Cosmovisión andina en la obra del pintor boliviano

por
Javier Claure C.

 

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oberto Mamani Mamani es un pintor boliviano autodidacta de origen aimara y reconocido a nivel mundial. Nació en Cochabamba en 1962. Y con buen ojo siguió el consejo de su abuela que decía: «los colores fuertes son para ahuyentar a los malos espíritus y no quedarse en la oscuridad». Pues su arte y los colores que utiliza en sus lienzos jamás permanecieron en la oscuridad. Los caminos por donde atraviesa están bien iluminados. Sus cuadros han sido expuestos en muchos países del mundo, y ha merecido numerosos premios nacionales e internacionales.

En la cosmovisión andina, el concepto de runa (hombre) tiene un sentido completo. Un individuo separado de su comunidad, de su pareja o de su identidad es un ser carente de existencia. Y Mamani Mamani le da un toque de profunda certeza a este concepto porque no está separado de su cultura, de sus costumbres y de su patria que lo vio nacer. Está orgulloso de su apellido aimara, y tiene una identidad clara y firme. Por eso refleja, en su obra,  geografías que se pliegan a la belleza originaria de los pueblos andinos. Con gran talento artístico crea un mundo lleno de simbología, cosmovisión, códigos, figuras geométricas y colores electrizantes para dar a conocer su obra enigmática y espiritual en donde expresa los tres niveles del mundo andino. El mundo de arriba (el Apalacha) donde se encuentran el cielo, el sol, las estrellas, la luna y las aves. El mundo en el que vivimos (el Acapacha) está poblado por seres humanos, plantas y animales. Y el mundo de abajo (el Mancapacha) donde moran los abuelos, guerreros, amautas (sabios del mundo andino), antepasados y donde todo lo que ocurrió está registrado.

En la siguiente entrevista conoceremos más a fondo el pensamiento andino de Mamani Mamani:

Javier Claure: Cuéntame, ¿cómo y cuándo empezó tu formación artística?

Mamani Mamani: Bueno, primero toda la energía de los Andes para ti y para toda la gente que va leer esta entrevista. Mis primeros cuadros los pinté a mis ocho o nueve años. Pintaba, en periódicos y cartones, con el carbón que mi madre utilizaba para cocinar. Cuando vivía en Tiwanaku, de donde son mis padres, mi abuela jugó un papel importante en mi formación artística. Ella me introdujo a las costumbres andinas, es decir, a dar gracias a la Pachamama (Madre Tierra) y a diferentes rituales. También me hablaba de la importancia de los colores fuertes. Todo esto se refleja en mi obra, y con el correr del tiempo gané premios. Por ejemplo, el Gobierno de Estados Unidos me invitó a exponer mis cuadros en ocho ciudades de ese país. Fue una buena oportunidad para mostrar al pueblo norteamericano la cultura tiwanakota.

J.C: ¿Qué significan los colores para ti?

M.M: Los colores son vida. En la cultura andina se representan todos los colores del arcoíris. Dos arcoíris juntos, por ejemplo, dan lugar al nacimiento de la Whipala (bandera de los pueblos originarios). Entonces el color es fundamental. No olvidemos que los hombres de las culturas precolombinas y tiwanakotas, se han expresado mediante los colores en sus tejidos, cerámica y awuayos (mantas). Y mi arte es eso mismo. Siempre digo que mi obra de arte es una challa (fiesta, celebración) a la Pachamama, porque está impregnada de muchos colores.

J.C: Algunos pintores utilizan colores oscuros para expresar su universo interior, digamos con un cierto grado de tristeza. En cambio en tus cuadros utilizas colores fuertes, chillones y llamativos. Da la impresión de que te encuentras en un eterno estado de alegría. ¿Qué opinas al respecto?

M.M: Si es verdad, alguien dijo: «Mamani Mamani puso color en los Andes». Creo que es importante mostrar el orgullo, la autoestima y, sobre todo, la dignidad. Entonces, ¿cómo no sacar todo ese orgullo de nuestra cultura andina? Extraer, por ejemplo, el color violeta de las polleras (falda de diferentes capas), el color turquesa de las mantillas y el rojo de los ponchos. Utilizar estos colores significa adentrarse tierra adentro y volverse a ver. Durante treinta años he ido rescatando precisamente esos valores andinos. Incluso nuestra música no tiene que ser solamente tristeza, sino también una mezcla de bombos, platillos e instrumentos que emanen alegría. Y esto está ocurriendo en Bolivia. Es volverse a ver la cara.

J.C: ¿Existe alguna influencia, en tu obra, a consecuencia de los profundos cambios sociales que se están dando en Bolivia?

M.M: Claro que sí. Creo que, de alguna manera, ya habíamos trazado el camino para lo que se está viviendo en Bolivia. No solamente yo, sino muchos otros artistas hemos contribuido con un granito de arena. El arte es un arma que puede generar consciencia en un pueblo. Y, por consiguiente, la gente reconoce símbolos, colores, figuras, formas, etc. Desde hace mucho tiempo que pinto en mis cuadros las montañas, el sol, la luna, la cruz andina, guerreros, amautas, etc.

J.C: Sé que has expuesto tus cuadros de carácter erótico en el Museo Nacional de Arte en La Paz, con el título de: «Entre sapos, whakabolas y algunas k’alanchas (desnudas)» ¿Cómo ha sido la reacción del pueblo boliviano?

M.M: Bueno, debo aclararte que he expuesto mis cuadros en diferentes museos del mundo, pero fue la primera vez que se me permitió exponer mis cuadros en el Museo Nacional de Arte de la ciudad de La Paz. Ciertos círculos sociales se habían apoderado de la cultura, y con la aceptación de mis cuadros en ese museo paceño rompí con esa tendencia elitista. Y, claro, esto es un hecho histórico. Los sapos en el mundo andino, llaman a la lluvia, pero también en el dicho popular; se les llama sapos a las personas astutas que quieren sacar provecho de alguna situación. Whaka es un lugar sagrado y whakabolas es aquella persona tonta o perdida en el espacio. Se dice, de manera irónica, «deja de whakabolear». Por ahí han comentado que vivimos en una sociedad rodeados de sapos y whakabolas con una yapa de k’alanchas.
Podríamos decir que mis cuadros eróticos han tenido éxito. Han asistido más de 25000 personas al museo, cosa admirable desde luego. Lo más importante ha sido que mucha gente indígena del Alto y de las zonas periféricas de La Paz, por primera vez en la historia, han pisado el Museo Nacional de Arte para ver a un artista aimara. Es decir, a una persona de la misma clase social que ellos y que refleja, en sus cuadros, muchas de sus costumbres y tradiciones.

J.C: ¿Es un tabú hablar de sexo en la cultura aimara?

M.M: Más que tabú, simplemente no se muestra el erotismo. Pertenece a un mundo oculto y es algo especial para el hombre andino. He mostrado erotismo en algunos de mis cuadros, y las k’alanchas han causado una cierta polémica porque he dibujado a mujeres desnudas con las cabezas pequeñas y los cuerpos voluminosos como representación de las montañas y la fertilidad. Pero debo recalcar que no se trataba de menospreciar a la mujer como un ser que no piensa. Yo las veo a mis k’alanchas como montañas o como Pachamamas.

J.C: Eres un artista aimara. Tu apellido Mamani es también aimara. Has dicho: «En Bolivia existían ciertos prejuicios sobre tu obra y tu formación autodidacta». Pero, a estas alturas del partido, has ganado premios, has expuesto tu obra en muchos países del mundo y eres uno de los pintores más importantes de Bolivia. ¿Ha cambiado esa actitud prejuiciosa frente a tu persona y tu obra?

M.M: Yo creo que sí. Antes de que muestre mis cuadros en el Museo Nacional de Arte de La Paz, expuse muchos cuadros en museos de Japón, Estados Unidos y Europa. Y creo que esta realidad ha influido para poder exponer mis cuadros en ese museo paceño. O sea, primero se apreció mi arte en el extranjero y luego en Bolivia. Me preguntaron en Bolivia; cuál es el premio más importante que he ganado. Y suelo contestarles: «El premio más importante para mí, es que un niño, en el Alto, dijo: «Yo quiero ser como Mamani Mamani».

J.C: ¿Quieres decir que tu obra es bien aceptada en Bolivia como en otros países del mundo?

M.M: Sí, sí claro… pero también están los detractores que no aceptan a un artista indígena y, además, autodidacta. Pero todo cae por su propio peso. Una obra de arte es sensibilizadora ante una sociedad. Una persona sensible al arte, es sensible con su familia y su comunidad.

J.C: En las culturas andinas ancestrales se llevaban a cabo diferentes tipos de rituales. Actualmente se siguen haciendo rituales en Bolivia como un gesto de respeto a la naturaleza y, sobre todo, para alcanzar un equilibrio con la Pachamama. ¿Cómo logras ese equilibrio en tu obra y en la vida cotidiana?

M.M: Es una pregunta muy interesante. El ser andino está constantemente en equilibrio con la naturaleza. Rechazar ese equilibrio es caer en el abismo. En mi caso, después de haber estado fuera de Bolivia, regreso a la llajta (terruño), a los Andes para respirar nuevas energías y poderme integrar nuevamente a la comunidad andina. Cuando viajo para exponer mis cuadros, el ego interno puede tomar dimensiones exageradas, pero en el mundo andino el ego se apaga. Uno vuelve a su llajta y no eres sino uno más de ellos. Así nos enseñaron los más viejos y los hermanos mayores. Siempre hago una autocrítica a mis trabajos, proyectos etc. Y con todo lo señalado aquí consigo un equilibrio con lo que me rodea.

 


 

javier claure covarrubias

Javier Claure Covarrubias nació en Oruro, capital folklórica de Bolivia. Es miembro del Pen-Club Internacional, de la Unión Nacional de Poetas y Escritores de Oruro (UNPE), de la Sociedad de Escritores Suecos, del Movimiento Poético Mundial (World Poetry Movement), del Liceo Poético de Benidorm (España) y miembro de número (300-ES-026) de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna, Capítulo España. Ejerce el periodismo cultural. Tiene poemas y artículos dispersos en publicaciones de Suecia, Bolivia y en diferentes sitios de Internet. Fue uno de los organizadores del Primer Encuentro de Poetas y Narradores Bolivianos en Europa (Estocolmo, 1991).

Ha estudiado informática en la Universidad Real de Tecnología de Estocolmo (Kungliga Tekniska Högskolan) y en la Universidad de Uppsala (Suecia). También estudió matemáticas en la Universidad de Estocolmo, casa de estudios donde además obtuvo una Maestría en Pedagogía y una Licenciatura en Sociología.

Formó parte de la redacción de las revistas literarias Contraluz y Noche Literaria. Algunos de sus poemas han sido seleccionados para las siguientes antologías: El libro de todos (1999), La poesía en Oruro (2005), Poesía boliviana en Suecia (2005), Poesía Boliviana Contemporánea (2007), Antología Comentada de la Poesía Boliviana (2010),  Antología de la poesía universal, poetas del siglo XXI (2010), Poesía Solidaria (2013), Antología poética de amor y desamor, España (2016), Antología poética bilingüe rumano-español, Rumania (2016) y Antología del Festival Internacional de Poesía Benidorm & Costa Blanca (2016).

Forma parte del Diccionario de autores orureños (2007). Ha participado en el Primer Festival Internacional de Poesía, Benidorm y Costa Blanca (España, 2016), en la cuarta edición de los Encuentros Internacionales de Poetas en Telciu (Rumanía, 2018), en el XVI Aniversario del Liceo Poético de Benidorm en Priego de Córdoba (España, 2019), en la lectura poética de la Asociación Cultural «La Empírica, Espacio de Arte y Creación», en Granada (España, 2019) y en el Primer Festival Internacional de Poesía Diverbium en Madrid (España, 2019).

Publicaciones: Preámbulos y ausencias (2004), Con el fuego en la palabra (2006), Extraño oficio (2010), Réquiem por un mundo desfallecido (2014) y De Escandinavia a los Andes (2016) junto a Mario Castro Navarrete y Carlos Alberto Muñoz (†).

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Ilustración: Roberto Mamani Mamani, Jascha Goltermann, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons.

 

artículo entrevista Roberto Mamani Mamani

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