspa en el bronceado, mas una cierta carga la inclina y la obliga a rematarse sin tormento, en una casi total calma de garfios lisos. Hay un esfuerzo de rescaza que apenas se nota debido a la frecuencia de su vibración siempre inútil. Las escorias tienden a alejarse: trozos llamándose desde los escotillones resentidos por el anonimato y la tramoya.

6

De sutiles traumatismos arrancan las soluciones para dejar de ser consecutivas y extraer sus ligerezas que no son tales. Unos fósforos abonan y eslabonan con sus fulgores de rascados y logran el renacimiento del escorbuto dentro de su áspera textura. Lo desechado sin estima cae en su lesión más íntima y pregona entonces edemas con una infección atacando a distancia.

7

Sahorna el mal de la escorpena, mientras trata de sajelar el prurito del ahogo. Surgen escotomas con un significado en busca de celebridad. Uno llega a ponerse alerta ante tal escocedura soportada por los giros del regodeo. En escorzo uno atisba los restregamientos de la carne ya en proceso de adherirse a los desgarres que la intemperie había previsto a su alrededor.

B

1

De escoriaciones subsiste el tiempo y sus hijos y sus sirvientes. Ellos devienen en escorial para originar incesantes arrojos de úlceras y mortajas. Es notorio cómo se expresan las escorrentías en aquel sitio donde nada desaparece y todo aparece. Alguien dijo que un degollado había ingresado allí y, de inmediato, se estancó y comenzó a intrigar entre peladuras con su propia bandeja.

2

¿Descollar para desollar después? Algo se esculpe durante la mezquindad, pero sólo un desleal podría afirmar de qué se trata, cuáles son sus modos de producir punzadas. Los desechos lucen desamparados, con escrupulosidad, desvaneciéndose sobre minutos de círculos explícitamente rasgados. Escarbar en medio de las grietas en busca de picores resultaría un destajamiento ruin.

3

Intertrigos a un tercero o aceptar el embargo y su asunto. Alcances de los tiros a mansalva y ostentar luego los pellejos en igualdad de yacencias. Una parte con otra y así suele la escalda y muchas líneas deformes surgen. A intervalos, los escorchones anhelan las tenazas y sus brusquedades a la medida. Mas da mala espina un bermejo y valiente color intruso.

4

En la escurana escuchamos las escoriaciones ejerciendo la composición de su estiramiento. Anónimos, les colocamos rótulos para no perderlas de vista y que nos sirvan ellos de recordatorios. Por momentos pensamos haberles quitado trozos, pero pronto alumbramos nuestra ceguera y proseguimos vueltos tenazas o convertidos en uñas rascadoras.

5

De competencia múltiple el excoriar sobre las excrecencias de la digestión. Unas carnosidades, de modo intrínseco, flotando y dando ejemplo de enverrugarse. Sea un cuerno o una agalla después, no nos incumbe. Sólo podríamos referir deyecciones bajando por las verticales de acero y produciendo sajaduras en gajos, mientras tanto un restriego hará de las suyas y abrirá su encaje.

6

Alrededor de lo plano, un escozor para la retina. Se adentra un adorno entre la congoja de la palestra. Embarazos y azotes a granel; viento centrista arrimado a los enjuagues. Hora de escudriñar las escaldaduras antes de que se desvanezcan y con ellas, los irremplazables desboques. (Unos enclenques se disgustan y les brotan sisas en las asentaderas del pánico).

7

Renacuajos enjutos al borde de la noche jamás antigua. ¿Por qué no los protege el consuelo y se están así ruñéndose las mataduras? Y ni qué hablar de las lesiones donde se accede a los pedruscos que rayan sin esmerarse. Sé que me instrumenta la mediacaña y me despabilo; sé que me escorno hasta arrojarme encima de las poblaciones más constantes del escorbuto.

C

1

Se escozan mis animales con las patas adaptadas a los giros estancados. Sufro por sus escoriaciones a la intemperie, pero también discurro bajo los cimientos donde abundan las zarpas. En ocasiones, huía en busca de los recortes de una bóveda. Ahora no hay resplandor ni nimbo y un desamparo de chamusquina se me adosa cual cabezada. El estado de relajación me abandona y huelo.

2

Con más de una escaldadura arraigo sobre la plancha machacada. A pulso me grabo bajo el soporte no grácil. Un rejo es suficiente para herirme y frustrar mi resguardo. Levanto del escorzo lo que se pueda discordar y humedecer. ¿Cómo paliar la horrura, la misma que nace de la mortificación? Opto por volcarme entre el carbón y semejar una brusquedad de bufarda.

3

Escamas para los desechos de la élite. Vivo apreciando las estrecheces, sus minucias y sus escándalos. Signos del itinerario maldito ante nuestros ojos. ¡Alto! Hay que regentar al puño con todas sus flemas chorreantes: memoria y representación de cascajos. De pronto, se desparraman las ideas, opulentas y atributivas, y lo patético se descascara, de modo inexorable.

4

Vacilaciones: borrosas, fluctuando a raudales. ¿Y a qué le toca la exulceración de contragolpe? ¿Podré llevar la incandescencia con el hechizo vergonzante? En un minuto fallo, pero la lucha en contra del deterioro que desciende continúa. (Cerca una jauría frecuenta sus contusiones y deja pruebas sangrientas de ello). Mientras menos flaquezas, más depreciaciones de las texturas.

5

Recinto gastado, escoriado, y las mutilaciones se desgajan, místicas. Con negros colores el humo de la complicidad se aleja. Hay que reconocer las torceduras, aunque escapen otras oportunidades. ¿Para qué rondar la calle si dentro de casa las huellas se apuran? Con un puñal un compendio de heridas determinadas: las mismas que luego devienen en escoriaciones para ser exhibidas.

6

Sonando amenazas de las escaras: algo se pregunta y no se justifica. Ausencia de concavidades y de nada vale precaverse. ¿Y si atravesamos sedimentos con alfileres y luego tratamos de oír los ruidos de la retaguardia? Y hay una cosa poseída de ulceraciones presenciales y un relumbre de lo más porfiado. (¿Cómo me va en esta mañana de acechanzas y bagajes rotos?).

7

Postrimerías de los desuellos. De un peligro se infiere un prontuario para después. Si bien se mira, una abertura es un milagro para descomponerse. Manumitido de mi duelo, me fricciono los linderos del habla y más tarde me raspo con cierto mineral sagaz. La inanición no se anda con engaños: agota rápidamente sus recursos y no tolera pretextos, ni sustanciales movilidades.

 


 

Wilfredo Carrizales. Escritor y sinólogo venezolano nacido en la ciudad de Cagua, Aragua, Venezuela. Entre otras obras, ha publicado los poemarios Ideogramas (Maracay, Venezuela, 1992) y Mudanzas, el hábito (Pekín, China, 2003), el libro de cuentos Calma final (Maracay, 1995), los libros de prosa poética Textos de las estaciones (Editorial Letralia, 2003), Postales (Corporación Cultural Beijing Xingsuo, Pekín, 2004). En 2021 publicó El ángel con espada y otras muertes (Cinosargo Ediciones).
zalesw [at] yahoo [dot] com

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Escoriaciones

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