relato por
Marcelo Arancibia Febres

A Mariela. Otoño de 2015

 

—Allí estaban estirados en el piso, bocabajo, manos enlazadas detrás de la nuca; quietos como piedra.

¿Cuántos?

No lo sé.

Lo pienso y rememoro la escena mientras observo allá a lo lejos y arriba esa alba estructura de la Academia de Guerra Naval de la Armada de Chile:

—Tal vez unos ochenta, o más.

—¿Hombres y mujeres?

—Sí. Hombres y mujeres.

Y veo los cuerpos.

Tirados en el tercero o segundo piso, no recuerdo, no es lo importante, en aquella sala grande como un gimnasio que olía a proletario, a gente sencilla de pueblo y olía también a miedo, abuso y  desprecio por la vida. Estaba sembrada de seres humanos desvalidos como corderos, tratados como basura; desgajados a la fuerza de los cerros del puerto y que eran víctimas del odio y la venganza de otros seres humanos. Y había que eliminar a todos estos que se creyeron dueños del país decían los otros: Ahora nosotros somos los dueños, no ellos.

—¿Pero podían levantarse a mirar el mar por los ventanales?

Me encuentro con tus ojos verdemar y me aquieto y por un momento me alejo de mis recuerdos y mi mente se estaciona en el ahora, a cuarenta años y dos meses de aquella pesadilla. El cielo está repleto de un azul intenso; el sol gana altura; gente que gira alrededor del muelle Prat, en Valparaíso, disfrutando el aire con olor a sal oceánica, libre y puro; gaviotas planean sobre una embarcación, palomas que porfían merodeando entre los paseantes, atentos a la migaja que cae. Estamos en un asiento de piedra granito gris al amparo de la actualidad, pero yo al menos, desamparado en mis recuerdos, preso de esa angustia que de tiempo en tiempo aflora en mi memoria como un manantial inagotable. A través del humo de uno de tus eternos cigarrillos, veo pequeñas embarcaciones moviéndose sin parar, agitando la vida, llevándola de aquí a allá: «Doña Rosita», «Don Lolo», «Tú y Yo», y muchos otros nombres pintados en sus cuerpos de madera y desechos de naves más grandes; allí está ese engendro navegable, pequeñito, amarillo, moviéndose como una nuez, algo más grande que un bote…

 —¿Tiene un cabrestante en la proa?

—No, querida. Fíjate: es una estructura de madera en forma de un pato, como un mascarón de proa.

Es veintiuno de noviembre y estamos disfrutando la libertad de mirar, decir, hablar de cualquier cosa. A dos metros de nosotros hay una pareja: Ella viste con una tenida de uniforme de supermercado; él también: polera, pantalón y zapatos de seguridad. Es la hora de colación y aprovechan ese tiempo para unir sus hablas, sus miradas y sonrisas, sus esperanzas, sus besos furtivos del mediodía; a nuestras espaldas tres mujeres cotorrean acerca de sus últimas y frustradas conquistas, y turistas y marinos y gente que existe y camina por la vida con sus propias historias, buenas, malas, absurdas o crueles, y es entonces cuando mi propia historia arremete y se me atraganta como una mala cosa.

Y el azul nos inunda, pero las sombras grises y las sombras negras de la historia persisten en mi boca: eran las caras pintadas, las armas en manos enguantadas lo que me hostigaba, eran las botas negras, castigadoras, de pobladores embutidos en uniformes de guerra venidos de las mismas laderas pintadas de desperdicios, de las mismas calles llenas de perros vagos, de las mismas casas hechas de esfuerzo y de esperanza; pobladores venidos de la misma mierda que evacuamos una vez comidos el plato de porotos con rienda, los eternos fideos con o sin salsa de tomates de marca barata, o la merluza frita, pequeña y flaca como lagartija, que nada en la grasa de una sartén de luto, acompañada de una ensalada a la chilena, donde el tomate se encabrita por sobre la cebolla a la pluma y el perejil le agrega su color y sabor a primavera. Comida pobre y noble hecha con el amor de madre, de esposa o de novia ilusionada. Éramos todos vecinos, pobladores, clase trabajadora. Lo que nos separaba era el uniforme. Y de allí mismo, de esas casas colgando en los cerros, de esos niños sonrientes y mocosos, de esas pichangas de barrio donde un puntapié fuerte mandaba la pelota directa al mar Pacifico, de allí provienen esas botas negras, castigadoras, que se pasean poderosas, soberbias, por sobre los cuerpos estirados bocabajo con sus manos enlazadas en la nuca y el miedo brutal que aprisiona el corazón; miedo terrible, espantoso, de dudas sobre lo que les espera: ¿tortura, desaparición, muerte, libertad? ¡Éramos todos vecinos, por la cresta! Digo en voz alta. Y los paseantes y la pareja detienen lo suyo y me miran un momento, curiosos. Imaginarán que tengo un lío con mi acompañante. Y las botas negras, castigadoras vuelven a pasearse por encima de esos cuerpos, aplastando a los de su propia clase, en un estado de euforia triunfal y locura colectiva.

 —¿Pero podían levantarse y ver el mar por los ventanales?

Repites la pregunta y entiendo que es tu afán, tu propio afán de estar cerca del mar y quedarte tranquila con eso.

—No. Esa sala estaba en medio del edificio; no tenía ventanas, solo una gran puerta doble, como la de las salas de clases y nadie podía levantarse, solo alzar una mano los que necesitaban ir al baño.

—¿Y les daban permiso?

—No. Las botas castigadoras pateaban esas manos alzadas:

 ¿Querís mear…? ¡Méate en los pantalones, comunista conchetumadre!

Aparece el ronco gemido de un motor petrolero; una lancha que regresa del típico paseo con un grupo de personas, trabajadores de una misma empresa, tal vez, que antes de desembarcar se toman fotos, y gritan y ríen. Y en la cubierta, encima de la tapa del motor, por sobre el vaivén de las aguas se equilibran vasos plásticos vacíos y platos con restos de un picadillo del cóctel que ofrece el servicio de lanchas. No quiero desasirme de esa imagen, de esa gente feliz que ríe y goza del paseo y que lo más seguro es que ni cerca estuvo de lo otro, de lo mío, de lo de tantos infelices de este lado y del otro; de aquello que viví sin pedirlo. Simplemente estuve allí porque… ¿por qué? Porque en ese momento de mi vida me tocó estar de pie, con uniforme, encima de los otros que su vida los pilló sin uniforme y tirados como perros apaleados, boca abajo, meados y cagados de miedo.

Por sobre tus cabellos castaños, visados con hebras de plata naturales por el paso del tiempo, vuelvo mi mirada a aquellos barcos inmóviles en algunos sitios de atraque de la bahía y más allá, afuera, quedados a la gira otros tantos, en espera. ¡Cuántas veces recorrí en lancha esta bahía, ora llegando con olor a fierro y soledad de tierras lejanas con la ilusión de volver a los seres amados; ora partiendo a tierras lejanas y dejando atrás un halo de tristeza y el recuerdo a calor de hogar! Pero eso fue después de mi paso por el uniforme que logré dejar atrás. Miro tus manos de artesana que saben tejer y entretejer lanas, pinturas, madera y deshechos, que mágicamente conviertes lo que cae a tu alcance en hermosas obritas de arte. Me quedo en tu mirada de mar que nada esconde, me arrullo en tu serena belleza interior y me pregunto si alguna vez podrás ser mi Maga; aquella Maga que aún busco, que Horacio Oliveira perdió y buscó y quiso encontrar como casualmente en un puente del rio Sena, y que Cortázar nos contó en su Rayuela.

—¿Y de ahí, adónde los llevaban, qué les hacían?

Regresa mi mirada a ese edificio blanco por fuera, oscuro, muy oscuro por dentro, y mis recuerdos se retuercen entre escalofríos de vómitos y lágrimas contenidas detrás de mis años otoñales y bajo mis lentes oscuros. Trago aire, hago una pausa:

—Bueno, los llevaban, siempre vendados o encapuchados, a una sala donde estaban los golpeadores y luego pasaban a otra sala donde estaban los interrogadores.

Días después eran acarreados por grupos en camiones tolva tapados con lona, de noche, entre las dos y las cuatro de la madrugada  —hora en que acechan y actúan los ladrones, los asesinos, los traidores, los de baja estofa— los llevaban a la Esmeralda o al Lebu. Allí les esperaba una lenta agonía en una más lenta travesía hasta Pisagua. Muchos no llegaban. Quedaban a mitad de su vida, de sus desdichas, de sus ilusiones y su pobreza acogidos por un océano frío que ocultaba todo aquello. Y los cerros del puerto les saludaban desde lo alto; les decían «adiós compañeros» con sus ropas proletarias lavadas por manos proletarias que colgaban de cuerdas, desplegadas al viento, agitándose como banderas furiosas al compás de ese viento que no para.

Intentas encender un nuevo pucho, luchando contra ese viento. Ojalá pudieras dejar de fumar, pienso, y aprovecho de mirarte con esa ternura que me viene de adentro, que me recuerda las tibias noches en que me acoges con alegrías y esperanzas, y que yo voy a él con un amor incondicional, donde los deseos se adivinan y se entrelazan; las bocas se buscan y se encuentran, los cuerpos se recorren infatigables de arriba abajo por manos frenéticas cubiertas por guantes hechos de amor y pasión, van y vienen de norte a sur, merodeando cada rincón, saboreando cada resquicio hasta terminar finalmente fundidos en una alegría inefable y entre risas de plenitud y hartazgo.

Expulsas la enésima bocanada de humo y preguntas. Tu voz es ronca, grave, tal vez en el límite de una angustia soterrada:

¿Y cuánto tiempo estuviste en la Academia?

—Creo que unos ocho meses.

De ahí me trasladaron a otra repartición de la armada. Tuve suerte de que eso ocurriera. Había estado murmurando a media voz, entre mis compañeros, contra el mal trato dado a los detenidos: ¿Por qué los detienen por el sólo hecho de ser pobladores, acusados por sus vecinos de ser comunistas? ¿Por qué los golpean si están tirados, indefensos en el piso, muertos de miedo? Lo que no había tomado en cuenta, o no me importó, era que varios de mis propios compañeros con los que convivía en las guardias y en la repartición, habían pasado a integrar el Servicio de Inteligencia de la armada y nadie sabía quién era quién. Y ellos eran encargados de informar si algunos de nosotros era disidente o de izquierda. Más de alguno me advirtió; otros callaban y los más se alejaban de mí.

¿Y tuviste miedo, temiste por tu vida?

—Sí. Muchas veces me pregunté qué mierda hacía allí, por qué no renunciaba y mi respuesta era el miedo a perder mi familia al enfrentar un juicio por traición que podía llevarme a la cárcel o a la muerte.

Así eran las cosas «adentro», en ese tiempo de horror y locura. Era por tanto victimario y víctima, como muchos otros.

Los recuerdos me sobrepasan. La angustia y las imágenes van y vuelven como fogonazos y no puedo dejar de mirar de soslayo aquel edificio blanco, allá lejos y arriba, donde una etapa de mi vida fue parte de una historia de oprobio y horror, de negación de seres humanos como tales, que ocurrió aquí en mi propio país hace apenas cuarenta años…, y dos meses. Me haces otra pregunta que ya no escucho o que ya no quiero escuchar. Hay un silencio dentro de mí: un par de lágrimas rebeldes, porfiadas, escapan a mi control y se deslizan con el mismo silencio culpable de haber sido parte del sistema. Víctima y victimario. Escondo mi vergüenza, mi pudor detrás de mis años otoñales y bajo un oscuro par de lentes.

Te invito a marchar. Nos levantamos en silencio y nos alejamos del muelle Prat, de sus gaviotas y palomas; de sus lanchas y sus paseantes que se quedan disfrutando el sol, el aire, la libertad. Atrás y arriba queda también ese edificio, ese manchón histórico de cuerpo blanco y alma negra, y vuelvo a la vida. Retomamos el placer que nos queda de caminar e ir al mercado del puerto y almorzar una merluza frita, más pequeña y flaca que antes, con ensalada a la chilena y un pebre cuchareado…, con la esperanza de convertirnos, yo en tu Horacio Oliveira y tú en mi Maga, la de Cortázar.

 


 

MARCELO ARANCIBIA FEBRES cuenta con algunas publicaciones en su país y un trabajo incluido en una Antología de Cuentos, por editorial Pez de Plata, en España.

 

Leer otros textos de este autor (en Almiar):
La bitácora del coronelEl Tilcuate ◽ Armonías del silencioLa voz del amo

Contactar con el autor: marancibiaf345  [at] yahoo.com

🖼 Ilustración relato: Fotografía por Engin_Akyurt / Pixabay [public domain].

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Revista Almiar · n.º 106 · septiembre-octubre de 2019 · MARGEN CERO™

 

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