relato por
Luis Amézaga

Me gustaría tomarte en serio,
pero hacerlo sería ofender tu inteligencia
.

 (George Bernard Shaw)

E

staba ante la puerta de casa. Metí la mano en el bolsillo para coger las llaves. Era mi bolsillo de la chaqueta y lo que tocaba eran mis llaves, pero la mano no era mía. Lo noté de inmediato. Mis dedos son finos y con la piel bien hidratada de cuando los chupo después de untar la salsa de tomate de las albóndigas. Ingiero muchas albóndigas, su aspecto rotundo me sacia. Saqué esa mano derecha, y en efecto, no era la mía, era distinta a la izquierda, sus dedos eran más gruesos, más cortos, menos elegantes, no llevaba en el dedo anular el anillo que me regaló aquella mujer que se casó con otro porque decía que yo era raro. ¿Yo raro? Juro que lo de la mano es la primera vez que me pasa.

Estrenar los cuarenta y sentir ganas de llorar ante una escena romántica, o por un trozo de naturaleza virgen, o por la honradez saliendo de unos ojos descontaminados, es saberse viejo. No recuerdo haber tenido fe. Sí me recuerdo anhelándola porque a otros, con ella, se les iluminaban los ojos como bombillas de bajo consumo. Pero la fe, que debe ser ciega y sorda, no me parece que me haya elegido. Un plan divino del que no estás informado no es un plan, es una vía estrecha de un solo sentido.

Y entonces me ocurrió esa locura, esa mano pegada a mi brazo derecho como un apéndice extraño. No es que tuviera como costumbre identificarme con una mano, con un riñón o una oreja, pero se les acaba cogiendo cariño con los años y el uso. Qué podría haber ocurrido. Esa mano se comportaba como si no reconociera mi autoridad. Quería yo rascarme un picor testicular y ella me levantaba el dedo corazón. Cuando iba por la calle saludaba a gente que no conocía, se negaba a juntarse con mi mano izquierda para aplaudir en los conciertos, se negaba a coger la cuchara para darme de comer, golpeaba el teclado de mi portátil en vez de pulsar sus teclas para escribir mis correos electrónicos. Tuve que abandonar la partida de mus con los amigos porque tiraba las cartas al suelo. Sobaba a mis citas sin venir a cuento, en medio de la calle. Todos me culpaban a mí. Yo bajaba la cabeza y me iba avergonzado. Era mejor irme con el rabo entre las piernas que explicar que mi mano derecha era una usurpadora dedicada a boicotear mi vida entera. Me vi obligado a hacerme zurdo para cualquier asunto. Conducir, por ejemplo, se convirtió en una actividad de riesgo, porque a la mínima ocasión se negaba a cambiar las marchas. Caminaba taciturno por las calles, intentando meter la mano derecha en el bolsillo para que nadie la viera, pero ella se salía. Toqué fondo y seguí excavando.

Sandra, la panadera dominicana, me hacía reír, pero mi risa sonaba tan estridente que le asustaba a ella y a los otros clientes, así que dejé de ir a la panadería, dejé de comer pan. Pasaba días enteros obsesionado con mi desgracia táctil. Cuando salía de impartir mi clase de Historia en el instituto público Aldecoa, iba a andar sin dirección, buscando el agotamiento y la insensibilidad de las extremidades inferiores. No conozco en la historia un caso como el mío. Daba mis clases como un autómata, con la mano derecha haciendo figuras en el aire al estilo de un bailaor de flamenco. Los alumnos se morían de risa. En el instituto me invitaron a cogerme unas semanas de descanso. Acepté la invitación, pero no podía quedarme en el piso recién alquilado, desnudo de fotografías, de cuadros, de cosas personales, así que paseaba por las calles calibrando viandantes, bebiendo alcohol de colores, probando la dietilamida de ácido lisérgico; huyendo, en definitiva.

Me convertí en un habitual de los bancos públicos en aceras y parques, con mitad sol y mitad sombra. Me dejaba caer en cualquiera que no estuviera sucio. Los jubilados completaban el crucigrama del periódico en las terrazas de los bares, los muchachos hacían pellas con un cigarro de liar en la mano, los inmigrantes buscaban una ventanilla que les atendiera. Comprobaba cómo la ciudad no se detenía por mí porque no se detenía por nadie. Mayo, empezaban a salir flores con descaro estético, a oler a calor, a surgir brisas como caricias. Y por unos segundos dejaba de dolerme esa mal nacida mano derecha. Algunos me miraban con desprecio, era normal, no se lo recriminaba. Podía estar hasta treinta días sin afeitarme, sin ducharme, con apenas un par de cambios de ropa sin planchar. No era capaz de ocuparme de mí con esa mano siempre acechando, imprevisible, como si estuviera obedeciendo las órdenes a distancia de un psicópata. Hasta cogí miedo a dormir por si en ese tiempo sin tiempo en que perdemos como referencia el mundo y a nuestro propio cuerpo, ella pudiera intentar alguna agresión. Temía que en mitad del sueño profundo pudiera sacarme un ojo. Cómo añoraba mi mano, la original, tan amable; no como esta maldita impostora con cinco tentáculos repugnantes que se ha adherido a mi muñeca.

En la etiqueta que ponen cuando adquieres una vida, se puede leer con claridad que el producto es caduco y que el sufrimiento es el precio que estás dispuesto a pagar por experimentar placeres, emociones, estímulos intelectuales, amores apasionados. Pero a mí, desde que apareció esa maldita mano en mi bolsillo, no me compensa. Prefiero la paz natural del que no busca la paz, que nunca la ha perdido en este juego de apuestas  azarosas, con tantas subidas y bajadas por la montaña rusa. En la vida se toman dos o tres decisiones importantes. No más. Me he equivocado en las tres. Unido a eso, las circunstancias siempre han sido desfavorables y he tenido una suerte de perros. Ni eso. Puedes dejar a un perro por la calle, vagando, que mientras encuentre comida y una caricia, será un animal realizado. Ahora bien, una persona necesita multitud de apoyos a todos los niveles: físico, emocional, moral, social, espiritual. Somos las criaturas más necesitadas de la creación, las más vulnerables. Requerimos de un gran soporte externo para poder ser felices en este andar por casa. La dignidad ahuyenta la locura. Estaba a punto de perder la dignidad y la cordura por culpa de una mano que alguien, no sé quién, no sé cuándo, no sé dónde, me dio el cambiazo. En mala hora fui yo estrechando la mano por ahí a personas que me presentaron, a padres de alumnos, a vendedores de coches de ocasión perdida.

Dejé de lavar esa mano, dejé de cortarle las uñas, le endiñé un guante negro de cuero y lo ajusté bien con una correa para que no pudiera moverse, para que no le diera la luz del sol. Era ella o yo. Era la guerra y la tomé prisionera.

Aproveché que no tenía obligaciones docentes, para escribir un relato con el que presentarme al concurso que convocaba la editorial Mancos. Estaba ilusionado, a pesar de la desgracia. Tuve que escribir sólo con la mano izquierda, mientras la derecha se removía en la prisión que le había construido. Cuando coloqué el punto final a aquella historia, tan real como perturbadora, me dirigí a las urgencias del hospital porque el olor que me llegaba de ese engendro de zarpa era sospechoso. Me soltaron la correa y me arrancaron el guante de cuero. Descubrieron que el proceso gangrenoso era irreversible.

—Hay que amputar —sentenció la doctora mientras me miraba con unos ojos repletos de preguntas.

—Hágase —dije sin disimular el entusiasmo que me producía el poder arrancar de mi cuerpo a esa invasora de dedos putrefactos.

Me metieron a quirófano y me liberaron de la carne sobrante y farsante. —¡Viva el muñón! —grité al recobrar la consciencia en la habitación de la quinta planta del hospital. Las enfermeras cuchicheaban entre ellas. Pensaban que era un flojo de mollera. No les saqué de su error, estaba tan feliz que no le di importancia.

Sí, aún echaba de menos mi mano de nacimiento, la que cogía mi difunta madre entre las suyas. Dónde estará. Es como si uno muriera por fascículos: primero una mano, luego un pie…

Soy un hombre nuevo al que le queda larga la manga de la camisa. Pero ahora puedo dormir tranquilo, sin el enemigo en casa. Volveré a impartir clases de historia en el instituto. Los alumnos se reirán del lisiado. Recibiré los apodos de buena gana. Soy un huérfano prensil. Quizá me haga tarjetas de visita con ese título. Me reiré de mí mismo. Eso descoloca mucho a los adolescentes. Ellos luchan por afianzar una personalidad que siempre tiene los pies de barro. Les explicaré que todos somos completos a pesar de la historia general y de la particular, a pesar de que nos falte un pecho, una mano, un testículo, unos centímetros, nos sobren unos kilos o unos granos. No existe algo como «tu mente» o «mi mente». Acudimos a la mente para tocarla como el instrumento desafinado que es. El mundo es ruido, la mente es ruido. ¿Qué es del ruido cuando nadie lo escucha?

La sociedad no muestra tanta empatía con los huérfanos prensiles como con otras circunstancias personales adversas. Qué le vamos a hacer. Solo quiero avisar a quien esto lea, que sea precavido a la hora de dar la mano, para que no se encuentre en mi situación. Le aconsejo que formalice un seguro, que se haga un tatuaje en las manos con código de barras para poder luego reclamar ante un posible hurto o cambiazo. Que les saquen un código QR. Sea precavido en el transporte público, al quedarse dormido en cama ajena, en las grandes aglomeraciones de gente, en los bailes de salón. Hay mucho ladrón de manos al acecho. Es un tráfico muy lucrativo que se mueve por la red oscura de Internet. En esas páginas se ven manos de todos los tamaños y colores. Ahí paso las noches, buscando la que fue mía.

 


 

Luis Amézaga

Luis Amézaga. Nacido en el año 1965 en la ciudad de Vitoria (España) donde vive actualmente. Entre lecturas y escritos concibe la medida del tiempo. Mantiene habitualmente el blog El búnker travestido: http://bunkertravestido.blogspot.com.

Ha escrito artículos y colaborado en diferentes revistas literarias: Bolsa de Pipas, Letralia, Ariadna, Narrativas, Almiar-Margen Cero, Groenlandia, Agitadoras… Ha participado en antologías de relatos y poesías como La Casa del Poeta (Noche Polar), Doble en las Rocas y Escribir en Crisis (Editorial Letralia), o Antología de poesía Viejoven (Versátiles Editorial). Es autor de varios libros de poemas: El Caos de la Impresión, A Pesar de Todo… Adelante, o Los Alrededores del Idiota. Con el poemario Bolsa de Canicas obtuvo el premio en el certamen convocado por la revista literaria Katharsis y se publicó revisado en segunda edición en el año 2012. Ofreció a los lectores el libro de máximas y aforismos El Gotero en la revista Groenlandia. Con el poeta Adolfo Marchena publica el libro de crónica poética La Mitad de los Cristales. También compartió proyecto en su libro dietario El Reloj de Arena junto al escritor hondureño David Morán. Destacar la publicación del libro de sentencias, crítica y pensamiento, que ha recogido bajo el título Una semana de arresto domiciliario. Cuenta con un librito de relatos titulado Tarde de Moscas, y su flamante trabajo publicado con la editorial Amarante bajo el título: Vuelos rasantes, un ejercicio narrativo que cuenta con nueve historias perturbadoras. Su última entrega a los lectores es Los ladrones de ideas, que obtuvo el segundo premio del IV Concurso Literario de Relatos «Letras Cascabeleras».

📩 Contactar con el autor: luisamezaga43 [at] gmail [dot] com

🖼️ Ilustración relato: Fotografía por George Becker, en Pexels.

 

🔖 TRES RELATOS SORPRESA (traídos aquí desde nuestra biblioteca)

El encaje en Esa mano El encaje, por Carmen López León. En Margen Cero («Magazine», 2000)
La gordita (en Esa mano) La gordita, por Pedro M. Martínez Corada. En Margen Cero («Taller literario de El Comercial», 2003)
Si el Capitán Trueno (en El elegido de los dioses) Si el Capitán Trueno, por Martín Piedra. En Margen Cero (Biblioteca de relatos, 2004)

 

Biblioteca de relatos en Revista Almiar

Revista Almiar · n.º 141 · julio-agosto de 2025 · 👨‍💻 PmmC · MARGEN CERO™

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